Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

El zumbido de los tubos de neón sobre mí es más fuerte que los latidos de mi

corazón. Puede que no haya ninguna diferencia.

Puede que no tenga nada en el pecho más que un tubo fluorescente roto que parpadea, arde y está a punto de estallar.

Estoy sentado en esta habitación aséptica, con la frente apoyada en el cristal frío de la ventana, mirando la carita pálida que hay al otro lado.

Lila yace ahí como una frágil obra de arte de porcelana y cables.

Todo en mi interior quiere gritar, pero no consigo abrir la boca.

A mi espalda oigo voces amortiguadas. Alice, Bree y Aura están sentadas en la sala de espera. Aura se abraza a sí misma y los hombros se le sacuden una y otra vez, como si el corazón quisiera escondérsele bajo la piel. Está callada, demasiado callada, y sé que esto la está destrozando.

Charlie está ingresado dos plantas más arriba.

El muy hijo de puta dejó que un poli le atravesara de un disparo esa pierna huesuda después de meterle una bala en el hombro a Casey.

El tío es un enigma, un desastre, un maldito héroe.

No sé si darle un puñetazo o levantarle una puta estatua.

Supongo que debería empezar rezando para que no acabe en la cárcel por lo que hizo y llamando a nuestro antiguo abogado. Pero eso tendrá que esperar.

Me llega a la nariz un olor metálico nauseabundo.

Bajo el brazo sobre el que llevo apoyado estas últimas horas, hasta que ya no he podido soportar seguir ahí tumbado, inquieto, mientras mi hija lucha por su vida.

Me levanté y conté desesperado las baldosas del techo para no perder la cabeza.

Levantarme, sentarme, no perder la cabeza, repetir; y cojo aire deprisa.

La camisa me huele a miedo, a sangre, a tierra y a sudor.

Quiero ducharme. Quiero dormir. Quiero despertar y descubrir que todo esto solo ha sido una pesadilla febril.

Pero aquí sigo sentado, y lo único que puedo hacer es esperar.

Vuelvo a verla. Lila. Está ahí. Está aquí. Justo delante de mí. Y, aun así, siento que entre nosotros se extiende una galaxia entera.

De camino al helicóptero, un agente me gritó al oído mientras todo a nuestro alrededor se hundía en el caos:

—El disparo lo hizo Dom Voss. Podemos darnos con un canto en los dientes de que acertara. Es inimaginable lo que habría pasado si la bala no hubiera alcanzado a Casey.

Dom. ¿Qué cojones hacía allí ese cabrón?

¿Qué le hace pensar que esta familia sigue siendo asunto suyo?

¿Y ahora se supone que tengo que darle las gracias, por Dios?

¿Por qué...? ¿Por qué no fui yo quien apretó el gatillo?

Debería haberlo hecho. Debería haberle quitado la pistola a uno de esos uniformados y haber acribillado a Casey con todas las balas del cargador.

Debería haberlo borrado del mapa, como advertencia.

Por Lila. Por cada uno de los días que llevo intentando dejar atrás mi antigua vida.

Pero me quedé ahí plantado. Petrificado. Como un cobarde acojonado al que le tiemblan las rodillas.

El vuelo de vuelta a Philly fue un largo sueño febril.

Lila estaba ahí tendida, con su cuerpecito sobre una camilla, los labios azules, la cara...

no era mi hija. No así. El Dr. Mermes gritaba instrucciones.

Un medicamento tras otro le entraba en las venas.

Adrenalina. Intubación. No entendía nada.

Solo le veía los dedos pálidos y lo sabía: si ella muere, yo también.

Ahora estoy hundido en esta silla del hospital como un zombi, incapaz de levantarme, incapaz de sentir nada salvo este miedo de plomo que me tiene clavado al suelo.

La puerta se abre. El Dr. Mermes entra en la habitación. Parece la última esperanza de la humanidad: desgreñado, agotado, con la corbata medio deshecha y una mancha de sangre en la bata blanca. Este tío es mi puto héroe.

—River —dice en voz baja.

Ni le dejo acabar: avanzo a trompicones, le echo los brazos al cuello como un loco y me desahogo llorando en su hombro sin contenerme.

—Gracias, Doc. Joder... Sé que no siempre he sido amable contigo. La mayor parte del tiempo era un gilipollas que se creía que lo sabía todo. Pero lo que has hecho por Lila... Te estaré agradecido el resto de mi vida.

Las manos del Dr. Mermes me dan unas palmaditas vacilantes en la espalda. Está temblando un poco. Luego dice algo que vuelve a llegarme al alma:

—Sabes, River, cuando llevas tanto tiempo con niños, casi sientes que formas parte de la familia. Y

»La familia es lo más importante, ¿no crees?

Asiento, farfullo algo ininteligible con voz ronca y me seco la cara con la manga.

El Dr. Mermes se separa del abrazo, se ajusta las gafas y señala con la cabeza hacia el pasillo.

—Ven conmigo a mi despacho. Tenemos que hablar de algo.

Los payasos del despacho del Dr. Mermes me ponen los pelos de punta siempre.

Pero hoy más que nunca. En serio: esas putas máscaras de porcelana con muecas pintadas, ahí en la estantería detrás de su escritorio, como si fueran a echarse a reír en tu cara en cualquier momento.

No sé si es su sentido del humor o alguna chorrada sentimental de su infancia, pero me he emborrachado en sótanos más siniestros que aun así resultaban más acogedores que esta

habitación.

El Dr. Mermes se deja caer con un suspiro en la silla del despacho, que cruje, se balancea hacia atrás una vez y luego abre un cajón con un clic.

Espero papeles, algún formulario que tenga que firmar.

En lugar de eso, saca una botella de whisky escocés medio llena y pone dos vasos sobre la mesa.

No sé si considerarlo el momento más agradable o el más aterrador de mi vida.

—El laboratorio me acaba de decir que la prueba de tipificación ha dado una coincidencia —dice mientras sirve las copas, como si habláramos del tiempo.

De golpe estoy completamente despierto, en alerta máxima, como un depredador que acaba de captar un rastro. Una coincidencia. Una maldita coincidencia.

—La mala noticia es que el análisis de drogas del posible donante ha dado positivo —me tiende el vaso.

Se me resbala de la mano. No a cámara lenta, ni con dramatismo: simplemente resbala, repiquetea, real. El whisky se estrella contra el suelo como la última chispa de cordura que me mantenía de una pieza.

El Dr. Mermes ni se inmuta.

—Eso mataría a Lila. La buena noticia es que el donante tiene que estar limpio cuatro meses. Lila es una luchadora. Puede aguantar cuatro meses. Con tu

ayuda. Con nuestra ayuda.

Me quedo sentado, con las manos en las rodillas y la mirada perdida, mientras los pensamientos me dan vueltas en la cabeza como un maldito tornado.

Hace cuatro horas todavía creía que no volvería a abrazar a mi hija con vida.

Que la perdería, igual que perdí a Lynn.

Que llegaría demasiado tarde, que sería demasiado débil, demasiado cobarde.

Y ahora estoy aquí sentado y un tío con la corbata torcida me dice que tiene una posibilidad real. Que hay esperanza.

Quiero reírme. A carcajadas. Como un histérico. Quiero arrancarme el pelo. Quiero romper algo, porque todo esto me supera. Tomo aire de golpe y trato de agarrarme a un pensamiento que no me parta en dos.

—¿Quién es el donante? —pregunto con voz ronca. Suena como si hubiera pasado noches enteras a base de humo y ácido. Sé que da igual, pero tengo que saberlo.

El Dr. Mermes niega despacio con la cabeza.

—El donante permanece en el anonimato hasta la donación, para evitar presiones.

Asiento, aunque lo voy entendiendo solo a medias.

Es justo. Tiene sentido. Es una mierda. Alzo la vista y miro por la ventana.

El sol del mediodía lucha por abrirse paso entre la espesa capa de nubes.

Sus rayos son débiles, difusos, pero están ahí.

Aprieto los párpados para contener las lágrimas que se me agolpan. Ahora no. Aquí no.

—Vete a casa, River —dice el Dr. Mermes con suavidad—. Dúchate. Duerme un poco. Come algo. Yo estaré pendiente de ella las próximas

horas. Tiene el corazón de una luchadora.

Suelto el aire de golpe, como si me acabaran de arrancar del pecho un clavo oxidado. Me tiemblan las manos mientras me incorporo y me apoyo en el respaldo de la silla. Estoy agotado. Vacío. Pero estoy vivo, y ella también.

—Gracias —susurro.

Es lo único que me sale. Suena pobre, casi patético, pero cada sílaba me nace de lo más hondo del corazón.

Salgo de la consulta y saludo con un gesto a la enfermera del mostrador, que me mira con lástima, como si acabara de salir de mi propio funeral. Puede que sea así. Puede que el hombre que irrumpió aquella noche en la cueva ya no sea el mismo que recorre ahora este pasillo, y quizá eso esté bien.

La sala de espera sigue impregnada de aquella atmósfera plomiza y paralizante.

Bree se ha quedado dormida sobre el hombro de Alice, con los ojos enrojecidos y la cabeza caída hacia delante.

Aura está sentada detrás de ella, con la mirada clavada en el fluorescente que tiene encima, como si pudiera repararse a sí misma con luz.

Se agarra a la sudadera que se ha ceñido al cuerpo.

Me detengo un momento. Respiro hondo.

—Venga. Vámonos a casa —digo en voz baja—. El Dr. Mermes dice que necesitamos descansar.

Bree se sobresalta, parpadea y se despierta de golpe, como si no hubiera dormido ni un segundo. Alice se levanta en silencio y coge el bolso. Ni una palabra. Ni una objeción.

Aura también se pone en pie, con movimientos que parecen robóticos.

—Vale —dice—. Llamaré a un Uber. Avísame si hay novedades.

Intenta pasar de largo. Así, sin más: salir a la luz del día y dejar atrás toda esta locura.

Levanto la mano y le toco el brazo con suavidad. Se detiene. Tiene los hombros tan tensos como un cable de acero que vibra.

—Me encantaría que vinieras con nosotros. Después de una noche así, ninguno debería quedarse solo.