Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Parpadeo para borrar la imagen, pero solo se me graba más hondo en la mente y lo cubre todo como un filtro oscuro y abrasador.

Aura. De rodillas. Con la mirada hacia arriba, los labios entreabiertos, lista.

El bajo vientre me da una sacudida, un cosquilleo caliente me sube por la columna mientras cierro más la mano y retomo el movimiento, lento, rítmico, como si lo gobernara una fuerza propia.

De la garganta se me escapa un sonido ronco y grave —más un aviso para mí mismo que una muestra de placer—, pero no puedo parar. Ni quiero.

The Amity Affliction sigue atronando por los altavoces, cada golpe como un impacto contra mi autocontrol.

Y entonces aparece esa imagen. Aura en el escenario, metíendose la mano entre las piernas, los labios curvados en esa sonrisa sucia, siseando al micrófono: «Relájate, papi».

Gimo, cierro más la mano, noto las venas latiendo bajo la piel, la pelvis empujando contra el aire como si me hiciera falta ese último centímetro, ese último maldito ápice de presión, para…

—¡Ay, Dios, por favor, no!

Las palabras me golpean como una descarga eléctrica.

Abro los ojos de golpe, jadeando en busca de aire como si alguien acabara de sacarme la cabeza de un agua oscura.

—¡Alexa, apágate! —jadeo, y la música se calla al instante, como si hubieran cortado la corriente.

Solo queda el goteo del agua. Y mi corazón, que vuelve a latir desbocado, aunque por un motivo completamente distinto.

Echo la cabeza atrás de golpe, inspiro superficialmente por la nariz, recorro el baño con la mirada y saco un poco la cabeza de la ducha, que está abierta.

¿Ha sido eso… real? ¿De verdad lo he oído?

¿O es que a mi cerebro se le ha ido del todo la olla?

Doy un paso a un lado, miro detrás de la mampara semitransparente que oculta el inodoro y lo veo.

Un dedo del pie. Un dedo fino, tembloroso, con la uña pintada de negro, que justo en ese momento se retira tras la mampara con un movimiento apresurado. Mi cerebro hace balance. ¿Púrpura? No. Jamás. Ni hablar. No con las uñas pintadas de negro. No esa silueta. No en ese momento.

Me quedo de piedra. Helado por dentro. Salgo de la ducha, el agua goteando sobre los azulejos, la mirada fija, el paso firme.

La cabeza me martillea. La zona lumbar me grita.

Mi cerebro se queda en blanco. Me dirijo hacia el váter con todos los músculos bajo la piel tensos como la cuerda de un arco.

¿Por qué tienen que usar este baño y no el de la planta baja?

A mitad de camino, me detengo, cierro los ojos y me obligo a respirar. Me preparo para cualquier cosa. Bree. Dios no lo quiera… ¿mi madre? ¡No, no, no!

—Quienquiera que esté ahí dentro… ¡fuera de aquí! Esta es mi casa, mi baño y mi maldita polla dura, ¡que necesita acabar el trabajo!

Una exhalación brusca, sin aire. Después, un susurro frenético.

—Por favor, no me mandes otra vez abajo. Ahí abajo están todos como una cabra. O sea, yo he visto muchas locuras, pero esos podrían haber salido de una

»comedia de situación malísima. ¡Yo también me estoy tapando los ojos y los oídos!

Abro un ojo. Solo uno. Y contengo la respiración.

Aura. Está sentada en la tapa cerrada del váter, con las piernas dobladas, las manos bien apretadas contra las orejas y los ojos cerrados como si se los hubieran soldado.

Tiene las mejillas encendidas, respira deprisa y parece que acabara de aguantar en directo los créditos finales de una película porno hardcore.

Me quedo sin palabras. Intento no prestar atención a mi cuerpo desnudo, no pensar en nada.

—¿Por qué coño te cuelas en el baño mientras me estoy duchando? —susurro, con la voz convertida en un gruñido oscuro a medio camino entre el asombro, el deseo y la pura desesperación.

Estoy desnudo. Empapado. Con la polla dura como una piedra.

Y mentalmente desbordado del todo por esta situación, que está haciendo añicos todos mis límites personales.

Pero ella no reacciona. Ni un gesto. Ni una respuesta.

Sigue con las manos pegadas a las orejas como pinzas, como si quisiera bloquear todo lo que acaba de oír —y sin duda también de ver—.

—¡Aura! —grito.

Se sobresalta como si le hubiera echado un vaso de agua fría por encima, abre los ojos de golpe y aparta despacio las manos de las orejas.

La miro —interrogante, estupefacto, una sola contradicción palpitante con forma humana—. Mi cuerpo está listo para la guerra, pero mi mente sigue dando tumbos por un campo de minas emocional.

—¿Por. Qué. Coño. Te cuelas en el baño mientras me estoy duchando?

Mi voz suena ahora más cortante, más dolida.

—¿Eres una especie de puto voyeur o qué?

Entorna los ojos hasta dejarlos en dos rendijas.

Ni el menor atisbo de intimidación. Ni un paso atrás.

Todo lo contrario: se pone en pie como si alguien hubiera accionado un interruptor.

Sus movimientos son fluidos, pero peligrosos.

De depredadora. Echa los hombros atrás, saca pecho, alza la barbilla con orgullo como si estuviera a punto de dar un pisotón en el suelo, y gruñe:

—¿Y por qué entras en el baño sin más, te desnudas y te metes en la ducha mientras yo estoy sentada en el váter llorando? —sisea. Me clava los dedos en el pecho; todo su cuerpo es tensión, calor y rebeldía—. ¿Estás sordo o qué cojones?

Abro la boca para decir algo —lo que sea—, pero las palabras se me atascan en la garganta. Aura cruza los brazos sobre el pecho; su mirada me recorre despacio la cara y después los hombros. El pecho. Y al final se detiene justo donde yo esperaba que no se posara jamás.

Mi polla. Todavía dura. Todavía lista. Todavía la prueba descaradamente evidente de lo que demonios estaba haciendo mientras ella… bueno, ¿qué exactamente?

—Ahora termina lo que tengas que terminar —dice con una sonrisa burlona que se desmorona antes de formarse del todo—, ¿o quieres que te ayude también con eso?

—Su voz tiembla. Solo un instante. Una fina grieta en la fachada.

Y sus ojos: hace un momento, un arma; ahora, una vía de escape. Ya no puede mirarme a los ojos.

Levanto la mano, le pongo dos dedos bajo la barbilla y, con suavidad pero con firmeza, la obligo a mirarme. Se le dilatan las pupilas: llamas oscuras y brillantes en medio de una tormenta.

Vuelvo a bajar la otra mano. Me agarro. Con fuerza. Reanudo el movimiento: despacio, tanteando, dominante. Su mirada sigue anclada en la mía y lo veo: veo cómo el momento se apodera de ella. Cómo se la traga entera.

—¡A la mierda! —susurra, y al segundo siguiente todo es fuego.

Agarra la cinturilla de la falda, se la baja junto con las bragas de un solo movimiento fluido, prácticamente se abalanza sobre mí, me rodea las caderas con las piernas y aprieta su centro desnudo y ardiente contra el mío.

Retrocedo tambaleándome, le agarro el culo con las dos manos y la sujeto con fuerza mientras sus labios se precipitan sobre los míos.

Su beso no es solo hambriento. Es un huracán de deseo, desafío y caos.

—La ducha —susurra entre jadeo y jadeo.

Me limito a asentir y retrocedo a trompicones con ella; siento cada gota de agua que resbala de mi piel a la suya mientras la llevo en brazos como un tesoro que no quiero soltar jamás… o como una bomba que puede estallar en cualquier momento. Probablemente, las dos cosas.

Tres pasos. La pared. La ducha. Aura alarga la mano hacia el grifo, abre el agua y esta nos cae encima de inmediato, caliente. El delineador se le convierte en largos regueros negros que le bajan por la cara, como tras una batalla perdida.

—¡Alexa, sigue con la lista de reproducción! —jadea Aura.

La música irrumpe con un rugido: Landmvrks, cruda y a todo volumen, como si estuvieran tocando en directo allí mismo, en la ducha.

Y Aura se deja caer sobre mi polla con un gemido oscuro.

Le hundo los dedos en los muslos y la sujeto mientras me recibe, se mueve, se enrosca a mi alrededor.

Estoy en el cielo. O en el infierno. Pero sé una cosa: es perfecto.

La aprieto contra la pared de la ducha y me muevo más rápido, más fuerte.

Cada embestida, una declaración. Cada aliento, una lucha.

Aura gime contra mi cuello, me muerde y susurra con voz ronca:

—Me gusta tu ducha. La próxima vez me follas aquí por detrás, ¿vale?

Eso basta. Es más que suficiente para empujarme al límite, para hacerme estallar, para derribar todas las barreras.

La aprieto más fuerte contra la pared, siento cómo su cuerpo se cierra en torno a mí, cómo se tensa, cómo todo se vuelve estrecho y ardiente, cómo me estruja literalmente…

siento cómo mi cuerpo se disuelve en ella, en este instante, en este frenesí.

Jadeo, salgo de ella y la bajo despacio antes de soltarla. Sus pies tocan el suelo; sigue con la mirada salvaje y los labios rojos.

—¿Ya está? ¡Bien! —dice, y se sopla un mechón de pelo empapado para apartárselo de la frente, como si allí no hubiera pasado nada—. Tenemos que irnos en treinta minutos, así que date prisa.

Con esas palabras sale de la ducha y se dispone a desaparecer sin más, dejándome

ahí… completamente agotado, completamente abrumado, completamente…

—¡Joder!

Doy un salto y me vuelvo hacia la puerta.

—¡Mi camiseta! ¡Mi maquillaje! ¡Mierda, mierda, mierda! —exclama desde el pasillo, donde al parecer está delante del espejo, evaluando los destrozos que el sexo ha causado en su conjunto.

Apoyo la frente contra la pared de la ducha, sonrío y murmuro:

—La mejor situación rara de la historia.