Capítulo 19
—¡No me lo puedo creer, está por todas partes!
—Rhea me planta delante de la cara la edición de hoy del periódico local, con el titular en letras negras tan grandes que se podría leer desde el espacio—.
Y en este periódico —plaf—. Y en este otro —plaf—.
Y aquí también hay un artículo sobre el tema.
Uno tras otro, los periódicos van cayendo en el montón que tengo delante, todos con una foto de Lila —radiante, enferma, valiente— y, al lado, una de nosotras, esa foto perfecta de la banda benéfica que da la impresión de que estamos haciendo algo increíble por ella.
—Mirad lo que está pasando en Twitter y en Insta.
—Rhea agita el móvil mientras el pulgar le baila por la pantalla—.
La cara de la niña con su padre y una foto nuestra están por todas partes.
Nos van a llover las solicitudes de tipaje tisular.
Es miércoles. Solo quedan dos noches para nuestra actuación delante del hospital.
He quedado con Lila en maquillarla allí mismo.
En realidad, ella quería que fuera a su casa a prepararla, pero ni hablar: ni diez caballos conseguirían arrastrarme de vuelta a esa casa de locos, a ese tío que huele de maravilla, con su lengua prodigiosa, la alfombra mullida, el…
¡joder, Aura! ¡Concéntrate! Ni diez caballos conseguirían arrastrarme de vuelta a esa casa de locos para ver a ese exdrogadicto chiflado que lleva la muerte de su mujer en la conciencia. ¿Quiero ser la siguiente? ¡Ni de coña!
Trish chasquea la lengua con aprobación. —Bueno, no me gusta nada decirlo en voz alta, pero esta niña moribunda nos va a dar el mayor impulso que ha tenido nunca nuestra carrera.
Pongo los ojos en blanco. —No se va a morir, Trish. Para eso hacemos el tipaje. Encontraremos un donante y sobrevivirá.
—Sí, pero pongamos… puramente hipotético…
—Trish se endereza en el sofá, se inclina hacia delante y habla con voz de miel, solo que huele a pescado podrido—.
Imagina que la niña se muere. ¡Piensa en el revuelo que armaría en la prensa nacional!
Esta campaña de tipaje tan enorme, con montones de famosos participando —si uno se cree las publicaciones de Instagram—, es un auténtico imán para la prensa.
Si la niña muere, todos los periódicos lo contarán y volverán a dar bombo al evento.
Y Hollow Lights aparecerá en todas las portadas como la banda que
le salvó la vida a la niña.
Me entran náuseas. ¿De verdad acaba de decir eso? Repaso la conversación mentalmente, pero las caras horrorizadas de Nova y Zoe lo confirman: no lo he oído mal.
—Dime una cosa… —Nova clava la mirada en Trish y parpadea cada segundo, como si así pudiera borrar los últimos minutos—, ¿alguien te ha arrancado la cabeza, te ha cagado en la garganta y te la ha vuelto a coser al revés? ¿Qué cojones te pasa, Trish?
—Era solo una idea. Un producto de mi imaginación. Relajaos. —Trish levanta las manos, se vuelve a recostar, coge una revista de moda que tiene al lado y la hojea con mucha atención. No parece darse cuenta de que la lleva del revés.
Vale, volvamos a la realidad. Doy una palmada tan fuerte que todas se sobresaltan. —Vamos a preparar la lista de canciones, por favor. He pensado que podríamos tocar cinco.
—¡Hecho! —Zoe se sienta en el suelo a mi lado, con las piernas cruzadas, el pelo todavía medio rosa y medio caos, y va contando las canciones con los dedos—: «Welcome to this sick new world», «Free Titts», «Violent Illusion», «Female Mastermind» y «Goddess against Rapists».
Me echo a reír porque las conozco demasiado bien: canciones durante las que al menos dos de nosotras acabamos quitándonos la camiseta porque celebramos el empoderamiento y la autodeterminación.
—Primero… —Me siento como una maestra de infantil que tiene que explicarles a los niños que no se embadurna a los demás de mierda—.
En este concierto no vamos a desnudarnos.
La cara de espanto de Nova lo dice todo; está a punto de protestar, pero levanto la mano. —Segundo: Lila ha pedido «Burn Me Like a Woman». Para River tocaremos «Fucking American
Psycho».
Nova se ríe con los ojos chispeantes. —¿Él ha pedido esa canción?
—Digámoslo así: creo que todo en él la está pidiendo a gritos. —Intento hacerme la tranquila mientras por dentro me aturde una sirena de pánico y el corazón me late como si fuera a salírseme del pecho.
—Solo de pensar en ese papi de las toallitas húmedas, con barba, susurrando «Echoes» al micro, casi me corro.
—Rhea suspira y se le pierde la mirada, soñadora, en el vacío, como si ya pudiera sentir la barba de River contra la piel—.
Imagínate que ya estás caliente y toda hinchada, y entonces tiene la boca en tu coño y la barba te raspa la cara interna de los muslos y los labios hinchados…
mmm… —Gime, cierra los ojos y se le acelera la respiración.
¿De verdad está a punto de correrse ahora mismo?
—Tampoco es tan bueno —murmuro para mí, tan bajito que creo que nadie me oirá. Sí, Aura, sigue repitiéndotelo. Intenta convencer a tu cerebro de que ese hombre que te hizo correrte cinco veces en una noche y te lamió hasta dejarte casi sin sentido no es bueno en estas cosas.
Nova levanta la cabeza de golpe y una sonrisa pícara se le extiende por la cara. Se pone de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, y se acerca a mí sin prisa. Tiene la cara justo delante de la mía y los ojos le brillan de forma peligrosa.
—¡Te lo has follado!
No es una pregunta. Es una afirmación.
—Puede. —Me encojo de hombros como si no tuviera ninguna importancia.
—¡Aura! —grita Zoe con la voz a punto de quebrarse—. ¡Ya conoces la regla número uno de la banda!
—Sí, claro que la sé. —Pongo los ojos en blanco y recito la frase sin ninguna emoción—.
Si alguna de nosotras se acuesta con alguien, lo contamos a las demás justo después para poder apuntarlo en nuestro panel de «Quién es el mejor amante/amanta» y hacerles así un favor a las futuras generaciones de mujeres.
Todas repiten la frase al unísono y se ponen de pie como si fueran una compañía de circo muy unida. Rhea incluso se lleva una mano al corazón, como si estuviera haciendo un juramento sagrado. Nova recita todo el discursito con tanto entusiasmo que no puedo evitar reírme.
Trish queda exenta de esta regla. No quiero saber con quién se acuesta Trish. Nadie quiere saberlo.
—¿Cuándo? —pregunta Nova.
—Después de volver en coche desde Millersfield con Lila y River. —Bajo la mirada mientras la voz se me quiebra como un suelo de cristal.
—¡Zorra, de eso hace casi una puta semana! —Nova está fuera de sí; se pasea de un lado a otro por la moqueta de nuestra sala de ensayo como si fuera sobre raíles—. ¿Fue tan malo que quisiste olvidarlo? ¿Lo reprimiste? ¿Se corrió por accidente al lado del ojete o es que ni se le puso dura?
—Ni una cosa ni la otra. —Frunzo el ceño y miro a Nova directamente a los ojos—. Simplemente creo que poco a poco se nos va pasando la edad de montar dramas por estas cosas.
—¿Que estamos qué? —Los ojos de Nova se abren como platos y se lleva una mano al pecho de forma teatral, como si acabara de clavarle un cuchillo—. ¿Estás diciendo que somos viejas?
—Puede que ese tío la haya contagiado de vejez con la polla o algo así. Es posible. —Rhea se encoge de hombros, rasga una bolsa de patatas y se mete de inmediato un puñado en la boca.
—Solo hay una cosa que tienes que contestarnos.
—Zoe saca de detrás del sofá un cartel de cartón enorme, coge un rotulador de la mesa y le quita el tapón con los dientes, como si estuviera a punto de anunciar un striptease—.
¿Sí o no? —murmura con el tapón entre los dientes mientras sostiene el cartel delante de ella como un portapapeles gigante y empieza a escribir.
Me encojo de hombros, cojo la chaqueta de la silla y me despido de todas con la mano.
—Tía, Aura, eres una zorra. ¿A qué viene toda esta mierda? ¿Por qué te largas ahora? ¿No se suponía que íbamos a ensayar un poco más? —Zoe lanza el cartel y el rotulador por los aires y levanta las manos como si fuera a despegar.
Ya le estoy dando la espalda a la pandilla. Ni una palabra. Solo la mano bien alta por encima de la cabeza, con el dedo corazón completamente extendido. Tengo que salir de aquí.
El aire fresco de la noche me golpea la cara como una ducha fría.
Me calo la capucha de la sudadera hasta las cejas, encojo los hombros y bajo la mirada.
Desde hace días, Hollow Lights están en todas partes: en las redes sociales, en los periódicos, en la cabeza de todo el mundo.
Ahora mismo no me apetece lo más mínimo que nadie me reconozca.
Pesco los AirPods del bolsillo del pantalón, abro el estuche y miro dentro.
Joder. Falta un auricular. Lleva desaparecido desde la noche de después de Millersfield.
Sé perfectamente dónde está —seguro que se me cayó de la mochila cuando saqué el carné de conducir y se lo restregué a River por la cara—, pero que me aspen si voy a buscarlo.
Que River se lo trague sin darse cuenta y se muera.
Aunque… entonces Lila se quedaría huérfana. No, esa idea también es una mierda. Irritada, vuelvo a meter el estuche en el bolsillo del pantalón y acelero el paso. Philly de noche es otro mundo; no sé si me siento segura o asustada.
Del bolsillo de la sudadera sale un «miau» suave. Lo ignoro. Otro «miau», y luego otro, y otro más. ¿Quién coño me está dando la lata ahora? Saco el móvil, con el pulgar ya en el botón para dejarlo en reposo toda la noche, cuando veo quién lo envía:
Lila
Aura, dijiste que este número era para cuando necesitara tu ayuda.
Necesito tu ayuda. ¡Urgentemente! ¡Estoy muy enfadada! ¡Es por papá!
El pulso se me dispara a doscientas. Abro la app de Uber, pido un coche a la esquina de la calle siguiente y le escribo una respuesta a Lila: