Capítulo 11
Me quedo mirando los restos carbonizados de las tortitas del desayuno, que yacen en el plato delante de mí como un monumento al fracaso culinario
total. El tío que aquí se hace llamar chef debería dedicarse a la gestión de residuos.
A mi alrededor, la gente cacarea, suelta risitas y le hinca el diente a las tostadas de aguacate como si fueran la Última Cena.
Las otras chicas están completamente en su salsa, pero yo solo quiero volver a Philly, taparme la cabeza con las sábanas y olvidarme de una vez del día de mierda de ayer.
Los mensajes para River me siguen dando vueltas en la cabeza; la llamada incómoda hasta decir basta con Lila y esa estirada de Trish durante el trayecto a Baltimore ya habían conseguido que el día empezara como el culo.
La actuación de anoche, sin embargo, fue una farsa total.
Siguiendo el lema de «las cosas siempre pueden ir a peor», el técnico de iluminación era un inútil de campeonato, y nos quedamos mirando los focos como ciervos a punto de ser atropellados.
Siento que me sangran los ojos. Entorno alternativamente el izquierdo y el derecho para aliviar el dolor.
Al menos todas hemos dormido bien. Lo apuntaré como un punto a favor del día de hoy.
—¡Chicas!
La voz de Trish atraviesa el aire como una motosierra un abeto. Pongo los ojos en blanco.
—¡Tengo noticias fantásticas para vosotras! —lo dice con ese tono exagerado y de confidencia que siempre me ha dado dolor de cabeza—. Hoy no volvemos a Philly. ¡Esta noche tocamos en un club pequeño de Millersfield!
Millersfield. Oigo a Nova soltar un suspiro ruidoso a mi lado, como si alguien le hubiera prometido una ronda de cervezas gratis.
Rhea levanta las manos al aire como si acabara de tocarle el premio gordo de su vida, mientras Zoe se limita a sonreír con cansancio y mece la taza de café entre sus dedos tatuados.
¿Yo? Podría vomitar allí mismo.
—¿Millersfield? Trish, son otras cuatro horas de viaje. Y además, desde ayer nos hemos quedado sin una reserva decente de maría. O sea, ¿hola? Yo contaba con volver a Philly para poder fumarme por fin algo decente.
Trish se encoge de hombros como si estuviera presentando una gala de directivos.
—Bueno, cariño. Todavía le debo un favor a alguien.
—Claro. Déjame adivinar. Seguramente algún tío que se te tira cada tres semanas y al que tienes que devolverle el favor como sea para que pueda seguir aparcando su micropene en tu cama.
Nova estalla en carcajadas y apoya la frente en la mesa, y Rhea se ríe entre dientes contra su vaso de zumo de naranja. No puedo evitar poner los ojos en blanco.
Trish cruza los brazos sobre el pecho, con una expresión pétrea.
—Muy graciosa, Aura. Pero esto es cosa del trabajo. Además… —Se pasa las manos por el pelo y la mirada se le vuelve seria—. Dom me ha escrito. Por «Echoes». Quiere que hagáis una versión de la canción. Para el nuevo disco. Le he dicho que lo haríamos.
Se me contrae el estómago como si me hubiera tragado un ladrillo. «Echoes». La canción que me ha acompañado durante toda mi jodida juventud. La canción que amo y odio a la vez porque significa demasiado.
Me echo hacia atrás en la silla y clavo los ojos en Trish como si pudiera destrozarla en mil pedazos con una sola mirada.
—¿Y si no quiero hacerlo?
Trish entrecierra los ojos: la Reina de Hielo perfecta.
—Entonces lo harás de todas formas. Dom tiene un acuerdo con la discográfica y no pienso dejar que os tiréis piedras contra vuestro propio tejado solo porque tengáis movidas con vuestro pasado.
Descargo el puño sobre la mesa con tanta fuerza que el plato de las tortitas se tambalea.
—Que te den, Trish. ¿Tienes siquiera idea de lo que significa esta
canción para mí?
—Sí —murmura en voz baja.
Su tono suena tan compasivo que me encantaría tirarle el café a la cara.
—Sí, Aura. Lo sé mejor que nadie.
***
Allá vamos otra vez. El autobús de la gira.
El hedor a diésel y los asientos desvencijados, que chirrían tanto en cada bache que parece que vayan a saltar de sus anclajes.
Esta vez Trish no va sentada detrás del conductor con los ojos llorosos, sino justo a mi lado.
Está ahí arrellanada como una maldita reina de primera clase, tarareando alegremente mientras se pinta las uñas de los pies de un rosa que parece que Barbie en persona hubiera descargado sobre él toda su mala leche.
No puedo ni mirarlo sin que se me revuelva el estómago.
El resto del equipo duerme. Nova está desplomada sobre el respaldo del asiento, con la boca abierta y los auriculares medio arrancados; Rhea está hecha un ovillo como un bebé, y Zoe duerme con los brazos cruzados, como si tuviera que defender su honor.
Millersfield. O sea, ¿hay algo allí aparte de paletos y caballos?
Respiro hondo. Igual tengo suerte y esta noche me topo con mi padre, que seguirá probando fortuna en algún bar de mala muerte, y por fin me explica por qué me dejó tirada cuando tenía cuatro años.
O, mejor aún: conoceré al amor de mi vida, que me subirá a un caballo y me susurrará con ojos de héroe de película de serie B: «Mi nena es mía», y yo le contestaré: «Llevaba una sandía».
En serio, ¿qué clase de pensamiento de mierda es ese?
Y luego nos iremos cabalgando juntos hacia el atardecer, mientras toda esa basura desaparece de mi cabeza como una extensión de pelo mal pegada.
Dios, Aura. ¿De qué rincón retorcido de mi cerebro salen estas fantasías?
O sea, no es que viaje en un autobús de gira con un telón de fondo de Rosamunde Pilcher.
Sé perfectamente que todo esto es una gilipollez.
Por lo visto, estoy tan obsesionada con que alguien me demuestre un cariño de verdad que se me hacen un lío los pensamientos. No se me ocurre otra explicación.
Cojo los AirPods, me los encajo en los oídos y busco lo único que puede ayudarme ahora: música lo bastante alta para ahogar todo lo demás.
Pongo la lista de reproducción en modo aleatorio.
Los gruñidos de Emmure me revientan la corteza cerebral a un volumen brutal, y los bajos me taladran la coronilla como un martillo neumático.
Perfecto: exactamente lo que necesito ahora mismo.
Me recuesto, me abrazo las rodillas contra el pecho y dejo que la música me despeje la cabeza.
Caigo en un sueño ligero mientras, al otro lado de la ventana, el sol baña los campos con una luz de filtro de Instagram
posapocalíptica.
Un dolor agudo me atraviesa, como si alguien me hubiera clavado una horca oxidada de establo, y me incorporo jadeando. El pezón izquierdo me palpita como un hongo nuclear, mientras Zoe, de pie en el pasillo del autobús, me mira con una sonrisa descarada.
—Despierta, princesa, ya hemos llegado.
Su voz suena como el comienzo de una película de terror, pero estoy demasiado cansada y demasiado grogui para gritarle la respuesta que se merece.
Cojo la mochila del asiento —la he tenido agarrada como un escudo todo el rato— y me levanto.
Fuera, el aire fresco del atardecer me recibe con una mezcla de estiércol de caballo, diésel rancio y canto de grillos.
Vale, puede que yo me imaginara un viaje por carretera algo distinto, pero ¿esto?
Esto es prácticamente la definición de «vuelta a la Edad de Piedra».
Estamos delante de un bar que debió de vivir su época dorada en los ochenta.
Por aquel entonces seguramente era el local de moda para vaqueros, aficionados al rodeo y lugareños que venían a ponerse hasta las cejas después de atar los caballos en el aparcamiento.
El letrero de neón parpadea como las luces de un club de striptease que ya estaba de capa caída allá por mil novecientos treinta y ocho.
Trish se planta delante de nosotras, con las piernas bien separadas y las manos en las caderas, como un sargento justo antes de la revista matinal.
—Muy bien, esto es lo que va a pasar —anuncia con un tono jodidamente intimidante—. Hoy sois las teloneras. El cabeza de cartel es una banda de country que toca aquí habitualmente.
Se me revuelve el estómago. ¿De teloneras?
¿Nosotras, de teloneras de mierda? ¿Después de todo lo que hemos pasado?
¿Es que nos está tomando el pelo? Parpadeo, me quedo mirando a Trish, luego a Zoe, que pulsa una cuerda de guitarra imaginaria con su obligada cara de «que te den», y después a Nova, que lleva el pelo trenzado y juguetea con las baquetas como si estuviera a punto de estampárselas en la cara a algún paleto.
Sí, bienvenidas a Millersfield, el centro del universo.
Metemos el equipo a rastras en este edificio en ruinas
que parece llevar los últimos veinte años existiendo con el único propósito de que esta noche lo reduzcamos por fin a escombros y cenizas con nuestra música.
Al parecer, ni siquiera hay prueba de sonido para este bolo, porque Trish ha mandado a los roadies a casa.
Por supuesto, ella no ayuda a cargar nada: cruza la gravilla haciendo resonar unos tacones de aguja totalmente fuera de lugar, como si este maldito búnker fuera de su propiedad.
Suelto un gruñido mientras la sigo, arrastrando detrás de mí una enorme caja de amplificador y con la sensación de que la espalda se me va a partir en dos. Juro que la voy a despedir y la voy a echar de nuestra casa —de mi casa— en cuanto volvamos a Philly.
Trish abre los brazos de par en par y va directa hacia un tipo de metro ochenta, medio desdentado, que seca vasos detrás de la barra como si fuera la misión más importante de su vida.
—Ed, mi
querido amigo, ¡qué alegría volver a verte!
Ay, joder. El color del pelo coincide. El de los ojos también.
¡No. Puede. Ser!
Ed sale de detrás de la barra y estrecha a Trish entre sus brazos.
—¡Ay, mi cielo! Qué maravilla volver a verte.
La separa a la distancia de un brazo, la examina de arriba abajo como si fuera una obra de arte y luego se pasa la mano por la barba de tres días.
—¿Qué te parece? Ahora estoy buenísimo, ¿a que sí?
Trish suelta una risita como si esto fuera una maldita comedia de situación y le da un codazo en el enorme pecho. Espera. ¿Pecho enorme? ¿Este tío tiene tetas?
Le sonríe radiante, como a un hermano perdido hace años.
—¡Estoy tan orgullosa de ti! ¿Cuánto llevas ya con la T?
—Hoy hace exactamente trece meses. Y el mes que viene, estas de aquí... —se agarra los pechos con las dos manos— ¡por fin desaparecerán!
Vale. Así que Ed, desde luego, no es mi padre. Si acaso, podría ser mi madre. ¿Eso es siquiera posible? Trish y... Ay, Aura, otra vez se te va la cabeza.
—Hola, soy Aura —digo mientras me abro paso junto a Trish y le tiendo la mano.
—Ah, la cría gritona. La última vez que te vi tenías cinco años y te presentaste a un concurso de belleza con mi hija —sonríe de oreja a oreja y me examina de arriba abajo—. ¿Tú también estás con la testosterona?
Me miro de arriba abajo. ¿En serio lo dice en serio?