Capítulo 29 #2
Aparece una nueva imagen en la pantalla del televisor.
La foto de un abogado que grita «Photoshop».
El tipo tiene una sonrisa de anuncio de dentífrico, el pelo engominado y una línea del pelo más propia de un mal sketch de comedia que de una persona real.
¿Y se supone que es él quien se la ha llevado?
Intento recordar si lo he visto. En casa de Izzy.
En algún sitio. Pero lo tengo todo borroso en la cabeza.
Entonces aparece el Dr. Mermes.
—Lila padece leucemia linfoblástica desde hace varios años —dice con voz grave—. Sin la medicación, que debe tomarse cada dos horas, existe riesgo de fallo neurológico, shock séptico e insuficiencia respiratoria. Cada minuto cuenta. Por favor, ayuden.
Se me oprime el pecho. Se me pone rígido el cuello.
De pronto, la cabeza me pesa como si llevara un ladrillo dentro.
No puedo pensar. Morirá si no la encontramos.
Morirá si él no la lleva a tiempo a unas urgencias, en algún sitio.
No puedo hacer nada. Nada. Aquí estoy, sentada en el sofá, viendo impotente cómo el mundo se desgarra.
—River McKennan no ha estado disponible para hacer declaraciones —dice el presentador en un tono que da a entender que eso es una prueba más de su culpabilidad.
En la pantalla aparece River abriéndose paso entre una marea de periodistas, con Alice, Bree y Charlie justo detrás. Parece un hombre roto. La sombra de quien fue. Diez años más viejo. Cien vidas más pesado.
—Si tienen cualquier información sobre el paradero de Lila McKennan, llámennos al siguiente número: 1-800-555-4382.
El número se queda en pantalla, en blanco sobre fondo rojo.
En la esquina inferior derecha se ve el logotipo de la cadena. Todo un desastre convertido en espectáculo de máxima audiencia. A la humanidad le encanta que le sirvan las tragedias bien presentadas.
Me quedo mirando el televisor mientras Nova se mete otro puñado de patatas en la boca.
Trish entra en el salón como un general al mando de una guerra que nadie puede ganar. Da unas palmadas —enérgicas, exigentes— y su voz tiene ese matiz típico de «a ver si nos centramos» que al instante te hace sentir que has metido la pata.
—Acercaos todas, por favor. Dom está aquí; tenemos que hablar de toda esta situación.
Me quedo sentada porque, si soy sincera, ya no quiero intentar entender nada de esto. Tengo los pensamientos hechos una masa viscosa de miedo, dolor y vergüenza —porque me marché sin ayudar—, más una opresión en el pecho que parece el preludio de un infarto.
Rhea y Zoe salen de la cocina arrastrando los pies, con las pupilas como cabezas de alfiler.
Tardo un segundo en darme cuenta de lo que eso significa.
—¿Os habéis colocado sin mí? —pregunto en voz baja, pero ninguna de las dos reacciona.
Estoy decepcionada. No espero nada de las chicas, pero me habría gustado pillar algo, aunque solo fuera para distraerme de todo el circo psicológico que se ha desatado a mi alrededor.
La hija de mi —bueno, ¿qué somos nosotros en realidad?
— ha desaparecido. Tengo miedo. Un miedo horrible por alguien a quien ni siquiera conozco de verdad.
Y tengo miedo por el hombre que estuvo a punto de derribar mis muros.
Se dejan caer en el sofá, junto a Nova. Trish se sienta en la mesa de centro, delante de nosotras, con los codos apoyados en las rodillas y una cara que es una mezcla de agotamiento, estrés y ajetreo profesional.
Detrás de ella está Dom, y juro por todo lo que considero sagrado que la escena parece exactamente una audiencia con el director del colegio después de una excursión que se ha ido del todo al garete.
Dom todavía tiene los mocos de Bree pegados al cuello de la camisa. Tiene los ojos enrojecidos, de no haber dormido. Cuando habla, su voz suena dura como el hormigón.
—Chicas, seré breve y claro: Trish y yo hemos decidido que, al final, no vais a versionar «Echoes».
De fondo, el televisor sigue parpadeando. Un documental sobre River. Sobre cómo era. Hace diez años. Antes de… Ni siquiera sé cómo terminar la frase. Antes de venirse abajo. Antes de que todo se convirtiera en cenizas.
—Hollow Lights emitirá un comunicado oficial —continúa Dom, y me devuelve al presente— en el que os desmarcaréis explícitamente de todo este asunto y subrayaréis que no habrá ningún tipo de colaboración con Reckless Ashes. Y mucho menos con River. El equipo de prensa llegará en treinta minutos
, así que, por favor, arreglaos un poco.
—¿Ahora ese tipo gordo y calvo es el nuevo jefe?
—pregunta Rhea con sequedad. La miro, atónita, mientras su voz atraviesa la habitación como un bisturí.
Se levanta y se coloca detrás del sofá, lo que la deja exactamente a la altura de Dom.
Su mirada es de acero. —Porque no recuerdo que lo hayamos contratado nunca. Paseo la mirada por las demás.
Zoe alza una ceja con toda tranquilidad, enciende un cigarrillo, da una calada profunda, echa los hombros hacia atrás y se planta como si hubiera esperado toda la noche este momento.
—Todo esto me está jodiendo muchísimo ahora mismo —dice, y suelta el humo como una auténtica diva—.
¿Por qué tenemos que hacer caso a lo que nos diga un tío gordo, viejo y blanco?
No tenemos absolutamente nada que ver con Reckless Ashes, salvo por el concierto benéfico de esta noche.
Que la gente piense lo que quiera. Ninguna de nosotras tiene trato de verdad con ellos.
Bueno, quizá Aura, esa chica. Pero ahí se acaba.
Sus palabras me golpean como una bofetada, pero no digo nada. No porque no tenga nada que decir, sino porque Dom carraspea de pronto y clava la mirada directamente en mí. Sus ojos me perforan el alma, como si buscara una reacción que pueda usar en mi contra.
—¿Ah, sí? Vosotras, zorras, os contáis todos los secretos, ¿no? —Saca el móvil del bolsillo, desbloquea la pantalla y nos lo tiende—. ¿Me vais a decir que no sabíais nada de esto?
—Mierda, no… —susurro.
En la pantalla: una foto de River y de mí.
Él está apoyado contra mí, con la cara hundida en el hueco de mi cuello, y yo lo abrazo con fuerza, con tanta fuerza como si no quisiera soltarlo nunca.
Ese abrazo. Justo antes del concierto. Justo antes de que todo se convirtiera en una montaña de mierda.
La foto está ampliadísima, pero se ve nitidísima.
Alguien se ha esforzado mucho. Alguien quería esto. El mensaje es inconfundible.
—¿De dónde has sacado eso? —pregunta Trish, y se gira un poco para mirar también el móvil. Su voz suena más apagada de lo normal.
Dom se guarda el móvil en el bolsillo y ya ni siquiera se molesta en sonreír.
—Me la han dado los de prensa, que aparecerán aquí en cualquier momento.
Si no consiguen la entrevista, esta foto circulará en un abrir y cerrar de ojos.
Supongo que no hace falta que os explique lo que significa para Hollow Lights estar vinculadas a un hombre que empujó a su propia mujer al suicidio, ¿verdad?
—Deja las palabras suspendidas en el aire un instante.
Como una explosión a cámara lenta. Luego continúa como si aquello fuera un trabajo rutinario—.
Así que ahora, todas a vuestras habitaciones.
Arreglaos un poco. Nova, por favor, ponte algo encima.
»Cuando terminéis, el equipo de prensa ya debería estar aquí.
Tengo el cerebro zumbando. Zumba tan fuerte que ya no oigo mis propios pensamientos. Siento que la masa cerebral se me derrite poco a poco y se me escurre del cráneo por los oídos. —No estamos juntos —susurro. Mi voz suena como papel de lija.
Trish me mira: con dureza, con rabia, con dolor, con miedo.
Me pongo de pie. —Mamá —digo en voz baja, pero con un tono que la hace dar un respingo—. ¿Me prometes una cosa? Si alguna vez todo se me va a la mierda y parece que se derrumba… ¿me prometes que estarás a mi lado? Los padres apoyan a sus hijos cuando pasa algo así… ¿verdad?
Trish sonríe. Es esa sonrisa temblorosa y abrumada que no sabe si quebrarse o aguantar. Las lágrimas le ruedan por las mejillas. —Pues claro que sí, cariño. Para eso están los padres. Ven, deja que te abrace.
—Gracias, pero paso. —Doy un paso atrás y miro a Dom con una calma despectiva—. Pregúntale a Dom cómo se las gasta con sus propios hijos. Que suelte a su hijo como una patata caliente por segunda vez casi me da ganas de escribir un nuevo éxito sobre los viejos blancos.
La mirada de Trish salta de uno a otro, impotente, pasmada.
Dom me mira como si le acabara de clavar un cuchillo entre las costillas.
Bien. No soy perfecta. Pero tampoco soy un puto peón.
—Ve a cambiarme. Me doy la vuelta y echo a correr hacia el dormitorio; la puerta se cierra de golpe a mi espalda.
Respiro hondo, abro de un tirón el armario, cojo la sudadera negra y me la pongo. Me calo la capucha bien hasta la cara; ni siquiera me recojo el pelo. No necesito retocarme el maquillaje. No necesito palabras. Ahora mismo solo necesito una cosa: salir de aquí.
Abro la ventana. Dos metros. Debajo, una mata de hierba alta.
Saco la cabeza y veo cómo la furgoneta de retransmisión del equipo de prensa entra en el camino de acceso.
Ya oigo las voces, el traqueteo del equipo y el chasquido de los obturadores de las cámaras.
Todos están pendientes de la puerta principal.
Me impulso con los pies desde el marco de la ventana.
Con suavidad, en silencio, con la gracia de un gato, aterrizo sobre la hierba.