Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Vuestra actuación ha sido tan espantosa y tan fuera de lugar que yo…

—River apenas consigue contenerse; se le quiebra la voz—.

Pensé que la cosa se había acabado cuando Nova volvió a quitarse la ropa: al tipo de mi izquierda se le cayó la dentadura y el de mi derecha se corrió espontáneamente en los vaqueros. La mancha de los pantalones era enorme.

Abro mucho los ojos y lo miro fijamente. Y entonces… yo también me echo a reír. La risa me trepa por el pecho y estalla. Me río tanto que se me saltan las lágrimas.

River se seca los ojos y me mira con la cara colorada.

—Pero lo mejor de todo… —vuelve a coger aire— fue la señora que rezó el padrenuestro en bucle mientras tenía que aguantarse las arcadas una y otra vez.

Me río aún más fuerte y choco mi vaso con el suyo. El gin-tonic se tambalea peligrosamente.

—Gracias —dice River, todavía sonriendo de oreja a oreja—. Ha sido la noche más divertida que he tenido en años.

Gira el taburete hacia el escenario, se reclina con desenfado, el vaso todavía en la mano, y señala al cantante con la cabeza.

—Ese es Charlie, por cierto. Antes era el bajista de Reckless Ashes. Ahora intenta hacerse millonario con estiércol de caballo.

Alzo una ceja y no puedo evitar reírme.

—¿Estiércol de caballo? ¿En serio?

River sonríe y se le marcan más las arrugas de la risa alrededor de los ojos.

—Sí, de verdad. Les vende estiércol de caballo a esas madres ecoveganas del huerto urbano que creen que pueden cultivar el paraíso en el alféizar con boñigas de caballo. El tío tiene una tienda online, con etiquetas de diseño, sello vegano y todo. Una locura total.

—¿Y qué tal le va?

Me inclino un poco hacia delante, consciente de la mezcla de curiosidad y burla que llevo en la voz.

River me mira con esa expresión cansada que revela más de lo que admitiría jamás y suelta una risa seca.

—Bueno, a juzgar por el estado de su local, quizá debería retocar su plan de marketing.

Sonríe, da un trago al whisky y parece tan sereno que casi me hace reír otra vez.

Mi mirada recorre el escenario y acaba posándose en Lila, que sigue bailando delante del pie de micro…

si a eso todavía se le puede llamar bailar.

En realidad, ahora solo se balancea despacio, con los hombros hundidos y los movimientos pesados.

Como una florecilla doblada por la lluvia. Se me encoge el corazón.

—¿Qué le pasa a tu hija? Quiero decir… ¿está enferma?

Sé que la pregunta suena de pena, pero se me escapa de todos modos porque de pronto me invade esta maldita curiosidad y esta compasión que odio en mí misma.

River respira hondo, sin apartar la mirada de Lila.

—Lleva ocho años luchando contra la leucemia.

Leucemia linfoblástica aguda; es… es un tipo de cáncer de sangre.

Pasó por la primera ronda de quimioterapia y luego tuvo una recaída.

Segunda ronda de quimio y después hubo un tiempo de calma.

Pero ahora ha vuelto. Tercera recaída. La tercera quimio no ha funcionado.

Solo queda una posibilidad: un trasplante de células madre.

Pero para eso necesitamos un donante. —Se pasa un momento el dorso de la mano por la nariz, como si necesitara recomponerse—.

La semana que viene tenemos cita para la tipificación; harán las pruebas a amigos, familiares y voluntarios.

Pero… no tengo ni idea de si encontraremos a alguien a tiempo.

Se nos está acabando el tiempo. En el registro de donantes no hay ninguno compatible.

—Mierda.

Mi voz es apenas un susurro. Un escalofrío me sube por el pecho y se me pone la piel de gallina en los brazos.

—¿Y estás solo con ella?

River asiente despacio, con la mirada fija ahora en el vaso que tiene en la mano.

—Sí. Su madre murió hace algo menos de diez años.

Su voz se vuelve un poco más baja al hablar, como si temiera que las palabras pudieran hacer daño a alguien que no fuéramos nosotros.

De repente, todo esto me resulta tremendamente incómodo. ¿Cómo he conseguido darle semejante rumbo a esta conversación en apenas tres minutos? Odio cuando las conversaciones dan un giro así: de lo informal a algo tan jodidamente serio que parece que el aire a nuestro alrededor deja de circular.

River levanta un poco el vaso y hace girar el contenido con desgana, pero la mirada le vuelve a Lila.

—Te idolatra, a ti y a tu música, ¿lo sabías? Y, por mucho que lo intente, no consigo entender por qué lo hace.

Abro la boca, pero no se me ocurre nada que decir que no suene a tópico o a la peor clase de hipocresía. Así que me limito a soltar el aire.

Los Viejos Barbudos han terminado su canción; la sala se vuelve loca, todo se pone patas arriba, las jarras de cerveza chocan y algunas mujeres sueltan alaridos como si esto fuera un festival de metal cutre y no un bar de vaqueros con ese olor rancio a madera vieja y estiércol de caballo.

Charlie, ese tipo con la barba de tres días ya canosa y el aura de estrella de rock acabada, se acerca al micrófono.

—¡Amigos, me alegro de que todos vosotros, cabrones, hayáis venido a apoyarnos! —grita con voz ronca, lo que le vale una ovación tan entusiasta como si acabara de predicar el evangelio.

Pongo los ojos en blanco. Charlie suelta el aire con fuerza, se le pone cara de circunstancias y se seca la frente un instante. Luego levanta la mano y le hace una señal a Lila para que suba al escenario. Me doy cuenta de que River se endereza de golpe en el taburete y se queda mirando a Charlie.

—¡Esta preciosa jovencita necesita vuestro apoyo! —Le pasa el brazo por los hombros delgados a Lila.

De pronto parece tan pequeña ahí arriba, tan frágil con ese pájaro de colores y purpurina en la cabeza, que por un momento apenas puedo respirar.

—La semana que viene hay un acto de tipaje tisular en Philly para encontrar un donante compatible de células madre para este pequeño tesoro. —A Charlie le tiembla un poco la voz.

La multitud se queda en silencio, como si alguien hubiera bajado el volumen. Oigo los latidos de mi corazón.

—El próximo viernes habrá cinco autobuses grandes aparcados aquí, delante del bar, para llevar a Philly a toda la gente posible y que allí puedan hacerse las pruebas.

No vengáis solos: traed a vuestras familias, a vuestros amigos y a vuestros compañeros de trabajo.

Para vosotros es todo gratis. Y ahí va la gran sorpresa: Reckless Ashes volverá a dar un concierto después de casi diez años.

En las instalaciones del Hospital de la Universidad de Pensilvania.

La comida y la bebida las ponemos nosotros. ¡No faltéis!

Me da vueltas la cabeza cuando miro de reojo y le veo la cara a River.

Tiene la boca entreabierta y los ojos como platos, como si no pudiera creerse lo que acaba de oír.

El vaso de whisky se le escapa de la mano y cae al suelo con estrépito, como si su vida entera se rompiera en mil pedazos justo en ese instante.

Me arde la cara mientras miro a Lila. De pronto esboza una sonrisa enorme, le arrebata el micrófono a Charlie y grita con una voz mucho más potente de lo que cabría esperar de su pequeño cuerpo:

—¡Y, además, Hollow Lights también actuarán!

Se vuelve hacia mí con los ojos brillantes y juro que, en ese momento, parece una pequeña guerrera.

—¡Porque a una niña moribunda no se le puede negar un deseo!

Me guiña un ojo como si hubiéramos tramado el plan juntas.

En ese instante oigo también el tintineo de mi vaso.