Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

TTrepo vallas, casi me muerde uno de esos malditos

chihuahuas y ahora estoy aquí, jadeando, delante de la valla del jardín de River.

Las calles de nuestro barrio están atestadas de periodistas, cámaras, flashes y voces que reptan por el asfalto como insectos.

Pero no voy a dejar que nada me detenga; necesito respuestas, tengo que saber si River —el hombre que, en el poco tiempo que nos conocemos, se ha comportado como el padre más adorable del mundo— solo estaba actuando, y de puta madre, o si todo era real. Si él era real.

La valla que tengo delante mide dos metros y medio y parece que vaya a ceder en cualquier momento si tiro lo bastante fuerte.

Palpo el borde de arriba, cuelo los dedos entre los barrotes, apoyo un pie en los postes y me impulso.

La falda corta se me engancha en un canto afilado y se rasga. Pierdo el equilibrio.

—¡Joder!

Caigo dentro del jardín. La espalda me golpea contra el hormigón. Se me escapa un gemido y me quedo donde estoy. Por un instante, veo las estrellas.

Miro a mi alrededor. Estoy tumbada justo detrás de la caseta de la piscina.

Dios mío. La caseta de la piscina. La última vez que estuve aquí todavía me sentía alguien especial.

Ahora no soy más que una intrusa herida, con la espalda dolorida y el corazón roto.

Cierro los ojos e intento expulsar el dolor con la respiración. Me concentro. Inspiro. Espiro.

Clic. El sonido metálico de un arma al amartillarse quiebra el silencio. La huelo antes incluso de verla: el metal frío, el aceite, el sudor de los dedos del hombre que la sostiene a un palmo de mi cara.

«Así que esto es el final», pienso. «River ha perdido la cabeza. Ahora va a dispararme».

—Mierda, Aura, ¿eres tú? —La voz de Charlie se abre paso entre el rugido de mi cabeza.

Abro los ojos con cuidado. El arma ya no está. En su lugar, Charlie me tiende la mano, con una expresión a medio camino entre el alivio y el fastidio.

—¿Qué demonios haces aquí? Casi te disparo.

Su mano es firme, pero suave. Me levanta como si estuviera hecha de azúcar y, aun así, siento que las vértebras se me disuelven en dolor líquido. Gimo por lo bajo y aprieto los labios mientras me tiemblan las rodillas y la espalda me grita.

Charlie señala con gesto de disculpa el arma, que ahora lleva metida en la cinturilla.

—Lo siento, Alice me dijo que disparara a cualquiera que se colara en la propiedad. ¿Cómo narices has entrado sin que nadie te viera?

Me encojo de hombros e intento sonreír, pero la sonrisa se me retuerce en un temblor en los labios.

—Pequeña, delgada, ligera. Ágil como una comadreja.

—Más bien como una comadreja con ganas de morir.

Me engancha del brazo y lo dejo hacer.

La piscina brilla con un resplandor fantasmal a la luz de la luna, el agua negra como el aceite. Cada paso me duele. Me paso los dedos por la espalda y noto la piel raspada, que seguramente se me está poniendo morada. Luego me dolerá. Pero ahora mismo todo lo demás duele mucho más.

Las luces de la zona diáfana de cocina y salón están atenuadas.

Voces que susurran. Alice está de pie junto a la isla de la cocina, inclinada sobre un mapa, rodeada de gente cuyos nombres desconozco.

Bree está sentada en uno de los taburetes de la barra y se muerde una uña, nerviosa.

Abre mucho los ojos al verme, pero no dice nada.

Nadie dice nada. Están demasiado ocupados con el mapa.

Demasiado ocupados intentando encontrar a Lila.

—Bien: según la policía, no hay ningún coche de alquiler, ni imágenes de las cámaras del aeropuerto ni del metro —Alice habla deprisa, con tono práctico—. Está ahí fuera con ella, a pie.

—¡Lárgate de aquí!

La voz que surge de las sombras me sobresalta. Solo son dos palabras, pero suenan a rabia, a dolor y a desgarro interior. Me vuelvo despacio hacia la zona del salón, donde hay unos sillones en la penumbra.

Charlie está allí de pie, mirándome. Su mirada vacila.

—Tío, no hacía falta que me echaras a empujones —refunfuña hacia la oscuridad, y vuelve a la isla de la cocina.

Me acerco. Avanzo con pasos cautelosos, como si entrara en un mundo hecho añicos donde cualquier sonido pudiera provocar un terremoto.

River está sentado en uno de los sillones, como si quisiera que se lo tragara la tierra. Lleva el torso desnudo, empapado en sudor, y el pelo hecho un desastre. Tiene los ojos rojos; y no solo de llorar. Me doy cuenta al instante.

La mirada se me va hacia la mesita auxiliar. Hay una botella de whisky medio vacía y un sobre vacío con restos blancos. No hace falta ser un experto para saber que es cocaína.

Me detengo y contemplo la escena, que se me graba a fuego en la retina; quiero llorar, gritar, cruzarle la cara y, al mismo tiempo, acurrucarme entre sus brazos.

Me siento despacio en el reposabrazos del sillón: lo bastante cerca para sentirlo, lo bastante lejos para no darle la impresión de que intento salvarlo. Miro a la oscuridad, no a su cara.

—¿Crees que tienes más posibilidades de encontrarla estando colocado? —pregunto en voz baja.

Silencio.

Entonces, una risa. Nada agradable. Una risa oscura, quebradiza, rota. El sillón tiembla debajo de mí.

—Sabes… —dice—, en aquella época esa mierda me dio los mejores momentos de mi vida. Lo dejé solo por Lila. Me pasé semanas tirado en aquella clínica de rehabilitación de mierda, pensando que iba a arrancarme la piel a tiras. Así de loco estaba.

Alarga la mano hacia la botella y se la lleva a los labios. El cuello choca contra sus dientes. River se bebe casi media botella de un trago.

—¿Y ahora? Ahora Lila se ha ido. Porque sabe lo capullo que soy. Así que dime, Aura, ¿por quién voy a dejar la coca? ¿Por ti? —Otra vez esa risa. Amarga. Fuerte. Afilada como esquirlas de cristal.

Sigo mirando a la oscuridad. Siento el corazón dando tumbos en el pecho, como si hubiera perdido el equilibrio.

—¿Eras real? ¿Estas dos últimas semanas? —pregunto. Mi voz apenas se oye, pero está ahí.

—Ohhh, ¿ahora el ratoncito se pone sentimental? —Su voz suena burlona. Y, sin embargo, algo en su tono tiembla—. Sí. Era real. Realmente desbordado. Realmente viejo. Con ataques de pánico realmente de mierda y la piel realmente dura. Hasta que llegaste tú. Gracias por eso, por cierto.

Sus palabras me llegan a lo más hondo. Calan más que cualquier caída, cualquier arañazo, cualquier cuchillo verbal. Es como si me pelara el corazón con un pelapatatas, capa a capa. Piel. Carne. Alma. Pero no me rompo. Todavía no.

—Lila tenía tres años cuando murió Lynn, ¿verdad? —No espero respuesta. Solo quiero que me escuche. Que oiga cómo se me quiebra la voz bajo el peso de esta verdad—. A esa edad, normalmente, hay recuerdos. Pero a veces… la mente bloquea lo que el cuerpo no puede soportar.

Oigo que se le corta la respiración.

—Cargar con un secreto así y, encima, tener una hija enferma… Debe de ser muy duro.

Respiro hondo. No sé de dónde salen las palabras. Simplemente salen. Quizá de esa niña rota que llevo dentro y que nunca se atrevió a preguntar por qué nadie luchó por ella.

—He conocido a una niña tan enferma que cualquiera pensaría que ha perdido toda la alegría de vivir.

Pero no la ha perdido. ¿Sabes por qué? Porque tiene un padre que se desvive literalmente por hacerla reír.

Que se ha mantenido limpio. Que decidió no quererla porque pensaba que sería lo mejor para ella.

—Se me quiebra la voz. Tengo que tragar saliva antes de reunir otra vez el valor—.

He conocido a un hombre que atravesaría el fuego para quitarle el dolor a su hija.

¿Y ahora intentas hacerme creer que me lo imaginé todo?

¿Que no era real? Dímelo. Dime que me equivoco y me iré.

—Apenas consigo pronunciar la última frase.

Estoy temblando. Tengo la garganta seca como el papel.

No sé si podría soportarlo si de verdad lo dijera.

Pero no dice nada. Sin una palabra, me levanta del brazo del sillón y me sienta en su regazo. Me rodea con los brazos como unas tenazas, pero no me aplastan. Solo me sostienen. ¿O es él quien se aferra a mí?

Empiezo a llorar. Lloro como no lo había hecho en años.

No solo por Lila. No solo por River. Lloro por la niña que llevo dentro y que se sentaba en una habitación con las manos sobre los oídos mientras sus padres se gritaban hasta desgañitarse.

Lloro por la niña que nunca recibió un abrazo cuando el mundo era demasiado ruidoso. Lloro por mí misma.

—Shhh… —susurra River. Su voz es un aliento áspero sobre mi coronilla. Me pasa los dedos por el pelo, una y otra vez. Meciéndome. Consolándome. Olvidando.

—¡Charlie! —grita de pronto.

Un instante de silencio y Charlie levanta la cabeza de golpe entre la gente apiñada en torno a la isla de la cocina. Abre mucho los ojos al verme sentada en el regazo de River, con la cara mojada y el cuerpo en tensión.

—¿Puedes prepararme un espresso doble? Creo que necesito despejarme un poco más antes de hablar con la prensa.

A Charlie se le ilumina la cara como si le hubieran llegado la Navidad y la Pascua a la vez.

—¡Así me gusta, tío! —exclama, y desaparece hacia la cafetera exprés.

Me quedo callada. Acurrucada, pero temblando por dentro y, al mismo tiempo, más conectada conmigo misma que nunca.