Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

«Echoes». Recuerdo perfectamente cómo sonaba el cantante. Aguardentosa. Ronca. Furiosa. Como alguien que sangra por ti aunque ni te conozca. Creo que esa canción me salvó la vida.

Noto cómo me abandona el color de la cara. Las rodillas me resultan raras: blandas y tensas a la vez. Me quedo mirando a Trish, que ya está cuchicheando con Dom como si yo no fuera más que el micrófono de su nueva carrera.

Una voz atraviesa el aire. Aguda, emocionada y sin una gota de aliento.

—¡Soy muy fan tuya! ¿Me das un autógrafo? ¿Me firmas las zapatillas? ¡Mi padre me ha traído al concierto justo después de la última quimio!

Parpadeo. Delante de mí está la chica del turbante de purpurina.

Tiene las mejillas encendidas y los ojos le brillan como bolas de discoteca bajo las luces estroboscópicas.

Con una mano se agarra al brazo de su padre y con la otra me tiende un rotulador negro y gordo, mientras levanta la pierna derecha como una animadora.

La Converse rosa queda justo a la altura de mis ojos.

Tras un breve instante de desconcierto, fuerzo una sonrisa.

—Eh, sí. Claro.

Cojo el rotulador y la zapatilla —con el pie dentro todavía, gracias a Dios— y le firmo el autógrafo con la mano algo temblorosa. Mi nombre parece escrito por primera vez.

—Para Lila, por favor —susurra la chica. Su voz es tan reverente que me marea.

Asiento.

—Para Lila —murmuro. El corazón me late demasiado fuerte.

Me arde la garganta.

—¿Podemos volver al tema, por favor? No tengo toda la noche.

Dom se aclara la garganta y actúa como si fuera el puto centro del universo, gravedad incluida, esa que atrae hacia él todo lo que huela mínimamente a atención.

Tiene los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, la barbilla por delante, las cejas fruncidas y la mirada saltándole de un lado a otro de la sala.

Como siempre, su voz es una mezcla de humo de tabaco, whisky barato y el encanto baboso de un tipo que se cree más listo de lo que es.

—Trish y yo hemos decidido que sería guay para vuestras carreras que hicierais una versión de esta canción y la metierais en el nuevo álbum.

Lo dice como si acabara de resolver el hambre en el mundo. Después, en un solo movimiento, atrae a Trish por la cintura y le mete la lengua hasta la garganta con tanto ímpetu que por un momento me planteo si darles el número de una habitación o ir a por la manguera del jardín.

Me estremezco. Piel de gallina por todo el cuerpo. Pero no de la buena. He visto muchas cosas desagradables en mi vida. Y este momento acaba de entrar oficialmente en mi top tres.

Antes de que pueda decir nada, antes incluso de recuperar el aliento, interviene el tipo de la barba poblada y el moño. Tiene la voz áspera, pero controlada. Un contraste con su cara, que es más o menos la de alguien a quien acabaran de atravesarle la lengua con un clavo.

—Sigo estando en contra.

Tira a la papelera que tiene al lado un fajo arrugado de toallitas húmedas usadas, como si con ellas quisiera deshacerse de toda la situación.

A su lado está la chica del turbante de purpurina, Lila, que lo mira como si en ese mismo instante le estuviera arruinando la existencia entera. Niega con la cabeza. Los ojos como platos. Como un cachorro decepcionado. O como una fan que acaba de descubrir que su ídolo es un imbécil.

Nova hace estallar una pompa de chicle delante de la boca. El sonido es tan fuerte que raja el aire sofocante como un disparo de fogueo. Después se vuelve hacia el barbudo con esa mirada descarada inconfundible, se cruza los brazos y le lanza la pregunta con la precisión de un cuchillo arrojadizo:

—¿Y esto qué tiene que ver contigo exactamente?

El gigantón de la camiseta empapada de sudor y la expresión amenazadora de quien está a punto de soltar un manifiesto filosófico o una amenaza de muerte se aclara la garganta en voz baja.

La mirada le deambula y luego se le queda clavada…

en Nova. A la altura del pecho. Le tiembla el párpado izquierdo.

Una sola vez. Pero lo suficiente para intuir que está reproduciendo mentalmente la versión en directo de su actuación, con todo: el delineador a modo de pintura de guerra, las tetas rugientes y la rebeldía reluciente de sudor.

—Porque esa canción la escribí yo en su momento —dice con calma, imperturbable, con un deje de desafío en la voz que sabe a pasado.

Dom le pasa ahora el otro brazo por encima a ese amasijo barbudo de rabia y lo atrae hacia sí con la misma naturalidad que si lo hubiera montado hace tres minutos con el kit de construcción con el que sueña todo mánager.

Ay, no. Por favor, no. Si ahora le mete la lengua hasta la garganta, o me muero aquí mismo o me salen herpes en todas las mucosas a la vez durante los próximos cuarenta años.

Pero, en lugar de eso, Dom anuncia:

—Chicas… —eleva la voz con teatralidad, que empiece el espectáculo, cariño—, permitidme presentaros a… River Ash McKennan. El cerebro y la fuerza motriz de la casi olvidada banda Reckless Ashes.

Silencio. Durante unos latidos no se oye nada más que el chisporroteo de la farola que tenemos encima. Después, el rugido palpitante en mis oídos. Lo miro fijamente. River. Ash. Mc-puto-Kennan.

De pronto se me seca la boca, como si alguien me hubiera puesto un tampón seco en la lengua y me chupara hasta la última gota de humedad de las mucosas.

Lo miro como si me hubiera equivocado de película.

Como si alguien hubiera cambiado el guion, sustituido al protagonista y se hubiera olvidado de avisarme.

Pero sí: ahora que lo sé. Ahora que Dom ha pronunciado el nombre —ese nombre que durante años se cernió sobre mi destartalado cuarto de niña como un hechizo protector—, lo reconozco.

Si te lo imaginas sin barba, con el pelo corto, las puntas teñidas de rubio platino y peinado en púas afiladas hacia arriba, este tío es clavado al del póster que estuvo ocho años colgado sobre mi cama.

Justo encima de mi almohada, justo encima de las lágrimas y los gritos.

Y de la esperanza.