Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Rebusco en el bolsillo del pantalón. Nada de notas. Cómo no. Todo lo que quería decir, todo lo que escribí aquella maldita noche en la que pensé que me había quedado sin palabras, se ha esfumado. Respiro hondo.

—Gracias por venir. —Me sale la voz áspera. Ronca. Pero sincera—. Gracias por querer ayudar. Gracias por escuchar. Porque solo si esta niña sigue aquí…

Señalo la primera fila del público, donde está Lila, radiante, con los dos puños en alto.

—…solo entonces puede ser bueno este mundo. Puedo ser bueno yo.

Silencio.

Entonces doy un pisotón al monitor y le hago un gesto con la cabeza a Charlie, que marca la entrada. Uno. Dos. Tres. Cuatro.

La música estalla. Un breakdown brutal. Guitarras pesadas. Una batería que te retumba en el pecho. Todo es crudo, hondo, rabioso. Y absolutamente perfecto.

Agarro el micro y canto, grito, vivo:

«Redúceme a cenizas y llámalo gracia. Construye tu templo sobre mi cara. Soy el fantasma dentro de tu piel. Que empiece la purga de la verdad.

A la mierda tu silencio, rompe el marco. Deja que la sangre reescriba mi nombre.

Caen las cenizas, pero sigo en pie,

gritando amor con las manos rotas».

Estoy dentro. Joder, estoy dentro de verdad.

El cuerpo sabe lo que tiene que hacer. Las palabras se escupen solas de mi boca y el corazón las lanza al mundo a golpes.

Esto es. Este es mi hogar. Salto. Grito.

Veo a Lila en primera fila, gritándola conmigo, con los puños bien altos.

Mueve los labios en uno de cada dos versos, aunque nunca haya oído la canción.

Joder. Es justo lo que necesitaba. Cierro los ojos cuando entra una parte más tranquila. Un interludio de guitarra melancólico.

«Y si me desvanezco, ¿te acordarás de las noches en que te abracé como si fueran el final?

¿De las estrellas que quemamos, de los dioses que enfurecimos?

¿Seguirías llamándome amigo?»

Respiro hondo porque me tiembla la voz. Me aferro al micro como si me jugara la vida en ello.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, los veo.

Dos personas. Justo al lado de Lila. Una mujer de pelo largo y rubio.

Delgada, bien arreglada, con ropa que a la vista está que es cara.

Como una de esas mujeres de las revistas que nunca quieres leer, pero que hojeas de todas formas en la consulta del dentista.

A su lado, un tipo con pinta de rastrero y entradas pronunciadas.

Están muy cerca de Lila; demasiado cerca.

Olvido la letra, pero sigo cantando de forma mecánica. No aparto la mirada de ellos. Le dicen algo a Lila. Lila los mira y sonríe un instante. Luego la sonrisa se le apaga. Entorna los ojos.

Y lo sé con certeza: la fiesta se ha terminado.

No les quito ojo ni un segundo: Izzy. Casey.

Lila. Los tres están ahí mismo, delante del escenario, como sacados de un anuncio cutre de reencuentros familiares con melodrama extra.

Izzy sonríe de oreja a oreja y le echa los brazos al cuello a Lila, y Casey, en mi cabeza, ya me está dando palmaditas en la espalda por haber decidido invitarlos.

Debería habérmelo imaginado. Que no se iban a limitar a aparecer, hacerse unas fotos, soltar unas lágrimas y volver a montarse en sus coches de clase media para regresar a sus vidas, más o menos igual de emocionantes que el tiempo en Wisconsin.

Pero ahí están, y no puedo apartar la mirada. Ni parpadear.

Mientras Charlie toca un solo de guitarra que se me enrosca en los tímpanos como coronas de alambre de espino oxidado —áspero, distorsionado, brutalmente hermoso—, se coloca a mi lado y señala al público con la barbilla.

—Relájate, tío. Das miedo.

Tiene la voz ronca de cantar, los dedos le vuelan sobre las cuerdas y yo solo asiento en silencio, porque sé de sobra que tiene razón. Estoy demasiado tenso. Demasiado listo para pelear. Pero, joder, pelearé si hace falta.

Entonces empieza la canción. No una canción cualquiera.

«Echoes». La canción que escribí cuando creí que no volvería a levantarme nunca.

Esa en la que Lynn sigue viva, porque cada palabra, cada nota, cada maldito eco está hecho de ella.

Me vuelvo hacia Charlie. La luz cambia a un blanco frío que inunda el escenario desde atrás y casi me deja ciego.

Pero ahí está. Aura. Al borde del escenario. Mira como si estuviera muy lejos, en un universo paralelo donde nada duele. Tiene los hombros caídos, flojos, y los ojos vacíos. Quiero llamarla, decirle que todo está bien, que hago esto por Lila, por ella, por mí. Pero no me da tiempo.

Vuelvo a mirar al frente. Lila ya no está. No es que se haya hecho a un lado: ha desaparecido. Izzy y Casey tampoco están.

Sigo cantando porque el cuerpo me sigue funcionando, aunque tenga el cerebro en llamas. Grito la estrofa al micro:

«Decían que nunca lo lograría.

Que ardería y me apagaría.

Pero aquí estoy, aún en pie,

sangrando un día más.»

Y casi se me quiebra la voz. Miro alrededor, frenético. Dos filas más atrás: Izzy. Con los brazos cruzados. Su mirada me atraviesa el corazón como un disparo. Chulesca, superior, glacial. Como si quisiera decirme: «No te mereces que se quede contigo». ¿Lo peor? Que la creo.

Vuelvo a mirar al lateral. Alice. Bree. Las dos se giran y recorren al público con la mirada: Alice ya está a medio camino del borde del escenario, Bree con la cara descompuesta de pánico. Mierda. Ellas también lo saben. Lila ha desaparecido. Se ha esfumado, como si se la hubiera tragado el aire.

El acorde final corta el aire como una guillotina. Dejo caer el micro. Ni una palabra. Ni aplausos. Ni un gracias.