Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 14 #3
38%

Capítulo 14 #3

—Déjame probar. —Ahora su voz suena grave y serena, incluso un poco ronca.

De un tirón decidido, acciona la palanca; se le tensan los músculos y se le marcan los tendones del cuello.

Al hacerlo se inclina aún más, hasta que su cara queda a escasos centímetros de la mía.

Le veo cada arruga alrededor de los ojos, cada cicatriz fina de la frente, los diminutos pelos plateados que le surcan la barba.

Por un instante, lo único que respiro es él.

Me quedo mirando su nuez, que sube y baja cuando traga con dificultad.

Los pensamientos se me desbocan: me pregunto qué pasaría si levantara la cabeza ahora mismo y…

Me contengo. «Vale, Aura, nada de pensamientos raros ahora».

Se oye un chirrido y la puerta se abre de golpe, como si hubiera cambiado de opinión. Yo sigo apoyada en ella, pierdo el equilibrio y me caigo hacia fuera. De mis labios escapa un jadeo de sobresalto.

Pero River reacciona al instante. Me rodea la cintura con mano firme y tira de mí hacia el interior de la camioneta; su cuerpo se aprieta contra el mío.

Siento su calor, los latidos de su corazón, oigo su respiración.

El corazón me late desbocado mientras absorbo su cercanía como una esponja.

Levanta la cabeza y su cara queda justo delante de la mía, con los ojos tan cerca que distingo las motas diminutas que los recorren.

Tiene los labios ligeramente entreabiertos, como si fuera a decir algo.

Todo por dentro me hormiguea. Las rodillas me flaquean y respiro a sacudidas.

Pero entonces, como siempre, levanto mi escudo. Aprieto los labios y cruzo los brazos sobre el pecho.

—Tío, quítame el brazo de la vejiga ahora mismo o me voy a mear por todo el asiento del copiloto.

Se aparta sobresaltado, baja la mano y se queda mirando por la ventanilla.

—Claro. Perdona. —Le ha quedado la voz ronca.

Salgo de la camioneta con las rodillas todavía temblorosas.

¿Qué acaba de pasar? Estoy aquí para hacerle un favor a una chica con una enfermedad terminal, no para recrear una escena de película porno en un coche entre Philly y Millersfield.

Respiro hondo, me aliso la chaqueta y me dirijo al baño del área de descanso. Joder.

Cuando vuelvo a la camioneta, suelto un suspiro de alivio.

De hecho, he sobrevivido, aunque el olor a jabón de aquel baño asqueroso habría podido matar a tres personas por lo menos.

La puerta del copiloto está abierta. Lila se ha sentado delante, con las rodillas recogidas y los dedos tecleando nerviosos en la radio del coche.

La pantalla parpadea, pero no pasa nada.

—¿Por qué no funciona esta mierda? —murmura sin mirarme.

Doy la vuelta a la camioneta y veo a River apoyado en la caja, con un cigarrillo entre dos dedos y el humo enroscándose perezoso en el aire cálido. La mirada de sus ojos grises cae sobre mí como una sombra, como si supiera lo que estoy pensando.

Soy una sombra en la pared, soy el eco de tu llamada…

El primer verso de «Echoes» se me cuela otra vez en la cabeza y se posa sobre mis pensamientos como un velo de niebla.

Me lo sacudo de encima, como si así pudiera librarme de todo lo demás que me despierta por dentro.

Solo quedan dos horas para llegar a Philly.

Dos horas con River, cuya mera presencia me pone el mundo patas arriba.

Luego, dos horas en el estudio. Dos horas con Dom.

Joder, hoy no me apetece nada lidiar con eso.

Abro la puerta trasera del lado del conductor, la sujeto y miro a River.

¿Cómo puede alguien como él descolocarme así?

Durante años había soñado con estar así de cerca de él.

En cada momento difícil de mi adolescencia, él fue mi ancla.

Mi fantasía. Cuando lloraba hasta quedarme dormida después de un día en el que, una vez más, no había sido lo bastante buena para nada ni para nadie, era su cara ante mis ojos lo que me consolaba.

«Eres preciosa», me susurraba en mis fantasías mientras me colocaba detrás de la oreja el pelo fino y me ofrecía un chicle.

River tira el cigarrillo al suelo y lo aplasta con el talón. Me estremezco e intento recomponerme. No lo demuestres, Aura. Entonces abre la puerta del conductor, se vuelve hacia mí y se le tensan los músculos de los brazos al inclinarse para entrar.

—¿Todo listo, guerrera?

Su voz es cálida y rasposa, y siento cada maldito milímetro de él, incluso a través de esta estúpida puerta del coche.

Asiento con un gesto casi imperceptible.

—Vale.

Me meto rápidamente en el coche, me siento recta y me abrocho el cinturón. El corazón me late desbocado en el pecho.

Cierra la puerta y se inclina sobre la consola central hacia Lila, que ahora le hace una mueca y le saca la lengua, por lo visto porque la radio sigue sin funcionar.

—Más vale que pares antes de fundir otro fusible —dice con una sonrisa que detesto al instante, porque se me mete demasiado dentro.

Luego arranca el motor y la camioneta despierta con un rugido grave.

—Agárrate fuerte, guerrera. Philly no espera.

Apoyo la cabeza contra la ventanilla mientras «Echoes» sigue atormentando mis pensamientos. Soy una sombra en la pared, soy el eco de tu llamada… Tal vez no pueda ser más que eso: una sombra, un eco del que nunca llegará a librarse del todo.