Capítulo 29
La multitud de agentes de policía en el vestíbulo del
hospital hace que la temperatura, ya gélida, baje al menos otros diez grados.
Todo se mueve y, al mismo tiempo, parece congelado.
Las voces se solapan, los teléfonos suenan, los uniformes se abren paso a empujones.
Huele a desinfectante, a adrenalina y a ese pánico ineludible que flota en el aire cuando ya nadie sabe qué es arriba ni qué es abajo.
Estoy sentada en una silla de plástico angulosa, con las manos en el regazo, intentando controlar la respiración.
Justo a mi lado: River. Mantiene el cuerpo rígido como una piedra y la mirada clavada al frente, en Izzy, que está sentada a unos metros, en uno de esos bancos bajos para visitantes, mientras dos agentes de policía la interrogan.
Está encogida, habla en un tono apenas audible y mueve los dedos frenéticamente en el aire, como si intentara agarrar algo que perdió hace mucho.
Me pregunto en serio cuánto hay de verdad en todo esto. ¿O simplemente es una actriz magistral?
El Dr. Mermes habla en voz baja por teléfono mientras organiza a la vez un equipo de emergencia.
Todo ocurre al mismo tiempo. Todo es urgente.
Sabía, claro, que Lila tenía que tomar medicación; es lo que conlleva la leucemia.
Pero no sabía que pasar apenas dos horas sin su dosis la convertiría en una bomba de relojería.
Ahora ha desaparecido, se ha esfumado, y nadie sabe dónde está, cómo se encuentra ni siquiera si sigue…
Un agente de policía joven, con la camisa impecablemente planchada y un portapapeles en la mano, se sienta con nosotros. Le brilla un poco la frente y le tiende a River una tarjeta de visita: detective Ryan Mendez.
—¿Tiene alguna idea de por qué ha desaparecido su hija, señor McKennan? Hasta que tengamos pruebas claras, debemos dar por hecho que se ha ido por su propia voluntad. ¿Había… algún problema en casa? ¿Está todo en
orden?
River no reacciona de inmediato. Mantiene la mirada fija en Izzy, con los labios apretados, como si se obligara a mantenerlos cerrados.
Pongo la mano sobre la suya, intentando darle fuerzas; un gesto silencioso.
Pero él la aparta. Despacio, pero con firmeza.
Su expresión sigue siendo dura cuando se aclara la garganta.
—Mi mujer murió hace casi exactamente diez años.
—Su voz suena extrañamente serena—. Le dije a Lila que había sido un accidente de coche.
Hoy… hoy ha sido la primera vez que Lila ha conocido a los hermanos de mi difunta mujer.
Ellos… le han contado la verdad. Que la historia del accidente no es cierta.
Se pasa la mano por la cara con gesto errático; me parece que intenta convencerse de que no está soñando.
—¿Qué ha descubierto exactamente Lila hoy que podría haber provocado su desaparición? —pregunta el agente con calma, aunque sin dejar de observarlo.
—Puedo decirle lo que Lila ya sabía —dice River con voz más quebradiza, más furiosa—.
Que Lynn, su madre, está muerta. Que murió el 13 de marzo, hace diez años.
Después de que naciera Lila, mi mujer sufrió depresión posparto.
Nosotros… le restamos importancia. «Todo irá bien», nos decíamos.
Tristeza posparto, hormonas, un poco de llanto, un poco de drama.
Después, unas semanas buenas. Una familia feliz.
Así que volví a salir de gira, con Reckless Ashes.
Aprieta la mandíbula.
Me mira un instante, pero cuando nuestras miradas se encuentran baja los párpados y sigue hablando, como si temiera que todo lo que lleva dentro se desmoronara si se detuviera.
—Lynn llamaba constantemente. Lloraba. Decía que no podía más.
Cuando volvía a casa, era como vivir con un bebé y un fantasma.
Se negaba a ver a un terapeuta. Una y otra vez.
Decía: «No necesito un terapeuta. Solo te necesito a ti».
Y yo… yo estaba desbordado. Era un crío con un crío.
No estaba preparado para la vida familiar.
No a ese ritmo, no con semejante intensidad.
Mientras ella empezaba a venirse abajo en nuestro piso, yo lo compensaba como podía, con lo que no se debe hacer: drogas.
Alcohol. Otras mujeres. Todo lo que destruye.
Su voz se vuelve más oscura, más baja. Siento que algo se me tensa por dentro.
—Lynn se dio cuenta, claro. Joder, cuántas veces contestó el teléfono uno de mis ligues de una noche cuando ella llamaba y yo ya estaba ido, casi en coma. Ya no era un marido. Era escoria.
Se levanta. Camina de un lado a otro por la sala de espera, con las manos revoloteando en el aire, como si necesitara zafarse de su propia piel a sacudidas.
—Así estuvimos más de tres años. Luego dimos tres conciertos en Chicago. Aquella mañana todo seguía bien. Me despedí, le di un beso en la frente, saludé a Lila con la mano y subí al autobús. Esa noche intentó localizarme más de veinte veces. Me mandó mensajes. Pero yo no podía… no quería.
Se detiene. De espaldas al agente de policía.
—Dos días después, mi madre la encontró.
En la bañera. Con las muñecas cortadas. Lila estaba sentada en las escaleras, llorando.
Completamente sucia. Cubierta de sus propios excrementos.
Había sangre por todas partes. Ella… ella había estado velando a su madre.
Dos días, y yo no me enteré de nada. Estaba por ahí, borracho, colocado de coca y en la cama con una desconocida.
Entonces le fallan las rodillas y se desploma en el suelo; apoya las manos en las baldosas y tiembla mientras busca agarre en las juntas.
—Yo… yo soy responsable de que Lynn se quitara la vida. No estuve allí. Fui un puto gilipollas egoísta. No cumplí mi promesa. Yo… destruí a mi familia.
Me quedo sentada. Paralizada. Incapaz de moverme. Incapaz incluso de respirar. Quiero decir algo, tocarlo, abrazarlo; cualquier cosa. Pero tengo las extremidades como congeladas. El dolor que se desborda de él es tan crudo, tan en carne viva, que lo saboreo en la lengua.
Fuera, los flashes de las cámaras parpadean contra las ventanas. Los periodistas se ponen de puntillas, alzan las cámaras e intentan ver algo a través del cristal esmerilado. El escándalo ya ha empezado.
Trish sale de las sombras, donde ha estado hablando con un agente de policía. Tiene el gesto sereno, pero los ojos vidriosos. Se acerca despacio a mí, me rodea los hombros con un brazo y me pone en pie con suavidad.
—Vamos. Hoy ya no podemos hacer nada más.
Así que me marcho. Paso a paso. Con un nudo en la garganta tan grande que parece contener el universo entero.
No sé cómo he llegado a casa. No sé si he conducido yo, si me ha llevado Trish o si he dicho algo mientras el coche recorría las calles nocturnas de la ciudad. Mi cuerpo estaba allí, de algún modo, pero mi mente se quedó allí fuera, entre los pasillos del hospital y la voz quebrada de River.
Ahora estoy aquí sentada. En el sofá de mi piso. Todo me resulta extraño, como si alguien hubiera cambiado mi vida y me hubiera dado a cambio la fría sombra de una realidad que nadie quiere vivir.
A mi lado está Nova. Descalza, con el pelo alborotado, pantalones de chándal y, como tantas veces, con el torso desnudo, salvo por unas cuantas migas de patatas fritas pegadas al pecho.
La bolsa de patatas en una mano, el mando en la otra, el cuerpo inclinado hacia delante como si estuviera viendo la Super Bowl.
—¡Esto es una locuraaaaa! ¡Sale en todos los canales!
—grita, con la boca tan llena de patatas que apenas la entiendo.
Mientras habla, se le escapan más migas por la comisura de los labios y se le quedan pegadas a la piel, como pruebas de una noche que nadie quería.
Cierro los ojos. No quiero ver lo que parpadea en la pantalla. No quiero oír todo lo que ya saben, lo que están montando con eso, cómo lo retuercen, cómo lo exageran para subir la audiencia. Nova sube el volumen. Ni me inmuto.
—Lila McKennan, de trece años, lleva desaparecida desde esta tarde. Lila es hija de River Ash McKennan, el conocido cantante de la legendaria banda Reckless Ashes. Según se ha sabido esta
noche, aquí se está desarrollando un drama familiar.
Abro un ojo, con mucho cuidado, como si tuviera que protegerme de la imagen que está a punto de aparecer, y ahí está.
Una foto de familia. Lynn, River y Lila en uno de esos parques artificialmente soleados donde a los fotógrafos les gusta montar retratos familiares.
Los tres sonríen. Parecen perfectos y, a la vez, están tan lejos de la verdad que me da vértigo.
—La mujer de River, Lynn, murió hace diez años. Hasta ahora, el público creía que había muerto en un accidente de coche. Pero la verdad es siniestra: Lynn McKennan se quitó la vida en su casa de . Su hija, Lila, pasó varios días junto al cadáver de su madre.
Se me encoge el corazón, se contrae hacia dentro como una tortuga presa del pánico. La pantalla cambia. Ahora sale una mujer: una de las enfermeras del Dr. Mermes. La reconozco; es de esas mujeres que, en cualquier crisis, parecen estar en plena entrevista de trabajo en la CNN.
—Le oí hablar con el agente de policía. Cómo lo confesó todo. Que ella se cortó las venas porque él no estuvo a su lado —lo dice con los brazos cruzados y una mirada que transmite más dramatismo que compasión, como si acabara de aportar la prueba exclusiva del derrumbe del sueño americano.
Podría vomitar. Podría estamparle en la cara las patatas de Nova. Podría…
En la pantalla aparece una foto de Lila. Está radiante. Sin pelo, con la cabeza reluciente bajo el sol y una sonrisa tan luminosa que te deja sin aliento. Así es la cara de alguien que quiere vivir. Alguien que está peleando por salir adelante. Ahora mismo está ahí fuera, en algún lugar.
—Lila necesita atención médica urgente. Por favor, ayúdennos a encontrarla. Es probable que viaje con este hombre: Casey Mitchell, hermano de la fallecida Lynn McKennan.