Capítulo 34
Tengo la sensación de estar en una especie de espectáculo de fenómenos.
O en una de esas películas baratas con un guion malísimo que intenta meter demasiados géneros en uno solo.
Drama psicológico mezclado con comedia adolescente, aderezado con una pizca de Urgencias y otra de Project X.
Hace apenas dos horas estábamos en el pasillo de un hospital, sentados con apatía, con el alma hecha añicos y el cuerpo vacío.
Y ahora, en el jardín trasero de River, se ha montado una especie de fiestecita de piscina. Sin coñas.
Rhea y Bree han organizado un concurso de saltos bomba y se lo están tomando muy en serio.
Vítores de aprobación, fuentes de agua y tantas risas que casi duelen.
Trish y Alice están tumbadas en las hamacas —que River debió de sacar del garaje en algún momento, medio dormido— y hablan de un escándalo de algún reality que, de pronto, vuelve a ser relevante en este mundo paralelo.
Nova y Zoe —descalzas, riéndose, desmelenadas— juegan al flunkyball con los dos tipos de la cuadrilla de los Viejos Barbudos al borde de la piscina, como si esto fuera el ensayo general del verano de sus vidas.
En medio de todo este caos, River y yo estamos sentados en unas sillas de plástico algo hundidas y chirriantes, justo delante de la caseta de la piscina, como dos alienígenas que han aterrizado en su propia fiesta.
—¿No dijo el Dr. Mermes algo de que teníamos que dormir y comer? —pregunto, recorriendo con la mirada este disparate absoluto, que probablemente solo pueda soportarse con suficiente alcohol o en pleno delirio postraumático.
—Bueno, esto se nos ha ido de las manos enseguida. —River suelta una risita y da un sorbo a su botella de cerveza, mientras las comisuras de los labios se le acercan peligrosamente a una sonrisa de verdad. Su mirada recorre el jardín y se detiene un instante en Zoe, luego en Nova y después en mí.
La noticia de que hay una maldita compatibilidad para Lila, seguida de la llamada del Dr. Mermes para decirnos que estaba despierta y que había pedido, con voz ronca, un sándwich y un helado —pero del bueno—, nos sacó a todos del estupor.
Euforia. Adrenalina pura en forma de emoción.
Ese subidón que llega después de una caída libre.
Ese en el que no te preguntas cuánto va a durar.
River quería salir inmediatamente después de la llamada del Dr. Mermes, pero Lila le mandó un mensaje de voz antes de que pudiera siquiera echar mano de las llaves del coche. Su voz sonaba cansada, pero firme:
—¡Hola, papá! Sé que ahora mismo estás de los nervios y todo eso.
Yo estoy bien, solo cansada y hambrienta…
tú probablemente también. Así que, por favor, haznos un favor a los dos y vete a dormir.
Después de toda esta emoción, de verdad que no tengo paciencia para un padre helicóptero quejica.
Ah… ¡mi helado! Te quiero, papi, me tengo que ir, nos vemos cuando hayas dormido un poco. ¡Adiós!
Ya no consigo contener el bostezo; me abrazo las rodillas contra el pecho y casi entierro la cara entre las espinillas. Tres noches, siete horas de sueño y un terremoto emocional que todavía me corre por las venas.
—Sí, yo igual —murmura River con una sonrisa que, más que ver, intuyo.
Debo de haberle puesto alguna cara digna de película, porque rompe a reír.
No es una risita cansada ni un resoplido irónico, sino una carcajada auténtica.
No sé si lo había oído reír así alguna vez.
Quizá nunca. Por raro que resulte después de una noche entera como esta, sienta bien.
Se levanta despacio de la silla blanca de plástico, que chirría en señal de protesta bajo su peso, y me tiende la mano.
—Vamos, pequeña gritona. Vamos a meterte en la cama y a mí, por fin, en la ducha.
Dejo que tire de mí, con la mano en la suya. Es cálida, firme, serena, y me aferro a ella como si fuera la promesa de que lo peor ya ha pasado. Sin decir una palabra, pasamos junto a los demás.
Zoe, Nova, Rhea, Bree y los chicos están ahora sentados en fila al borde de la piscina, como alumnos después de la clase de gimnasia, compartiendo una bolsa. Se ríen, fuman y se abrazan a medias. La noche los ha dejado agotados, y el alivio los ha devuelto a la vida.
Mi mirada se desvía hacia Nova, que sostiene el porro pero no da ni una calada.
Lo pasa en silencio. Sin sonreír, sin vacilar.
¿Estará enferma? ¿O solo agotada de hablar?
Probablemente las dos cosas. Probablemente mucho más que eso.
Quizá todos estemos un poco enfermos, pero al menos ya no estamos solos.
Siento las piernas pesadas y cansadas mientras subimos las escaleras arrastrando los pies, peldaño a peldaño, como dos soldados que vuelven de una guerra y a los que, a mitad de camino, se olvidaron de avisar de que la guerra ya ha terminado.
River camina delante de mí, con los hombros ligeramente encorvados, y yo lo sigo.
La camiseta se le ha subido un poco por la espalda y deja al descubierto su columna tatuada, como si alguien le hubiera clavado un trozo de su historia justo debajo de la piel.
Abre de un empujón la puerta del cuarto de invitados y, al hacerlo, tira con el pie una caja de cartón medio abierta; de ella rueda una vieja muñeca de My Little Pony, muy maltrecha, que se pone a balbucear canciones infantiles.
Suena como si se hubiera tragado un blíster de Valium acompañado de una botella de vodka.
Arrastrado, nasal, distorsionado, como un mal viaje de drogas en una fiesta de cumpleaños infantil celebrada en el infierno.
—¡Te he encontrado, pedazo de mierda! —River alza triunfalmente el peluche en el aire, como si acabara de atrapar un Pokémon raro, y, con un gesto exageradamente dramático, le saca las pilas del compartimento de la espalda—. Se acabó el espectáculo, hermanita.
No puedo evitar soltar una risita, avanzo tambaleándome hacia la cama —casi tropiezo con mis propios pies— y me dejo caer de espaldas, con los brazos extendidos a los lados, como si acabara de correr un maratón.
Clonc. Una risa metálica resuena bajo el colchón.
Mecánica, de lata, ligeramente inquietante.
—No irás en serio, ¿verdad? —Mi mirada se pierde en el techo y me pregunto si habrá una cámara oculta colgada en algún rincón.
Sin decir una palabra, River me levanta de la cama como si fuera un peluche gigante que llega en el peor momento, me deja en el suelo a dos pasos y retira el colchón del somier de un solo movimiento.
Suspira hondo, con un sonido que queda a medio camino entre «¿Por qué me hago esto?
» y «Ya no podré volver a dormir sin flashbacks».
Dentro del somier hay decenas de bolsas de plástico transparente de todo tipo, todas a punto de reventar, rebosantes de una cantidad inquietante de peluches de distintos tamaños, colores y estados.
Algunos tienen ojos de botón; otros, la nariz desgastada o los brazos cosidos a presión en su sitio, como si hubieran caído en combate formando parte de un ejército de peluche.
—No. Vamos. Lo haremos de otra manera. —Su tono es tan resignado como decidido, como si acabara de negociar un tratado de paz con la facción de los peluches en su cabeza.
Con suavidad, casi con cariño, me empuja por los hombros de vuelta al pasillo, hasta la puerta de al lado: la de su dormitorio—.
Tú dormirás en mi cama. Yo me quedo en la «cueva de la pubertad».
Al fin y al cabo, la princesa disfruta ahora mismo de pensión completa con mayordomo personal en bata de médico. —Me guiña un ojo.
Me río. No en voz alta, más bien se me escapa un soplido suave atrapado en la garganta, pero aun así sienta bien.
Al entrar en la habitación, se me suaviza la mirada. La cama se me antoja un refugio seguro tras la tormenta. Después de tantas horas de sirenas, suciedad, sangre y ese silencio opresivo que se abre entre la esperanza y el pánico, solo ver este colchón es una bendición, joder.
—Descansa —dice River en voz baja, como si hubiera notado que el suelo se iba hundiendo poco a poco bajo mis pies.
Coge una toalla del sillón y desaparece por la puerta que comunica con el baño, mientras yo me acerco despacio a la cama y dejo que las yemas de los dedos resbalen por la sábana arrugada, como si necesitara convencerme de que esto es real.
De que tengo derecho a estar aquí. De que puedo volver a respirar hondo.