Capítulo 35
Cuarenta y cinco minutos en la ducha: mi nuevo récord.
Vale, lo admito: puede que apoyara la frente contra la pared fría de la ducha durante veinte minutos, que echara una cabezada y que no me despertara hasta que el chorro me dio en la cara con tanta fuerza que pensé que iba a morir en una tormenta tropical.
Pero qué más da. Estoy limpio. Limpio, cansado, vacío por dentro y, aun así, cargado como una batería a punto de reventar.
Recojo las cosas que había cogido del dormitorio —antes de arrancarme la ropa, acurrucarme en las baldosas frías y echarme a llorar a moco tendido en cuanto la puerta del baño se cerró a mi espalda—.
No en silencio. Ni con disimulo. Sino como si alguien me arrancara el corazón con cada respiración y tirara un trozo por el desagüe.
Respiro hondo. Joder, no he cogido calzoncillos. Cómo no. Lo mismo podría haber ido por ahí con un cartel en la frente que dijera: Inestable mental, no acercarse.
Desnudo como el día en que nací —que no es precisamente el estado más estético cuando te sientes como un montón de ropa arrugada llena de emociones—, abro la puerta que comunica con el dormitorio.
Una luz mortecina se filtra entre las cortinas corridas y me pregunto un momento qué hora será, intentando ordenar toda la información que tengo en la cabeza antes de concluir que ya debe de ser por la tarde.
El aire de la habitación huele a sábanas limpias y a champú.
Aura respira tranquila, acompasada. Noto en el pecho algo tenue que no consigo identificar del todo.
Se parece a… alivio. A que esté aquí. En mi cama. Respirando tranquila.
Cruzo descalzo y de puntillas hasta el armario y abro la puerta.
Chirría. Cómo no. Esta puerta de los cojones, que no ha soltado ni un quejido en los últimos diez años, suena de repente como si hubiera abierto un tanque oxidado.
Me agacho, justo cuando voy a sacar el cajón de los calzoncillos, y oigo un roce a mi espalda.
—Bonito culo.
Me quedo petrificado. La sangre se me sube a la cabeza y a todas las demás partes del cuerpo a las que no te interesa llamar la atención en un momento así, de pie en tu dormitorio y con el culo en pompa.
Mierda. Está despierta y tiene la mejor butaca del teatro.
Estoy bastante seguro de que ahora mismo me ve de arriba abajo, así, sacando el culo mientras rebusco.
Hago lo único que un hombre adulto puede hacer con un mínimo de aplomo en una situación así: me enderezo. Me doy la vuelta. Me agarro la polla, la hago girar como una atracción de circo bien carnosa y gruño:
—Si tanto te gusta la vista de atrás, la de delante te va a dejar sin palabras.
En ese preciso instante, la puerta del dormitorio se abre de golpe con la fuerza de una mala decisión en una despedida de soltero.
Alice y Trish están en el umbral. Alice arrastra las palabras y se tambalea, con una mano sobre los ojos como un vampiro a pleno sol.
Trish parece de lo más sobria, pero con una mirada que casi me congela la polla. Directa. A. Mi. Entrepierna.
—Vamos a dar un salto a la licorería y queríamos preguntaros si queréis algo en concreto.
Su voz suena del todo normal. Demasiado normal. Como la de una cajera que te pregunta si quieres acumular puntos mientras te escudriña el alma.
—Sidra de manzana —murmura Aura a mi espalda, y se gira tranquilamente de lado y se tapa la cabeza con la manta.
Yo, en cambio, me quedo ahí plantado. Todavía desnudo. Con la polla en la mano, niego despacio con la cabeza. Qué. Cojones.
—Vale, perfecto.
Trish asiente como si fuera lo más normal del mundo, mientras Alice busca a tientas el pomo para volver a cerrar la puerta. Pero antes de que se cierre del todo, vuelve a abrirse. Alice otra vez. Sigue con la mano sobre los ojos.
—Solo quería avisaros de que vamos a coger un taxi para ir de compras y, como no llevamos efectivo, nos vamos a llevar las galletas del tarro que hay en el armario de la cocina.
—Sí, mamá. No pasa nada.
Esta vez la puerta sí se cierra con un clic. Suelto el aire que llevaba tres minutos reteniendo en los pulmones como una especie de anfibio y me apoyo un poco en el armario. Se me van los ojos al edredón. Se mueve.
Vibra. Como un maldito edredón de alta tecnología con función de risa incorporada.
—Oye… —Me acerco a la cama y agarro una punta del edredón, con la voz grave, cansada y algo ofendida—. ¿Te estás riendo de mí?
Retiro el edredón de un tirón. Lo que veo me deja sin un maldito gramo de aire durante un instante.
Siempre creí que solo los psicópatas dormían desnudos.
Aura no tiene nada de psicópata. Solo la mitad de su cuerpo sigue bajo el edredón, pero su mirada…
me alcanza como un rayo. Directa al corazón…
y a la polla. El pecho le sube y le baja a un ritmo que coincide sospechosamente con mi pulso.
Los labios entreabiertos, hinchados, y el maquillaje que le queda, corrido, como después de un puto concierto bajo la lluvia. No dice nada. Se limita a mirarme.
—Tápate otra vez —ordeno con la voz ronca, más grave de lo que debería. Cierro los ojos como si me los hubiera quemado con lo que acabo de ver—. Por favor —susurro—. Vuelve a echarte la manta por encima de la cabeza. Ha sido una idea estúpida por mi parte. Uno. Dos. Tres.
Ningún roce de tela. Ni un sonido. Solo su respiración, pesada, entrecortada.
Aprieto los ojos con más fuerza, porque no quiero saber cómo me está mirando ahora mismo.
No quiero notar cómo se me pone más dura la polla, como si tuviera voluntad propia.
Pero, claro, es exactamente lo que está haciendo. La traidora.
—De verdad, Aura, si no te tapas ahora mismo va a pasar algo de lo que seguramente nos arrepintamos los dos —murmuro, y la voz me suena más peligrosa con cada frase—.
Ahora mismo no estamos —¿lo hemos estado alguna vez?
— en condiciones de hacer lo que inevitablemente —y lo recalco: con casi total seguridad— va a pasar si abro los ojos y sigues ahí tumbada así.
Espero. Espero que entre en razón. Que se eche atrás. Que la manta vuelva a cubrirle la cabeza. Entonces oigo el roce tranquilizador. Tela que se mueve. Sábanas que crujen. Gracias a Dios.
Abro los ojos y veo a Aura arrodillada frente a mí, completamente desnuda. Tiene la mirada baja. Se pasa la punta de la lengua por el labio inferior.
—Ay, joder… no… —murmuro, pero ya es tarde. Antes de que mi cerebro pueda formar un pensamiento claro, sus labios me envuelven la polla. Cálidos. Húmedos. Decididos. Un sonido animal vibra en mi garganta, tan crudo y descontrolado que hasta a mí me sobresalta.
Levanta la cabeza solo un instante y deja que me deslice fuera de su boca. Su mirada es puro fuego.
—¿Qué era exactamente lo que querías decirme? —susurra, como si esto fuera un juego que lleva controlando desde el principio.
Niego con la cabeza. Con vehemencia. Como quien pelea contra un puto huracán.
—Nada de nada. Se me acaba de reiniciar el centro del habla a los valores de fábrica.
Aura ríe por lo bajo. Y vuelvo a sentirla. Ardiente. Insistente, mientras sus labios recorren mi polla, tan despacio que me deja sin aliento.
Ya no puedo más. Con cuidado, pero con firmeza, la aparto.
Su mirada es interrogante, no desdeñosa.
Me subo a la cama. Hacia ella. Centímetro a centímetro, hasta que retrocede, hasta que llega al pie de la cama y ya no tiene adónde ir.
Ella lo desea tanto como yo. Solo que quiero llevar yo las riendas.
No porque no la desee. Más bien porque, si no, perderé el control. Del todo.
Meto la mano en el cajón de la mesilla. Charlie me dio unos condones hace unos meses.
—Por si acaso —dijo—. Ya sabrás cuándo.
El envoltorio está algo polvoriento, pero no ha caducado.
Ahora es el «por si acaso». Las últimas horas han demostrado una vez más que aquí los adultos somos nosotros y que la anticoncepción importa.
Sobre todo si no quieres llevar aún más trozos de tu corazón fuera del cuerpo.
En forma de otro hijo... o algo así. Abro el envoltorio y peleo con esa cosa resbaladiza como si tuviera un Parkinson en fase terminal.
—Deja que me encargue yo —dice Aura con calma, me quita el condón y, joder, se lo lleva a la boca.
Parpadeo. «¿Pero qué demonios...?»
—Sabes que así esas cosas no protegen ni de las ETS ni del embarazo, ¿verdad?
Mi voz suena confusa, casi indefensa. No me puedo creer lo que estoy viendo.
Aura se limita a negar con la cabeza y, sin avisar, me empuja y acabo de espaldas.
Su cuerpo se inclina sobre mí, sus labios vuelven a recorrerme la polla, esta vez con más intención.
Con más presión. Con la lengua, me va desenrollando el condón milímetro a milímetro, como si esculpiera una puta obra de arte.
Jadeo.
—La hostia, ¿qué truco es ese?
Aura me mira con la voz convertida en un susurro oscuro y juguetón.
—Años de práctica.
Me guiña un ojo. Y juro por todo lo que considero sagrado que estoy acabado antes incluso de empezar.
Años de práctica, ha dicho. Y maldigo a todos y cada uno de los cabrones que la hayan visto desnuda, que la hayan lamido, que la hayan hecho gemir o que le hayan enseñado lo que me está haciendo ahora mismo.
Aura se arrodilla sobre mí como una jodida diosa con un diploma en sadismo, y su mirada me quema el cerebro mientras su lengua libra una batalla con mi cabeza.
Mis pensamientos se le enroscan al cuerpo como cinta americana, y me doy cuenta de que hace mucho que no soy capaz de pensar una sola palabra que no tenga que ver con follar, lamer o maldecir.
Es como una droga, joder, y yo soy el pobre gilipollas que se pierde en su calor como un adicto.
La agarro por las caderas y la giro debajo de mí como si recuperara el control.
Spoiler: es lo que me digo a mí mismo. En realidad, hace mucho que he caído.
Me clava los dedos en los brazos, las uñas me graban marcas de relámpago en la piel, mientras su pecho sube, baja, vuelve a subir, como si fuera a estallar.
Quiero esto; quiero verla estallar por mí.
Quiero oírla gritar. Quiero que grite mi nombre hasta hacer vibrar las paredes.
—Vale —gruño con voz ronca, mientras mi mirada recorre su cuerpo—. Ahora te toca a ti.
Me inclino sobre ella, mi boca baja por su garganta, cada vez más abajo, hasta sus pechos, donde saboreo, chupo y muerdo como si llevara días sin probar otra cosa que dolor y frustración.
Sabe a embriaguez, a cerveza y a un maldito hogar para mi alma hecha polvo.
Se arquea hacia mí como si su cuerpo pidiera a gritos que lo rompiera en pedazos. Dios, estoy a punto de hacerlo.
Me deslizo entre sus piernas. Entro en ella.
Despacio. Centímetro a centímetro. La siento ardiente y demasiado estrecha.
Todo dentro de mí grita: «Sí, sí, sí, más».
Aura gime, me muerde el hombro, sin miramientos, sin inhibiciones, sin moral.
Embisto cada vez más fuerte, cada vez más hondo, una y otra vez.
Casi está gritando. Me pierdo en este momento perfecto. Se desmorona. Somos un solo acto de fricción, desesperación y calor. Estoy al límite.
—Estás jodidamente estrecha —jadeo contra su cuello mientras me hundo más en ella.
Cada embestida, un temblor furioso. Cada respiración, una maldición.
Aura se aprieta contra mí y levanta las caderas como si me pidiera que le reordenara el mundo entero por dentro.
—Fóllame ya como Dios manda, River —jadea, y algo dentro de mí salta.
Me incorporo, la levanto y la siento en mi regazo. Cabalga sobre mí, con las manos clavadas en mi pecho, los movimientos salvajes, desesperados, brutalmente hermosos.
Un estruendo. No soy yo. No es ella. Un golpe sordo. Algo se rompe.
Miro de reojo. La lámpara de la mesilla está en el suelo.
Pero no es que se haya caído sin más. El cable se me ha enrollado de algún modo alrededor del pie y, con las embestidas, lo he arrancado de la pared.
Aura rompe a reír. Se le sacude todo el cuerpo encima de mí, le tiembla el vientre, hunde la cara en mi cuello y resopla.
—Dios mío —jadea—. ¡Oficialmente eres el primer tío que me lanza una lámpara a la cabeza durante el sexo!
Quiero decir algo. Lo que sea. Pero vuelve a moverse, despacio, en círculos, con avidez. Y, de pronto, el ataque de risa no es más que un eco. La sujeto con más fuerza y embisto dentro de ella.
—Córrete dentro de mí —susurra.
Pierdo hasta el último resto de control. Una última embestida, profunda. Me corro. Con violencia, ardiendo, rugiendo. Tan hondo dentro de ella que parece un puto desgarro en el alma.
Aura está tumbada encima de mí, sudada y jadeante. Está pegajosa como una camiseta de festival al tercer día. Apoyo la frente en su hombro. Su aliento me silba en el oído. Tiene el corazón desbocado; el mío también. La lámpara sigue tirada, torcida, en el suelo.
En algún rincón del jardín, alguien grita:
—¿Quién ha tirado mis calzoncillos a la barbacoa?
Me río. Ella suelta una risita. Digo con voz ronca, todavía sin aliento:
—Pensaba que esto era un error.
Aura no responde, pero su cuerpo se aprieta más contra el mío.
—Hablando de esos «quizá errores» que en realidad no son ningún error —murmuro, acariciándole la columna con suavidad y notando cómo se hunde un poco más en mí con cada movimiento—, ¿te quedarás con nosotros? ¿Estos próximos meses? Lila te va a necesitar... en la fase de preparación.
No responde de inmediato. Sus dedos dibujan círculos en mi pecho mientras el pelo le cae sobre mi clavícula: cálido, suave y lleno de resonancia. Me hace cosquillas y sienta bien. Joder, qué bien.
Entonces la oigo susurrar, apenas más alto que un suspiro:
—Vale.
Vale. ¿Solo un «vale»? Respiro hondo, cierro los ojos y siento que basta. En este momento, esa sola palabra significa más que cualquier juramento, cualquier acuerdo, cualquier maldita promesa. Es Aura. Y basta.
Fuera oigo voces. Trish comenta en voz alta algo sobre una prenda de ropa. Alice tira algo al suelo con aire triunfal.
—Deberíamos bajar —murmuro contra el pelo de Aura, y noto cómo sus hombros se elevan un poco y vuelven a bajar.
—Solo cinco minutos más —susurra.
Luego su respiración se serena. Regular. Suave. Y mi corazón encuentra de pronto un ritmo que llevaba tantísimo tiempo echando de menos.