Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

¿Quién habría pensado que, después de mi crisis total, Aura acabaría otra vez sentada en la alfombra de mi salón

? Yo menos que nadie. Pero aquí estamos.

Estamos sentados uno frente al otro en silencio; una bolsa de coles de Bruselas congeladas —excesivamente grande— le envuelve la mano como una férula grotesca.

Entre nosotros humea una tetera de infusión para el sueño y los nervios; el temporizador de cocina que hay al lado marca con su tictac el tiempo de reposo, como si quisiera destrozar también los últimos restos de nuestros nervios deshilachados.

Cambio de postura —joder, qué cansado estoy—.

Me crujen las rodillas como muebles viejos al cruzar las piernas.

El timbre del temporizador resuena por la habitación como una gaviota furiosa y los dos damos un respingo, como si estuviéramos en mitad de una película de terror.

Despacio, casi como un ritual, levanto la tetera; me tiemblan un poco las manos mientras dejo caer el brebaje marronáceo y apestoso —con un aspecto tan apetitoso como una sopa podrida— en la taza que hay delante de las rodillas de Aura.

Ella no reacciona. No parpadea, no se mueve: nada de nada.

Respiro hondo. Luego suelto el aire y por fin encuentro las palabras.

—¿En serio pensabas que le había hecho algo? —Mi voz suena tan quebradiza como un disco viejo.

Aura mantiene la mirada baja; se encoge de hombros como si la pregunta fuera un chiste malo.

Vuelvo a soltar el aire con fuerza, dejo la tetera en el suelo —está a punto de volcarse— y miro a Aura. «Venga, chica», pienso. «Al menos pídeme perdón, joder».

Alza la mirada y busca mis ojos. Hay algo en ellos, entre el desafío y el agotamiento, como si estuviera a punto de echarse a llorar o de desmoronarse. ¿Y eso que veo es… lástima?

—Se te salen los huevos —dice, casi con indiferencia, con una calma que me deja de piedra.

¿Perdón? La miro desconcertado mientras me meto la mano en la entrepierna como un completo idiota.

Sí, joder, tiene razón. Se me salen los huevos por debajo de los calzoncillos y se acurrucan la mar de cómodos contra la alfombra, como si quisieran instalarse ahí.

Pero yo estaba durmiendo, ajeno a todo, hasta que me despertó un estruendo y acabé con la nariz sangrando.

Si quería que llevara más ropa encima, podría haberlo dicho antes.

—Y tú tienes un moco enorme pegado a la barbilla, y apuesto a que ni siquiera es tuyo.

Aura se toca la barbilla con cuidado, se despega aquella cosa mocosa y la examina entre dos dedos, como si estudiara un fósil valioso. Luego la enrolla como un porro y me la lanza. Debe de ser un moco pesado —y claramente poco entrenado—, porque pierde fuelle justo encima de mi taza de té.

—Qué rico.

Asiento con sequedad, me pongo de pie con las articulaciones crujiendo y llevo la taza al fregadero de la cocina.

Espera un momento. ¿Hay alguien riendo? Me doy la vuelta y veo a Aura con los ojos cerrados, las comisuras de los labios estiradas de oreja a oreja y el torso se le sacude.

—Me sorprende que después de lo de anoche todavía te quede sentido del humor. —Niego con la cabeza y me apoyo en la encimera—. Pero, claro, tú no vives con Teen-Zilla ni tienes que pasarte una hora en el centro comercial aguantando gritos sobre lo cabrón que eres.

A estas alturas le vibra todo el cuerpo como a un conejito de Duracell puesto de speed. Estoy seguro de que está a punto de estallar, así que aprieto un poco más.

—Por cierto, la ropa interior que elegí era superchula: el Snoopy molón llevaba gafas de sol.

Aura aprieta las piernas como si estuviera a punto de mearse de risa. Cuento hacia atrás mentalmente: tres, dos, uno… Ay, cómo me gusta tener ojo para la gente.

Aura rompe a reír; su carcajada resuena por el salón-comedor diáfano como una salva de cañonazos.

Arriba se abre una puerta de golpe, la música a todo volumen se derrama escaleras abajo y una pequeña furia desatada grita:

—¡Ni siquiera sé qué tiene tanta gracia ahí abajo! ¡Sois lo peor!

Pam. La puerta vuelve a cerrarse de un portazo.

Sobresaltada, Aura me mira de reojo; yo alzo las cejas, divertido.

—Difícil, pero no imposible.

Meto la mano en la nevera, saco dos botellas de cerveza y le lanzo una a Aura, que la atrapa como toda una campeona de béisbol.

Aura abre la botella con los dientes y me escupe la chapa. Luego vuelve a bajar la mirada, como si pudiera leerme el pensamiento.

—¿De verdad te arrepientes? Quiero decir… ¿de no haber estado allí?

Se me vuelven pesados los huesos, como si crecieran dentro del cuerpo y me sujetaran como el hormigón. Un plomo me baja por las piernas hasta que apenas puedo moverme. Despacio, vuelvo junto a Aura y me dejo caer con las piernas cruzadas, justo enfrente de ella.

Por supuesto —¿cómo iba a ser de otro modo?—, las joyas de la corona se me vuelven a salir de los calzoncillos. Intento recolocar la tela, pero lo único que consigo es que la polla también salude a la alfombra, como si fuera de la familia.

Resignado, dejo caer los hombros mientras la pregunta de Aura queda suspendida en el aire.

—Sí. —Mi voz suena quebradiza, tan baja que casi se pierde en el aire—. Sí, todos los putos días de mierda.

Aura asiente. Pone mucho cuidado en no mirar hacia mí; probablemente se ha fijado en el pequeño fugitivo, que ahora se desliza un poco más cerca de los flecos de la alfombra.

—¿Qué crees que pasará si Lila descubre la verdad? —pregunta en voz baja, como si cada palabra le doliera.

Doy un trago a la botella de cerveza —sigue sabiendo a pis, pero es lo único que tengo—. Me callo un instante y miro por la ventana hacia la oscuridad del jardín, que lo cubre todo como un sudario.

—Espero

no averiguarlo nunca.

—Miau.

Aura saca el móvil, desbloquea la pantalla y lo deja caer con un gemido, como si acabara de recibir la peor noticia del siglo.

—¿Todo bien? —pregunto, divertido, aunque sé de sobra que la respuesta no es precisamente «bien».

—No mucho. —Aura resopla y parece a punto de morder el borde de la mesa de pura frustración—. Trish acaba de mandarme un mensaje. Me ha pedido que, por favor, no haga ruido cuando llegue a casa. Jeff está allí ahora mismo… y ha traído nata montada.

Suelto una risita; me imagino la escena a la perfección.

—¿Quién es Jeff?

—¿Y yo qué demonios voy a saber? —Aura juguetea torpemente con la cremallera de la sudadera, como si pudiera esconderse detrás de ella—.

Oye, ¿te importa si duermo aquí, en el sofá?

Sé que es una petición bastante jodida después de lo de la nariz y todo eso, pero si vuelvo a casa y me toca oír a Trish gimiendo, me corto las orejas.

Vaaaaale. Eso sí que me ha pillado por sorpresa. No estoy preparado para esto. ¿Me gusta? Desde luego. ¿Debería notarlo ella? Ni de coña. Vamos, River, di algo que la haga sentirse culpable.

—Pero solo si mañana por la mañana te disculpas profusamente. Podrías traer donuts para desayunar y pasarte por la farmacia a por una férula nasal. También me hace falta ayuda con el repertorio.

»Y…

Hasta ahí llego, porque al parecer Aura solo ha escuchado la parte de «pero solo si mañana por la mañana te disculpas profusamente». Se acerca a mí a cuatro patas, ronroneando, con los ojos brillantes de picardía.

—¿Y por qué mañana por la mañana?

Mi cerebro no consigue seguirle el ritmo. ¿Qué está pasando aquí?

Despacio, como si estuviera a punto de hacer una ofrenda, se arrodilla justo delante de mí. Apunta con el índice hacia el suelo —no, no al suelo, sino a mis calzoncillos— y le da un toquecito a la punta expuesta de mi polla como si fuera un ratoncito indefenso.

—Eeeh, porque esta noche no hay donuts en ninguna parte. Y, aunque los hubiera, serían de ayer y ya no estarían muy buenos.

Joder, River, ¿qué estás diciendo? Me da vueltas la cabeza mientras intento entender la situación. ¿Qué está haciendo? ¿Por qué quiere disculparse conmigo así? Eso es… oh, no.

Justo cuando recuerdo la hora que pasé con la cara enterrada entre sus piernas para disculparme, Aura mete la mano con descaro en mis calzoncillos y saca toda la « » fiesta.

Deja caer la cabeza hacia delante y se abalanza sobre mí como un animal salvaje y rabioso.

Tiene los párpados entrecerrados y los labios húmedos, rojos como la sangre del pecado.

Me mira como si fuera un trozo de carne que está a punto de devorar, con piel y todo.

La agarro por los hombros, la echo un poco hacia atrás y la obligo a mirarme a los ojos.

—En serio, Aura. No tienes que hacer esto para disculparte. Con unos donuts y una venda me basta de sobra.

Asiento con tanta energía —aunque la nariz me palpita a rabiar— que debo de parecer uno de esos muñecos cabezones del salpicadero.

Pero ella arquea una ceja, me aparta las manos de los hombros y susurra:

—Pues, para ser sincera, a mí no me gustan los donuts. Y, después de todo este caos, me apetece mucho más esto.

Se inclina hacia delante, se mete mi polla en la boca y mi mundo explota.

—¡Joder! —Un gemido profundo se me escapa mientras su boca me devora, como si quisiera llevarse todo lo que tengo que dar.

Con un estruendo, una puerta del piso de arriba vuelve a abrirse de golpe, seguida de la voz furiosa de Lila.

—¡Papá, qué asco das! ¡Te oigo hasta con la música puesta! ¡Por lo menos cállate cuando te la pelas!

Pum. La puerta vuelve a cerrarse de golpe.

Sí, se acabó la fiesta.

Aunque la boca de Aura lo da todo —la lengua, los labios, ese gemidito hambriento que noto aunque apenas lo oiga—, mi polla se desinfla en su boca como un globo mojado.

Aura levanta la cabeza, me mira, luego mira mi polla flácida y vuelve a mirarme.

—Esto es un poco decepcionante.

Me froto la cara con las dos manos, como si pudiera restregarme la vergüenza de la piel.

—Sí, los niños son el método anticonceptivo más fiable del mundo. Un ruidito y los pantalones se quedan abrochados. La Madre Naturaleza debe de estar intentando decirnos: «Ya basta, ni una criaturita más dando por culo».

Aura rompe a reír. Me encanta esa risa.

Pero la puerta de arriba vuelve a abrirse.

—¿Aura? ¿Sigues ahí?

Ay, mierda. Me tapo la boca con la mano; Aura se muerde el labio inferior con una sonrisa y el torso se le agita de un lado a otro sin control por la risa contenida.

Me levanto de un salto, la agarro de la muñeca y tiro de ella para cruzar la puerta del porche y salir al jardín. Voy derecho a la caseta de la piscina.

Dentro reina el caos. Hay juguetes hinchables de piscina esparcidos por todas partes, las arañas corretean por las esquinas y estoy seguro de que aquí vive también una familia entera de roedores. Pero estamos solos; nadie puede oírnos.

—Esto es superromántico. —La voz de Aura rezuma ironía mientras mira a su alrededor con las cejas levantadas.

—No habría imaginado que precisamente tú fueras a hablar de romanticismo, señorita «voy a gritarle al micrófono que le cortaré la polla a todos los hombres del mundo».

¿Acaso el romanticismo no es un invento patriarcal para que las mujeres se enamoren de los tíos?

Vamos, que me suena vagamente una frase parecida en vuestras letras.

Se acerca otra vez a mí como una depredadora, con los ojos brillantes como dos brasas.

—Para empezar, la mayoría de las letras las escribe Rhea; yo solo tengo la voz más bonita y más potente de las cuatro…

Estoy a punto de soltarle un comentario cuando ella se me adelanta con otro.

—…y, segundo, me flipa el puto romanticismo, capullo.

Antes de que pueda reaccionar, me empuja.

¡Me empuja! Con una fuerza tal que parece haber concentrado toda la agresividad del mundo en ese único empujón.

Pierdo el equilibrio y agito los brazos como una cigüeña borracha, pero no sirve de nada.

Retrocedo tambaleándome y me estampo contra uno de esos malditos pingüinos hinchables que hay por todas partes.

El pingüino suelta un chillido dramático, como si gimiera por su vida, antes de expulsar todo el aire y quedarse convertido en una triste carcasa de plástico.

Me quedo ahí tumbado como un idiota, mirando el techo de la caseta de la piscina, lleno de manchas de humedad, y no puedo evitar echarme a reír. Mierda. Esto sí que es romántico.