Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

No estoy segura ahora mismo, pero tengo la sensación de haber hecho algo mal.

Una punzada vaga y leve en el pecho, como si le hubiera robado un helado a un niño o le hubiera quitado un palo a un perro.

Aunque… lo segundo seguramente tampoco habría sido tan grave, ¿no?

En fin. Es como si me hubiera saltado una regla que nadie me explicó, y eso me está comiendo por dentro.

Después de intentar salvar mi maquillaje arruinado con el neceser de purpurina de Lila, el «Pesadilla Barbie» —y digo «pesadilla» porque ahí dentro había de todo: sombra de ojos rosa con polvo de unicornio « », una máscara de pestañas que olía más a pegamento líquido que a otra cosa y un brillo de labios llamado «Besos de chicle» que me picaba en la lengua como un caramelo efervescente—, porque mi neceser se había quedado abajo, en el salón, en mitad del decorado de la Familia Feliz, me quedé en el rellano con el delineado medio simétrico, el pintalabios demasiado oscuro y una de las camisetas de grupo de River, convencida de que aún me quedaban unos minutos para coger aire.

Me equivocaba. Alice estaba en el salón con una campana de plata —una puñetera campana de verdad—, como si acabara de anunciar la hora del té en el palacio de Buckingham, y gritó con esa voz marcial que me pone en tensión todo el sistema nervioso:

—Ahora. Vamos. Nos vamos ya. Se acabaron las pausas para ir al baño. Nadie se queda atrás. Esto no es una excursión divertida: es una operación a corazón abierto.

En un abrir y cerrar de ojos, todos se movieron como soldaditos: coordinados, obedientes. Solo me dio tiempo a coger la chaqueta y el sándwich que Alice me había plantado en la mano sin preguntar y, de pronto, ya íbamos apiñados en la camioneta de River como una fila de fichas de dominó.

Ahora estoy sentada en medio del asiento trasero. A mi izquierda está Bree, que parece a punto de grabar un TikTok sobre los sudores fríos. A mi derecha está Lila, que intenta sacarme el móvil del bolsillo a escondidas.

En el asiento del copiloto: Alice. Con la espalda recta, el delineado perfecto y la voz de una exorcista de gaviotas, canta a pleno pulmón una canción que debe de estar a medio camino entre un cuenco tibetano y una fiesta de graduación de parvulario.

No la conozco. Tampoco quiero conocerla.

Probablemente sea número uno en las listas de «Canciones que hacen llorar a tus neuronas» de algún universo paralelo.

Y si eso ya parece un problema, aquí viene el de verdad: Alice no sabe cantar.

En serio, no sabe. Y no me refiero a que cante mal de una forma mona y peculiar, sino de esa manera de «apagad el micro, estamos perdiendo al público».

Los oídos me empiezan a sangrar poco a poco.

Por dentro. O por fuera. No estoy segura. No me atrevo a comprobarlo.

River, en cambio, está haciendo lo que mejor se le da: callar, apretar el volante y mantener la vista fija en la carretera, como si tuviera que concentrarse para no perderse. Y eso que debería saber llegar al hospital con los ojos cerrados… por desgracia.

Cada vez que nuestras miradas se cruzan en el retrovisor, una descarga me atraviesa el bajo vientre, como si alguien me hubiera tendido un cable de alta tensión entre las piernas.

Quiero gritar. O reírme. O ponerme un paño frío en la frente.

O subirme a su regazo sin más. Pero, en lugar de eso, me quedo mirando el sándwich de atún envuelto en film transparente que tengo en la mano y que poco a poco va alcanzando la temperatura de una bolsa de agua caliente.

Tengo la sensación de que me está acusando.

—¡Cómetelo ya, niña! ¡Si no, te vas a desmayar en pleno escenario! —ordena Alice con su mejor tono de sargento. Su mirada podría echar abajo puertas de acero. La tiene clavada en mi sándwich, como si esperara que me lo zampe en doce bocados exactos y sin respirar.

Miro a Alice. Luego vuelvo a mirar el sándwich y me planteo muy en serio si no prefiero estrellármelo contra la cabeza.

Alice se vuelve hacia River, alarga la mano y le acaricia la cabeza. Su puñetera cabeza. Como si fuera un golden retriever bien educado y ella estuviera orgullosa de su primer montoncito durante el paseo.

—¿Estás preparado para volver al escenario, osito achuchable mío?

Juro que oigo un leve tintineo de campanillas en el aire.

El bocado de aquel sándwich de atún mustio y ligeramente sudado que acababa de meterme en la boca a regañadientes se me atasca en la garganta con tanta fuerza que me pongo a resollar al instante como un soplador de hojas mal engrasado.

Todo el cuerpo me da una sacudida; me tapo la boca con la mano para no echarme a reír, alzo la vista y me topo con la mirada de River en el retrovisor.

Esa mirada. Podría fundir el cristal. Es el equivalente emocional de un formulario de «abandono mi vida».

Intento recomponerme, pero Bree, que por lo visto cree que estoy en peligro de muerte, me suelta una buena palmada con la mano abierta entre los omóplatos y el trozo pastoso de sándwich de pescado que tengo en la boca encuentra su final y sale volando en un arco altísimo hacia el parabrisas.

Y. Va. Y. Choca. Justo. Contra. La. Radio. Del. Coche. De. River.

Contengo la respiración. Pasan los segundos. Parece que nadie se ha dado cuenta de nada. Gracias a Dios. Esperemos que se quede ahí hasta el fin del mundo… o, al menos, hasta después del concierto.

Observo la expresión de River, deformada en el retrovisor. El osito achuchable se está tomando su tiempo para contestar si está listo para darlo todo.

—Sí, mamá, todo lo listo que se puede estar —murmura River con una expresión que oscila entre «gritando por dentro» y «amnesia psíquica en tres… dos… uno…»—. ¿No habíamos hablado ya de que no me llames así, por favor?

Alice se limita a espantar sus palabras como si fueran una molesta mosca de la fruta. Le revolotea la mano justo delante de la cara, como si hubiera aprendido todas las reglas de la comunicación en un libro titulado «Cómo dominar a los hombres con gestos».

Entonces se vuelve hacia mí. —¿Y tú? —Alza una ceja perfectamente depilada—. ¿Tú también estás preparada? ¿Qué tal si hoy tocáis canciones un poco más amables? Nada de, no sé, castrar violadores, quitarse los sujetadores o la revolución por los derechos de la mujer. ¿Qué tal una

canción sobre… el amor?

Se me tensa todo por dentro. La lengua se me pega al paladar.

El cerebro intenta procesar lo que acabo de oír, pero es como si alguien hubiera borrado el disco duro.

Me estremezco un instante. Una descarga me recorre el cuerpo entero.

Es como si tuviera una reacción alérgica a la palabra «amor».

Lo mismo me podría haber propuesto que nos pusiéramos todos un pijama de flamencos y compusiéramos una canción sobre unicornios que se dan terapia a sí mismos. Me quedo mirándola con la boca abierta.

Por lo visto, con eso tiene respuesta suficiente, porque Alice se vuelve otra vez hacia River, completamente imperturbable. —Por cierto, ¿ha dicho algo tu creador? ¿Él también va a estar?

River se encoge de hombros. Un movimiento tan inexpresivo y brusco que parece que alguien le hubiera quitado las pilas.

—Está a punto de convertirse en el nuevo productor de Hollow Lights. Así que supongo que estará allí.

Parpadeo. Una vez. Dos veces. Hasta mi propia confusión parece ahora… confundida. Vuelvo la cabeza despacio hacia Lila, que mira por la ventanilla con aire soñador. Por lo visto, no ha pillado ni una palabra de esta conversación tan rara. Quizá sea lo mejor.

Bree se cruje los nudillos a mi lado.

—Ah, sí, estoy deseando volver a ver a ese capullo. ¿Puedo pegarle un puñetazo? ¿Por cada tarjeta de cumpleaños que se le olvidó? ¿Por no preocuparse más que de su niño prodigio? ¿Y porque parece que se le está cayendo la polla desde que se enteró de

que su hija es una comecoños?

Se hace un breve silencio sepulcral.

—¿Una qué? —pregunta Lila, ya completamente despierta, y se vuelve despacio hacia Bree con el ceño fruncido, como si acabara de perderse el giro argumental de un pódcast de crímenes reales.

Ay, joder.

Bree se estira por encima de mí y le da unas palmaditas en la rodilla a Lila, como una tía cariñosa pero agotadísima.

—Nada, cielo. De verdad, nada. Olvídalo. ¡Mira, anda, ya hemos llegado! —Da unas palmadas como una niña de cinco años delante de una granja escuela y abre la puerta del coche de golpe, con la camioneta de River todavía en marcha.

—¡Oye! ¿Te has prendido fuego o qué? —grita River desde el asiento del conductor mientras Bree salta del coche, medio con gracia y medio a trompicones, como una doble de acción.

Estoy a punto de decidir si la admiro o si simplemente estoy demasiado cansada para cuestionármelo cuando se me va la vista al frente. Justo enfrente se alza el Hospital de la Universidad de Pensilvania: grande, frío, austero.

Delante hay un escenario. Un escenario de verdad, de los de festival. Con estructuras metálicas, monitores, una pantalla LED enorme y dos largas filas de tiendas blancas montadas a ambos lados. Tiendas como las de un campamento de ayuda humanitaria.

—Pero qué cojones…

Lila se inclina hacia mí y su voz se convierte en un susurro dulce justo en mi oído.

—Mi padre es el mejor, ¿verdad?

No sé si reírme o vomitar. O las dos cosas a la vez.

Observo a River, que sigue al volante como si estuviera pegado a él, como si temiera que el coche echara a rodar sin él.

Aprieta el volante con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos.

Su mirada recorre el terreno que tenemos delante.

Centímetro a centímetro, como un francotirador entrenado a la espera de contacto enemigo.

El escenario, las tiendas, el edificio del hospital detrás de todo ello, la gente que ya se agolpa ante las puertas antes de que abran…

todo. Casi oigo cómo le cruje el cerebro bajo el peso de tantas impresiones.