Capítulo 23 #2
Salgo del coche con las piernas temblorosas.
Las rodillas me parecen de pasta demasiado cocida; con la mano derecha aferro la llave como si me jugara la vida.
Quiero cerrar de un portazo, con fuerza, como en las películas cuando las heroínas hacen una entrada dramática.
Pero el Golf frustra cualquier intento de dignidad teatral: en lugar de cerrarse con un clic, la puerta suelta un chirrido lastimero, un crujido como si en algún lugar de sus entrañas llorara un trozo de metal, y luego se queda atascada a medio cerrar.
Por lo visto, también ella ha decidido no funcionar hoy. Genial. Suspiro.
River sigue de pie en el umbral, con una pierna flexionada y los brazos cruzados sin tensión, como alguien que sabe demasiado bien lo ridícula que me siento. Pero, en vez de reírse, da unos pasos hacia mí, se frota la nuca y señala la casa con la cabeza.
—Lila ya está arreglada del todo. Le preocupaba que llegaras tarde.
Pero no debía contártelo, para que no te sintieras culpable.
—Tiene la voz suave, casi de disculpa. Luego arquea una ceja—.
No te asustes cuando la veas, ¿vale? Todavía no se le da muy bien lo del maquillaje y esas cosas…
y, de algún modo… bueno, ahora se parece a alguien que conoces.
»Quiero decir, a alguien que conoces de verdad.
Lo miro fijamente.
—¿Perdona?
River se rasca la cabeza, avergonzado, se quita la goma del pelo de la muñeca y se recoge la melena revuelta en un moño desordenado.
—No digas nada cuando la veas. O espera, sí, di algo. Dile lo guapísima que está. En serio, Aura. Se ha esforzado muchísimo.
Asiento en silencio y mis dedos aprietan las llaves con más fuerza. Él señala por encima del hombro con el pulgar.
—Entra, anda. Nos queda una hora antes de salir.
¿Café? ¿O… cerveza de meados? —Esboza una sonrisa torcida, con un destello de actitud de «me importa un carajo» en los ojos.
Luego mira de reojo mi coche, que parece a punto de vomitar en la acera todas y cada una de sus piezas a modo de protesta—. Parece que te vienes con nosotros.
Para distraerme y contener el pánico que vuelve a crecerme dentro, saco el móvil del bolsillo del pantalón, lo miro como si acabara de recibir un mensaje de importancia trascendental y luego, sin más, me lo vuelvo a guardar en el bolsillo de atrás, demasiado estrecho, asiento y sigo a River hasta el interior de la casa.
El aire es cálido y huele a madera, a grasa de cocina y a algo dulce que se me queda en la lengua sin que consiga identificarlo.
Eso sí, no hay silencio: me llegan voces altas y el repiqueteo de la vajilla.
El silencio de fuera era como coger aire antes de un salto.
Aquí dentro todo es ruido. Vida. Un barullo de voces.
En el salón, Charlie está sentado en el brazo del sofá y me saluda con la mano como si yo fuera la Guardia Costera a punto de rescatarlo de un barco que se hunde.
A su lado hay dos tipos corpulentos, claramente miembros de los Viejos Barbudos, que probablemente llevan atrincherados en la sala de ensayo desde antes de que yo naciera.
Una mujer de mediana edad, con los mismos ojos oscuros que River pero con cierta dulzura maternal en las mejillas, les sirve café a los hombres, mientras otra mujer —mayor, más delicada, como una versión desvaída de River— remueve con energía una sartén de tortitas en la cocina.
En cuanto me ve, se le iluminan los ojos.
—¡Ahí está la que nos levanta el ánimo! —exclama antes de que pueda decir siquiera «Hola».
Me estrecha en un abrazo tan fuerte que a mis costillas les lleva un momento contarse y comprobar que siguen todas en su sitio. Huele a lavanda y a jabón, a hogar cálido y a mi abuela, aunque tiene más pinta de veterana de Woodstock que ha conservado el espíritu joven.
—Gracias por acompañar a nuestra niña con tu música en estos momentos tan difíciles. Cuando habla de ti, se le ilumina la cara entera.
Quiero decir algo —cualquier cosa— que esté a la altura. Pero tengo el cerebro tan vacío como la mantequillera de la nevera de Trish.
En lugar de eso, me limito a asentir en silencio, con el corazón latiéndome en la garganta.
La mujer se vuelve bruscamente, olfatea el aire y exclama alarmada:
—¡Madre mía, las tortitas!
Y sale disparada hacia la cocina como si le fuera la vida en ello.
Me quedo de pie en el pasillo como alguien que ha ido a un concierto y se ha colado donde no debía: el baño del backstage. ¿Orientación? Cero. Justo entonces, la otra versión femenina de River se acerca a mí con dos tazas de café humeante.
—Bree —se presenta sin más, tendiéndome la mano—. ¿Tú también quieres café?
Estoy a punto de responder que la cafeína me entusiasma tanto como la declaración de la renta a final de mes cuando River aparece a nuestro lado, le arrebata la segunda taza y sonríe.
—Mi hermana gemela. Yo era el bebé más pequeño, pero solo porque ella empezó a robarme todos mis
todos los nutrientes.
Bree resopla y le da un suave empujón con la cadera.
—Por eso hoy soy la guapa y la lista de la familia.
—Y, aun así, yo les gusto más a las mujeres que tú —replica River con sequedad, guiñándome un ojo de una forma que casi me corta la respiración.
—Eso es solo porque no tenemos el mismo gusto en mujeres. A mí me van más las andróginas. Ya lo sabes.
River da un sorbo al café y deja la taza.
—Bree, si quieres follarte a alguien que parezca un hombre, fóllate a un hombre. Así es todo más fácil.
Bree hace una mueca de asco y se sacude teatralmente.
—Ni de coña. ¿Tú has tocado alguna vez una polla? Me encanta el sexo oral, pero la idea de meterme en la boca uno de esos trozos de carne flácida me da ganas de vomitar.
Después se vuelve hacia mí, muy seria.
—A ver, sinceramente, ¿a ti no te parece asqueroso también?
Me quedo mirándola. No sé si reírme, salir corriendo o desmayarme. Porque lo único que me pasa por la cabeza ahora mismo es el recuerdo de River y nuestra primera noche juntos, cuando le hice una mamada como una campeona del mundo.