Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Estoy frente al espejo, pasándome los dedos por el pelo frenéticamente una última vez.

Hoy lo tengo hecho un desastre, pero suspiro y me rindo.

Se me van los ojos al reloj: las nueve y cuarto.

Mierda, River iba a recogerme a las diez, pero la Dodge Ram negra lleva ya veinte minutos aparcada delante del motel.

Respiro hondo, cojo el bolso y bajo corriendo las escaleras.

Cuando abro de golpe la puerta del copiloto, veo a Lila sentada atrás, con las rodillas pegadas al pecho.

Al verme, me saluda eufórica, como si fuera la maldita heroína del día.

River está tenso en el asiento del conductor, con las manos crispadas y blancas sobre el volante. Subo y me abrocho el cinturón.

—Hola —susurro, y de pronto el corazón me late al doble de velocidad.

—Hola.

Su voz suena áspera, casi ronca, como si no hubiera dormido en toda la noche.

—¡Aura, quiero contártelo todo!

Lila se inclina hacia delante hasta que sus brazos me rozan los hombros y noto su aliento en la nuca.

Tengo que reírme: esta pequeña luchadora es demasiado adorable.

—Muy bien, princesa, me muero de curiosidad por oír todo lo que quieras soltar.

River sonríe nervioso, suelta el aire con fuerza, arranca el motor y saca la camioneta a la carretera con una mezcla de cautela y tensión. Me giro a medias hacia Lila.

—Venga, dime cuál es tu comida favorita.

—La pizza. Con extra de queso y piña, pero a papá no le gusta.

—Del equipo piña, ¿eh? —Me río—. Vale, ¿color favorito?

—¡El turquesa! Es como el agua, dice siempre papá.

Asiento y me vuelvo un poco más hacia ella.

—¿Y tu película favorita? ¡Seguro que eres una adicta a la tele!

—¡Los juegos del hambre!

Alza los brazos como si disparara una flecha invisible.

—Me encantaba Katniss. ¡Sabe hacer de todo!

—Bueno, en eso tenemos algo en común —digo con una sonrisa.

—¿Y tu bebida favorita? ¿Coca-Cola? ¿Un refresco? ¿Chocolate caliente?

Lila se queda callada un momento.

—Té helado, de melocotón —susurra.

—¿Té helado? —Sonrío—. ¿Y por qué el té helado?

—Mamá siempre bebía eso… Antes de… bueno, antes de morir.

Se me borra la sonrisa. Veo que River se queda literalmente paralizado. Ahora agarra el volante con tanta fuerza que los nudillos se le están poniendo blancos.

—Lo siento, Lila —digo con suavidad, intentando quitarle hierro al asunto.

—No pasa nada.

Juguetea con la manga.

—Papá siempre dice que ahora está sentada en una nube, cuidándome.

Respiro hondo, me vuelvo hacia delante y me quedo mirando el sol, que ya asoma entre las copas de los árboles.

Jamás habría imaginado que acabaría en una camioneta con un hombre que parece capaz de hacer estallar una moto con una sola mirada y con una niña pequeña que lleva todo esto con una valentía enorme.

River sigue en silencio, con la mirada fija al frente. Noto lo que le cuesta pronunciar una sola palabra.

Llevamos una hora de camino y, en algún momento del trayecto, Lila se ha quedado dormida sin más.

Tiene la cabeza apoyada de lado contra la ventanilla, la boca un poco abierta, los brazos bien apretados alrededor de la almohada y los auriculares enormes encajados en las orejas como si los llevara grapados.

—Supongo que el «Dormir en Panem» le ha pasado factura —dice River en voz baja, con una risa tan suave que me entran ganas de guardarla en una caja para los días malos.

—Tienes una hija maravillosa.

Casi se me quiebra la voz, porque lo digo de corazón.

River suelta el aire y asiente casi imperceptiblemente.

—Gracias —murmura, y noto que detrás de esa única palabra se esconde todo un mundo de dolor, culpa y esperanza.

Sonrío y me vuelvo un poco hacia él.

—Es increíble, de verdad. Siempre he soñado con tener una hermana pequeña, una como Lila.

River hace una mueca, como si hubiera mordido un limón.

—Vamos, ahora parece que insinúas que podría ser tu padre o algo así. Solo soy… —alza las cejas, como si hiciera un rápido cálculo mental— …catorce años mayor que tú. Como mucho podrías ser mi hermana pequeña, y siendo generoso.

—Sí, como mucho —le tomo el pelo—. Pero solo si tus padres se hubieran empleado a fondo cuando tú tenías doce años.

Se ríe a carcajadas, libre, como si acabaran de quitarle un peso enorme de encima. No puedo evitar reírme con él.

—Todavía nos quedan tres horas de viaje —dice, recostándose relajado en el asiento—. ¿Qué tal una pequeña sesión de preguntas y respuestas? Porque siento que ya he hecho ochocientos kilómetros contigo y no sé casi nada de ti.

—Claro. Empieza tú.

—Vale —dice, dándose golpecitos en la barbilla—. ¿Comida favorita?

—Curry tailandés picante con doble de leche de coco y cilantro extra.

La respuesta me sale como un disparo.

—Pero, en realidad, como de todo menos pasas. Las pasas son Satanás encarnado.

—¡Amén, hermana! —River se ríe—. Una vez salí con una mujer que quería echarle pasas a todos los platos. A las tres semanas salí huyendo como el diablo de la cruz.

—¿Y tu comida favorita?

Se lo piensa un momento.

—Costillas, la verdad. Con una salsa barbacoa tan pegajosa que al final acabas pareciendo el superviviente de un festín caníbal. Pero así es como tiene que ser.

—Muy sexy.

—Por supuesto. —Sonríe—. ¿Película favorita?

—Sweeney Todd. Johnny Depp, navajas de afeitar, música. ¿Hay algo más guay?

—¡Joder! —dice entre risas—. Habría dicho algo como «El diario de Noa» o «Dirty Dancing».

—¿En serio? ¿Alguna vez me has mirado? —Alzo una ceja, pero me estremezco un poco cuando me vuelven a la cabeza mis fantasías con River, y contraataco rápido—. ¿Cuál es tu película favorita?

—«Pulp Fiction». Me encanta esa película. Podría recitar el diálogo entre Vincent y Jules en la escena del desayuno. Cuando quieras.

—¿Bebida favorita?

—Cerveza. Soy un tipo sencillo.

—Vaya, qué original. Yo me quedo con el gin-tonic. Doble de ginebra y la mitad de tónica.

—Eso no me sorprende lo más mínimo —dice, negando con la cabeza entre risas—. ¿Club favorito en Philly?

—The Raven: pequeño, sucio, ruidoso, genial. Allí puedes hacer crowd surfing sin partirte el cuello.

—Mola. Yo tocaba allí con mi antigua banda. Podríamos volver cualquier día de estos.

—¿Ídolo?

Se queda callado un momento, con la vista fija en la calle; la Dodge ronronea suavemente.

—Springsteen —dice por fin—. No solo por la música, sino porque es honesto, sin más. Siempre.

—Buena elección. Yo diría Walls of Jericho, porque Candace es la vocalista más dura que ha existido jamás. Mi modelo personal a seguir a la hora de no dejar que los tíos te pasen por encima.

Asiente.

—Eso me gusta.

—¿Tu mayor error?

Aprieta las manos alrededor del volante y los nudillos vuelven a ponérsele blancos. Guarda silencio y entrecierra los ojos como si viera algo que yo no debería ver. Pasan los segundos, acompañados únicamente por el zumbido del motor. Entonces niega ligeramente con la cabeza y dice con voz ronca:

—Siguiente pregunta.

Frunzo el ceño y quiero responder algo, pero no se me ocurre nada. No consigo quitarme la sensación de que ni siquiera quiere contestarse esa pregunta a sí mismo. Trago saliva.

—Vale. ¿Canción favorita?

Se ríe con voz ronca.

—«Echoes».

—Oh, vaya, ¿en serio? ¿Tu propia canción es tu favorita? —Me río a carcajadas mientras cruzo los brazos, pero enseguida miro atrás para asegurarme de que no he despertado a Lila—. Es imposible ser más creído, ¿verdad?

River se une a mis risas, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás y una mano apoyada, relajada, en el volante.

—Eh, esa canción... tiene algo especial, ¿vale? —Su voz suena ronca, como si se estuviera riendo de sí mismo—. Además, la escribí cuando estaba completamente hundido y sin nada. Quizá por eso es mi canción favorita. No porque sea tan buena, sino porque es todo lo que yo era entonces.

Trago saliva. El ambiente se vuelve un poco más serio, pero antes de que pueda decir nada él lanza un tema nuevo a la

conversación.

—Vale, siguiente pregunta: ¿tu mayor fiasco sexual?

Sonrío de oreja a oreja.

—Madre mía, eso no lo quieres saber.

—Sí que quiero saberlo.

—Vale, pero solo si tú también sueltas prenda.

—Me recuesto en el asiento y subo las piernas—.

Una vez quedé de noche con un chico al que solo conocía de Insta.

Llevábamos una eternidad escribiéndonos, todo lleno de emojis de berenjenas y lágrimas, ya sabes.

Cuando por fin nos pusimos manos a la obra, se lió tanto al quitarse los vaqueros pitillo que se me cayó encima de cabeza.

Y, al intentar frenar la caída, me arrancó un mechón de pelo.

Grité como un animal. Él pensó que era un gemido de placer y empezó a lamerme...

la axila. «No te puedes imaginar a cuántas mujeres he hecho llegar al orgasmo así», murmuró entre lametones.

A los diez minutos me escocía la axila y ya me había vestido otra vez, más rápido de lo que él tardó en decir «bip».

Aquel fue el momento en que decidí volver a usar las berenjenas solo para cocinar.

¡No pude ponerme desodorante en la axila durante tres semanas porque me escocía como el demonio!

River estalla en carcajadas.

—¿No me digas?

—Te lo juro —confirmo con una sonrisa—. ¿Y tú?

—Mmm. —Se pasa la mano por la barba y mira pensativo por la ventanilla durante un instante—.

Vale, pues... tenía diecinueve años. La banda estaba a punto de despegar y yo me creía una auténtica estrella del rock.

Un rollo de una noche con una chica del backstage.

Estaba tan nervioso que... digamos que el espectáculo terminó más rápido que el bis.

Me río con tanta fuerza que Lila, en el asiento trasero, deja escapar un breve gemido y vuelve a acurrucarse.

—Una estrella del rock, ¿eh? —Me seco una lágrima del rabillo del ojo—. Vale, siguiente: ¿el compañero más tonto del instituto?

—Oh, eso es fácil: Dean «el Capullo» Miller. Ese tío no sabía hacer otra cosa que fumar porros y jugar al fútbol americano. Aun así entró en la universidad porque su padre estaba en el patronato.