Capítulo 24
Estoy a punto de cagarme encima. Sin duda.
Nada de «quizá», nada de «solo tengo un poco de náuseas».
No, hablo de ese pánico existencial en el que el cerebro se apaga y el cuerpo busca la salida de emergencia.
Estoy de pie en medio del salón-comedor diáfano, descalzo, con el pulso a mil como si acabara de correr una maratón, y lo único a lo que me puedo agarrar ahora mismo es a que no encuentro un par de calcetines que peguen ni de lejos.
Están todos completamente idos. O acelerados.
No sabría decirlo. Las tortitas vuelan por todas partes.
Charlie acaba de agarrarle el culo a mi madre en un momento de absoluta falta de inhibición —mi madre, esa maldita lunática— y me pregunto por qué no me hice el muerto esta mañana y claveteé la puerta desde dentro.
Aura está sentada a la mesa, con los ojos como platos y la espalda tan recta como una tabla, como si fuera a levantarse de un salto y huir al universo paralelo más cercano.
Juro por todo lo que considero sagrado que solo la mitad de una nalga le toca la silla; está tensa como la cuerda de un arco, con cada músculo listo para la fuga, y la mirada le oscila entre «Estoy viendo una película bélica» y «Sacadme de aquí antes de que se me salga el cerebro por las orejas». Ni siquiera puedo culparla.
Bree, mi querida hermana, despiadadamente extrovertida, parlotea a mi lado soltando viejas historias de la banda.
Casi todas mal citadas, a menudo adornadas y, en todos los casos, con más dramatismo del necesario.
Oigo algo sobre «tres segundos en línea recta entre nosotros y el autobús de la gira», «lavarme los dientes con whisky en el baño de los camerinos» y una historia penosa en la que, supuestamente, me subí desnudo a la cama de un hotel con una guitarra y me puse a berrearle Metallica a la lámpara del techo.
Quiero corregirla. De verdad. Pero ahora mismo no me quedan ni fuerzas ni ganas para enfrentarme a esta tormenta viviente llamada Bree.
Que sigan creyendo que soy una estrella del rock desquiciada; no es peor que la realidad.
Ya no soy el que era. Ya no tengo banda. Tampoco tengo mánager, ni pase de camerinos, ni autobús de gira. Todo eso se acabó. Agua pasada. Y aun así, hoy —dentro de exactamente tres horas— tengo que subirme a un escenario. Y cantar.
Nervioso, meto la mano en el bolsillo del pantalón y saco el trozo de papel que llevo días arrastrando de un lado a otro.
Arrugado, manchado, lleno de garabatos con letras de canciones que mi cerebro no logra retener.
Fragmentos que ya sé que olvidaré en cuanto se enciendan los focos y me tiemblen las rodillas como un flan.
¿Por qué demonios me hago esto? ¿Por qué no estoy en el patio de atrás, con una cerveza, asando salchichas como un padre normal un sábado cualquiera?
Mi mirada recae en Lila. El brillo de labios le reluce como una nube tóxica en forma de hongo mientras se mete una tortita tras otra en la boca, como si hubiera decidido ganar un concurso de comilones.
Me deja alucinado. No por su apetito, sino porque está comiendo.
Y riendo. Y viviendo. Esta niña, que en los últimos meses ha arrastrado los pies por la casa como una sombra de sí misma, hoy resplandece como un maldito foco.
Lila no parece tener trece años ni de lejos: parece tener veinte por lo menos.
La ropa, nueva, está claro. La falda, la camiseta, el tanga de purpurina del que preferiría no saber nada.
Mi madre la llevó de compras. Tendré que pedirle explicaciones, desde luego.
Y a fondo. Con una cafetera entera y un sillón de psicólogo.
Intento inspirar con calma por la nariz y soltar el aire de forma controlada por la boca. Lo aprendí una vez en un taller de respiración cutre al que podías apuntarte con descuento del seguro médico. No sirvió de nada entonces y tampoco sirve ahora.
—Tío, ¿por qué miras con esa intensidad? ¿Es que antes tienes que ir a echar un meo o algo? —pregunta Charlie, y se me echa encima con tal ímpetu que casi me tira de espaldas contra la nevera.
Tiene la mano levantada para chocar los cinco; la misma mano que hace un momento descansaba en el culo de mi madre. Retrocedo por instinto, niego con la cabeza, pero no consigo articular palabra.
Aura. Los ojos se le abren aún más. Siento su mirada clavada en la mía: grande, oscura, interrogante.
Y yo se la devuelvo como un completo idiota, porque no tengo ni idea de qué decirle ahora mismo.
¿Que me supera todo esto? ¿Que quiero llevármela al dormitorio, a algún sitio donde no vuelen tortitas por el aire?
¿Que me da miedo hacer el ridículo en ese escenario esta noche?
Me aclaro la garganta con brusquedad; la voz me sale áspera como el papel de lija.
—Nos quedan cuarenta y cinco minutos para salir.
Hago una pausa y vuelvo a respirar hondo.
—Voy a ducharme y a cambiarme.
Y antes de que a Charlie le dé tiempo a soltar un «¿Fiesta en la ducha?
» o un «¡Voy contigo!», ya he salido de la habitación.
Lejos de la escena. Lejos de las preguntas que hay en sus ojos.
Porque lo que necesito ahora es un minuto de silencio.
Solo uno. Quizá dos. Si no, acabaré desmoronándome como un viejo póster de rock bajo la lluvia.
Revuelvo el armario como un poseso, ese armario que anoche ordené con una seguridad digna del maldito rey de la moda escénica.
Pero ahora, a la luz del nuevo día y sabiendo que Aura está sentada abajo, que Lila parece una futura estrella del pop toda reluciente y que mi madre coquetea con Charlie como si fuera una disciplina olímpica, los conjuntos que preparé me parecen de pronto el intento mal envejecido de un hombre que se aferra a una época en la que creía que los vaqueros rotos y las tachuelas en el cinturón eran el no plus ultra.
«Eternamente veinteañero, solo que casi tengo cuarenta, pero soy tan pringado que me voy a poner esa mierda de todos modos para parecer guay»: eso es exactamente lo que me gritan a la cara.
Y es lo último que necesito ahora mismo.
Hoy no necesito estilo. Necesito apoyo. Tela que no raspe. Nada de simbolismos, ni de actitud, ni de viejos recuerdos pegados a mí como el humo frío del tabaco. Necesito ropa con la que pueda moverme. Que me deje respirar. Que no me haga perderme a mí mismo.
Los vaqueros pitillo hechos jirones aterrizan de cualquier manera sobre la cama.
En su lugar cojo la vieja camisa de franela, la que está desgastada, la del ligero tono rojizo, la que parece haber sobrevivido a la última guerra mundial y que, en mi historia personal, probablemente la haya sobrevivido.
Lila me echará la bronca por esto; ya lo sé.
Pero si se atreve a decir una sola palabra al respecto, le soltaré «tanga» —en voz baja, con intención, con una ceja levantada— y juro que se callará al instante: discusión cortada de raíz.
Este nuevo jueguecito de poder entre nosotros me encanta. Y lo odio.
Cojo los chinos holgados que normalmente solo me pongo en ocasiones semiformales, porque no me aprietan, no me moldean ni me obligan a nada; son tal como quiero ser. Tal como tengo que ser hoy. Los combino con una camisa negra, lisa, sin estampados ni mensajes. Solo tela contra la piel.
Me detengo un instante y me pregunto si los bóxers tendrán algún agujero.
O sea, en serio: hoy no es día para experimentos en los que acabe con los huevos en carne viva por una costura idiota mientras intento meter emociones a presión en un micrófono.
Así que, sin pensármelo más, rasgo el paquete recién comprado, meto la mano a ciegas y saco un par que, al menos, parece capaz de darme la sensación de ser un adulto con un mínimo de control sobre su vida.
Me importa un bledo que haya que lavarlos primero.
Si esta noche me pican, pues que me piquen.
Lo importante es no acabar con la entrepierna despellejada.
Tarareando —porque, por lo visto, mi cerebro ha decidido espantar los nervios poniéndose en modo «desconexión»—, cruzo descalzo y arrastrando los pies la puerta que comunica con el baño, tiro la ropa limpia al suelo de cualquier manera, me despego la vieja de la piel como un recuerdo que se ha quedado demasiado estrecho, me meto en la ducha y suelto casi en piloto automático:
—¡Alexa, pon la lista River 3!
Al instante, The Amity Affliction ruge por los altavoces —alto, crudo, furioso— mientras el agua me azota el cuello, los hombros y la espalda con un calor despiadado.
Me apoyo en los azulejos, dejo caer la cabeza hacia delante, cierro los ojos y me suelto.
Solo un momento. Solo aquí. Solo ahora. Noto que el pulso se me calma poco a poco, que la adrenalina se me retira de la sangre como una tormenta que se aleja.
El agua caliente me repiquetea en la espalda como unas baquetas sobre una batería de metal —rítmica, potente—, como si me estuviera arrancando de la piel todo el estrés de los últimos días.
Me doy la vuelta y, respirando con dificultad, apoyo la frente contra el frío de la pared de azulejos, mientras el vapor se me enreda en las orejas y me envuelve como una cortina pesada.
Cierro los ojos. Solo el sonido del agua. Solo calor. Solo yo.
Casi mecánicamente, cojo el gel de ducha, me echo un chorro en la palma y me lo extiendo por el cuerpo a lo bruto.
Brazos, pecho, vientre, espalda. Me froto con más fuerza de la necesaria, como si a base de pura fricción pudiera volver a convertirme en esa versión de mí que lo tiene todo bajo control aquí.
Y cuando la mano baja, se desliza por las caderas, me roza el culo y al final recorre la polla, sucede.
Un solo pensamiento. Un maldito detonante.
La mirada de Aura. Ese destello en sus ojos cuando Bree le hizo aquella puta pregunta: si a ella no le daba asco también meterse una polla en la boca.