Capítulo 9
—Ya tenemos los resultados del análisis de sangre y necesitamos hablar urgentemente de los siguientes pasos de tu tratamiento.
— El Dr. Mermes está sentado frente a mí, con esa maldita cara de pijo.
El tono nasal de su voz empuja a mi demonio interior directo a pensamientos homicidas, pero el muy capullo, con su título de universidad de élite, resulta que es el mejor en su campo.
Así que cierro los puños dentro de los bolsillos del pantalón y me obligo a mantener el culo pegado a la silla.
Su consulta está en la quinta planta del Hospital de la Universidad de Pensilvania, en el servicio de oncología pediátrica.
Desde las paredes me miran caras de payaso de colorines; en serio, ¿a qué niño le hacen gracia los payasos?
Los uniformes del personal de enfermería son de color caramelo, como si estuvieran a punto de repartir algodón de azúcar.
Del bolsillo del pecho de la bata del Dr. Mermes asoma un unicornio de peluche con un minifonendoscopio al cuello.
Lila está sentada en el sillón de al lado, con las piernas retorcidas como un pretzel, los auriculares bien calados sobre las orejas y la mirada perdida al otro lado de la ventana. No quiere oír lo que tiene que decir el Dr. Mermes; y, joder, yo tampoco quiero oírlo.
La primera vez que me senté con Lila en esta consulta de colores pastel, con zona de juegos y biblioteca infantil, el Dr. Mermes todavía estaba en forma y tenía el pelo oscuro y abundante.
Ahora, un semicírculo gris reina sobre su cabeza grasienta y, por lo demás, calva, y los botones que le aguantan la camisa a la altura de la barriga son, sin duda, los presidentes secretos de la Asociación de Piezas de Plástico de Alto Rendimiento.
Se aclara la garganta; aparto la vista de esos monstruos de ojal en tensión y lo miro directamente a la cara.
—¿Entiendes lo que significa eso, River? ¿Tienes alguna pregunta más? —Su mirada inquisitiva me atraviesa el pecho como un bisturí.
Joder. No, no lo he entendido, porque mis pensamientos estaban en todas partes menos aquí.
Lila ya está hundida en el sillón. Tiene los auriculares en el regazo y pasa el dedo distraídamente por el nuevo autógrafo de sus Converse mientras las lágrimas le resbalan por la cara delicada.
Mierda. Soy, con diferencia, el peor padre de todos los tiempos.
Un escalofrío se me instala en el pecho y me cierra la garganta.
Presa del pánico, miro a mi alrededor como si alguien aquí pudiera arreglármelo todo.
El móvil me pita. Un mensaje de mi madre.
Lo cojo, lo levanto e intento desbloquearlo.
—¡River! —La voz del Dr. Mermes retumba por la consulta y doy un respingo—.
Cariño —dice ahora con más suavidad, volviéndose hacia Lila—, ¿por qué no subes al control de enfermería a ver a Darleen?
Ayer repusimos los esmaltes de uñas y también hay unas golosinas esperándote en el cajón de los caramelos.
Necesito hablar un momento a solas con tu padre.
Lila asiente en silencio, se levanta, deja los auriculares en el sillón y desaparece por la puerta hacia el pasillo.
—Madre mía, River, ¿cuánto hace ya que nos conocemos?
Tengo la garganta seca. Abro la boca, pero no me sale ninguna palabra.
El Dr. Mermes abre uno de los ventanales, mete la mano detrás de la cortina, hasta el alféizar, y saca un paquete de cigarrillos arrugado y un mechero. Enciende uno, da una calada honda y luego me tiende el paquete. Asiento, me pongo de pie a su lado, junto a la ventana, y saco uno.
El humo me quema agradablemente los pulmones y, por estar aquí fumando junto a la ventana de una puta planta de oncología infantil, los dos nos vamos derechos al infierno. Suelto el humo y dejo caer la cabeza.
—Ocho años —murmuro, obligando a mi voz a volver al aquí y ahora.
—Nunca he acompañado a ninguno de mis pacientes tanto tiempo.
— El Dr. Mermes tira el cigarrillo por la ventana.
Segundos después, llega desde abajo un grito indignado.
Se cruza los brazos sobre el pecho y apoya la espalda en el alféizar.
—Esa ha sido la tercera tanda de quimio de esta fase de recaída. — Deja caer la cabeza.
El mundo empieza a darme vueltas. Sé exactamente cuáles serán sus siguientes palabras; no hace falta que las diga.
Las oigo en mi cabeza como si me las hubiera susurrado al oído.
Tercera tanda de quimio. No habrá otra. Ese puto veneno tampoco ha funcionado y mi hija va a morir.
Pronto. Veo destellos titilando ante mis ojos.
Aprieto los puños contra los párpados, cerrados con tanta fuerza que me da la sensación de que los globos oculares y el cerebro están a punto de formar una maldita simbiosis.
—Necesitamos un donante de médula ósea compatible —dice con calma el Dr. Mermes mientras vuelve a sentarse detrás del escritorio. Tiene la voz neutra, profesional, como si despachara un diagnóstico de cáncer terminal con la misma ligereza que una puta amigdalitis.
—¿Cómo lleváis el asunto de Lynn? —Frunce el ceño, se pone las gafas y me escruta como si pudiera ver a través de mi fachada.
—Igual que siempre. —Suspiro y tiro la colilla por la ventana abierta. Da vueltas en el aire como un mal augurio.
—Eso no es bueno, River. Tienes que hablar con Lila de su madre. Deberíais marcharos los dos. Haced un viaje por carretera, volad a Europa un finde largo, lo que sea. Pero salid de aquí. Y dentro de una semana nos vemos otra vez y hablamos de todo lo relacionado con la tipificación tisular.
Asiento en silencio. El Dr. Mermes me devuelve el gesto con una expresión indescifrable. Siento esa opresión ardiente en el pecho, como si alguien me serrara las costillas desde dentro con una sierra circular oxidada.
La puerta se abre y entra Lila. Radiante.
Clava la mirada en mí, como si pudiera sacarme la oscuridad del cuerpo con una simple sonrisa.
Lleva las uñas pintadas de amarillo neón, un color tan chillón que casi duele.
En la cabeza desnuda, Darleen, que tiene un talento increíble, le ha pintado un pavo real resplandeciente, con purpurina y brillos incluidos.
—¡Papá, mira! ¡Tengo un pavo real! ¡Ahora soy oficialmente una princesa! —Su voz suena tan feliz que siento que el pecho va a estallarme.
Fuerzo una sonrisa, pero es como si tuviera la cara de hormigón.
—¿Qué te parece si nos volvemos ya a casa, metemos unas cosas en la maleta y vamos a ver a tu tío Charlie? Hace mucho que quieres volver a montar a caballo. —Me sale la voz quebradiza, como si intentara respirar y hablar a la vez. Hago un esfuerzo por mirar a Lila.
Se le iluminan los ojos con tanta fuerza que me da un pinchazo de dolor, igual que ese unicornio feo de la bata del Dr. Mermes.
—¿Montar a caballo? —Casi se le quiebra la voz—. ¡Papá! ¿De verdad? ¡Sabes cuánto me gusta!
Asiento y sonrío, pero noto los labios como dos gomas resecas.
—Sí, cariño, de verdad. Hace demasiado que no paso un rato de verdad contigo. Estas últimas semanas he tenido demasiadas gilipolleces en la cabeza. Vámonos unos días por ahí, ¿vale? Un viajecito, solo tú y yo.
Lila da saltos. El pavo real de la cabeza se le tambalea y le cae una lluvia de purpurina sobre los hombros.
—¡Va a ser genial, papá! ¡Prepararé todo lo que necesito! El cuaderno de dibujo, las pegatinas… ¡Y quiero que te traigas la guitarra para que me toques algo!
Parpadeo. Mi guitarra. Hace años que no la toco. Acumula polvo en algún rincón del sótano, metida en un viejo estuche negro lleno de pegatinas de grupos que ya se han separado o cuyos miembros están muertos.
—Claro,
princesa. Llevaré la guitarra.
Intento mantener la compostura mientras absorbo su entusiasmo como una esponja, pero dentro de mí se desata una tormenta.
Sé perfectamente por qué el Dr. Mermes propuso la tontería del viaje por carretera: quiere que pasemos tiempo juntos para digerir lo que se nos viene encima…
y lo que quizá nunca llegue. Noto el peso en el pecho, esa sensación de que alguien me machacara las costillas con un martillo.
La cabeza me va a mil: el tío Charlie, el único de esta familia de mierda a quien le confiaría a mi hija.
—¡Vale, papá! ¡Salgo a esperarte al pasillo!
Lila se da la vuelta, con el pavo real posado en la cabeza como una corona, y sale corriendo de la sala como si pudiera escapar de esta maldita realidad.
Me quedo ahí plantado en este despacho cargado y suelto el aire despacio. Esas putas máscaras de payaso de las paredes se burlan de mí. La corriente fría del aire acondicionado me roza el cuello y es como si uno de esos putos payasos me respirara justo en la nuca.
El Dr. Mermes se echa hacia atrás en la silla, junta las yemas de los dedos y me observa como si con una sola mirada pudiera disecar todos mis demonios.
—River…
Pero yo me limito a negar con la cabeza.
—Déjalo, ¿vale? Lo he entendido.
Asiente con la mirada grave, pero no añade nada más. Me levanto, me paso la mano por la cara, nervioso, y voy hacia la puerta.
—Y, River…
Su voz vuelve a retenerme. Me doy la vuelta.
—No olvides que eres el único asidero que tiene esa niña.
Respiro hondo.
—¿Sabes qué, Doc? A veces siento que soy yo el maldito lastre que la hunde. Si supiera lo que tú y yo sabemos, si supiera lo que he hecho, yo sería cualquier cosa para ella… pero ya no su refugio.
Y, dicho esto, salgo por la puerta.