Capítulo 25 #2
Alice alarga la mano despacio y le da unas palmaditas en el antebrazo. Con mucha suavidad, casi con ternura.
—No te preocupes, grandullón, no van a arrancarte la cabeza. —Su tono es ligero, casi tranquilizador, pero hay algo en él que suena… ensayado.
Frunzo el ceño. ¿Qué demonios está pasando aquí?
La situación ya es bastante absurda: estamos aparcados delante de un hospital enorme e intimidante con un escenario de festival, Bree ha saltado de un coche en marcha y mi estómago se rebela contra el pan con sabor a pescado, pero ahora encima la cosa se pone directamente críptica.
¿Por qué habla todo el mundo de repente en clave?
Trish nunca me dedica palabras de ánimo.
Como mucho, algo así como: «Venga, mujer, puedes pasar dos días sin comer.
Si no, ya no te cabrá tu vestido favorito».
Me lo dijo de verdad cuando tenía siete años. Sin broma.
—No le has hecho nada a nadie —sigue murmurando Alice—. Están aquí única y exclusivamente por Lila. Por Lynn, porque Lila es parte de ella.
¿Qué? ¿Quién es «ella»? ¿Y qué quiere decir con «parte de ella»?
Mis pensamientos se tropiezan, se caen y salen disparados por mi cabeza.
River asiente. Muy levemente, de forma apenas perceptible.
Luego se desinfla como un colchón hinchable al que alguien le ha quitado el tapón.
Por un momento parece un viejo cansado que solo quiere que lo dejen en paz.
Después suelta el aire despacio, una bocanada larga y profunda que suena a decisión, y abre la puerta del conductor de un tirón tan brusco que la camioneta se balancea.
Con esa fuerza habría podido arrancar un maldito árbol de raíz.
Me sobresalto, agacho la cabeza y, en piloto automático, le doy un mordisco al sándwich…
puaj. No puedo más. De verdad que no puedo más.
Disimuladamente, escupo el pegote viscoso en el bolsillo de la puerta y lo cierro de golpe.
Te lo juro, esa cosa daba un asco espantoso.
Por lo visto, nadie comprobó el atún antes de que Alice preparara el sándwich, ¿no?
¿Lo habrá hecho a propósito? ¿Estará planeando envenenarme?
¿Como una suegra malvada de una película de sobremesa de los noventa? ¿Sabrá que…?
Abro mucho los ojos y me tapo la boca con la mano.
¿Sabrá que River y yo…? Dios mío. Y, en realidad, ¿qué somos?
¿Una pareja? Suelto una carcajada y me muerdo la lengua enseguida, a ver si nadie se ha dado cuenta.
No. Imposible. ¿Amigos con derecho a roce?
Me muerdo el labio inferior. ¿Somos amigos siquiera?
¿Desconocidos con derecho a roce? Eso suena más realista.
Asiento, niego con la cabeza y vuelvo a asentir.
Mientras discuto conmigo misma en silencio, caigo en que sigo sentada en el coche. Y ahora, sola. Y en que voy acompañando mis pensamientos con muecas, como una compañía de teatro unipersonal especialmente expresiva. Espero que nadie me esté mirando.
Un golpe seco. Justo en la ventanilla.
Me sobresalto y miro al lado. River está ahí fuera. Tiene la cara blanca como el papel. Los labios apretados en una línea fina. Parece que va a vomitar… o a salir corriendo. O a salir corriendo mientras vomita.
Me deslizo deprisa hacia la puerta y la abro de un tirón, pero, antes de que pueda decir nada, River se me adelanta.
—Me gustaría cerrar ya el coche con llave —dice con voz tensa y la frente ligeramente perlada de sudor—.
Con el calor que hace hoy, en veinte minutos estarías cocinada.
Lo cual, por un lado, no estaría mal, porque así tendríamos cena para toda la familia, con una bolsa de arroz y todo…
—se pasa la mano por la cara, nervioso, con los dedos temblándole un poco—, pero, por otro lado, mi coche olería fatal.
Y Hollow Lights no podría actuar. Así que ¿qué va a ser?
Hace un gesto amplio con la mano, como si me invitara educadamente a bajar, pero la desesperación de sus ojos es difícil de pasar por alto.
Me lo quedo mirando fijamente. ¿Está intentando hacerse el gracioso?
Pero ¿por qué narices se está portando como un gallina?
Este tío llenaba estadios enteros, por el amor de Dios.
Y ahora está ahí de pie, temblando, con la voz quebrándosele antes incluso de salir.
No deseo otra cosa que abrazarlo. Y abofetearlo al mismo tiempo.
Me aclaro la garganta, como si eso solucionara algo.
—Bueno… ¿y ahora qué? —River arquea una ceja y repite el gesto.
Respiro hondo. Y después bajo, a este día absurdo, extraño y fatídico.
Aturdida, camino junto a River arrastrando los pies, con los pasos pesados, como si cada movimiento exigiera más fuerza de la que puedo reunir ahora mismo.
Avanzamos uno al lado del otro, en silencio, y, aun así, el silencio entre nosotros suena tan fuerte como un coro entero de preguntas, dudas y cosas que ninguno de los dos se atreve a decir.
Las puntas de nuestros dedos están tan cerca que casi se rozan, separadas apenas por un hilo de aire, tan fino que casi no se podría respirar.
El acomodador que está junto a la fila de entrada reconoce a River al instante, hace un breve gesto con la cabeza y, con una expresión hosca pero respetuosa, nos abre la verja de la entrada VIP.
¿Y yo? Me quedo mirando el cartel de encima de la puerta como si se estuviera burlando de mí.
VIP. Qué farsa. Esto no es una cena de entrega de premios ni una fiesta de después del concierto con canapés.
Hoy lo que está en juego es la vida de una niña.
Una niña calva, con una voz más potente que cualquiera que haya oído en un escenario. ¿Y aun así tenemos una puta zona VIP?
Niego levemente con la cabeza mientras avanzamos despacio hacia el pequeño grupo que se ha reunido en la zona cubierta.
Lila se lanza al cuello de un hombre mayor y calvo con bata de médico y aprieta todo el cuerpo contra él como si no quisiera soltarlo nunca.
Cuento automáticamente los metros que aún nos separan. Diez. Quizá once.
Alice está allí, con los brazos cruzados, y Bree a su lado.
Las dos observan a Lila con una expresión intensa.
Charlie habla con uno de los de Old Bearded Men, ¿Cooper o Nick?
No tengo ni idea de quién es quién. Tampoco me importa.
Enfermeras con pijamas verdes y azules se afanan entre la multitud.
Y justo en medio de todo están Trish, Zoe, Rhea y Dom.
Están aquí. Gracias a Dios. La única que falta todavía es Nova.
Trish le susurra algo al oído a Dom, pero él se queda mirando, sin más. No a Lila. No a River. A Alice. Algo en esa mirada me recorre la espalda como un escalofrío.
—¡A la mierda! —La voz de River, más ronca de lo habitual, me hace añicos los pensamientos como un estallido.
Antes de que pueda reaccionar, me agarra del brazo y, sin decir una palabra, me arrastra detrás de una mampara, entre dos cajas de bebidas vacías y una consola llena de cables. Se planta delante de mí. Alto. Corpulento. Sin aliento.
Se sube las mangas con tanto frenesí que acaban por encima de los codos, mientras la mirada le vaga por todas partes: al cielo, al suelo, a la gente del escenario, a un punto imaginario en medio de la nada. A cualquier sitio menos a mí.
—¿Todo bien? —pregunto, intentando no sonar como una maestra de guardería preocupada—. ¿Te traigo una bolsa para vomitar? ¿O me paso por psiquiatría a por un Tavor de los buenos? ¿Te apetece un porro? ¿Te está dando un ataque de nervios?
Intento seguirle la mirada como una loca, pero él mueve la cabeza de un lado a otro como en un partido de tenis desquiciado.
De pronto, deja de moverse. Los ojos se le clavan en un punto justo por encima de mi cabeza.
—Lila ha decidido que hoy seamos nosotros los teloneros —dice con una voz extrañamente plana—.
Y ella... tú... tú eres la cabeza de cartel.
Lo miro fijamente.
—¿Vale? Suena... ¿guay? —Elevo el final de la frase como si fuera una pregunta, aunque ni yo misma estoy segura de que sea eso lo que quiero decir.
River asiente. Con energía.
—Sí. Yo también lo creo. —Sigue mirando al vacío. Las manos en los bolsillos del pantalón, los hombros rígidos, la barbilla hacia delante con irritación, como si se estuviera fustigando por dentro.
—¿Sí? —insisto.
—Sí. —Vuelve a asentir. Ahora se mira las uñas.
Aquí hay algo que no cuadra. No lo conozco lo bastante para saber qué le quema por dentro ahora mismo, pero sí lo suficiente para darme cuenta de que algo se le está rompiendo dentro. Quizá sea una especie de crisis de los cuarenta. Quizá sea cosa de ser padre. Quizá sea todo a la vez.
—River... ¿está todo...? —Doy un paso adelante y le pongo la mano en el pecho.
La reacción es inmediata. Se ablanda bajo mi contacto.
La tensión rígida se derrite como el hielo bajo el sol de primavera.
De pronto, sin más, se inclina hacia mí, me agarra de la cintura y aprieta los labios contra los míos.
No es un beso delicado. Ni un acercamiento lento y dubitativo. Es exigente. Duro. Arrollador.
Lo aparto de mí, buscando aire a boqueadas.
—¿Qué coño es esto? —Mi voz suena ronca, temblorosa, a medio camino entre un grito y un susurro—. Me estás dando miedo, tío. Miedo de verdad.
River se pasa las dos manos por la cara, como si quisiera borrarse a sí mismo.
—Perdón —murmura—. Es que... hoy es un día importantísimo. Estoy tenso. Todos estamos tensos. Y, en realidad... ahora mismo solo necesito un abrazo. De alguien que me caiga bien. Y que no esté tan metido en todo esto como... el resto de la familia.
Lo observo con atención. Las sombras bajo los ojos. Las finas arrugas marcadas a fuego en la frente. Las gotas de sudor que le bajan despacio por el cuello.
Mientras lo miro, lo siento. Eso. Esa cosa grande, blanda y aterradora que tengo en el pecho y que me aprieta las costillas tan fuerte que casi no puedo respirar. Amor. Empatía. Cariño. Maldita leona.