Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

El rugido del público todavía retumba en mis huesos, como un sonido que se niega a desaparecer. El bajo todavía me late

en las extremidades, aunque hace mucho que dejamos atrás los últimos compases.

El sudor se me desliza entre los omóplatos y se acumula en el borde de la camiseta; los dedos me tiemblan un poco mientras aparto la cortina y paso al otro lado: lejos de los focos cegadores, a esta zona entre bastidores, angosta y sofocante, que huele a metal, laca y goma quemada.

Rhea es la primera en cruzar la puerta; lanza el micrófono sobre el sofá más cercano y se inclina sobre la mesa de cristal como si fuera el centro sagrado de algún retorcido templo del rock and roll.

Ya hay una raya preparada, perfectamente trazada.

Sin decir palabra, se la esnifa entera, resopla un instante, sacude la cabeza y se echa hacia atrás como si acabara de hacer pasar la vida misma por sus fosas nasales.

Nova, en cambio, se pone una camiseta limpia con el logo de la banda, que parece como si alguien hubiera escrito «Hollow Lights» con sangre sobre un trozo de tela. Tiene la mirada enloquecida, eufórica, como si acabara de mover una montaña.

¿Y Zoe? Zoe se quita la camiseta sin más, se queda con el pecho al descubierto y viene hacia mí dando saltitos, riéndose. Su sonrisa enorme desarma igual que siempre; lleva los pechos desnudos, bamboleantes, con unos piercings que centellean bajo el neón como una pequeña rebelión metálica.

—¡Chicas! ¡Ha sido brutal! ¡Podría seguir tocando tres horas más!

Sus pechos quedan a apenas unos centímetros de mi cara cuando casi se estrella contra mí. Una mezcla de euforia, éxtasis puro y la alegría inmensa de haber sobrevivido a todo lo que acaba de pasar en el escenario.

Me río con sequedad, la aparto con un gesto, apoyo las manos en las rodillas y, poco a poco, la adrenalina abandona mi cuerpo, como un amante que se escabulle de la cama después de una noche muy intensa.

Me pica la garganta. Ahí está otra vez: ese escozor, áspero y ardiente, como si alguien me estuviera abriendo paso por las cuerdas vocales con un cuchillo de pan sin filo.

Trago saliva y hago una mueca, pero no digo nada.

Trish se acerca. No hay aplausos, solo el taconeo agresivo de sus zapatos. Ni un «lo habéis hecho genial». Ni una sonrisa cariñosa en los labios. Solo esa palmadita desganada en el hombro —mecánica, como la de quien no sabe tocar a otra persona— que me hace estremecer.

—Ha sido casi perfecto, cariño.

Casi perfecto.

Oigo las palabras. Son como una bofetada que sigue escociendo después de todos estos años.

Las mismas dos palabras que escuché con cuatro años, subida a un escenario en la sala de conferencias de un motel de la puta Nebraska, con un vestido de tul y una tiara de purpurina, después de quedar segunda y con la sensación de haber ganado el maldito Óscar.

Casi perfecto. Y así fue exactamente: como una patada en el estómago con tacones de aguja.

Hace mucho que dejé de llamarla mamá. Es Trish.

Mi mánager. Mi asesora personal de crisis.

Y el eco de mi infancia, que nunca termina de apagarse.

—Daos prisa. —Chasquea los dedos como si fuéramos sus empleadas en un trabajo mal pagado—. Dom ya está esperando. En la puerta trasera. Tiene noticias. Noticias importantes.

Dom. Icono del mánagement. Genio. El rey del desastre. Y justo el tipo de tío con el que Trish cuenta para darnos el próximo empujón.

Me incorporo despacio y me obligo a sonreír, aunque siento como si alguien me hubiera cortado las cuerdas vocales

y me las hubiera lijado después. Digo:

—Acabemos con esto cuanto antes.

—¡Tía! —refunfuña Zoe mientras se deja caer en el sofá empapado de sudor con un gemido dramático; los pechos desnudos le botan arriba y abajo como si tuvieran voluntad propia—.

¿No podemos echarnos otra cabezadita de media hora antes de lidiar con ese gordo machirulo, patriarcal y de polla pequeña? ¿Y encima tengo que volver a vestirme?

Me hago crujir los dedos y luego las muñecas, uno tras otro. El latido sordo de la garganta se intensifica. Lo ignoro.

—Si no quieres que te agarre de los pezones y te arrastre a su ático de pez gordo, más te vale —murmuro mientras me dirijo despacio hacia la salida trasera.

Me pica la garganta. Me vendría bien un poco de agua. O un vodka. Quizá las dos cosas.

Zoe gime, exasperada, se levanta, rebusca en la mochila y saca una camiseta negra que parece cosida con cuchillas de afeitar.

—Odio que tengas razón —masculla mientras se la pone.

La camiseta lleva escrito en grandes letras plateadas: Las chicas también muerden.

Rhea no dice nada, como de costumbre; se esnifa otra raya de la mesa y luego se suena la nariz como si fuera lo más normal del mundo.

Trish ya se ha adelantado a toda prisa, frenética como siempre, con el móvil en una mano y la agenda en la otra, como si estuviera a punto de coordinar las Naciones Unidas.

La puerta de la salida trasera está abierta.

Fuera, una de esas farolas destartaladas parpadea sobre el muelle de carga, como si hubiera olvidado cómo funciona la luz.

El asfalto aún reluce por el último chaparrón, y la neblina caliente que sube de las alcantarillas se mezcla con el sudor de nuestros cuerpos acalorados: el olor de la calle, de la embriaguez y de un poquito de fama.

Y entonces lo veo. Dom. Ninguna de nosotras sabe su apellido. Ninguna quiere saberlo. Es Dom, sin más.

Dom: el problema disfrazado de solución. El hombre que cierra acuerdos en los que sabes de antemano que vas a perder dinero.

Está ahí plantado, como siempre, con las piernas bien abiertas, como si la puta calle fuera suya, embutido en esa camisa de lino carísima que apenas le tapa la barriga.

La calva le reluce bajo la luz de la farola, como si se la hubiera untado con aceite de oliva.

Y, como siempre, Trish le besa las dos mejillas, como si acabara de parirlo.

Pongo los ojos en blanco para mis adentros.

Pero entonces mi mirada cae en lo que hay a su lado.

O, mejor dicho: en quién. La niña. Menuda, aunque no frágil.

El turbante verde de purpurina sigue en su cabeza como una corona.

Lleva unas Converse de color rosa neón y cambia el peso de un pie al otro, como si estuviera a punto de echarse a llorar o de ponerse a gritar.

Junto a ella está el tío alto de antes, que sigue pareciendo completamente abrumado.

El de la barba. El de la mirada. El de la…

¿toallita húmeda? Porque se la pasa por la lengua con determinación estoica, como si pudiera borrar con ella algún recuerdo o algún sabor que lo atormenta en ese momento.

Y juro que casi puedo oír sus pensamientos: «Odio mi vida. Lo odio todo de ella».

Dom le habla con su mezcla habitual de convicción y manipulación, como si intentara venderle una tabla de surf a un pingüino.

El tío deja que las palabras le resbalen, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, como si se hubiera inmunizado por cinco vías distintas contra todo lo que Dom pudiera decirle.

Me detengo un momento para calibrarlo. Moño masculino.

Aro plateado en el tabique nasal. Snakebites.

Si lo miras de pasada —con un solo ojo—, podrías pensar que Dom se ha clonado en pleno ataque de megalomanía, añadiéndose un poco más de pelo y de altura y prescindiendo de la barriga cervecera.

Pero ese tío de ahí tiene demasiada sombra en los ojos. Demasiado cansancio en los hombros.

Parpadeo. Dos veces. Y entonces niego con la cabeza para mis adentros. No. No es un clon. Parece más bien un despojo. Un despojo que en su día fue un maldito barco pirata.

Me tomo mi tiempo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la adrenalina de la actuación todavía recorriéndome las venas. Al acercarme al grupo, bajo un poco la voz y adopto un tono frío y distante.

—Así que —digo, dirigiéndome al

grupo—, ¿cuál es la gran noticia?

—Cariño —dice Trish con esa voz que suena como si estuviera a punto de regalarme una pulsera brillante para luego enseñarme las esposas a juego—. ¿Te acuerdas de aquella canción quejumbrosa y machacona que escuchabas en bucle cuando tenías diez años?

Me encojo de hombros casi imperceptiblemente.

Trish se inclina un poco hacia delante. Todavía lleva las gafas de sol prendidas en el pelo, aunque hace mucho que ha anochecido.

—Joder, cómo odiaba esa canción entonces. Pero creo que ahora va a ser nuestra mina de oro.

Frunzo el ceño. ¿Qué canción? Miro a Trish, luego a Dom y después, un instante, al interrogante barbudo que está a su lado y que acaba de sacarse otra toallita húmeda del bolsillo del pantalón, como si quisiera enterrar la lengua para siempre.

—¿A qué canción te refieres? —pregunto, y hasta yo misma noto lo joven que suena mi voz. Lo insegura. Lo… estúpida.

Trish levanta los brazos como si acabara de preguntarle si uno más uno son dos de verdad.

—¡Pues «Echoes»! —Su voz restalla en el aire como una bofetada.

Y entonces es como si alguien hubiera accionado dentro de mí un interruptor viejo y olvidado: «Echoes», de Reckless Ashes.

Claro que me acuerdo. Era la canción que sonaba cuando tenía diez años, casi once, sentada en la ducha, llorando, con el agua demasiado caliente y el escozor de la piel como lo único que me mantenía anclada a la realidad.

Era la canción que me sonaba en la cabeza cuando Trish volvía a casa con otro novio nuevo. De esos tipos con tres tatuajes en el cuello, una lata de cerveza y la promesa de que esta vez sí era amor verdadero… hasta que echaba la puerta abajo a patadas porque yo respiraba demasiado fuerte.

Era la canción que me atronaba en los oídos cuando me metían la cabeza en el váter del baño de chicas porque no tenía padre. Porque era la hija de una puta, según ellas.

Era la canción que me mantenía entera cuando Trish me dejó sola un fin de semana completo. Sin comida. Sin dinero. Solo la tele, una botella de kétchup medio vacía y esa canción en bucle, sin fin.