Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Son las cinco de la mañana y no he pegado ojo en toda esta maldita noche. Casi lo consigo: solo

un poquito de sueño, pero entonces la jodida camita de invitados descargó contra mí todo su odio.

Me di la vuelta una sola vez, le pegué una patada a una caja de cartón y esa tiró una bolsa de basura que…

bah, da igual. Resumiendo: en algún rincón de esta pesadilla de trastero anda tirado un viejo muñeco de My Little Pony de Lila.

La batería está casi agotada, pero eso no ha impedido que el cacharro se pusiera a berrear algo sobre ponis y alegría con un barítono siniestro y pastoso.

Juro que estuve a punto de tirar el trasto por la ventana al menos diez veces, pero para eso primero tendría que haberlo encontrado, y entonces Lila se habría dado cuenta de que le había asesinado el poni.

Así que me quedé ahí tumbado, con los ojos abiertos como platos, mientras aquella monstruosidad reproducía en bucle la canción de mi perdición.

La otra razón por la que no he podido dormir: a cuatro metros, al otro lado de una fina puerta de madera, está ella.

Aura. Joven, demasiado joven para ser mi pareja; eso me digo, porque soy un cobarde.

Demasiado loca para hacer de madre; eso me digo, porque si no tendría que asumir responsabilidades.

Demasiado… joder, ¿qué cojones estoy diciendo? Estoy bien jodido.

Así que aquí estoy, de pie, con un ojo cerrado y el otro con un tic nervioso, mientras la cafetera monta un ruido insoportable al servir un espresso doble en la taza.

Seguro que eso lo arregla todo. Un poco de cafeína y todo irá bien, ¿no?

Me froto la cara con fuerza y al instante siguiente me arrepiento.

La nariz me palpita como una bomba atómica a punto de estallar.

Me la palpo con cuidado, como si fuera a desprenderse en cualquier momento.

Al menos parece seguir medio recta, pero todavía no estoy preparado para mirarme al espejo.

Mañana es el gran concierto. Charlie ha invitado a todo el mundo; a todo el mundo, de verdad. Incluso a los hermanos de Lynn. Joder, no estoy preparado para esto. Y, por primera vez en diez años, vuelvo a subirme a un escenario… con una nariz enorme y azul. Muchas gracias, Aura. En serio. Genial.

El universo parece decidido a asestarme un último puñetazo en el estómago cuando veo a Aura bajar las escaleras, todavía medio dormida.

El pelo corto se le dispara en todas direcciones, como si hubiera pasado la noche defendiéndose de una horda de mapaches rabiosos.

Parece que ha dormido igual de bien que yo. O mejor.

Mi mirada se detiene en su atuendo: una de mis viejas camisetas de la banda, que no me pongo desde hace al menos ocho años porque una noche, borracho, alguien intentó comprármela para usarla de trapo del polvo.

Debajo lleva uno de mis calzoncillos favoritos.

Esas cosas son más viejas que mi barba. Pasa por delante de mí y el agujero, justo en el culo y de cuatro dedos de ancho por lo menos, prácticamente me guiña un ojo.

Me doy una bofetada mental por no haber tirado esos harapos hace siglos.

—Buenos días —murmura, todavía medio dormida, mientras se aparta un mechón de la cara.

—Buenos días —refunfuño yo, mirándola como un psicópata que calcula cuánto café le hará falta para conservar la cordura.

—¿Café? —pregunta con esa voz que anoche casi me volvió loco.

—Claro. —Aprieto los dientes y le acerco mi taza, la misma cuyo contenido necesito ahora con desesperación.

Aura da un sorbo con cautela y hace una mueca.

—Vaya, qué asco. ¿Has sacado el agua de la sala de calderas o qué?

Me río, aunque tengo la sensación de que la nariz ensangrentada me va a volver a sangrar.

—Bueno, es mejor que el café que me preparaba con filtros de cigarrillo en mi época de yonqui.

Pone los ojos en blanco.

—De todas formas, ya me iba a casa. Ayer no pensaba quedarme dormida aquí, así que gracias por la… eh… hospitalidad.

—Puedo llevarte —digo, aunque sé perfectamente que me estoy jugando el cuello.

—Venga ya, si vivo a dos manzanas. Puedo ir andando. —Hace un gesto con la mano para quitarle importancia y se levanta.

Dos manzanas. Trago saliva. Dos malditas manzanas. Vive en mi barrio y yo no tenía ni la más remota idea.

—¿Perdona? —pregunto con una voz que de pronto suena al menos dos octavas más aguda de lo que pretendía.

Aura se gira a medias hacia mí y se encoge de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.

—Sí, coges la segunda calle a la derecha y luego giras a la izquierda. Son dos manzanas; se hacen andando sin problema, si no eres un vago como tú.

La miro fijamente, como si acabara de confesarme que me robó el póster de Nirvana que echo de menos en secreto.

—¿Desde cuándo vives ahí?

Suelta una risa breve, ese sonido melódico, casi jubiloso, que siempre parece acariciarme el corazón y los huevos al mismo tiempo.

—Si hubiera sabido que vivías tan cerca, te habría dado la lata sin parar cuando éramos adolescentes.

Seguramente habrías tenido que echarme de tu propiedad a escobazos cada vez.

Habría aterrorizado a tus vecinos, les habría pegado una paliza a sus mascotas si se me acercaban demasiado y habría acampado por las noches delante de tu dormitorio. Tienes suerte,

McKennan.

Me froto la cara mientras la cabeza me da vueltas.

—Suerte… sí. Y una mierda. Justo lo que siempre he querido: otro lastre diciéndome lo mucho que me adora.

Se coloca un mechón detrás de la oreja y me mira con los ojos cansados.

—Pues mala suerte. Ahora ya no te libras de mí.

Y, mientras lo dice, se me escapa una sonrisilla involuntaria.

—Que les den a los vecinos. Llega bien a casa, ¿vale?

—Te escribo cuando llegue —dice, y se bebe el último sorbo de café antes de ir hacia la puerta, con el pelo todavía disparado como el de un espantapájaros, con mi camiseta puesta, con el móvil —que yo ya había recogido de la caseta de la piscina a las cuatro de la mañana, mientras despejaba a toda prisa los restos de nuestro drama amoroso para que Lila no sospechara— y con la falda bajo el brazo.

Me quedo ahí, con la nariz palpitante y el corazón desbocado, pensando: «Sí. Te lo has ganado, McKennan. Por fin te has librado de esa camiseta para siempre. Y de esos calzoncillos también».

Hecho polvo tras la noche, me dejo caer en el sillón. Solo una cabezadita antes de tener que levantarme oficialmente y despertar a Lila. Igual recupero algo de sueño, si hoy el universo tiene un poco de piedad conmigo.

Pero ¿cómo iba a ser de otra manera? Justo cuando por fin empiezo a dormirme, alguien aporrea la puerta de casa como un poseso. Doy un respingo tan brusco que casi me rompo la clavícula con los músculos del pecho y, por puro reflejo, me planto la mano en la cara. Defensa propia y todo eso. ¿Sabes?

Antes de darme cuenta siquiera de lo que pasa, ya oigo la voz de Lila recorriendo el piso a ráfagas, como una ametralladora.

—Pasa, tío Charlie. Papá está en el sillón, roncando; creo que se ha quedado dormido ahí esta noche. Pero me da igual. ¡Lo odio!

El corazón me da un vuelco un segundo mientras su voz se acerca más y más. Pasos que vienen hacia mí. No quiero darme la vuelta. Todavía no. Solo quiero seguir con los ojos cerrados un rato y hacerme el dormido. Mierda, joder, necesito dormir. Ya no tengo veinte años.

—¡Joder, tío! ¿Qué pinta llevas? —La voz de Charlie me retumba justo al lado del oído, entre la risa y el asombro puro.

Abro despacio un ojo y lo miro como si fuera el tío que inventó el papel higiénico.

—Noche larga —murmuro, con una voz que suena como si me la hubieran pasado por papel de lija.

—Sí, yo también he tenido una de esas. —Charlie se estira y la sudadera se le sube por encima del ombligo, dejando a la vista su barriga peluda—.

A uno de los camioneros que tenían que traer nuestro equipo y media tarima desde Millersfield se le quedó la polla pillada en la bragueta anoche, justo antes de que saliéramos, después de ir a mear.

—Mierda. —Gimo al imaginármelo y ya noto el tirón hasta en los huevos.

Charlie asiente con solemnidad, como si esto fuera una especie de simposio médico.

—Sí, tío, tan mal que le asomaba media polla fuera, pero la bragueta estaba subida.

Te lo digo en serio: lo vi y me empezaron a doler los huevos al instante.

Al pobre, que no paraba de gritar, se lo llevaron en ambulancia.

Así que tuve que conducir yo el camión. Te juro que por el camino me morí tres veces.

En la autopista me metí detrás de un puto camión cargado de troncos.

Ya veía mi vida pasar ante mis ojos, hasta que me di cuenta de que mi camión era muchísimo más alto que el de los troncos.

Y encima tuve que cruzar un puente viejo de mierda, sujeto con vigas y cables viejos que ya iban entonando una melodía de muerte mientras me acercaba.

Y, para remate, me adelantó una mujer muy pequeña en una furgoneta muy grande, y los dos sabemos que esa combinación es peligrosa como ninguna.

—Se sacude como un perro mojado y se acerca a la cafetera como si esto fuera su segundo salón—.

Aquí no ha cambiado absolutamente nada. Qué mal rollo, tío.

Me aprieto la frente con la mano, como si así pudiera borrar la escena de mi cabeza.

—Hay cosas que no cambian nunca. Como mis ojeras y mi familia de desastre.

Charlie se ríe entre dientes, saca del armario una taza —la de la flor rosa— y me mira mientras lo hace.

—Bueno, colega. En fin, yo estoy listo para el concierto benéfico de mañana. Espero que esta noche no te vayas otra vez de ronda o mañana te desmayas en el escenario.

Pongo los ojos en blanco.

—Dormir es para los que tienen una vida que funciona.

Charlie llena la taza con agua del grifo, la hace chocar contra la mía y sonríe de oreja a oreja.

—¡Salud, gilipollas tarado!

No puedo evitar sonreír. Quien no nos conozca a Charlie y a mí nunca entenderá por qué nos hablamos así.