Capítulo 26
En teoría, el frío del vestíbulo climatizado del hospital debería ser un alivio frente al calor abrasador de fuera, frente al aire tembloroso de la explanada, donde el sudor y la tensión se funden en una sola cosa, pero en lugar de eso se me cuela bajo la piel como una sustancia tóxica.
No es agradable, no alivia: corta como una cuchilla helada en la nuca.
Los escalofríos que me suben por la espalda hasta la coronilla parecen la señal de que mi sistema nervioso ha decidido estrangularse para demostrarme que ya está harto de toda esta mierda.
Lila está sentada a mi lado, con las piernas cruzadas como si tuviera una suscripción vitalicia a la calma, y una piruleta rosa en la boca; es tan grande que me recuerda a una maldita bola de discoteca.
Me quedo mirando el chisme, sin saber si debería impresionarme o alarmarme.
¿Cómo demonios cabe algo así en esa boquita respondona?
Me planteo preguntárselo, pero descarto la idea de inmediato porque: no. Simplemente no.
Los pacientes se congregan a nuestro alrededor.
Algunos están todavía verdes; otros han pasado media vida en una silla de ruedas y la otra mitad a base de morfina.
Pero todos están hambrientos del espectáculo de ahí fuera, de este estado de excepción montado a propósito, que hace mucho que dejó de ser una simple prueba de sonido cargada de dramatismo.
Una anciana con un andador se detiene a nuestro lado, jadeando. Lleva unas gafas con los cristales tan gruesos que por un instante me pregunto si verá doble.
—Disculpe, jovencita —gorjea con voz temblorosa mientras le da unos golpecitos a Lila en el brazo—, ¿sabe qué está pasando ahí fuera? ¿Qué hace toda esta gente aquí?
Su voz oscila entre la curiosidad y el colapso nervioso, entre «Antes todo era mejor» y «¡Socorro, ha llegado el fin del mundo!».
Lila se saca la piruleta de la boca e intenta responder, pero al parecer se olvida de que tiene medio kilo de azúcar entre los dientes.
—Están aquí por mí —farfulla como un pingüino con labio leporino.
—¿Perdón? —pregunta la abuela mientras toquetea el audífono. Pita. Fuerte. De forma inquietante. El acople resuena por el vestíbulo como un delfín agonizante. Todos nos sobresaltamos como si tuviéramos tinnitus. Pongo los ojos en blanco.
Una enfermera con Crocs moradas de unicornios aparece de la nada, le pone la mano en el brazo a la anciana y dice con dulzura:
—Vamos, señora Miller, la acompaño a su habitación. —Su voz suena amablemente profesional, ensayada y serena—. Desde allí tendrá la mejor vista del escenario.
—¿En el escenario? Ah, ¿y quién actúa? ¿Elvis Presley?
Ojalá solo me resultara un poco triste, pero me golpea con una fuerza inesperada. A veces el pasado es mejor bálsamo que cualquier presente.
—¡Mucho mejor! ¡Mi padre! —grita Lila con tanta fuerza que la oye absolutamente todo el mundo en este maldito vestíbulo.
Sonríe orgullosa, dulce como el azúcar, con la piruleta en alto a modo de batuta, y una oleada de calor me sube hasta la raíz del pelo.
No porque me avergüence, sino porque de repente todos me miran como si alguien hubiera dado la señal.
Las cabezas se vuelven y los ojos se me clavan como alfileres en un muñeco de vudú.
Intento parecer el padre guay y no la exestrella del rock superada por todo, presa del pánico por la lista de canciones que se ha dejado en algún rincón del estuche de la guitarra.
La anciana entrecierra los ojos y me observa. Sus pupilas son dos escáneres láser diminutos clavados en mi cara. Esbozo una sonrisa torcida, la versión barata y de autobús de gira del «favorito de las suegras».
—Pff. Prefiero a Elvis —murmura, y se aleja tambaleándose con el andador mientras saluda con la mano como la reina Isabel al pasar, como si acabara de ganar el concurso del día de Vamos a poner a parir a una estrella del rock.
—¡Jo, papá! ¡Te ha dado caña! —se ríe Lila. Es una risa descarada y sincera que, no sé cómo, me cura un poquito cada vez.
Me encojo de hombros y suelto una risa ronca.
—Cincuenta puntos para la abuela Slytherin. Creo que este año gana la Copa de la Casa.
Mi mirada recorre el vestíbulo. Rastreo la sala como un cazador.
Alice está junto al Dr. Mermes, con el ceño fruncido y la boca apretada.
Parece que acabara de digerir una verdad amarga.
Noto un calor que me sube por debajo de la piel.
Sé lo que significa esa mirada. Ha descubierto algo.
Probablemente algo que no le he contado.
Algo que le he ocultado por miedo a decirlo en voz alta.
A unos metros, las chicas de Hollow Lights—un amasijo de cuero, eyeliner y expectación tensa—se agrupan alrededor de una tableta profusamente bordada que parece un portal al infierno de saldo, de lo deshilachada que está ya la funda.
Aura levanta un momento la cabeza, cruza la mirada con la mía, me guiña un ojo —breve, segura, adictiva— y se gira de nuevo hacia el resto de la banda.
El aire se me hace demasiado en los pulmones; el pecho se me ensancha más de lo normal durante un instante y el corazón se me salta medio latido.
Me relajo un segundo. Quedan quince minutos.
Quince minutos y salimos. Entonces todo irá bien.
Entonces dejaremos de ser un historial médico, un desastre familiar, un pasado hecho mierda. Entonces seremos música.
—¿Estás preparada? —El Dr. Mermes está ahora justo delante de Lila. Su voz es suave, pero seria.
De repente Lila está pálida. Nada de chulería. Nada de hacerse la dura. Solo pálida. La piruleta le tiembla un poco en la mano. Asiente. Le tiende la mano libre.
La puerta del vestíbulo se abre de golpe y el contraste me alcanza de inmediato: calor, voces, movimiento.
Lila se pega a mi costado, como si quisiera esconderse del ruido, de todas las miradas, del peso de este momento.
Pero no se deja intimidar. Es más dura que yo.
Más dura que cualquiera de los que hoy se subirán a ese escenario.
Su mano descansa firme en la del Dr. Mermes mientras él la conduce, con un leve asentimiento, hasta la pequeña tarima instalada expresamente para este discurso.
Los sigo a los dos con la mayor discreción posible.
Hoy todo gira en torno a Lila. No a mí ni a mi pasado.
Se encienden los focos. Una luz cálida cae sobre la cabeza calva de Lila y le dibuja un halo resplandeciente alrededor del rostro. Parece un angelito tímido en un maldito buque de guerra. Y esta guerra es real.
Estoy junto a la tarima. El público ha quedado en silencio; cuesta creerlo con varios cientos de personas aquí. Las cámaras chasquean. Se alzan los móviles. Alguien grita su nombre.
Lila se acerca al micrófono. No tiembla. La voz no le vacila.
—Hola. Soy Lila. Y hoy… —su mirada recorre al público— no se trata solo de mí. Se trata de todas las personas que necesitan una donación de médula ósea. Una parte diminuta del cuerpo de otra persona para poder volver a casa.
Aprieta los labios, traga saliva y continúa sin amedrentarse.
—Estaba enferma. Estoy enferma. Y puede que lo esté siempre. Pero hoy estoy aquí. Y vosotros también. Porque queréis ayudar. Porque estáis escuchando. Porque hoy quizá no solo os llevéis un espectáculo increíble, sino que además podáis salvarle la vida a alguien.
Señala al fondo, donde cuelga una gran pancarta: «Hoy, pruebas. Mañana, esperanza».
A su lado, el Dr. Mermes se aclara la garganta, se acerca al micrófono y le pone una mano en el hombro a Lila.
—Los puestos ya están abiertos. No tenéis nada que temer. Un frotis bucal solo lleva unos segundos. Si tenéis un rato entre actuaciones, acercaos. Puede que seáis el donante compatible que alguien está esperando ahí fuera.
El público murmura, un murmullo colectivo.
Estallan los aplausos. Entonces, como si alguien hubiera dado una señal muda, llega un estruendo desde la calle.
Tres grandes autobuses de gira se acercan levantando polvo.
Deben de ser los de Millersfield. Se abren las puertas.
La gente sale en tropel con camisetas de Reckless Ashes, algunas también de Hollow Lights, y muchos levantan carteles: Por Lila; Hazte la prueba en vez de rendirte; Soy compatible con ella. Quizá.
La plaza se llena tan deprisa que los de seguridad tienen que reorganizarse. Mueven las vallas y amplían la zona de delante del escenario. Alguien reparte botellas de agua.
Se me ralentiza el pulso. No porque esté menos emocionado, sino porque sé que no estamos solos.
En el escenario, Lila vuelve a acercarse al micrófono.
—Y ahora… viene la parte que más ganas tengo de ver. Y creo que mi padre está a punto de ponerse aún más nervioso que yo.
El público se ríe.
—Después de más de diez años alejados de los escenarios, hoy vuelven a subirse juntos. No con la formación original, pero igual de ruidosos, igual de crudos e igual de alucinantes: ¡mi grupo favorito, Reckless Ashes!
Vítores. Gritos. Silbidos.
—¿Y luego? Luego… llega lo que más me ilusiona. Porque mi nueva mejor amiga…
Su sonrisa es dulce como el azúcar y rebosa orgullo.
—…Aura y su grupo, Hollow Lights, van a destrozar el escenario. Os lo prometo.
Da un paso atrás. Me sonríe desde el escenario y levanta los dos pulgares. Después, el Dr. Mermes se retira con ella entre bastidores.
Los focos me abrasan las retinas mientras subo despacio al escenario.
El cuerpo me funciona, aunque el cerebro preferiría vomitar.
El corazón me martillea, pero las manos no me tiemblan; solo respiro demasiado deprisa.
Los chicos ya están colocados junto a sus instrumentos; Charlie me dedica un gesto de ánimo con la cabeza.
Camino hacia el micrófono como un puto psicópata de camino al patíbulo. Seguro: con esa seguridad que solo se tiene cuando ya nada te importa.