Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 32 #2
91%

Capítulo 32 #2

Hacia la oscuridad de la siguiente cueva.

Hacia el frío húmedo. El pasadizo es estrecho, accidentado; la roca, dentada, como si quisiera detenerme.

Respiro de forma superficial, frenética.

Oigo voces en algún punto delante de mí, pero llegan amortiguadas, como si vinieran de debajo del agua.

Tengo la cara mojada; no sé si por el sudor o por las lágrimas.

Probablemente por las dos cosas. Me seco la cara con la mano, frenética, pero no sirve de nada.

Me zumba la cabeza, el corazón me late con tanta fuerza que apenas consigo orientarme.

¿Izquierda o derecha? Me detengo, doy vueltas sobre mí misma como un animal acorralado y entonces elijo a ciegas el pasadizo de la derecha.

Oscuridad. La oscuridad devora cada vez más la luz que entra de fuera.

El suelo es irregular; tropiezo, caigo y me golpeo con fuerza las rodillas.

Tanteo el camino entre piedras afiladas, musgo y barro frío.

Las voces han desaparecido. No queda nada salvo mi propio pulso, que me golpea la coronilla como un mazo.

Joder, cómo odio las cuevas. Cierro los ojos.

Solo un momento. El tiempo justo para escaparme mentalmente al único lugar que todavía me da estabilidad.

El prado de flores. Mi refugio mental. Llevo un vestido de verano vaporoso; el sol me hace cosquillas en la nariz.

Oigo la melodía de «Echoes» con tanta claridad como si viniera de los árboles.

Y su voz: «Pero no he acabado, aún no me apago; mis huesos recuerdan cómo mantenerse en pie».

El pulso se me calma. Solo un poco, pero lo suficiente para volver a ponerme en movimiento.

Avanzo a gatas, encuentro la pared y la sigo muy despacio.

Entonces vuelvo a oír las voces; débiles, pero están delante de mí.

Me incorporo y sigo adelante, tanteando el camino.

Pero en ese momento un segundo disparo hace añicos el silencio.

Grito. Por dentro. En voz alta. No lo sé.

Me doy la vuelta y vuelvo corriendo a la bifurcación; esta vez tomo el otro ramal.

Haces de luz. Titilan. Un débil destello de esperanza en este abismo.

Oigo rugir a Charlie. Su voz rebota en las paredes, furiosa, ronca, al límite.

Echo a correr, jadeando, hasta que doblo una última bifurcación y desemboco en una cueva amplia y abierta.

La escena me rompe el corazón. Lila yace desplomada en el suelo, con los ojos aún entreabiertos.

Casey la tiene en brazos y le aprieta un cuchillo contra la garganta.

Tiene el hombro manchado de sangre, la cara cenicienta y los ojos vidriosos.

Justo a su lado está Charlie, con el cañón de una pistola firmemente apretado contra la sien de Casey; la misma pistola que a mí me había apuntado a la cara apenas unas horas antes.

A dos metros hay cinco policías, con las armas apuntando a Charlie y los dedos en los gatillos, listos para disparar en una fracción de segundo.

—¿Se puede saber qué clase de nenazas sois? —grita Charlie—. ¡Dejadme apretar el gatillo y nos quitamos de encima a este imbécil! ¡Dejad de apuntarme con vuestras putas armas!

Tiene la pernera izquierda empapada de rojo. ¿Le han disparado? ¿Y cómo demonios ha conseguido colarse entre los polis? Está claro que este tío tiene más corazón que cabeza. Si hubiera dejado que los policías hicieran su trabajo, Lila ya estaría recibiendo atención médica.

River está petrificado entre el Dr. Mermes y Hitchkens, con la mirada clavada en su hija.

—Charlie —dice en tono suplicante, con la voz ronca de desesperación—. Para. Solo estás empeorando las cosas.

Me abro paso a empujones entre la gente; me tiembla el cuerpo, se me revuelven las entrañas. Apoyo la mano en la espalda de River. Noto que se sobresalta y que me reconoce. Estoy a punto de desmayarme, pero me quedo. Por él. Por Lila. Por mí.

Casey tose y suelta una risa amarga, con los ojos brillantes de locura.

—Sabes, River, nunca entendí qué vio en ti.

De verdad que no lo entendí. Eres idiota.

Tampoco es que seas especialmente guapo.

Lo único que se te da bien es sostener un micrófono.

Cuando Lynn murió, nos mantuviste alejados de Lila durante años.

Nos pagaste para seguirte el juego con tu puta historia de mierda.

Pensé que, si le contaba lo que habías hecho, te odiaría.

Nos la habríamos llevado a casa. Así, al menos, recuperaría una parte de Lynn.

Se seca el sudor de la frente con el brazo, sin apartar de la garganta de Lila la mano que sostiene el cuchillo.

—Pero ¿sabes qué dijo esa miniatura tuya que no ha heredado absolutamente nada de su madre angelical?

¡Dijo que ya lo sabía todo! Que os había oído a ti y a tu madre hablar de ello años atrás.

Que había tenido pesadillas por eso. Pero también que no te cambiaría por nada del mundo. ¿Y sabes qué hizo entonces?

Se ríe; una risa demente y hueca.

—Me dio una patada en los huevos. Así que le arreé un golpe en la nuca. La niña se quedó inconsciente. Solo tuve que arrastrarla media ciudad. Pan comido.

Se endereza, gime y atrae a Lila más hacia sí. Ahora el cuchillo le apunta al corazón. A ella le tiemblan los párpados. Después pone los ojos en blanco y el cuerpo se le queda inerte.

El Dr. Mermes espera preparado, tenso como un depredador a punto de abalanzarse. Busca la mirada de uno de los policías. El agente niega con la cabeza.

—Casey, te lo suplico… —La voz de River se quiebra. Le tiembla todo el cuerpo como una hoja—. Por favor…

—Te lo estoy suplicando —lo imita Casey—. Me quitaste lo que más me importaba. Ahora yo te quito lo que más te importa a ti.

Atrae a Lila aún más hacia sí, señala a River con la barbilla y se yergue como puede con el hombro sangrando.

Las armas de los policías, que un instante antes apuntaban a Charlie, giran en una fracción de segundo.

Unos diminutos puntos rojos bailan en la frente de Casey antes de que otro disparo retumbe en la cueva.

La cabeza de Casey sale disparada hacia atrás y una fina nube de sangre salpica el aire. Se desploma en el suelo y Lila se le escurre de los brazos. Se golpea la cabeza con fuerza contra la roca. Antes incluso de que acabe de tocar el suelo, River ya está a su lado.

Se desata el caos. El personal médico se precipita hacia delante; los policías gritan y acordonan la zona. Oigo gritar a Trish.

«¿Trish? No puede ser».

Me doy la vuelta y la veo. Mi madre está arrodillada junto a Dom. Un policía se le ha sentado en la espalda y lo esposa. Hay una Glock justo delante de la cara de Dom.

«Joder, ¿Dom acaba de disparar a Casey?».

Todo me da vueltas. ¿Cómo saben Dom y Trish dónde estamos? ¿Le ha dado el soplo Alice? No lo sé.

Charlie pega un grito. Me giro de golpe. Dos policías se le han sentado en la espalda y lo inmovilizan contra el suelo.

Alguien me empuja y trastabillo hacia atrás. Unas manos me agarran. Trish.

—Vamos —dice con una suavidad inusual en ella—. Salgamos fuera. Tienes pinta de necesitar un poco de aire.