Cúbreme (Serie Encore nº 1) Epílogo
100%

Epílogo

Aura

—¿Y si prefieres poner las flores a este lado de la mesa en vez de en el centro? —Alice me pone el ramo tan cerca de la cara que por poco inhalo las espinas.

Los tallos asoman por el papel y juro que me falta un empujoncito para perder los papeles del todo.

—Y otra cosa que quería comentarte: ¿seguro que solo quieres rosas negras? ¿Qué tal en rosa? ¿O en amarillo?

La miro fijamente. No mucho rato. Solo el justo para que note cómo mi cerebro empuja despacio contra mi cara y grita: «No digas nada que acabe luego en TikTok con el hashtag #desastredehumor».

—Sí —suelto con los dientes apretados.

Le arranco de la mano el ramo, pesado como una piedra, giro sobre los talones y me largo a grandes zancadas: lejos de Alice, lejos de los desastres de la decoración de mesa, lejos de la rabia irracional que me crece en el pecho como una tormenta sobre el desierto.

Quiero a Alice. De verdad que sí. Pero también es la única persona capaz de abrazarme mientras me asfixia verbalmente con aceite de lavanda.

Si hoy la cosa se vuelve a descontrolar, dejaré que Bree me noquee con un cake pop.

O le lanzaré a River una de esas miradas de «me debes una» que desde hace al menos un año lo ponen en marcha sin falta.

Recorro el jardín con la mirada; nunca había habido tanta gente a la vez.

Alguien hace malabares con unas magdalenas en una bandeja, otro discute sobre el orden correcto de la lista de reproducción, de un altavoz truena el metalcore alternándose con el pop rock y, en alguna parte, oigo a Bree soltarle a alguien de malos modos que no confunda sus brownies sin gluten con los veganos.

Entonces por fin lo veo: River. Está sentado en una de las sillas de plástico amarillentas delante de la casa de la piscina, con un cigarrillo colgando de la comisura de los labios y la mirada dura como el acero y, aun así, perdida.

Suspiro hondo, me dejo caer en la silla de al lado, tiro al suelo sin ningún cuidado el ramo de rosas, pesado como una piedra, y respiro profundo mientras intento averiguar qué es lo que lo tiene tan hipnotizado.

Y entonces lo veo. Su objetivo. Su trauma. Su nueva némesis.

—¿Y de verdad no quieres decirme dónde está la llave del armero? Solo… por si acaso —murmura, sin dignarse ni a mirarme.

Le quito el cigarrillo de la comisura de los labios, doy una calada honda y suelto el humo en pequeños anillos que se alejan flotando por encima de la casa de la piscina.

—Nop. Ni hablar, papá helicóptero.

Sonrío de oreja a oreja, pero River no parece divertido en absoluto. Se vuelve hacia mí con la mirada presa del pánico, como si yo fuera su última esperanza frente a un apocalipsis inminente.

—El pelo verde, Aura. ¿Has visto el pelo verde?

Casi se le quiebra la voz. Rompo a reír. Otra vez. Y, aun así, no puedo evitar quedarme mirando con él la escena que lo tiene tan alterado.

Lila. En una de las tumbonas, justo al borde de la piscina.

Con un top corto de calaveras y unos vaqueros rotos.

A su lado está Will. Diecisiete años. Punk.

Jugador de rugby. El hijo adoptivo de Müsli-Nova, porque sus padres le cerraron la puerta en las narices cuando se decidió por los vaqueros de purpurina, el eyeliner y una carrera en el arte.

Y, como si eso no bastara, desde hace mes y medio el primer gran amor de Lila, oficialmente.

River lo mira como si pudiera mover las moléculas que hay entre ellos con la pura fuerza de voluntad.

—No puedo con esto. De verdad que no puedo —susurra negando con la cabeza, desesperado—. ¿Y si le rompe el corazón? ¿O si… la deja embarazada? ¿O si se fuga con él a Las Vegas o algo así? Hablo en serio, Aura, yo…

Le pongo la mano en la rodilla.

—River. Primero: para casarse en Las Vegas hay que tener dieciocho años. O sea, que nos quedan exactamente dos años de este drama. Segundo: sobrevivamos primero a este fin de semana, ¿vale? Y si le rompe el corazón, seré la primera en arrearle con un pie de micro.

La risa de Lila resuena por el prado, tan luminosa y tan sin filtros que los dos giramos la cabeza por instinto.

Will le coloca con cariño uno de sus largos rizos negros detrás de la oreja, se inclina, la besa…

y luego la lanza al agua con un rugido triunfal.

Ella bracea, grita de sorpresa y después los dos se ríen como dos críos en una feria.

River gime como si alguien le estuviera estrujando el pecho.

—Relájate. Él la hace feliz —digo con suavidad.

Suspira. Hondo. Deja caer la cabeza hacia atrás.

—Fortnite también la hacía feliz, y durante años —refunfuña—. Te juro que, si manda a ese tío a paseo por esto, le perdono a Fortnite todo. Y entonces no volveré nunca más —y cuando digo nunca, es nunca— a enfadarme porque se pase la noche entera jugando.

—Por cierto, tienes que hablar con Alice. Me está volviendo loca —digo, y me quedo mirando el cigarrillo entre mis dedos como si pudiera contestarme—. ¡Es una Bridezilla de manual!

River estalla en carcajadas.

—Las flores son demasiado oscuras, el vestido no lleva lentejuelas, no hay suficientes aperitivos, River no se ha arreglado la barba…

—imito su voz, aguda, estridente y con ese tonillo ligeramente acusador que ha perfeccionado desde que empezamos a organizar este fin de semana—.

Hasta uno de los jardineros ha dimitido por su culpa.

Yo, personalmente, creo que Las Vegas sería una idea estupenda ahora mismo.

Sin estrés, sin listas, sin centros de flores en rosa magenta con detalles en marfil.

Solo un imitador hortera de Elvis, un «sí, quiero» rapidito bajo los neones y listo.

Sonrío y doy una última calada al cigarrillo.

En ese momento, el reloj me pita. Molesto. Estridente.

—Ay, mierda, se me ha olvidado por completo que hoy vienen los compradores a ver la casa. Vuelvo en veinte minutos; les entrego las llaves y me vuelvo enseguida. Nadie se dará ni cuenta.

Me pongo de pie de un salto, me aparto el pelo de la cara, me giro a medias hacia la verja del jardín y entonces noto su mano en la muñeca.

—¿Dónde vas a vivir de forma fija cuando hayas vendido tu casa?

Lo miro con los ojos entornados. ¿En serio me está preguntando eso?

River Ash McKennan me mira como si la pregunta fuera completamente inocente. Completamente trivial. Y, sin embargo, todo en él vibra con un subtexto que no dice en voz alta.

—Bueno… resulta que tengo otra propiedad que a lo mejor va con tus gustos.

Levanta las cejas con aire sugerente y señala con la cabeza hacia la casa de la piscina.

Me río. A carcajadas. De verdad. Luego me zafo de su mano y niego con la cabeza, incrédula.

—¡Que te den, McKennan!

River ha aparcado justo detrás de mí. Cómo no. Me quedo un momento mirando el monstruoso Dodge negro plantado justo detrás de mi inocente coche híbrido, como un hermano mayor tozudo que no piensa moverse ni un centímetro.

—Capullo —murmuro, y cierro la verja del jardín de un portazo algo más fuerte de lo necesario mientras me doy la vuelta y me arrastro hacia mi casa. A pie. Porque es justo lo que a uno le apetece hacer cuando parece que hay treinta y cinco grados a la sombra.

Pero, siendo sincera, quizá no esté tan mal después de todo.

Porque mientras camino por la calle que me sé casi de memoria —cada grieta del asfalto, cada maldito buzón que parece haber vivido sus mejores días en 1998—, siento que algo se remueve dentro de mí.

Mi mente repasa los dos últimos años como si fueran una película inquietante en la que, de algún modo, acabé interpretando el papel protagonista, aunque a veces me sintiera más bien una figurante.

El trasplante de Lila fue un infierno. Y un paraíso.

Todo a la vez. Aquellas semanas en el hospital, cuando todo era estéril y silencioso y olía a desinfectante.

Cuando intentaba ser fuerte por ella, por River, por todos nosotros.

Y lo fui. La mayor parte del tiempo. Salvo esas noches en las que me quedaba tumbada en el cuarto de invitados, con la mirada clavada en el techo, mientras la respiración de River en la habitación de al lado sonaba como un maldito metrónomo que me decía: «Ahora no puedes derrumbarte, Aura. Todavía no».

Y entonces llegó: la noticia de que el tratamiento estaba funcionando. De que estaba haciendo efecto. De que el cuerpo de Lila no se rebelaba, sino que luchaba… y ganaba.

Desde entonces han pasado muchas cosas. Ha vuelto al colegio y ha hecho amigos que no la ven solo como la chica con cáncer. Se ha enamorado de Will. Se ha vuelto lanzada. Llena de vida. A veces demasiado, para mi gusto.

¿Y River? Ha aprendido a soltar las riendas. Un poco. No mucho, pero oye: para un tipo que antes googleaba cada movimiento de Lila, eso es un paso enorme. Ha vuelto a hacer música. A producir. Incluso a escribir canciones.

¿Y yo? Yo también sigo aquí. Me he reinventado.

Soy más libre, tengo más confianza en mí misma —no solo por fuera, sino también muy dentro, porque ahora sé lo que es sentirse querida, deseada, estar bien tal y como soy—.

No se trata solo de tener a alguien que te saque de la cárcel, sino a alguien que te prepare el desayuno, que te recuerde que hay que comer, respirar, reír.

Hollow Lights sigue en activo. Ya no estamos de gira todos los meses, pero la música sigue viva.

Y yo vivo con ella. Escribo. Canto. Y a veces, por el camino, hasta encuentro algo parecido a la paz.

Cuando llego a la entrada de mi antigua casa, la pareja ya está apoyada en la valla, expectante.

Ella: curvilínea, con botas de tacón medio, el pelo castaño y ondulado que brilla como canela molida al sol de la tarde y la sonrisa más amplia al norte de Nueva Orleans.

Él: alto, fibroso y con cada centímetro de piel que alcanzo a verle —salvo la cara— cubierto de tatuajes.

Con esa actitud relajada que te deja claro al instante que o fue cabeza de cartel en un escenario o iba muy convincentemente borracho a un baile de fin de curso.

Al verme, se sube las gafas de sol, me tiende la mano y dice, con una sonrisa que levanta sin esfuerzo una nube de polvo en mi cerebro:

—Hola, soy Liam. Todavía no nos conocemos.

Me quedo mirándolo con el cerebro desbocado: tatuajes, esa mirada, esa voz. «¿Qué demonios haces tú aquí, maldita distracción con patas?». Entonces ella se pega a su costado y veo cómo él le apoya un instante la mejilla en la frente. Me río por lo bajo y le estrecho la mano.

—Aura. Yo… bueno… esta era mi casa.

Los dos se ríen. Abiertamente, con ganas. Me caen bien los dos. Y eso no pasa a menudo.

—No pasa nada —dice ella—. Es que estoy deseando ver la casa una última vez antes de que metamos ahí todos nuestros muebles.

—Lo entiendo. A mí también me encantaba. La mayor parte del tiempo. Quiero decir… los días en que Philly no metía las cuatro estaciones en tres horas. Aunque yo también me quedo por aquí. En el barrio, al menos.

«Dios, pero ¿qué tonterías estoy diciendo?».

Deben de pensar que en Philly estamos todos como una cabra.

—Somos de Los Ángeles —dice él—. Allí el tiempo era… predecible.

—Aburrido, quieres decir —añado—. Lo cual, la verdad, suena bastante tentador.

Ella me recorre el atuendo con la mirada: un vestido negro de satén, maquillaje cargado y unas botas con las que podría liderar una revuelta si hiciera falta.

—Guau. Parece que acabas de bajarte de una maldita pasarela exclusiva —dice.

Me encojo de hombros.

—Y eso que ya me he cambiado. Esta noche es la cena de ensayo. Mañana ya no habrá vuelta atrás.

Saco una botellita del bolso, doy un sorbo y se la tiendo.

—Un trago por las decisiones que esperas no lamentar dentro de cinco años, borracha en un rincón de la cocina.

—Y bien, ¿qué dice el viejo de todo esto? —pregunta ella.

Me río con sequedad.

—Probablemente algo entre un ataque de nervios y una necesidad de control. Pero mañana saldremos de dudas.

Él la atrae hacia sí y le planta un beso en la mejilla.

—No está tan mal estar casado con gente de esa edad.

—¡Serás imbécil!

Ella le da una palmada juguetona, con fuerza y cariño a partes iguales. Luego se ríe y, al instante siguiente, él se la carga al hombro como si estuviera hecha de algodón de azúcar.

—¡Muy bien, pues! ¡Suerte mañana! —grita él mientras ella le aporrea la espalda con los puños en señal de protesta.

Sin decir una palabra, le entrego la llave de la puerta y él le da una palmada en el trasero. Risitas. La puerta de entrada se cierra con un clic detrás de ellos.

Me quedo un momento quieta, entornando los ojos frente al sol.

Luego emprendo el camino de vuelta. Recorro despacio el sendero estrecho que me lleva hasta River, hasta Lila, hasta todo este maldito futuro que siempre se me dio tan bien ignorar, hasta que, en algún momento, se sentó a mi lado y me cogió de la mano.

Dos años. Dos malditos años. A veces parece que alguien acaba de poner una canción nueva y el ritmo es distinto, pero la letra…

la letra sigue siendo la misma. Y a veces, cuando no puedo dormir por la noche y River se ha vuelto a quedar frito con las gafas de leer puestas, como el maldito Papá del Siglo, me pregunto cómo hemos acabado aquí.

Cómo pasamos de los pasillos de hospital y las manos temblorosas a los adornos de jardín y las cenas de ensayo.

He tomado tantas decisiones que no parecían decisiones, porque mi corazón las tomó por mí.

«Lila te necesita».

«River te quiere».

«Sigues respirando; así que escribe, canta, levántate».

¿Y ahora? Ahora camino por una tarde que huele a cloro y a verduras a la parrilla, con la máscara de pestañas medio corrida y demasiado escote, y me pregunto si podré con esto de ser feliz. De verdad. En serio. Del todo.

Me detengo, miro atrás, hacia el sendero y la casa que ya no es mía, y pienso: «Maldita sea, ojalá me hubiera llevado al menos el papel higiénico bueno».

Entonces me río. A carcajadas. Y de verdad. Porque esto no es perfecto. Porque nunca se trató de que fuera perfecto, sino de vivir. Y de amar. Y de permitirme, cada maldito día, una y otra vez, dejar que ambas cosas pasen.

Ya no soy aquella Aura que se plantaba delante del espejo preguntándose cuánto más podría aguantar antes de que algo se rompiera. Soy la que hoy, con el corazón maltrecho y la copa llena, brinda por el viejo, por la chica del pelo negro y rizado, por sí misma.

Y como nadie más lo ha hecho por mí, me lo digo yo ahora: bienvenida a casa, estrella del rock. ¡Esto. Ha sido. Perfecto!

FIN