Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 10
26%

Capítulo 10

He subido la radio porque Lila ha insistido, pero el trasto suelta más estática que música y, de vez en cuando, crepita por los altavoces como un nubarrón a punto de descargar.

Le he preguntado si no sería mejor poner su lista de reproducción —por ella habría sobrevivido a cuatro horas de esos berridos feministas—, pero me ha contestado que la banda sonora de un viaje por carretera en la radio es mucho más guay porque nunca sabes qué va a sonar después. Quizá tenga razón.

El sol cae a plomo a través del parabrisas mientras apoyo la mano en el volante y, distraído, hago girar con el pulgar los viejos anillos, los mismos que no me he quitado desde los tiempos de Reckless Ashes.

Lila tiene los pies sobre el salpicadero; sus Converse de rosa neón brillan como bengalas.

Juraría que al tipo de la gasolinera le han dado dos infartos de golpe al verlas.

Me aclaro la garganta, bajo la radio y la miro de reojo.

—¿Te acuerdas de lo que te conté de Charlie?

Sonríe de oreja a oreja y el pavo real que lleva en la cabeza se bambolea un poco adelante y atrás.

—Que siempre parecía un Papá Noel enganchado a la heroína, que por entonces estaba en Reckless Ashes contigo y que se llevaba más groupies con el bajo que tú con el micro.

Suelto una risa corta, un sonido áspero y ronco que a mí me suena más a tos.

—Sí, ese vejestorio. ¿Sabes?, cuando la banda se separó, se las apañó con sus trapicheos para largarse a un rancho de Virginia.

Ahora vive allí con unos cuantos caballos, dos burros y un montón de cabras, vendiendo estiércol de caballo a madres ecologistas y convencido de que eso es la fiebre del oro de nuestros días.

Lila suelta una risita.

—¡Estiércol de caballo! ¿A que es genial?

—No lo subestimes, cariño. Charlie nos sacó de más de un lío en aquella época. Si hay alguien en quien todavía confío, aunque sea un poco, es en él.

Por un instante el corazón se me aligera, aunque al mismo tiempo siento que está a punto de salírseme del pecho. Charlie. Una puta roca en plena tormenta, aunque siempre haya tenido pinta de estar a punto de cabalgar hacia el atardecer con una guitarra en la mano.

Cojo el móvil, busco en los contactos y marco el número de Charlie. Charlie, mi hermano de otra madre. Mi alma gemela y parte de mi vida durante tantísimo tiempo. Se oye un breve chasquido en la línea y entonces responde.

—Qué pasa, Ash.

»Pensaba que habías borrado mi número para siempre.

—No fui capaz. Solo quería avisarte de que estoy de viaje con Lila. Nos pasaremos unos días, si no te importa. Quiere montar a caballo. Y a mí tampoco me vendría mal un poco de aire fresco.

Charlie suelta esa risa ronca y retumbante suya.

—Ash, ya sabes que mi puerta siempre está abierta para ti. Y si quiere montar, le regalo además el mejor estiércol de caballo de Virginia.

—Gracias, Charlie. Nos vemos en unas horas.

Sonrío mientras guardo el móvil.

Lila me mira con los ojos brillantes, igual que cuando era demasiado pequeña para entender lo cruel que es el mundo.

—Eres el mejor, papá.

Trago saliva porque sé que no lo soy. Pero me limito a asentir.

—Claro, princesa.

El viaje se hace eterno, pero al final vuelve a sonar el móvil con ese tono tan irritante. Dom. Ese capullo sabe perfectamente cómo pillarte desprevenido. Respiro hondo y contesto; pongo el altavoz y me sostengo el teléfono delante de la boca.

—River, escucha. Sé que ya hemos hablado de esto, pero quiero que te lo vuelvas a pensar. Hollow Lights necesita esta canción. Necesita «Echoes» en el álbum. Esto puede ser un puto éxito mundial. Me lo debes.

Pongo los ojos en blanco, pero antes de que pueda decir nada Lila me arranca el teléfono de la mano como una maldita depredadora.

—¡Hola, Dom! Soy yo, Lila. Mira, puede que me muera pronto. Y esta canción me encanta. Y quiero que la cante Aura. Porque es mi cantante favorita. Y porque creo que papá se lo merece. Y yo también. ¿Vale?

Me quedo atónito. Lila me devuelve el teléfono con cara seria y decidida.

Dom se ríe un instante, pero suena forzado, como si tuviera una sierra de huesos atascada en la garganta.

—Bueno, River, ¿qué dices? ¿Le negarías a tu hija un último deseo?

Cierro los ojos y respiro hondo.

—Ya te llamo, Dom.

Cuelgo y miro a Lila. Esboza una leve sonrisa.

—A los niños moribundos no se les pueden negar los deseos, papá.

Me paso la mano por la cara.

—Joder, Lila.

»De verdad que me tocas la fibra, ¿lo sabes?

Sonríe.

—Lo sé.

Lila mira por la ventanilla, soñadora, y siento una punzada. En este momento, ahí tan en paz en el asiento del copiloto, es idéntica a su madre. Joder.

Y mientras vuelvo a pisar el acelerador rumbo al rancho de Charlie, me siento el peor padre del mundo y, al mismo tiempo, el más orgulloso.

El camino hasta el rancho se estira como un chicle.

Hay baches por todas partes, tan enormes que cualquiera diría que la NASA ha ensayado aquí en secreto el alunizaje.

Avanzo a paso de tortuga; los neumáticos chirrían como si me pidieran clemencia.

A mi lado va Lila, con la cabeza apoyada en la ventanilla y los ojos cerrados, aunque los párpados le tiemblan frenéticos.

Sea lo que sea lo que esté soñando, espero que no tenga nada que ver con el hospital.

Me detengo en el arcén, dejo el motor en marcha y me recuesto un momento. La mirada se me va otra vez hacia Lila. Mueve un poco los labios, como si hablara con alguien en sueños. Sonrío con cansancio y le aparto de la cara un mechón de pelo imaginario. Es igual que cuando era pequeña.

Abro la puerta del conductor sin hacer ruido, salgo y la cierro con muchísimo cuidado para no despertarla.

Rodeo la camioneta y respiro hondo. El rancho está ahí, como un paraíso olvidado: una vieja casa de labranza, curtida por el tiempo, con un porche que cruje con cada ráfaga de viento.

A la derecha, un cobertizo enorme del que llega el olor a caballo; a la izquierda, un viejo granero cuyo tejado lleva años con más agujeros que tejas.

—¡Ash, viejo cabrón! —brama de pronto una voz desde el porche.

Charlie está allí apoyado, con las piernas bien abiertas y las manos en las caderas.

Lleva unos vaqueros tan rotos que deben de dejar pasar más aire del que le llega al cerebro después de tres tequilas, y una camisa de franela polvorienta que quizá algún día fue roja.

Tiene el pelo castaño cortado al estilo mullet, con mechones grises asomando por todas partes, y la cara curtida por la intemperie, como la parte de atrás de una silla de montar del Oeste.

—Charlie.

Sonrío, una sonrisa de verdad, de esas que rara vez me salen, y me apresuro a subir al porche.

Da dos pasos hacia mí, me agarra por el brazo y me estrecha en un abrazo apretado.

—¡Joder, chaval! Tienes pinta de haber dormido tres noches seguidas en un área de servicio.

—Podría ser —digo, dándole unas palmaditas en el

hombro—. Lila sigue dormida. Déjala dormir; ha tenido un día

duro.

Asiente y se le dulcifica la mirada.

—Vale. Ya lo tengo todo preparado dentro. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Estiércol de caballo gratis para todos.

Me río por lo bajo y paseo un momento la mirada por la finca. Este rancho es el refugio de Charlie, su retiro del mundo. Y ahora también es el mío. Al menos por una temporada.

—Gracias, tío.

Le quita importancia con un gesto.

—Bah, Ash, ya sabes que por ti, siempre. Bueno, tío, ¿qué te cuentas? ¿Qué tal la vida sexual?

Charlie me tiende una cerveza mientras intento elegir, entre las quince sillas del porche, la que aún sea lo bastante firme para aguantarme y no se remonte a antes de la Guerra de Secesión.

Puedo escoger entre una mecedora con el asiento sembrado de astillas y una silla de mimbre.

Esta última, sin embargo, parece más una obra de arte de un museo de catástrofes naturales que un mueble.

Las demás tienen pinta de deshacerse para siempre con la próxima ráfaga de viento.

Repiqueteo con el pie, juego un instante al «pito, pito, gorgorito», pero al final me decido por lo evidente: me apoyo en el borde del porche, con la esperanza de que ese pedazo de madera podrida aguante mis noventa kilos un rato más.

Me equivocaba. Un crujido, un «¡Tío, cuidado!

» de Charlie y, de repente, estoy tirado de espaldas en el polvo, delante del porche.

—¿Alguna vez te has planteado reformar algo de todo esto?

Me sacudo el polvo de la ropa y me pongo en pie como puedo.

Me duele el hombro derecho. Difícil saber si es por la caída o por la postura penosa de las cuatro horas de carretera, pero decido quedarme ahí mismo, al pie de las escaleras.

De todas formas, Charlie es casi dos cabezas más bajo que yo, así que al menos podemos hablar a la misma altura sin que tenga que encorvarme.

—Bueno, Ash, como te decía: ¿qué tal van los polvos?

Charlie se apoya con desenfado en un pilar que parece a punto de ceder con la próxima ráfaga de viento y arquea las cejas con picardía. ¿Tan lejos de la civilización vive este golfo que esto tiene que ser lo primero de lo que hablemos?

—Sigo en abstinencia. La semana que viene hará diez años casi exactos.

Doy un buen trago a la botella. La cerveza está caliente, pero cumple, al menos por ahora. La verdad es que no tengo ninguna gana de tocar ese tema ni con pinzas.

Charlie infla los carrillos, suelta el aire despacio y se rasca la nuca.

—¡Joder! ¿Otra vez estamos en esas fechas?

—Sí, la semana que viene. El 12 de marzo es el triste aniversario.

—¡Mierda, tío! Me va a volver a poner la piel de gallina solo de pensar que Lila se pasó dos días sola en casa mientras Lynn…

No le dejo terminar: levanto la mano y lo atravieso con una mirada que lo descoloca un instante.

Me sostiene la mirada, se sacude como si recolocara a toda prisa las palabras en la cabeza y continúa sin inmutarse:

—¿Y tú? Colocadísimo con el alcohol de alguna vieja y sin enterarte de lo que intentábamos decirte.

Sus palabras se me clavan como un bisturí oxidado. Trago con esfuerzo, me estremezco y dejo que la mirada se me escape hacia la camioneta. Lila sigue apoyada en la ventanilla, dormida, con la boca entreabierta y un hilillo de babas que le cae por la comisura. Joder. Si ella supiera.