Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

River se ríe por lo bajo. Sin hacer ruido, pero de un modo igual de inconfundible. Estoy a punto de salir de la habitación de espaldas y sin que nadie lo note, y de borrar esta conversación de mi memoria para siempre, cuando un grito desde lo alto de las escaleras capta la atención de todos.

Se oye un estrépito. Después, un jadeante:

—¡Cuidado!

Suena más a zona de guerra que a estampa familiar idílica.

Y antes de que me dé cuenta de qué es lo que se nos viene encima, Lila baja volando por las escaleras como un pequeño huracán cubierto de purpurina.

Se mueve tan rápido, tan desbocada, que durante un breve instante cualquiera diría que su cuerpo es su mejor aliado.

No esa cosa enferma y rebelde que tanto le ha quitado en los últimos años.

Atraviesa el pasillo como un torbellino y se detiene delante de mí, jadeando, con las manos apoyadas en las rodillas, como si acabara de echar un maldito esprint.

Abro la boca para decir algo —cualquier cosa—, pero las palabras se me atascan en la garganta.

Quizá porque, de repente, estoy viendo a mi yo más joven.

Lleva el delineador demasiado grueso y torcido, como pintura de guerra antes de la batalla.

El brillo de labios rojo cereza reluce demasiado para esta hora del día y tiene más pegamento que brillo en las pestañas; una de ellas le cuelga tristemente hacia la sien.

Pero, joder, se ha esforzado. Se lo ha embadurnado todo ella misma, igual que hacía yo, a escondidas en algún baño mugriento del backstage.

Y, de algún modo… joder… me recuerda a mí. No por la cara, sino por la expresión. Por la postura. Por esa actitud de «me mantengo entera a base de purpurina y desafío».

—¿Y bien? ¿Qué te parece?

Levanta los brazos como si estuviera a punto de despegar y da una vuelta sobre sí misma; la falda la acompaña en el baile como si fuera una bailarina enloquecida, no alguien puesta de analgésicos. Tiene los ojos tan brillantes que por un instante me olvido de por qué estamos aquí hoy.

Después se coloca justo a mi lado, se aparta la cintura de la falda con el pulgar y el índice y susurra con complicidad:

—Mira lo que me ha traído la abuela.

La tela deja al descubierto un tanga reluciente —plateado con ribete rosa—, probablemente al borde de ser inapropiado para su edad, pero qué voy a saber yo. Lila se lleva un dedo a los labios, como si fuera un secreto de Estado.

—¡La abuela es lo más!

Quiero reírme, quiero darle un abrazo, pero antes de que pueda hacer o decir nada, la madre de River agita la espátula hacia su nieta como si fuera la batuta de una directora de orquesta.

—Lila, cariño, ven a desayunar. Necesitas energía.

Su tono no es autoritario, sino cariñoso, casi tierno; aun así, no admite discusión. Lila suspira de forma dramática, me pone los ojos en blanco de forma teatral y se aleja flotando hacia la isla de la cocina como si fuera Cenicienta hasta arriba de cocaína.

—¡Eh, Alice! —grita Charlie desde el salón, con los pies apoyados con todo el descaro en el brazo del sofá y una taza de café en equilibrio—. ¿Nos va a tocar algo de eso o se supone que tenemos que morirnos de hambre aquí?

Sonríe de medio lado, con la mirada cargada de ironía, mientras a su lado uno de los Viejos Barbudos se limita a pegarse el móvil a la oreja como si estuviera haciendo una llamada importantísima a la discográfica; seguramente solo está encargando un nuevo barniz para la guitarra.

Alice, la madre de River, frunce el ceño, aprieta los labios hasta formar una fina línea y fulmina a Charlie con la mirada.

—Quita los zapatos del sofá y entonces quizá me lo piense.

Charlie ensancha aún más la sonrisa, se lleva una mano al corazón, se inclina ligeramente hacia delante y ronronea:

—¿Y si dejo los zapatos en el sofá y te ofrezco otra cosa a cambio?

Entonces saca la lengua de una forma exageradamente lasciva, se la pasa despacio por el labio inferior y guiña un ojo con tanta teatralidad que hasta mi adolescente interior se estremece un instante.

Alice se ríe. Fuerte, de verdad, con ganas. Niega con la cabeza y vuelve a concentrarse en las tortitas.

—Me van a dar ganas de vomitar: ese tío es como un hermano para mí —murmura River a mi lado.

Doy un respingo. Había olvidado por completo que River seguía de pie junto a mí.

Tiene la voz seca como una rama muerta que se quiebra bajo el sol.

Me vuelvo hacia él, intentando descifrar su expresión, pero se limita a sonreír de lado, como alguien que vive en medio de esta locura y hace mucho que ha renunciado a encontrarle sentido.

—Bienvenida al infierno de verdad —dice, dándome una palmada amistosa en el hombro—. Busca un sitio libre y siéntate. Con un poco de suerte, incluso te dará tiempo a comer algo antes de que Alice le abra la cabeza a Charlie con una espátula.

Asiento despacio mientras paseo la mirada por la habitación, por las caras sonrientes y las tortitas que vuelan.

Y, aun así, todo esto se parece un poco a una familia. Una familia caótica, ruidosa y completamente loca que nunca quise. Y quizá sea justo por eso por lo que la necesito ahora mismo.