Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Joder, joder, joder. ¿Qué demonios estoy viendo?

Hace dos minutos todavía sentía un respeto brutal por la batería, la del rapado teñido de morado y la pinta de guerrillera enloquecida, que aporreaba los platillos como si el apocalipsis fuera al compás.

El conejito de Duracell hasta arriba de anfetas.

O sea, a ver, ¿técnicamente? Un diez sobre diez. ¿Pero ahora?

Ahora esta cantante está en el escenario, a veinte metros de mí: una cosita desaliñada y llena de purpurina, con los dos lados de la cabeza rapados, las puntas del pelo de colores y un delineado que parece más una declaración de guerra que maquillaje.

¿Y qué hace? Sin previo aviso, se agarra la entrepierna.

Ahí mismo. Y todo mientras me clava la mirada. No me puedo creer lo que está pasando.

Lila, cómo no, está fuera de sí. Sus manos se convierten en dos baquetas diminutas sobre mi cabeza, con las que prende una hoguera rítmica de alegría en mi cráneo. Adoro a esta niña y daría hasta la camisa por ella; de hecho, ya lo he hecho, de todas las formas imaginables.

Pero, sinceramente, ¿esto? Esto no es un concierto. Esto es un puto circo de frikis.

El móvil me vibra en el bolsillo del pantalón, un zumbido irritante que encaja demasiado bien con los bajos atronadores. Lo saco y paso el dedo por la pantalla para despertarla. Aparece un mensaje. Dom, cómo no.

Dom

Te veo. Hablamos después del concierto. Salida de atrás. Tengo que presentarte a alguien.

Fantástico. Expulso el aire que se me ha acumulado en los carrillos de pura incredulidad y paseo la mirada por el gentío.

Quiero saber dónde se esconde ese capullo.

¿Cuánto tiempo lleva observándome? Y, sobre todo, ¿por qué?

¿Qué demonios puede querer Dom de mí? El tipo que entonces me dio la patada cuando ya estaba en el suelo ahora me escribe como si fuéramos viejos amigos en una reunión de antiguos alumnos.

Frunzo el ceño. Mis pensamientos salen disparados en todas direcciones, salpicando. ¿Un favor? Ni. De. Coña. Cuando lo necesité, cuando de verdad lo necesitaba, desapareció. Me soltó como si fuera una puta patata caliente.

Un bajo que sacude los huesos ruge por todo el local, el suelo vibra bajo mis pies y el sonido me desgarra una a una las costillas, como si alguien me machacara el esternón a puño limpio. Esto no es el comienzo de una canción. Es una declaración de guerra.

El siguiente tema se abalanza sobre el público como una ola de ruido y adrenalina: implacable, sin concesiones, completamente desatado.

No pasan ni dos segundos antes de que los primeros fans empiecen a gritar, a levantar los brazos, a saltar, a chillar y a apretujarse unos contra otros como si toda la sala estuviera a punto de implosionar...

y, de algún modo, esa es exactamente la sensación.

La voz de esta vocalista —me sigo negando a llamarla por su nombre— es un grito continuo. No es limpia. Ni bonita. Ni tiene el menor rastro de dulzura. Pero sí es cruda y sincera. De una forma rota y maltrecha que me recorre la espalda con un escalofrío.

Quiero apartar la mirada. De verdad que sí.

Solo quiero bajar a mi hija al suelo, decirle: «Ha sido divertido, pero por hoy ya está bien», y volver con ella a la camioneta.

Quizá parar a por una hamburguesa de camino a casa, algo con sal y queso que haga que todo esto sepa mejor.

Pero no puedo. Porque, de pronto, algo tira de mí.

No es un contacto físico. Ni un empujón por detrás. Solo una sensación.

Un maldito reflejo.

En algún rincón profundo de mí mismo, algo empieza a dar tirones.

Entre el pecho y la garganta, donde solía arder todo justo antes de salir yo al escenario.

Donde la adrenalina subía, caliente como el alquitrán, densa como el humo, y lo cubría todo: las dudas, el miedo, el dolor, la culpa.

Y, por un instante, olvido dónde estoy. Olvido al público que grita.

Olvido a Lila, que sigue botando sobre mis hombros como una groupie Duracell.

Olvido a Dom, ese cabrón viscoso cuyo mensaje me martillea la cabeza como un martillo neumático.

Porque, en mi cabeza, de pronto vuelvo a estar allí arriba. En el escenario. Bajo los focos.

Sudor. Ruido. Mis manos en el micrófono, mi voz peleando contra el muro de sonido. Y ese instante breve y sagrado entre dos canciones, cuando todo queda en silencio... antes de volver a estallar.

La luz del escenario me ciega y la realidad me estampa en plena cara con toda su fuerza. No estoy ahí arriba. Estoy aquí abajo. Un espectador. Un padre. Una sombra.

¿Y esa cantante de ahí arriba? La que lleva purpurina en el pelo y una peineta en el corazón. Ella tiene el foco que antes era mío, ¡cuando yo era el puto rey!

Me pongo en modo piloto automático: la siguiente canción, una más, otra.

Los minutos se difuminan en una pesadilla empapada de sudor y bañada en neón, llena de voces chillonas, focos parpadeantes y unos bajos que me atraviesan las tripas como si tuvieran su propia llave de mi sistema nervioso.

El público enloquece, ondea de izquierda a derecha, un organismo colectivo hecho de euforia, hormonas y escasísimo desodorante.

En el escenario, las chicas se están dejando la piel.

La batería arrasa con su set como si estuviera practicando un exorcismo.

La guitarrista hace gritar las cuerdas como si fueran las cuerdas vocales de sus tres últimos exnovios.

Y esa cantante diminuta —la furia menuda con purpurina y una chispa desafiante en los ojos— sigue gritando con toda el alma, como si quisiera meterle su mensaje al público a martillazos.

Desconecto del alboroto y repaso mentalmente las últimas facturas del hospital: requerimientos de pago por el cáncer que atruenan a ciento diez decibelios.

Mientras intento ordenar las cifras, entrecierro los ojos y, como siempre, abro la boca porque mi cerebro cree que es una idea brillante cuando quiero concentrarme.

Y entonces sucede: algo caliente, húmedo y peludo se me estrella en la cara con toda su fuerza.

Justo en la nariz y la boca. Mierda, Dios bendito, ayúdame.

Inhalo por reflejo y, desde luego, ha sido la peor decisión posible.

El sabor me golpea como un trapo mojado salido del infierno, impregnado de sudor.

Me dan arcadas, hago una mueca y retrocedo tambaleándome; Lila se bambolea sobre mis hombros.

¡Mierda, no! La agarro frenéticamente, la sujeto por una pierna con una mano y lucho contra el pánico que sube.

¡A la mierda el numerito del «Superpapá»! ¡Esto es prácticamente una agresión!

Me sacudo como un perro mojado, agarro a Lila y la bajo de los hombros con todo el cuidado posible. La dejo en el suelo como si fuera de cristal, respiro hondo y siseo:

—Se acabó, cariño. ¡Nos vamos! Necesito lavarme la boca con jabón urgentemente.

Y luego enjuagármela con sosa cáustica. Y puede que también necesite una vacuna del tétanos, no estoy seguro.

Pero de una cosa sí estoy completamente seguro: acabo de lamer sin querer un sobaco muy peludo, sin desodorante y empapado en sudor.

Le agarro la muñeca, tiro con suavidad e intento ponerla en marcha: salir de aquí, alejarnos, llegar al aire fresco.

Pero Lila no se mueve ni un centímetro. Planta todo su peso mosca contra el suelo, con los pies clavados como una mula terca, y los ojos le brillan bajo el turbante verde reluciente como si dentro hubieran estallado estrellas.

—¡Papá! —grita, como si le hablara a alguien que ha perdido la cabeza—. ¿Qué demonios es esto? ¡Por favor!

Y mientras sigo ahí plantado, exasperado, abrumado, cubierto de babas y sudor, con un ligero escozor en la lengua, oigo desde el escenario la voz de la maldita vocalista.

—¡Philly, sois los mejores! ¡Siempre es mejor tocar en casa! Somos Hollow Lights, ¡y esta es nuestra última canción!

Pues genial. Un finale furioso de purpurina y trauma.