Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Diez minutos después estoy al volante de mi vieja camioneta y Charlie va encaramado en el asiento del copiloto con un cruasán en la boca.

El tío come como si no hubiera probado bocado en tres semanas.

Lila, con la capucha de su arrugada sudadera «Fucking American Psycho» echada sobre la cabeza, va repanchigada en el asiento de atrás, otra vez enganchada a los vídeos de TikTok.

—Espero que este acto benéfico no solo le salve la vida a Lila, sino también tu carrera, tío —dice Charlie con la boca llena, repartiendo migas por toda la consola central y el salpicadero.

—Cállate y come sin hacer tanto ruido, cubo de basura con patas —murmuro mientras arranco el motor.

Vamos camino del Hospital de la Universidad de Pensilvania mientras Charlie me va contando a ratos que anoche durmió en la parte de atrás del camión porque ya no podía más. Lo juro: nunca he necesitado tanto a nadie como a este tío y, al mismo tiempo, nunca he maldecido tanto a nadie.

Cuando llegamos al hospital ya hay allí toda una orquesta de gente: roadies, ingenieros de sonido, técnicos de iluminación, relaciones públicas, seguridad, sanitarios.

El escenario que Charlie se ha traído de Millersfield parece el sueño húmedo de un festival de tamaño medio, pero estoy demasiado cansado para sentir ni una pizca de alegría.

—Joder, hasta parece profesional —digo, y me seco la frente con el dorso de la mano.

Charlie estalla en carcajadas.

—¿Alguna vez has participado en algo que no empezara siendo un desastre total?

—No.

Hace señas a uno de los roadies.

—Eh, jefe, revisa los cables de ahí atrás, a ver si funcionan todos. River hoy no está muy fino.

—Sí, jefe. —El tío hace un breve saludo militar y desaparece detrás de una pila de altavoces.

Me vuelvo hacia Lila, que ya ha bajado del coche y mira el escenario con los ojos como platos.

—¿Y bien? ¿Qué te parece?

—Papá, ¡es el escenario más guay del mundo! Espero que no la caguéis.

Sonrío.

—Tranquila. Lo tengo todo bajo control.

Charlie me lanza una mirada que dice: «Sí, claro,

tío. Cómo no, lo tienes todo bajo control».

—Por cierto, ¿dónde está Aura? —pregunto, y me cruzo de brazos.

—Seguramente siga de camino. —Charlie se rasca la

barba—. O se está pintando para Instagram o algo.

—Cállate, Charlie —digo con una sonrisa cansada.

Señala el montaje del escenario.

—Venga, estrella del rock. Vamos a montar esto antes de que el resto del mundo se dé cuenta de que en realidad solo somos dos payasos tarados.

El patio del hospital parece un hormiguero en plena ebullición.

Por todas partes hay sanitarios cargando cajas, montando tiendas improvisadas y colocando bancos y carteles.

De las vallas portátiles ya cuelgan carteles que dicen «Puesto de tipificación».

Una mujer con un delantal del equipo de catering empuja un carrito cargado de aperitivos y café, mientras dos voluntarias jóvenes, con chalecos de la empresa de sonido, arrodilladas en el suelo, pasan cables por las cubiertas de protección.

El Dr. Mermes está de pie, con los brazos cruzados, junto a una pequeña tienda de campaña abierta de par en par, donde varias enfermeras ya colocan mesas y terminales informáticos.

Sobre cada mesa hay una pila de papeles y, al lado, un montón de bastoncillos de algodón.

Está serio, con el rostro tenso, como si cargara en los hombros con toda la responsabilidad de esta campaña de tipaje.

Lleva las gafas aún más torcidas que de costumbre.

Paseo por una hilera de cables con Charlie y veo a Amy —esa pequeña luchadora tan valiente que Lila conoció durante la quimio— sentada en el suelo, desembalando una caja de material médico.

Se ríe con su madre mientras su padre reparte botellas de agua.

Hace dos semanas, Amy pudo tocar la campana de la planta de oncología, esa que significa: «Que te jodan, cáncer. He ganado yo».

Todavía recuerdo aquel día con claridad: yo me había metido en un rincón mientras Amy tocaba la campana y sus padres lloraban, aplaudían y la abrazaban.

Yo aplaudí. Aplaudí como un loco. Y, al mismo tiempo, lloraba a moco tendido como un niño de tres años.

Lloraba porque me alegraba muchísimo por aquella niña.

Y porque habría dado cualquier cosa por que Lila hubiera estado allí también.

Ahora Amy está aquí, con los ojos brillantes, dispuesta a ayudar a los demás. Me ve y me saluda con la mano. Yo me limito a asentir.

—El ambiente está electrizado —murmura Charlie a mi lado—. Casi se huele la tensión.

—¿Te refieres al sudor frío? —respondo con una risa seca.

—Eso también.

Miro hacia el Dr. Mermes, que discute acaloradamente con una enfermera. Reconozco su voz; suena irritada.

—¡Necesitamos más bastoncillos, al menos trescientos! ¡Hasta ahora solo tenemos doscientos!

Mira a su alrededor, preso de los nervios, hasta que su mirada se detiene en mí y entorna los ojos.

—¡Dios santo, River! ¡Qué pinta traes! ¿Te duele? ¿Al menos el otro tipo de la pelea está peor que tú?

Me encojo de hombros, incómodo. Él niega con la cabeza y se vuelve de nuevo hacia la enfermera.

—Dr. Mermes, cálmese. Llamo al laboratorio y pido que nos manden más —dice ella con una paciencia de santa.

—¿Cuántos bastoncillos necesita una persona para

sobrevivir? —pregunta Charlie entre risitas.

Respiro hondo. Empieza mañana por la mañana, a las diez en punto. Entonces estarán todos aquí: la gente que ha venido a ayudar a Lila. Y yo también estaré aquí, con un micrófono en la mano. Mi voz. Mi música. Mi maldito miedo.

Miro el escenario, que cada vez se parece más a un escenario de festival.

A su lado veo a Lila sentada junto a Amy, con un rotulador en la mano con el que se está pintando las uñas.

Durante un segundo parece una niña como cualquier otra.

Y entonces me golpea como un puñetazo: nunca he merecido a esta niña.

Pero haré todo lo que esté en mi mano para que gane esta batalla.

Saco el paquete de tabaco del bolsillo del pantalón, enciendo un cigarrillo y doy una calada tan profunda que me arden los pulmones como si fueran fuego.

—¿Con quién hablabas por teléfono? ¿Con Izzy o con Casey?

En realidad no quiero saberlo. Los pies se me agitan sobre el asfalto, como si pudiera largarme sin más. Como si pudiera huir de lo que está a punto de caernos encima.

Los hermanos de Lynn siempre me han odiado. Lo saben todo. No solo la parte en la que le escupí a Aura en la cara la semana pasada. No, toda la historia. Hasta qué punto he caído de verdad. Rezo para que se echen atrás. Para que no se hagan todo ese viaje desde Florida hasta aquí.

Charlie se ríe y se pasa un dedo por la frente, como si así pudiera secarse el sudor frío.

—He hablado por FaceTime con ese bombón. —Su voz suena cabreada y nerviosa a la vez.

—Tío… —Pongo los ojos en blanco—. …te follas a todo lo que tenga dos piernas y no esté subido a un árbol antes de contar hasta tres. ¿Puedes ser un poco más concreto? ¿El bombón tenía

polla o tetas?

Charlie arquea las cejas.

—Polla.

Ah, ya entiendo. Ese capullo. El guapo de Casey.

El listo de Casey. El abogado. El tipo que los padres de Lynn habrían querido para su hija.

Pues mala suerte: llegué yo primero. Ya entonces.

En el instituto, el muy imbécil ya iba con camisa y corbata, el pelo negro siempre repeinado hacia un lado, como si ya estuviera ensayando para su futuro de éxito.

—Vale, ¿y qué ha dicho? —Mi voz suena ronca, como si tuviera diez años más que yo.

—Que solo vienen él e Izzy. Su madre está enferma, algo de los riñones, y su viejo estiró la pata hace tres años. Seguramente acabó matándose a base de alcohol después de que Lynn se tomara su «baño especial».

Se me cierra la garganta. ¿Por qué tiene que hablar así ese capullo? Odio que se burle de todo porque él no es capaz de afrontarlo. Giro la cabeza hacia él y le veo las gotas de sudor en la frente. Parece un perro apaleado y me doy cuenta de que toda esta mierda le afecta tanto como a mí.

Charlie se tiró a Izzy durante años antes de dejarla tirada como un calcetín.

Al menos él era un cabrón fiel, dice. Izzy.

Mi cuñada, o excuñada, según lo estricto que uno quiera ser.

Todo lo contrario que Casey. Rubia de bote hasta decir basta, tan tonta que uno diría que sus neuronas se rindieron en el último tratamiento con agua oxigenada.

Charlie siempre dice que se le dan bien las mamadas, y que eso es lo que hay.

Qué más da. Quien se gana la vida vendiendo mierda de caballo tampoco puede ser una lumbrera.

Se lo he dicho cientos de veces, que es una idea de negocio pésima, pero el muy idiota no me hace caso.

Le doy una calada al cigarrillo; la brasa brilla amenazadora.

Mañana se desatará el infierno y yo estaré justo en medio.