Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Trish tiene los ojos cerrados y gimotea bajito contra mi pecho, como si yo pudiera calmarle el dolor de las últimas semanas, aunque curar sus heridas nunca ha sido mi trabajo.

Mi madre —o sea, la mujer que me llevó en el vientre hasta el final y me dio a luz— es lo que se llama una belleza sureña: melena larga, rubio dorado y ondulada, labios carnosos, caderas anchas.

Alta, de piernas interminables y con un pecho que sigue firme y llena dos manos, y que luce con una sonrisa como si le pagaran por ello.

Yo, en cambio, me parezco a mi padre. Y lo digo literalmente: parezco un maldito niño de doce años.

Con mucha imaginación — — podría llegar a una copa B.

Y solo los días en que me da la sensación de que el ciclo por fin me hace un favor.

En el carné pone que mido un metro sesenta y dos, lo cual es mentira: en realidad mido cinco centímetros menos.

Intento sacar el brazo de debajo de Trish a lo bruto.

Estoy harta. Harta de cojones de ser siempre la que cuida, mientras Trish absorbe el cariño como una borracha desvergonzada que lleva dos días esperando su botella de vodka.

Y a cambio, antes le vendería el alma al diablo que devolver una sola gota.

—¡Déjame en paz, que tengo que mear!

Mi voz suena ronca y forzada, pero me da igual.

Me saco del asiento a pulso, paso por encima de Trish, que sigue sollozando bajito, y avanzo tambaleándome por el pasillo hacia el conductor, que antes de dedicarse a los autobuses debió de ser una aclamada leyenda de la Fórmula 1, a juzgar por lo implacable que machaca el vehículo contra los baches.

Diez minutos después estoy sentada en el váter cochambroso de una gasolinera, con los pantalones y las bragas a la altura de las rodillas.

Que le den, yo siempre me siento. Sin riesgo no hay diversión.

Lamo el papel con el que estoy liando un porro casi tan largo como la lista de mis problemas.

Soplo para apartarme un mechón de la cara, escupo el papel que se me ha quedado pegado a la lengua y al labio inferior y termino de liar el chisme mientras el tubo de neón que tengo encima parpadea como una luciérnaga agonizante.

La cabeza me martillea, el corazón me martillea. Arrugo la nariz y me quedo mirando los azulejos grises como si pudieran darme algún tipo de respuesta. Pero ellos tampoco la tienen.

Contemplo con admiración el porro perfectamente liado que tengo en la mano, saco del calcetín una caja de cerillas ajada —mi sitio favorito para guardar material para hacer fuego desde que era adolescente— y enciendo la obra maestra.

Al instante me envuelve ese olor dulce y especiado que siempre me ha hecho creer que mis sinapsis saben bailar.

Aturdida, me quedo mirando la marca de nacimiento que tengo en la rótula, con forma de corazoncito; al parecer, otra herencia de mi padre.

Tarareo por lo bajo mientras la mente se me va deslizando hacia otro mundo.

Hace años que no escucho esta canción, pero cada verso, cada palabra, sigue tan metido dentro de mí que juraría que lo llevo grabado a fuego en el ADN. «Soy una sombra en la pared,

soy el eco de tu llamada...»

Al instante me cruzan la cabeza imágenes y palabras. «Fea de mierda, más te habría valido no nacer». Fred —uno de los muchos amantes de mi madre—, que me sujetó en la ducha y me echó agua hirviendo por encima porque no había sido lo bastante buena.

«Puaj... Mirad, el chico tiene la regla.

¿Y qué pasa si hago esto?» El verano en que me vino la primera regla.

Llevaba unos pantalones cortos y holgados, y se me veía el cordón del tampón.

Corey Miller, aquel cerdo lleno de granos de la otra clase, se me acercó por detrás, tiró del cordón, me arrancó el tampón y lo levantó en alto triunfante mientras todos los de alrededor lo jaleaban.

«Una voz que se apaga dentro de mí, que nunca aprendió a caer... »

Doy otra calada al porro, noto que el pulso se me ralentiza y más pensamientos se me cuelan en la cabeza.

Sueños de entonces: un prado lleno de flores, el sol que se pone despacio, listo para besar la tierra.

Llevo un vestido ligero de gasa; tengo el pelo largo, espeso, y me llega a la cintura.

Oigo el ruido de una moto. A lo lejos veo una moto que viene hacia mí a toda velocidad; se me echa encima, da media vuelta justo delante de mis pies y se detiene.

El motorista me tiende la mano, me sube a la moto con él, levanta la visera y me encuentro mirando los ojos preciosos y brillantes de River Ash McKennan.

—Te estaba esperando, preciosa. Ven conmigo hasta el fin del mundo.

Sacudo la cabeza y me obligo a dejar atrás aquella ensoñación siniestra de entonces.

¡Joder! Es tan cursi que me avergüenza al instante haber pensado semejante gilipollez.

Ya basta de recuerdos raros. Tiro el porro a medio fumar al váter, me vuelvo a subir las bragas y los pantalones y vuelvo al autobús.

—¿Por qué has tardado tanto? —pregunta Nova, apoyada en el autobús con los brazos cruzados y una lata de cerveza pegada a los labios—. ¿Has parido a escondidas en el baño o has encontrado a alguien a quien hacerle una mamada?

Por toda respuesta, le hago una peineta, le doy un empujón con el hombro al subir y casi la estampo contra la puerta del autobús.

—Venga, vámonos. Baltimore, allá vamos.