Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—De manual. —Pongo los ojos en blanco—. Para mí fue Kelsey Parker. Animadora, presidenta del consejo estudiantil, Miss Teen Philly y, probablemente, tesorera secreta de la Sociedad de Satanistas.

—Bueno, parece encantadora.

—Totalmente.

—¿Asignatura favorita?

—Música. Qué sorpresa, lo sé.

—La mía era Lengua. En esa clase explicaban metáforas peciosísimas. Siempre me ha encantado eso.

Sonrío.

—¿Qué asignatura odiabas?

—Las matemáticas —responde sin dudar—. No hay manera de que entienda los números.

—Lo mismo digo. Pero yo al menos lo intentaba.

—¿Cuál fue tu primer sencillo en CD?

Cierro los ojos un instante.

—«Bring Me to Life» de Evanescence. Entonces me pareció toda una revelación.

—Qué guay. El mío fue... espera, esto va a ser vergonzoso... Smash Mouth, «All Star».

Me echo a reír.

—Con razón te convertiste en estrella del rock.

Él también se ríe, con la voz cálida y suave.

—¿Color favorito?

—Negro. Sorpresa, ¿verdad?

—Bueno, yo habría apostado por el gris oscuro, pero vale.

—¿Y tú?

—Azul. Me encanta el azul.

—Cagueta —me burlo.

Vuelve a reírse, pero luego se hace un silencio entre nosotros.

—Sabes —dice en voz baja, apoyando una mano en el pomo de la palanca de cambios, como si necesitara agarrarse a él—, a veces me da mucho miedo haber cometido ya todos mis errores y estar esperando sin más a que el siguiente

error signifique el final.

Trago saliva.

—Suena triste.

—Lo es. Pero se me da bastante bien distraerme.

—¿Y cómo lo haces exactamente?

Gira la cabeza y me clava esa mirada que lo revela todo y nada a la vez.

—Por ejemplo, yendo en un coche con una mujer de lo más impresionante y contándole mi desastre sexual más vergonzoso.

Sonrío y siento un suave cosquilleo en el estómago.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo acaba esa historia?

Se encoge de hombros.

—Depende de si ella consigue hacerme callar.

Me vuelvo hacia él, me repantingo un poco más en el asiento con aire despreocupado y arqueo una ceja.

—Sinceramente, River, tu historia no me ha impresionado precisamente.

Se ríe en voz baja, se rasca la barba y lanza una mirada rápida y escrutadora al retrovisor para comprobar si Lila sigue profundamente dormida.

—Ah, ¿no? —Sonríe de oreja a oreja y luego se pasa un dedo por los labios, como si necesitara armarse de valor—. Está bien, me quedan unas cuantas más en la recámara. Pero no querrás oírlas.

—Claro que quiero oírlas. Suéltalas. —Cruzo los brazos sobre el pecho y lo miro con desafío.

Respira hondo y su mirada vuelve una vez más hacia atrás.

—Vale, el primer desastre fue en el minúsculo baño del backstage de un club de Jersey. Estaba tan borracho que apenas podía bajarme los pantalones, y mucho menos encontrarme la polla. Acabé pillándomela con la

cremallera. Ay.

Suelto una carcajada.

—¡Dios mío! ¿Sangraste?

Hace una mueca de dolor y asiente.

—Tiré la sangre y mi orgullo por el váter. No es una buena combinación.

Le dedico un pulgar hacia arriba imaginario.

—No está mal,

señor estrella del rock.

Sonríe.

—¿Quieres otra? Tengo un recuerdo inolvidable de una fiesta después de un concierto en Denver.

Levanto una mano.

—Espera, ¿Denver? Quiero oírlo todo.

Echa un vistazo atrás, hacia Lila, cuyos suaves ronquidos siguen siendo regulares, antes de continuar.

—Tenía poco más de veinte años y me creía el tío más bueno del planeta.

Así que me lié con una groupie. De pie. Con las rodillas apoyadas en el lavabo.

Estaba tan borracho que, cuando me corrí, me caí de espaldas.

El lavabo se desprendió y se estrelló contra el suelo conmigo.

Con reventón de tubería incluido. A la groupie le dio un trozo del lavabo y, de resultas, sufrió un traumatismo dental bastante grave.

Luego el conductor de nuestro autobús de gira la llevó al dentista.

Me tapo la boca con una mano mientras me río.

—¡Colega, qué desastre! Eres el auténtico rey de los desastres sexuales.

—Gracias, es lo que siempre he querido ser —dice con sequedad, sonriendo—.

Pero la joya de la corona fue, probablemente, hace once años, cuando intentaba enrollarme con una mujer en su coche.

Un aparcamiento en mitad de la nada: todo súper romántico.

Hasta que me di cuenta de que el coche tenía un sensor de movimiento que encendía los faros automáticamente en cuanto yo me movía.

Medio aparcamiento estaba mirando, incluida una jubilada con un perro salchicha.

Y, para colmo, el sensor de movimiento estaba conectado al móvil de su padre, que apareció pedaleando en su bici, con una luz azul intermitente, justo en el momento en que le estaba corriendo en toda la cara.

«Mi papá es bombero», dijo ella, mientras su viejo abría la puerta de golpe y me sacaba medio desnudo al aparcamiento para partirme la cara.

Me falta el aire de tanto reír, me sujeto el estómago y apenas puedo respirar.

—¡Para, por favor, que no puedo más!

Ahora River también se ríe, con los ojos brillantes de picardía.

—Te lo dije: no querías oír esto.

—Sí, era exactamente lo que quería oír. —Vuelvo a recostarme, me seco las lágrimas de la risa y le lanzo una mirada burlona—.

¿Sabes qué es lo peor de tus historias? Que me lo imagino todo con una claridad increíble cuando las cuentas.

Eres el típico tío que acaba metido justo en esa clase de situaciones.

—Muchas gracias. —Sigue riéndose y se encoge de hombros—. Solo soy un desastre andante con imagen de estrella del rock.

Me cuesta volver a respirar hondo; la risa se apaga poco a poco, pero el calor del estómago sigue ahí. Lo miro y veo al hombre que esconde tanto dolor tras su fachada de tipo duro.

—¿Sabes qué, River Ash McKennan? Eres la estrella del rock más divertida que he conocido. Y creo que eso es precisamente lo que te hace tan condenadamente encantador.

Me dedica una sonrisa tierna, casi vulnerable, y se echa hacia atrás.

—Y creo que eres la primera mujer que se ha reído de mí con tanta sinceridad y sigue sentada en el coche conmigo.

Le devuelvo la sonrisa mientras el motor ronronea con regularidad y Lila respira tranquila.

—Quizá porque, en cierto modo, me gusta meterme en líos.

River se inclina un poco hacia delante; los hombros todavía le tiemblan de la risa, pero ahora tiene un brillo pensativo en los ojos.

—Muy bien, señorita Hollow Lights. Ya te he servido prácticamente todos los momentos bochornosos que da de sí mi vida sexual. ¿No quieres contarme tú también algo de la tuya? Quiero decir, yo he bajado la guardia del todo —en sentido figurado—, así que lo justo sería que hicieras lo mismo.

Me río por lo bajo y lo miro mientras me coloco un mechón detrás de la oreja.

—¿Así que quieres que yo también haga el ridículo? Valiente, McKennan, muy valiente.

Alza una ceja y se ríe.

—Eh, yo te he contado cómo se me quedó la polla atrapada en la cremallera. Dudo que nadie supere eso en mucho tiempo.

Respiro hondo, pongo los ojos en blanco y jugueteo con el bajo de la chaqueta.

—Vale. Pero no puedes reírte, ¿entendido?

—Lo prometo. —Se lleva una mano al pecho como si prestara juramento, con una sonrisa tan descarada que sé que miente más que habla.

—Vale. —Vuelvo a respirar hondo—. Mi mayor fracaso sexual.

Tenía diecisiete años, era mi primer novio de verdad y estaba convencida de que era la mujer con más experiencia del planeta.

Así que reúní todo mi valor y le hice una mamada.

El problema es que antes había comido patatas fritas.

Con chile. Y se me olvidó enjuagarme la boca después.

River se tapa la boca con una mano, pero los ojos ya le brillan de risa.

—No puede ser…

—¡Sí! —Ahora me río yo también mientras me doy golpecitos en la frente—. El tío se puso a gritar como un poseso. Casi me da un infarto. Pensé que le había mordido sin querer o algo así. Pero es que le ardía como el demonio. Después de aquello, pasó dos semanas ignorándome. Yo estaba destrozada.

River estalla en carcajadas y casi se atraganta con su propia saliva.

—¡Eres mi heroína! —jadea entre carcajada y carcajada—. En serio. Te juro que es la mejor historia que he oído en años.

Llevamos ya dos horas en la carretera y la vejiga me va a matar.

Muevo el pie con impaciencia mientras contemplo los campos interminables, y en el retrovisor lateral veo a Lila, que sigue durmiendo plácidamente en el asiento de atrás, con la cabeza apoyada en la ventanilla y una leve sonrisa en los labios.

—Eh… ¿River? —Me aclaro la garganta y me inclino un poco hacia delante—. Necesito hacer pis, de verdad.

Sonríe, me mira de reojo y sus ojos grises centellean divertidos.

—Pues haberlo dicho. Paro en la próxima área de descanso.

—Genial —murmuro, y suelto un suspiro de alivio.

Unos minutos después entramos en el aparcamiento de un área de descanso cuyos letreros de neón han conocido tiempos mejores. River apaga el motor. Alargo la mano hacia la manilla de la puerta y tiro varias veces, pero la condenada no cede, como si la hubieran soldado.

—¡Joder, no se abre! —mascullo entre dientes mientras empujo con todas mis fuerzas, como si pudiera arrancar la puerta del marco de una patada.

—Ah, sí, a veces se queda atascada —dice River, y se inclina hacia mí.

Noto su aliento, porque tiene la cara justo a mi altura. El corazón me late como loco. Huele a esa mezcla de humo frío, jabón y champú de fresa que siempre me golpea la nariz con demasiada fuerza.