Capítulo 36
Seis meses después
—¡Paaaaapá!
Un chillido que hiela la sangre me arranca de la duermevela.
Un sonido tan agudo y tan decidido que todo mi cuerpo se estremece por instinto, como si alguien hubiera estampado una guitarra contra mi columna.
Mi sombra de ojos ha quedado embadurnada en el pecho desnudo de River.
Un rastro oscuro de anoche, la prueba de que a las dos de la madrugada seguíamos convencidos de que dormir está sobrevalorado.
River no se mueve. Por supuesto que no. Ese tío sería capaz de dormir como un tronco con Xanax en el cuerpo en medio del apocalipsis.
Yo, en cambio, me he incorporado de golpe en la cama, con el corazón desbocado, el pelo disparado en todas direcciones y la boca más seca que una toalla empapada de resaca.
Aún no he terminado de asimilar esta realidad cuando la puerta se abre y una cabeza de pelo negro y corto, con una determinación feroz, se asoma a la habitación.
—¿Estáis follando otra vez o puedo entrar?
Lila tiene los ojos bien apretados y el brazo extendido con gesto teatral, como si necesitara protegerse de algún aura invisible (el juego de palabras no era intencionado, pero me lo quedo).
—Entra. Aquí no pasa nada —murmuro, y me estiro de forma exagerada, solo para darme cuenta al instante siguiente de que he bajado el edredón conmigo y que, bueno, me he quedado al descubierto. Del todo. Ups.
—¡Mierda, Aura! ¡Que te veo las tetas!
Lila está ahora en medio de la habitación, con las manos en las caderas y una mirada de reproche, como si tuviera cuarenta años y yo fuera la hijastra irresponsable que ha vuelto a pasarse de la raya.
Los días en que yo era su ídolo guay —cantante, feminista, tía dura con un micrófono— han llegado a su fin, por lo que parece. Ahora solo soy la que se acuesta con su padre y ni siquiera sabe vestirse como es debido para su cumpleaños.
—Solo quería señalar que es bastante triste tener que ser la primera en levantarse el día de tu propio cumpleaños —declara, y arquea una ceja—. Al fin y al cabo, he cumplido catorce años. Catorce. Eso no pasa todos los años. ¿Te das cuenta de lo importante que es este cumpleaños?
Sonrío —sin exagerar; no quiero provocarla más— y asiento.
Lo que ella no sabe es que River y yo nos levantamos hace exactamente tres horas y nos arrastramos por el salón con las tazas de café en la mano —medio desnudos, hinchando globos, colgando guirnaldas, colocando magdalenas, escondiendo regalos y decorándolo todo con tanta pasión como si nuestra condición de familia dependiera de ello—.
Después, bueno, nos fuimos a descansar un rato.
Al menos ese era el plan. ¿Quién iba a imaginar que por aquí «descansar» suele acabar en fricción?
Una mirada al reloj me dice que en poco menos de treinta minutos entrará en tromba toda la pandilla: Charlie, Bree, Alice, Nova, Zoe, Rhea, todos apelotonados, hambrientos como lobos y listos para asaltar el bufé del desayuno de cumpleaños antes de que salgamos hacia Chicago.
La primera parada de la Reckless Ashes Reunion Tour.
Ahora que Charlie por fin ha cumplido la libertad condicional, puede volver a viajar a otros estados.
El corazón me da un vuelco al pensarlo, pero aparto la idea. Todavía no. Ahora no.
—Feliz cumpleaños, cariño —digo en vez de eso, y salgo de la cama a duras penas para abrazar a Lila con fuerza.
Tiene los brazos rígidos y cara de fastidio.
—¡Uf, Aura! ¡En serio!
»Vístete ya.
Me río por lo bajo, le doy un beso en la cabeza y me tambaleo hacia el baño con las piernas cansadas. Lila da dos pasos hacia la cama y se inclina sobre River.
—Papá. Papá. ¡Papá!
Su voz vuelve a sonar más a sirena que a niña y esta vez lo consigue. River se despierta de golpe, con tal brusquedad que la frente se le estampa de lleno contra la nariz de Lila. Los dos sueltan un alarido. El mismo numerito de todos los malditos días.
Sacudo la cabeza, cierro la puerta del baño y dejo correr el agua de la ducha. El vapor se eleva y me envuelve como un abrazo demasiado cálido después de un día que se ha alargado más de la cuenta. Estoy a punto de masajearme la espuma en el pelo cuando el móvil vibra en la repisa.
Un mensaje de Nova. Cómo no. La señorita «ahora soy yogui y vivo de chía y de luz».
Nova
¿Ya estáis todos despiertos? Acabo de terminar mi retiro de yoga de dos horas y estaré ahí en quince minutos.
Sacudo la cabeza entre risas. Nova sin drogas ni alcohol: una persona completamente nueva. Una persona a la que quiero más que nunca.
Por lo que ha hecho. Por nosotros. Por Lila. Por ella misma. Le contesto:
Sí, estamos todos despiertos. Tu hermana de sangre ya ha
montado un buen jaleo por aquí. Espero que traigas un regalo chulo ;)
Nova
¡Eh! ¿Acaso mi preciosa médula ósea no fue lo bastante chula?
Suelto una risita, dejo el móvil a un lado y deno que el agua caliente me acaricie la piel.
Treinta minutos después, la casa está a rebosar.
Bree, Charlie, Alice, Zoe, Rhea, River y Lila asaltan la mesa del comedor como si se hubieran escapado de un programa de telerrealidad sobre antojos de desayuno de dimensiones épicas.
Magdalenas, tortitas, frutos rojos, salchichas veganas, zumo, café, caos.
Hay ruido, hay bullicio, hay amor en cada rincón.
Estoy apoyada en el marco de la puerta, con mi taza de café de «La mejor madrastra del mundo» en la mano y una sonrisa en los labios.
Esta noche, River y yo tocaremos «Echoes» juntos en el escenario por primera vez. Y todo dentro de mí siente que por fin he llegado. Aquí: este es mi hogar.