Capítulo 7
Las primeras noches en casa, después de pasar semanas en el
hospital, son las más inquietantes. Este silencio no tiene nada de apacible. Es asfixiante. Pesado. Tóxico.
Estoy sentado en el salón. El viejo sillón cruje bajo mi peso, como si quisiera decirme que más me valdría volver a sentarme derecho.
Pero yo he apoyado los pies descalzos en el reposapiés y he echado la cabeza hacia atrás.
Fuera, la lluvia azota las ventanas; aquí dentro reina un silencio sepulcral.
Lila está arriba, en la cama. Todavía vestida.
No he conseguido ponerle el pijama. Ni siquiera se ha despertado cuando la he llevado en brazos de la camioneta a la casa.
Debía de estar agotadísima después del concierto, como alguien que lucha en una guerra y acaba desplomándose en pleno combate.
Ni un parpadeo. Ni un movimiento. Solo este silencio.
En la mano tengo una botella de cerveza medio vacía. Una artesanal de esas pijas que compré hace tiempo porque la etiqueta molaba. Sabe a meado. Pero al menos es algo que quema.
El móvil está sobre el reposabrazos, con la pantalla hacia abajo y en modo vibración. Lo he dejado ahí como una bomba de relojería, por reflejo, por pura cabezonería. Es que ahora mismo no me da la gana. No quiero hablar. No quiero reaccionar. No quiero funcionar.
Brrr. La vibración desplaza el móvil un centímetro hacia un lado, como si intentara colocarse para que por fin me fije en él.
Entorno los ojos y ladeo la cabeza.
—No, Dom —murmuro en la oscuridad—. Ahora. No.
Brrr. Otro mensaje. El móvil se desliza un poco más, peligrosamente cerca del borde.
Levanto la cerveza, doy un trago y hago una mueca al instante.
Asquerosa. Como agua de fregar con gas. Respiro hondo, cierro los ojos y me pellizco el puente de la nariz con dos dedos.
Ahí está otra vez, esa presión. El estrés de las últimas semanas, esa niebla densa y turbia que se arremolina en el cerebro y lo ralentiza todo, lo atasca, lo paraliza.
La noto en los hombros, en la mandíbula, en cada maldita fibra del cuerpo.
Brrr. Otro mensaje. Brrr. ¿En serio?
Abro los ojos. No aparto la vista del móvil, que ahora cuelga medio fuera del borde. Un mensaje más y este trasto se va de cabeza al suelo.
Brrr. Ahí va. A cámara lenta. Como en una mala película de acción en la que la explosión está a la vuelta de la esquina.
—¡Mierda! —Aparto los pies del reposapiés de un tirón, me levanto de un salto y corro tras él. Se me cae el alma a los pies un instante, porque ya me imagino la pantalla hecha añicos, los cristales y todos los datos de los que nunca hice copia de seguridad.
Me agacho, alargo la mano hacia el aparato… y suelto un suspiro de alivio. Por suerte no ha caído de pantalla. Solo unos cuantos arañazos nuevos en la parte de atrás, aunque el cacharro tiene ya más cinta adhesiva que tecnología.
Le doy la vuelta al móvil en la mano y lo desbloqueo. La pantalla parpadea un poco mientras los mensajes van apareciendo uno tras otro, como si el viejo teléfono sintiera lástima por mí y quisiera concederme un momento antes de abrumarme.
Número desconocido
Perdona, no quería ponerme pesada. Olvida lo que te he escrito. Y borro tu número ahora mismo. A.
Frunzo el ceño. ¿A? ¿Aura?
Número desconocido
¿Puedo preguntarte una cosa más? A.
Vale. Me recuesto y levanto las cejas. El pulgar se me queda suspendido sobre la pantalla, pero no escribo nada. Todavía no.
Mamá
¿Cómo ha llevado Lila la última sesión de quimio? ¿Crees que puedo ir a veros mañana?
Suelto una risita. La mezcla de torbellinos de aura e instinto maternal es como un choque frontal entre dos planetas. Niego con la cabeza.
Número desconocido
Mierda, perdona, seguro que te estoy dando la lata.
Borro tu número ahora mismo. Dom no debería habérmelo dado.
Pero hay una cosa más que quiero decirte: el peinado nuevo te queda muchísimo mejor que aquellos pinchos rubio platino.
Aunque la última vez que me masturbé pensando en tu póster tenía dieciséis años. A.
Entorno los ojos ante la pantalla. Pero. Qué. Cojones.
Número desconocido
Perdona, me he pasado con el gin-tonic. Ya estoy muerta de vergüenza y borro tu número ahora mismo. E-e-espero que no volvamos a vernos nunca. A.
Me quedo un momento más mirando la pantalla. Mi cerebro necesita un rato para procesar todo esto. Me recorre un escalofrío y me rasco la nuca. Luego me río. Fuerte, muy fuerte. No recuerdo la última vez que me llegó una ristra de mensajes tan absolutamente demencial.
Con los labios apretados, miro al techo y noto cómo se me extiende por dentro un poquito de ese calor extraño. No tengo ni idea de si es la cerveza o la idea de que todavía causo algún efecto en las mujeres jóvenes, pero algo se me remueve dentro.
Con una pizca de orgullo casi arrogante, me impulso para salir del sillón y voy a la cocina. Abro la nevera y cojo otra artesanal.
Mientras abro la botella, le escribo rápido un mensaje a mi madre con el pulgar:
Sí, todo bien. Esta noche hemos ido al concierto; Lila tenía muchísimas ganas y, ya sabes, con esos
ojos de cervatillo que pone, no soy capaz de decirle que no. Pásate mañana por la mañana si quieres.
Ping, enviado.
Doy un trago a la botella nueva. Puaj. No solo agua de fregar y meado: también un toque a desinfectante. Genial. Me giro hacia el fregadero, tiro el resto y suelto la botella en la pila con estrépito.
Me cruje el hombro al estirarme. El día me pesa encima, dentro, por todas partes.
Me saco la camiseta por la cabeza, me bajo el chándal de las caderas y me quito los calzoncillos.
Todo va cayendo de camino a las escaleras.
Sé que mañana nadie recogerá lo que voy dejando, pero me da igual.
Como todo el mundo sabe, saltar obstáculos da resistencia.
El pasillo está en penumbra; la moqueta se traga mis pasos como si fuera un fantasma en mi propia casa.
Al llegar arriba, abro la puerta del baño, entro en la luz cálida y abro el agua de la ducha.
La mejor inversión de esta casa es la enorme ducha de efecto lluvia.
Después de cuatro semanas de catre de hospital, colchones hundidos y un baño compartido entre cuatro pacientes y sus acompañantes, mi pequeño santuario de bienestar de arriba me parece el paraíso después del infierno.
Cojo el gel de ducha, me enjabono de arriba abajo, cierro los ojos y dejo que el agua caliente me corra por el cuello.
Da justo en el punto donde la tensión lleva días agarrada.
Poco a poco, algo empieza a ceder. Los hombros me descienden unos milímetros.
Apoyo la frente en los azulejos fríos y respiro hondo.
Por un momento no hay nada más que el sonido del agua y el eco en mi cabeza.
Entonces, como si mi cuerpo hubiera olvidado que todavía era capaz de algo así, un recuerdo se abre paso.
Una risa suave. Una risita familiar justo al lado de mi oído.
Tras los párpados cerrados aparece su imagen.
Ella siempre era la primera en meterse en la ducha: se apoderaba del agua caliente, se daba la vuelta, me recorría de arriba abajo con la mirada como si fuera un maldito tentempié y luego, con una ceja levantada, me dejaba claro que más me valía entrar con ella.
—Vamos, estrella del rock. Quiero enjabonarte la barba.
Recuerdo la sensación de sus dedos en mi barbilla, el gel resbaladizo que me embadurnaba por el cuello con demasiada generosidad, cómo se ponía de puntillas para besarme, hasta que el agua ya se había enfriado otra vez y nos echábamos a reír porque la cortina de la ducha se le había enredado en el pelo.
El recuerdo de su piel. Mojada. Caliente.
El brillo de sus ojos justo antes de abalanzarse sobre mí como un animal salvaje de corazón tierno. Su olor.
Respiro de forma superficial; no me muevo. Mantengo la frente apoyada en los azulejos. El agua me cae encima hasta que casi duele. Este recuerdo no viene a menudo. Y cuando viene, sienta bien y quema como el ácido al mismo tiempo.
Abro los ojos, pero tardo un rato en volver al presente. Los azulejos. El suave chapoteo. El vacío.
Ella no era perfecta. Ninguno de los dos lo era.
Pero, joder, ella era mi hogar. Descargo el puño contra el mando de la ducha; el agua se corta y solo las últimas gotas, ya frías, siguen escapándose con insistencia del rociador.
Me seco sin ganas; el agua me baja del pelo por la espalda y el cansancio me hunde como una losa de hormigón.
Me meto en la cama, cierro los ojos y caigo de inmediato en un sueño sin sueños.
El sol que se cuela por la rendija entre las cortinas del dormitorio a la mañana siguiente es la madre de todos los hijos de puta.
Está claro que tiene una prisa de mil demonios por tocarme las narices y parece empeñado en darme justo en los ojos.
Entrecierro los ojos, mascullo una maldición entre dientes y me estiro como un gato viejo y maltrecho mientras me vuelvo hacia la mesilla.
En el viejo radiodespertador —esa joya con compartimento para CD y un botón de radio que nunca llega a encajar—, la pantalla lechosa marca las 8:58 de la mañana.
Abajo, en la cocina, oigo un traqueteo sospechosamente rítmico, casi demasiado organizado para venir de mi hija.
Entonces me llega un olor. Beicon. Huevos revueltos.
Y algo que grita a voces: «Llama a los bomberos».
Con un gruñido, me pongo los bóxers y bajo las escaleras arrastrando los pies. No he llegado ni a la mitad cuando Lila viene corriendo hacia mí, descalza, gritando, con una cara como si acabara de descubrir que Taylor Swift no es una sirena después de todo.
—¡Dios mío,
papá! Estaba intentando preparar el desayuno…
Al oír la palabra «desayuno» se me encoge el pecho un instante, no de emoción, sino más bien de miedo. Casi puedo imaginarme cómo está la cocina. Ella sigue hablando, completamente imparable:
—…y tu móvil seguía junto al fregadero, vibrando sin parar; un número desconocido. Pensé que a lo mejor era la abuela o el tío Charlie o algo así, y contesté… ¡y, Dios mío, papá!
Parpadeo.
—Sí, la parte de «Dios mío, papá» ya la hemos pasado. Ve al grano, Lil. —Mi voz suena como si todavía estuviera enterrada en la arena del sueño.
Ella se estira, cierra los ojos un instante como una actriz en los Óscar y entonces lo suelta de golpe:
—Me ha dicho que te diga que esta mañana no puede venir porque se ha ido a Baltimore con los demás a las nueve, pero que gracias por la invitación y que te pida perdón por lo de anoche, y que la llames cuando te venga mejor.
Me quedo mirándola. El cerebro me arranca, se atasca, traquetea, chirría. ¿Qué?
—Lila… ¿qué hace la abuela en Baltimore? ¿Eso ha dicho?
Lila se echa a reír, se da la vuelta con un gesto exagerado y baja las escaleras dando saltitos.
—¡Ay, pero qué tonto eres! —Me lanza una mirada de « » por encima del hombro—. No ha llamado la abuela; ha llamado Aura.
Me quedo clavado en el sitio, como si alguien me hubiera soltado un manotazo en el pecho con la palma abierta. Joder. Joder. ¡Joder!
Bajo corriendo, ignorando el caos de la cocina: el plástico medio derretido sobre los fogones, los huevos revueltos quemados en la sartén y el hecho de que mi vida ahora mismo parece uno de esos memes desesperados con efecto de sonido: «Hace un momento todo iba bien y ahora tengo un problema».
Cojo el móvil, lo limpio a toda prisa y abro el historial del chat.
Último mensaje: Sí, todo genial. Esta noche hemos ido al concierto; Lila tenía muchas ganas y ya sabes cómo es ella con esos ojos de cervatillo, no sé decirle que no.
Si quieres, pásate mañana por la mañana.
Enviado a: número desconocido. Toco el historial.
Y ahí está. Todo el puto desaguisado de anoche regado con gin-tonics, la confesión sobre la masturbación, el «lo siento» que vino después, los intentos a medias de echarme atrás.
Y ahí estaba yo, con el cerebro fundido, la cerveza con sabor a agua de fregar y un estado emocional de arenas movedizas, convencido de verdad de que aquel era el chat con mi madre.
Gimo, me llevo la mano a la frente y me pregunto si puedo bloquearme a mí mismo ahora mismo.
—¿Puede venir a vernos mañana? ¡Porfaaaaa! —Lila se planta delante de mí, suplicante, y hunde la cara en mi pecho desnudo. Estoy completamente perdido. Me pellizca la barriga, se da la vuelta y se marcha con andares de pato hacia el caos del desayuno.
Yo sigo mirando la pantalla, como si pudiera borrar esos mensajes vergonzosos de la existencia solo con el poder de mi mente. O, al menos, de mi memoria.
Y entonces, como si el universo quisiera restregármelo aún más, Lila grita desde la isla de la cocina:
—¡Todo bien! ¡He apagado los fogones! ¡La próxima vez pido donuts!
Respiro hondo, despacio, con esfuerzo. Como un hombre que se da cuenta de que acaba de meterse en una mierda muy concreta, de esas que antes olían a giras, a fans, a habitaciones de hotel y a miradas fugaces por encima de los cócteles.
Los dedos se me quedan flotando sobre la pantalla.
Podría escribir. Una palabra. Una frase.
Pero ¿qué se le escribe a una mujer que te cuenta que la última vez que llegó al orgasmo fue a los dieciséis, mirando un póster tuyo?
Me río por lo bajo. Escribo la primera letra. La borro otra vez y, con un suspiro, me guardo el móvil en la goma del bóxer, cojo un trapo mojado del borde del fregadero, lanzo a la basura una espátula medio quemada y murmuro:
—Primero los donuts. Luego los mensajes.
Lila se da la vuelta con una sonrisa de oreja a oreja, con la cara aún algo tiznada, y grita por encima del hombro:
—Eres demasiado mayor para desayunar con fuego, papá.
Asiento.
—Y tú demasiado joven para las confesiones a base de gin-tonic de cantantes punk.
Frunce el ceño.
—¿Qué?
—Nada. Ve a lavarte los dientes.