Capítulo 27
Las notas finales de «Echoes» se disipan como el humo sobre un campo de batalla. Esta canción, cruda, llena de cicatrices, maravillosamente
hermosamente rota, me ha metido en una especie de trance, como si mi cuerpo siguiera sobre el escenario mientras mi mente llevara mucho tiempo enterrada bajo tierra, cavando en busca de respuestas que no existen.
Miro fijamente la luz, que baja poco a poco como una pesada cortina gris.
Entonces recibo un empujón brutal, tan fuerte que me tambaleo hacia un lado y apenas consigo apoyarme en el borde del escenario.
Me doy la vuelta con una réplica ya en la boca, pero lo que veo me hiela la sangre.
River. Está corriendo. No solo deprisa. No de forma dramática ni gloriosa, como en una película.
Corre como si algo lo persiguiera, algo peor que cualquier demonio que haya desterrado al papel o quemado en una canción.
Tiene el cuerpo en tensión y gira la cabeza de un lado a otro, como si buscara algo frenéticamente…
o a alguien. El micrófono está tirado en la parte delantera del escenario, abandonado de cualquier manera, como el auricular de un teléfono después de una mala noticia.
Charlie se acerca al micrófono, lo recoge con un movimiento fluido y dice algo al público: algo tranquilizador, creo, o explicativo.
Quizá solo «Os queremos». No lo sé. No estoy escuchando con atención.
Todo lo que me rodea suena amortiguado, como envuelto en algodón.
Solo me retumba el corazón, sordo, en los oídos.
En ese momento, Alice y Bree pasan corriendo a mi lado, ni siquiera diez segundos después de River.
Veo la cara pálida de Alice y cómo Bree se muerde el labio.
Se abren paso entre la multitud como si las dos huyeran de sí mismas.
Me doy la vuelta y veo a los abrumados chicos de Old Bearded Men, a los miembros del equipo, alterados, y la creciente confusión en los rostros de las primeras filas.
Nova me da un golpecito en el hombro, casi con dulzura, casi con indiferencia. Su voz tiene ese tono que no admite discusión.
—Es la hora del espectáculo, cariño.
Tiene los ojos brillantes, despiertos, concentrados; nada hace pensar ya que hace menos de una hora iba puestísima. Está lista.
Rhea y Zoe intercambian los instrumentos con los chicos de Reckless Ashes; Charlie les entrega su guitarra con un gesto silencioso, y el público enloquece, como si nadie se hubiera dado cuenta de que aquí algo va terriblemente mal.
Nova me lanza una mirada con una pregunta muda, en esa franqueza suya tan rotunda y clara: «¿Vienes? ¿Te apuntas? ¿Seguimos adelante con esto?». Pero no puedo responder. Porque mi mirada vuela hacia la zona de las carpas… y allí lo veo.
River. Como un berserker. Está abriendo de un tirón las lonas de las carpas de las pruebas, una tras otra, como si esperara encontrar su maldita alma en alguna de ellas…
Cada vez, una mirada rápida al interior y a la siguiente.
Dentro. Adelante. Dentro. Adelante. Entre una y otra, aparta a empujones a la gente: unas cuantas fans pegajosas que, por lo visto, no se dan cuenta de que esto no es un encuentro con fans, sino un hombre que parece a punto de desgarrarse por dentro.
De pronto se detiene. Delante de una mujer.
Alta. Rubia. De algún modo, demasiado perfecta para este día, para este lugar, para esta escena.
Parece una modelo que se ha colado por accidente en una retransmisión en directo.
Como alguien que nunca ha aprendido a mancharse.
La multitud que la rodea parece contener el aliento.
Todo queda en silencio. Y en ese instante, en ese silencio vibrante, casi sagrado, River la tira al suelo de un empujón, con fuerza y sin vacilar.
Esta es su versión más descarnada: sin filtros, sin contención.
Su rugido atraviesa el aire como una bala.
—¿Dónde está? ¿Qué le has dicho?
El pánico se desata. Un grito ahogado recorre a la multitud y varias personas levantan el móvil. Unos retroceden; otros, los de verdad, los que sienten en vez de grabar, dan un paso al frente por instinto, porque saben que aquí está pasando algo que se está yendo de las manos.
Salto del borde del escenario y me cuelo al otro lado de la barrera. El corazón me late desbocado, me flaquean las rodillas, pero mis pies corren. Sé que tengo que llegar hasta él, hasta River, que está a punto de perderse porque algo está saliendo mal.
La multitud es densa, calurosa y huele a sudor, a crema solar y a algodón de azúcar.
Me abro paso entre ella, entre rostros que se quedan mirando sin entender lo que pasa…
o entendiéndolo demasiado bien. Alguien me agarra del brazo; me suelto.
Nova grita algo a mi espalda, pero no la entiendo.
Solo oigo la voz de River, que me guía como una maldición.
Entonces llego y veo toda la escena. Él, de pie sobre la mujer.
Respira con dificultad, tiene las manos cerradas en puños y los hombros le tiemblan.
Ella está tendida en el suelo, mirándolo, no con miedo ni presa del pánico, sino con un aire de superioridad.
Como alguien que sabe apuñalar sin sacar ni un cuchillo.
Veo algo en sus ojos que me hiela la sangre en las venas: orgullo. Satisfacción.
En ese momento lo sé: ella ha hecho o ha dicho algo. No sé qué. Pero caigo en la cuenta: Lila ha desaparecido, porque no la veo por ninguna parte.
Pongo una mano en el brazo de River.
—River —susurro.
Se vuelve hacia mí.
Jamás he visto tantas emociones en una sola mirada.
La ira, el dolor, la desesperación y un miedo desbocado se le leen en toda la cara.
Se me cierra el pecho, como si una cinta invisible me lo rodeara y alguien la apretara más a cada segundo.
Apenas puedo respirar. El aire pesa, y no solo por el calor del día, sino también por este silencio absurdo y electrizante que pende sobre la plaza, como si alguien hubiera silenciado el mundo.
No oigo nada salvo los latidos de mi propio corazón y la respiración agitada de River.
Nova, Rhea y Zoe están arriba, en el escenario, con los instrumentos en las manos. Me miran desde allí, con el cuerpo rígido y los ojos alerta. Nova alza una ceja, interrogante. Niego imperceptiblemente con la cabeza. Ahora no. No puedo.
River se vuelve otra vez hacia la mujer.
—¿Qué has hecho? ¿Dónde está Lila? ¿Al menos os habéis hecho la prueba de compatibilidad?
No parece su voz. No es un sonido: es un bramido. Un hervor que sube de las profundidades más oscuras de su cuerpo. La vena del cuello le late con fuerza y rapidez, como si el corazón quisiera salírsele del pecho.
—River, cariño —susurra ella, y tengo que contenerme para no escupirle en la cara—. Claro que nos hemos hecho la prueba. Ya sabes que Lila es muy importante para nosotros. Es nuestro todo. Daríamos cualquier cosa por ella, al contrario que tú.
Veo la rabia que le hierve dentro. Aprieta los puños con tanta fuerza que los nudillos se le marcan blancos. Los brazos, tensos; cada músculo de su cuerpo, un arma cargada.
La gente que nos rodea retrocede, como si intuyera la explosión que se avecina. Se forma un círculo, lo bastante amplio para que nadie se acerque demasiado. Para que nadie quede atrapado en la onda expansiva cuando River estalle.
—¿Dónde. Está. Mi. Niña? Joder, Izzy, ¿dónde está mi hija? —Su voz ya no es más que un gruñido, áspero y hondo, casi inhumano.
Y entonces se ríe. Así, sin más. Se retuerce de risa, como si él le hubiera contado un chiste malo.
—Dudo mucho que sigas siendo su padre. Al menos ella dijo algo así como: «Murió por mí».
Veo una sacudida en el cuerpo de River, apenas perceptible.
Un ligero temblor en el gesto. Sé que es el momento en que algo se le rompe dentro.
Algo que ya no tiene arreglo. Traga saliva con esfuerzo.
La tensión que nos rodea es tan espesa que casi me empuja al suelo.
Es como si toda la sala contuviera la respiración.
Le apoyo la mano en el hombro con suavidad.
Noto el calor que desprende. Cómo le vibra el cuerpo de rabia.
—Se lo has contado —dice River al fin. Pero no suena a acusación. Ni a pregunta. Simplemente está... vacío. Como si alguien le hubiera apagado la última luz de dentro.
—¿Me puedes explicar qué está pasando aquí ahora mismo? —Intento que me salga la voz firme, pero no puedo. Ni de lejos. Suena como una niña en una casa en llamas. Y quizá sea exactamente eso lo que soy.
Izzy se vuelve hacia mí como si acabara de reparar en mi presencia. Me tiende la mano.
—Por lo visto, de algún modo formas parte de esta familia —dice con una sonrisa almibarada que me hace arder las orejas—. Soy Izzy, la cuñada de River; no, la excuñada. La tía de Lila. Y la hermana de nuestra encantadora Lynn.
Al pronunciar el nombre de Lynn, junta las manos como si rezara y alza la vista al cielo con teatralidad.
Tengo el estómago revuelto. Algo dentro de mí grita: «Esto no encaja.
Ella no encaja. Nada en ella encaja». Pero, al mismo tiempo, sé que existe una posibilidad real de encontrar entre nuestros parientes un donante compatible para Lila.
Me agarro a ese diminuto destello de esperanza, aunque todo en mi interior me pida echar a correr.
River está a mi lado. O quizá solo su cáscara. Parece estar en otro sitio, muy adentro, allí donde su alma grita.
Extiendo la mano con vacilación.
—Aura —consigo decir, y mi voz suena como grava sobre asfalto. Ronca, áspera, rota.
El silencio que nos rodea es lo peor. No los gritos, ni el drama: el silencio.
Ese silencio opresivo y acechante. Ahora River da vueltas a nuestro alrededor, despacio, como un animal que sabe exactamente dónde atacar.
Lleva la mirada baja. Tiene los ojos negros; ya no queda luz en ellos.
Veo dolor y quizá odio, pero ya no reconozco a River.
—Seguro que conoces la historia de la muerte de Lynn, ¿verdad? —La voz de Izzy es dulce como el azúcar, pero con cada palabra me clava un cuchillo en el estómago.
—Yo... eh... ¿un accidente? —Mi boca pronuncia las palabras, pero mi cuerpo grita.
Me estoy congelando por dentro. ¿Qué hago aquí?
¿Por qué no me quedé haciendo mi show en el escenario: cantar, gritar, sacar fuera todo lo que me hierve dentro?
¿Por qué le abrí el corazón, si sabía que acabaría así?
En un caos de emociones. En un drama que duele.
—Vaya, ¿a ti también te ha soltado ese viejo cuento?
—Izzy se ríe otra vez. Esa risa... arrogante, despectiva, cargada de veneno.
Hace un gesto desdeñoso con la mano, como si espantara una mosca.
Luego se vuelve hacia River, que ahora está justo detrás de ella—.
¿En serio, Rivy? ¿De verdad creías que ibas a poder mantener este cuento de hadas hecho de mentiras el resto de tu vida?
Me importa una mierda tu dinero. Nos importa una mierda tu dinero.
¡Y el mundo tiene derecho a saber qué miserable
cabrón eres!
Me estremezco. Es como si cada una de esas frases abriera una grieta en la tierra bajo nuestros pies. Como si todo estuviera a punto de derrumbarse y yo estuviera justo en el centro. Pequeña. Desnuda. Indefensa.
¿Y River? River sigue inmóvil. Ni una palabra. Ni un parpadeo. Solo la tormenta en sus ojos, la que va a arrasar con todo lo que lo rodea.