Capítulo 28
—¡Oh, Dios, sí!
La morena borracha que tengo debajo se convulsiona por tercera vez mientras la embisto como un martillo neumático.
Nuestro sudor se mezcla y esparce un olor dulzón por este baño del backstage de la sala de Chicago, que apesta a meado.
Llevo los vaqueros por las rodillas y el móvil del bolsillo de atrás no deja de vibrar.
Joder, ¿no puede dejarme en paz de una vez la parienta?
Solo con pensar en mi mujer, se me baja la polla al instante.
—¿Por qué paras? Sigue —gimotea la zorra dispuesta que tengo debajo.
—Deja de quejarte o me follo a tu novia, que está esperando ahí fuera —digo, y oigo un chillido de alegría al otro lado de la puerta del baño—. ¡Quédate quieta!
Saco un paquetito de coca del bolsillo del pantalón y trazo una raya justo entre las tetas húmedas de la groupie.
—No te muevas. Si te mueves, te estrangulo.
Enrollo el billete de cien dólares que encuentro en el otro bolsillo y esnifo la raya de un tirón.
Me estallan estrellas en el cerebro; noto que el móvil vuelve a bailarme en el bolsillo, en vibración, pero ahora me importa una mierda.
Se me pone dura al instante, como si fuera de acero.
La sangre me gotea de la nariz directamente en el ombligo de la guarra que tengo debajo; un leve reflejo nauseoso me recorre la garganta.
Puede que hoy me haya metido una raya de más.
Me limpio la sangre de la nariz con el dorso de la mano.
—Date la vuelta y arrodíllate en la tapa del váter —le ordeno.
La monada me saca el culito perfecto. Lleva un gran tatuaje tribal en el coxis.
Uno de esos putos tatuajes que llevan ahora todas las zorras.
Arranco un trozo de papel higiénico del portarrollos y lo extiendo sobre el tatuaje.
Perfecto: ya puede seguir la fiesta. Me encantan estas groupies.
Con ellas puedo hacer todo lo que en mi cama de casa solo puedo soñar, esa cama donde ahora yace el cascarón de la mujer a la que idolatraba hace apenas unos años.
—¿Eres virgen del culo? —pregunto, divertido, mientras me coloco detrás de ella y le apunto con la punta de la polla al ojete blanqueado.
—¿Qué? —Gira la cabeza de golpe, sobresaltada.
El agujero tiene pinta de virgen. Hora de cambiarlo. Junto toda la saliva que puedo en la boca, se la escupo en el ojete y le hundo la polla en el culo de una sola embestida. Las lágrimas le corren por la cara.
—Dime que pare y paro. Pero recuerda: entonces tú te vas y entra tu novia.
Gimoteando, niega con la cabeza mientras la embisto tan deprisa que hasta el conejito de Duracell me tendría envidia.
Con un gruñido profundo, me corro dentro de ella y dejo que la polla se me deslice fuera.
Le sale semen y un poco de mierda. Salgo de inmediato, me limpio la polla con papel higiénico —odio que las mujeres no vengan preparadas para el sexo anal— y dejo ese montoncito sudoroso de miseria tirado en el cubículo del baño.
Al menos podrá decir que se la folló el puto River Ash McKennan.
A juzgar por la cola de mujeres que espera fuera del baño, eso encabeza la lista de deseos de muchas. Paso de largo junto a todas con toda tranquilidad, me abrocho la hebilla del cinturón de tachuelas y empujo la puerta que da al backstage.
—¡Por fin! —Charlie se levanta de un salto—. ¿Ya ha terminado el señorito? ¿Podemos volver al hotel?
Harto, agarra la chaqueta del respaldo de la silla y se tambalea peligrosamente al hacerlo. El cabrón va ciego perdido.
Le hago un gesto rápido con la cabeza.
—¿Dónde está la bolsa mágica? —le pregunto a Dom, que está sentado en un sillón ancho, en un rincón de la sala, mientras dos mujeres, que bien podrían ser sus hijas, se turnan para chupársela.
Dom señala la mesa en silencio. Entre la botella de whisky y el cenicero hay una bolsita de celofán a rebosar de pastillas de colores.
Cojo dos, una rosa y otra azul, me las echo a la lengua y las bajo con medio vaso de whisky.
Los pensamientos se me vuelven más blandos, más borrosos, pero también más ligeros.
Como un ascensor que sube disparado sin saber si ahí arriba hay siquiera un puto techo.
Un pipa me pasa un brazo por la cintura y dice algo de un hotel. Apenas lo oigo. El cerebro me ruge como un amplificador saturado. Me palpita la nuca. El corazón me retumba. Pero oye: el puto River McKennan está vivo.
***
Intento abrir los ojos, pero la luz cegadora de la habitación del hotel me quema el cerebro como un lanzallamas y siento los párpados como si alguien me hubiera puesto ladrillos encima. Párpados de hormigón, una resaca de caballo y la entrepierna… ¿mojada?
Joder. Otra vez no. Me quedo inmóvil. Escucho el rugido que tengo entre las orejas.
Ese rugido que suena como si estuvieras tumbado en medio de una tormenta.
Mi primer pensamiento es: vejiga. El segundo: ETS.
Quizá debería llamar al médico de la gira y pedirle un pinchazo preventivo de todo lo que se pueda pinchar.
Gonorrea, clamidia, la gota militar… que me ponga el menú completo.
Pero entonces oigo otro sonido. Un gemido suave y rítmico. Algo se mueve entre mis piernas. Despacio, me apoyo en los codos y me obligo a salir de la horizontal, aunque siento la cabeza como una pantalla de altavoz rajada.
Veo… a una mujer desnuda con el pelo corto teñido de rojo.
Está arrodillada delante de mí, sobre la cama, intentando por todos los medios devolverle la vida a mi polla, que está muerta del todo.
Se le ha corrido el eyeliner hasta la barbilla, tiene los labios irritados y estoy bastante seguro de que anoche se llamaba de otra manera.
La chica se esfuerza al máximo; eso hay que reconocérselo. Pero el fuego se ha apagado. El viaje de ayer me ha reventado el organismo por completo. Tengo la polla colgando como un globo deshinchado. Me echaría a llorar si no estuviera tan jodidamente anestesiado.
Alargo la mano hacia el móvil de la mesilla. Mientras ella sigue chupándomela como si le fuera la vida en ello, desbloqueo la pantalla. Veintiuna llamadas perdidas. Todas del mismo número.
Lynn. Mi mujer. Mi ángel precioso y roto.
La mujer con la que tengo un hijo. La mujer a la que un día quise.
O creí querer, antes de que todo se desmoronara.
Antes de que se convirtiera en esto… un cascarón.
Una mombie. Mom, madre, más zombie. Suena a serie de Amazon Prime, pero es una pesadilla sin fin.
Paso los mensajes con el dedo.
Lynn
¡Llámame!
Por favor, te necesito.
Solo un segundo. Necesito oír tu voz.
La misma canción de siempre, una y otra vez. Quejica. Gastada. Chantaje emocional en bucle.
Soy un gilipollas, sí. Pero también soy constante a la hora de cumplir mis buenos propósitos, así que le devuelvo la llamada. Siempre la devuelvo. Doce horas tarde, pero oye, ¿eso no cuenta igual como ser un marido fiel y atento?
Lo pongo en altavoz.
—¿Y ahora de qué va todo esto? —gruñe la pelirroja mientras me suelta el miembro flácido.
—No, no, tú sigue. Esto acaba en un segundo. —Le empujo la cabeza hacia abajo con la mano, sin ni siquiera mirarla.
Suena. Una vez. Dos. Cinco veces. Entonces salta el buzón de voz.
Pongo los ojos en blanco y hago una mueca.
—Hola, Lynn, he visto que me has llamado —murmuro al aire, aunque sé que esto ya no va a ser una conversación de verdad—. Como prometí, te devuelvo la llamada.
Y cuelgo. Sin llamada no hay discusión. Todos ganamos.
Se me han quitado las ganas por completo. La aparto de un empujón y se desploma sobre la sábana con un jadeo de sorpresa.
—Vuelve a intentarlo esta noche. Aún nos quedan dos conciertos extra aquí, en Chicago.
Con un gesto brusco de la mano, la espanto hacia la puerta.
Se levanta sin ponerse nada; los pechos le rebotan al ritmo de su orgullo herido mientras marcha hacia la puerta. Ah… Lleva piercings en los pezones. La verdad es que me gustan. Hoy… no tanto. Sale desnuda de mi suite. La puerta se cierra. Silencio.
Me dejo caer de nuevo sobre la cama, me cubro la cara con el brazo y espero el siguiente golpe. Siempre llega otro.
Normalmente, más fuerte que el anterior.
Los dos días siguientes siguen exactamente el mismo patrón de siempre: dormir, follar, esnifar coca, cantar, esnifar coca, follar, esnifar todavía más coca.
Entre medias, una entrevista a la que solo atiendo a medias, y después otra vez follar y dormir.
Repetir. Chicago nos adora, nosotros nos adoramos aún más y yo adoro mi puta vida.
El segundo concierto extra fue la hostia.
Todo el club estaba en llamas; lo sentía en cada vena, en cada fibra, incluso en la polla…
sobre todo ahí. Ahora estoy tumbado en esta enorme cama de hotel, con el minibar completamente vacío, la ventana abierta y follándome a tres hermanas.
No es broma. Hermanas de verdad. Me lo susurraron durante la prueba de sonido, como si fuera algún secreto familiar depravado.
Una de ellas cabalga sobre mí como si en ello se jugara el dominio del mundo y me clava las uñas en el pecho.
La segunda está en cuclillas sobre mi cara y yo tengo la lengua hundida en su coño mojado mientras ella jadea como un tren expreso.
¿La tercera? Está arrodillada a los pies de la cama, con los dedos abriéndose paso entre mis nalgas con precisión quirúrgica. Todo vibra. Todo está vivo.
Y entonces… ¡BUM! La puerta se abre de golpe, como si alguien la hubiera reventado con un ariete.
—¿Qué coño…? —murmuro, y mi mirada se desvía hacia la entrada.
Charlie. Ese cabroncete está plantado en el umbral, con el móvil en alto en la mano izquierda y la mirada oscura.
—Muy bien, chicas, ¡es hora de iros!
Su voz es cortante. Es un tono que nunca le había oído. Ni sonrisa burlona. Ni chiste ingenioso. Solo una seriedad helada.
La guarra que tengo sobre la cara se tira un pedo del susto, directo en mi fosa nasal, y me provoca arcadas. La que cabalgaba se baja de mi polla tan rápido, presa del pánico, que casi grito.
Boqueo en busca de aire, de dignidad, de cualquier cosa…, pero lo único que encuentro es rabia.
—Charlie, te juro por todo lo que considero sagrado que voy a matarte. ¿Qué coño puede ser tan importante para que me arruines un cuarteto?
—Vale, Alice, ahora sí tienes toda su atención.
Pulsa el botón del altavoz. Le tiembla la mano.
—¿River?
La voz de mi madre atraviesa la habitación como un cuchillo. Aterrada. Temblorosa. Llena de lágrimas.
Parpadeo y me incorporo. El corazón me late más deprisa. El ruido del fondo… ¿son sirenas? No sé si se acercan o se alejan. ¿Los bomberos?
¿Una ambulancia? ¿La policía?
—¿Mamá? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Saco las piernas por el borde de la cama, mis pies tocan la moqueta mullida y, de repente, me entran náuseas.
Espero la siguiente ronda de lamentos sobre Lynn. Que haya vuelto a derrumbarse. Que esté montando un numerito. Como siempre. Pero entonces lo único que oigo es un sollozo.
—River… —Se le quiebra la voz—. Tienes que volver a casa.
—Por el amor de Dios, mamá, no puedo simplemente…
Al fondo, el ruido aumenta. Voces. Caos. Pánico. Y entonces.
—¡Papiiiiiii!
Un grito agudo y estridente.
—¡Papi, vuelve a casa!
La voz de Lila. Aguda, penetrante, llena de miedo.
Algo se rompe dentro de mí. Se me revuelve el estómago, el corazón se me para. Me tiemblan los párpados. Todo se vuelve borroso. Todo queda en silencio. Todo a mi alrededor se vuelve negro y caigo.