Capítulo 15
Ya veo a lo lejos las primeras casas de Philly; parecen unos cuantos bloques grises de hormigón que alguien hubiera tirado ahí por puro aburrimiento. No tardaremos en llegar. Mi culo me lo va a agradecer cuando por fin salga de esta puta camioneta.
Lila está otra vez en ese estado ausente, junto a la
ventanilla del acompañante, con la frente pegada al cristal y los ojos entrecerrados.
Lleva casi una hora sin decir palabra, lo que me preocupa y me alivia a la vez.
Aura va en el asiento de atrás, jugando a algo con una música tan agradable como el torno de un dentista a toda pastilla.
Frustrado, vuelvo a golpear con la mano la pantalla de la radio. Nada. Genial.
Un sonoro «Miaaauuu» me saca de mis pensamientos. Miro por el retrovisor y veo a Aura pasando el dedo por la pantalla del móvil.
—Ay, gracias a Dios —gime, como si acabaran de declarar la paz mundial.
Le guiño un ojo por el retrovisor.
—¿Buenas noticias? ¿Te ha tocado la lotería? ¿Se muda el imbécil de tu ex?
—Casi igual de buenas.
Suena sarcástica, pero también, en cierto modo, aliviada.
—Esta tarde teníamos reunión con Dom por lo de Hollow Lights, pero la ha cancelado porque le ha dado la «gripe masculina». Para mí que está fingiendo. Lo más seguro es que ayer bebiera demasiado.
Asiento y gruño en señal de acuerdo mientras tamborileo con los dedos en el volante.
—Sí, a Dom nunca se le ha dado bien lidiar con estas cosas.
—Lo conoces desde hace tiempo, ¿no?
Aura se inclina hacia delante entre el asiento del conductor y el del acompañante, y la miro de reojo: tiene los ojos despiertos, curiosos.
—Sí, por desgracia.
Se me tensan los hombros mientras paso con cuidado junto al cartel de entrada a Philly.
—Dom fue el mánager de Reckless Ashes.
—¡Hala! —Aura suelta un grito ahogado, como si acabara de decirle que soy el papa en secreto.
—Mis condolencias y todo eso.
Suelto una risa seca mientras dejamos atrás los límites de la ciudad.
—No, no. En aquella época no estaba tan mal, la verdad. Y viniendo de mí, eso es mucho decir. Normalmente los hijos no hablan tan bien de sus padres cuando estos los han llevado al éxito a base de palos.
Con un fuerte «clac», el móvil de Aura cae en la consola central.
—¿Qué coño? ¿Cómo dices?
No reacciono lo más mínimo, con la esperanza de que no me haya oído bien.
Lila se gira hacia ella con los ojos medio cerrados por el sueño; el maquillaje que Aura le puso anoche se le ha corrido y emborronado. Parece una versión panda de sí misma, siniestra y, aun así, condenadamente mona.
—Entonces, si te han cancelado las citas de esta tarde, ya no tienes nada más planeado para hoy, ¿no?
Miro con cautela por el retrovisor.
Aura vuelve a recostarse y se estira en el asiento de atrás, se cruje los nudillos y bosteza.
—¡Exacto! Para mí eso significa: un cigarro de adulta, un baño, bailar desnuda por el piso y luego a la
cama.
Me atraganto al instante con mi propia saliva.
—Oooooo… —dice Lila con una sonrisa, como si acabara de descubrir la fórmula secreta de la comida a domicilio perfecta y el máximo tiempo de mimos—. Te vienes a casa, pedimos algo rico y sofisticado para cenar y te quedas hasta que me duerma. También puedes cantarme una nana al oído a grito pelado.
Aura vuelve a inclinarse hacia delante, su mata de pelo negro me hace cosquillas en el cuello, y nos mira a Lila y a mí alternativamente, incrédula, con los ojos como platos.
—No te preocupes, como muy tarde en dos horas me quedo dormida, y luego duermo del tirón toda la noche.
Joder. ¿De verdad acaba de invitarla a casa?
Yo solo quería llegar, ducharme, hacerme una paja en la ducha pensando en cómo olía Aura cuando casi se cayó de la camioneta, beberme la última cerveza de la nevera, con ese sabor a meado y lavavajillas, y prepararme mentalmente para mi cita de mañana con el Dr. Mermes, la que he pedido a toda prisa esta mañana, antes de salir hacia Millersfield.
Lila me dedica esa mirada que solo ella sabe poner, esa
«No te hagas el tonto, papá: deseos de niña moribunda y todo eso»
expresión. —¿O tú qué dices, papi?
Echo los hombros atrás, me siento un poco más recto en el asiento y noto ese ardor en el estómago que me da siempre que me llama así, porque sabe que no puedo decirle que no. Miro a Aura por el retrovisor; vuelve a estar hundida en el asiento de atrás. Se encoge de hombros y responde con sequedad:
—Pues yo diría que esta noche cenamos curry indio.
Lila da palmas y chilla de alegría.
Meto el coche en el camino de entrada y, en cuanto freno, Lila sale de un salto como si la hubiera disparado con una catapulta.
—¡Ven conmigo! ¡Tengo que enseñarte mi habitación!
Se le quiebra la voz de pura emoción mientras le hace señas a Aura para que la siga.
Veo a Aura por el retrovisor mientras coge la mochila del asiento de atrás, con los ojos muy abiertos y algo insegura. ¿Dónde se ha metido esa joven segura de sí misma que hace un momento me contaba una historia que no olvidaré jamás?
Apago el motor, abro la puerta y respiro hondo.
Lila ya entra corriendo en casa mientras Aura la sigue con cautela, como una sombra curiosa.
Me bajo, rodeo la camioneta hasta la caja y cojo las bolsas.
En realidad, Lila y yo habíamos hecho el equipaje para varios días.
Nadie podía imaginar que volveríamos a marcharnos después de una sola noche porque Charlie y mi hija habían urdido unos planes capaces de cambiar una vida.
Meto el equipaje por la puerta haciendo equilibrios y me detengo un instante al oír a Lila arriba, explicándole todo a Aura en su habitación.
—Y esta es una foto mía de bebé con mi
mamá.
Una punzada me atraviesa el pecho, como si alguien me estuviera clavando a la pared con un clavo oxidado.
Suelto el aire más tiempo del necesario y dejo caer las bolsas, que aterrizan con un «plof» sordo delante del rellano.
Entro a pisotones en la cocina, abro la nevera y saco la única cerveza que queda —que tiene una pinta buenísima, pero sabe a rayos—, me quito los zapatos de una patada, me dejo caer en el sillón y le doy un trago.
Solo cinco miserables minutos. Ojos cerrados. Desconectar. El caos puede esperar.
Doy un respingo cuando una mano delicada se me posa en el hombro. Levanto la cabeza de golpe y me topo de lleno con los ojos cansados de Aura. Su mirada parece, de algún modo, más amable que hace unas horas, pero también agotada, como la de alguien que carga con más peso del que admitiría jamás.
—Se ha quedado dormida —dice en voz baja, con la mochila ya al hombro—. Ya es tarde; voy a pedir un
Uber.
Me despejo de golpe, como si me hubieran enganchado una batería de coche a los huevos.
—Yo... bueno... eh...
Otra vez caigo en ese puto modo tartamudo.
—Has dicho que te apetecía comida india para cenar. Así que... si tienes hambre... podría pedir algo y... y me acerco en coche, la recojo rápido y luego cenamos juntos. Y después ya pides un Uber. Por favor.
Le sostengo la mirada, con el corazón latiéndome demasiado deprisa.
—Te debo una. Gracias a ti, Lila ha estado feliz todas estas últimas veinticuatro horas. Me gustaría agradecértelo.
Aura asiente despacio, como si primero tuviera que asimilar la idea. Parece estar sopesando los pros y los contras. Luego dice, todavía en voz baja, pero ahora con una leve sonrisa:
—Vale.
Deja la mochila en el suelo, como si esa fuera su forma de decir que sí.
—Pero solo si tienes más de eso.
Señala la cerveza sin gas que tengo en la mano.
No puedo evitar reírme.
—A la orden, señora.
Me pongo firme como un palo, hago una mueca graciosa y saludo. Se le escapa una risita y, joder, no sé si antes ya era así de guapa o si ahora mismo estoy demasiado borracho para pensar con claridad.
—Espera aquí —digo con firmeza mientras me pongo la chaqueta—. Vuelvo en treinta minutos. Hago el pedido de camino, compro la cerveza, recojo la comida y estoy de vuelta antes de que puedas decir «bip».
—Bip.
Sonríe con descaro y se me encoge el pecho. «Es demasiado joven para ti, tío».
—Eso, querida, ha sido jugar sucio.
Me río con voz ronca y cojo las llaves del coche.
—Ponte cómoda. Ahora vuelvo.
Empujo la puerta, salgo y respiro hondo. Joder. ¿Por qué coño me parece ahora mismo que todo esto está tan bien?
Exactamente media hora después, estamos sentados en la alfombra del salón.
¿La mesa del comedor? Hasta arriba de todo lo que uno pueda imaginar en una casa de padre soltero: montañas de papeleo, una bolsa de cuerdas de repuesto polvorientas para la vieja guitarra, una pila de tazas de café vacías y el último proyecto artístico de Lila, que parece salido de una película de terror.
Así que aquí estamos, sentados en el suelo.
Entre nosotros hay dos packs de seis de esa cerveza con sabor a pis y etiqueta bonita que me recuerda a las tardes de verano de tiempos mejores, cuando todavía creía que tenía mi vida bajo control.
En medio se apilan las cajas de comida india cuya sola visión me garantiza que mañana tendré la cagalera de mi vida: pollo vindaloo, cordero korma, paneer tikka masala, chana masala, butter chicken y algo etiquetado como «extra picante» que probablemente hayan cocinado con dinamita.
—¡Sírvete!
Hago un gesto amplio hacia este desastre culinario que me ha costado una pequeña fortuna, porque he tenido que sobornar al camarero para no tener que esperar dos horas por el pedido.
Aura se limita a asentir en silencio y alarga la mano hacia la primera caja, como si luchara por no caer en coma ahí mismo.
Mierda, está de verdad al límite de sus fuerzas.
Y yo la he retenido aquí en lugar de dejarla irse a casa.
Ahora está ahí sentada como un zombi y yo... yo soy el tipo que ha provocado esto.
«Venga, River, demuéstrame lo puto inútil que eres para la charla intrascendente».
—Entonces... ¿de verdad queréis versionar «Echoes»?
Rebusco en mi propia caja, cuyo olor ya me hace llorar los ojos, porque todavía no tengo valor para llevarme un bocado a la boca.
Aura alza la vista, deja la caja y se limpia la boca con el dorso de la mano. Se me activa el reflejo interior de «papá» —eso no se hace, jovencita— y me daría una bofetada a mí mismo ahí mismo. En vez de eso, pongo mi cara de máximo interés.
—Trish y Dom quieren que versionemos la canción. Zoe, Rhea y Nova están completamente obsesionadas con ella, aunque antes ni siquiera la conocían.
Asiento.
—Guay.
«¿Qué cojones, tío? ¿La gente sigue diciendo eso?»
Aura se encoge de hombros.
—Sí, guay.
Dejo el tenedor a un lado, respiro hondo y voy con cuidado.
—¿Y tú? Si entendí bien a Trish, esa era tu canción favorita.
—Sí, tienes razón.
Su voz es suave, casi se le quiebra; le tiemblan los párpados y baja la vista al suelo.
—Era mi canción favorita. Y subrayo el «era».
Tengo muchos recuerdos ligados a esa canción.
Tantos que muchas veces no sé qué hacer conmigo misma cuando la escucho.
No me imagino versionándola. Convirtiéndola en nuestra propia versión post-hardcore.
Me parece... que está mal. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Esta canción me hace sentir demasiado. Y eso no es bueno.
Los sentimientos no son buenos. Nunca. Te dan subidones, pero muchos más bajones.
Suspira y pincha la comida como si buscara en ella una respuesta.
—Mmm...
Es todo lo que consigo articular. Soy incapaz de dar una respuesta madura y a la altura de lo que acaba de soltarme.
—Mi madre... o sea, Trish... odiaba esa canción por aquel entonces. No entiendo por qué ahora está tan obsesionada con ella.
Parpadeo. ¿He oído bien?
—Espera, ¿qué? ¿Trish es tu madre?
El tenedor casi se me escurre de la mano.
—Ay, mierda. Creo que sé lo que es eso.
Me echo hacia atrás, buscando palabras que deberían ser más grandes que esta conversación simple y rota.
—¿Cómo os va entre vosotras?
Aura levanta la cabeza con la mirada pesada.
—Siempre soy «casi perfecta».
Entrecomilla las palabras con unas comillas que solo ella puede oír.
—Y así llevo veinticuatro años.
Su voz suena casi sin emoción.
Se me cierra el pecho como si alguien me hubiera destrozado las costillas con un martillo neumático.
—Yo creo que eres mucho más que casi perfecta.
Lo murmuro más para mi paquete de cigarrillos que para ella, pero lo digo por ella, de todos modos. «Joder, River. Primero usa la cabeza y luego abre la boca. ¿Qué narices te pasa?»
Aura me arranca de mis pensamientos; su voz suena un poco demasiado alta, un poco demasiado cerca.
—La verdad es que no me gusta la cerveza, ¡pero esta es mi preferida absoluta!
Levanta la botella en alto y la examina como si fuera una obra de arte rarísima que está a punto de subastar por una fortuna. La luz tenue de la lámpara del salón baila sobre el cristal, como si quisiera volver la escena aún más dramática.
Madre mía. Comida india y esta cerveza. Esta mujer no tiene ni pizca de gusto culinario.
—Cuando bebo esto, siempre me entra un calorcillo en el estómago. Y, además, no necesito mucha: se me sube a la cabeza en un segundo.
Cierra los ojos, sonríe de oreja a oreja y, por un instante, parece tan serena que se me hace un nudo en la garganta.
Tomo aire de golpe y por fin le doy el primer bocado al guiso de dinamita.
La madre que me parió. Todas las mucosas de la boca y la garganta se me apagan al instante y se van de viaje alrededor del mundo.
Me arden los ojos, sudo a chorros y siento que estoy a punto de escupir fuego.
Alargo la mano hacia la botella de cerveza para apagar el ardor, pero, con los ojos llorosos, solo alcanzo a ver cómo Aura se me echa encima como una maldita depredadora.
Y entonces siento sus labios sobre los míos.