Capítulo 2 #2
Echo la cabeza hacia atrás todo lo que puedo y la miro. Nova me saca más de una cabeza, y pego un respingo cuando hace estallar un globo de chicle justo en el instante en que nuestras miradas se encuentran.
Es mi roca, mi mejor amiga. La persona a la que le confiaría todo, pero también por cuya culpa podría perderlo todo.
—Vamos a quemarlo todo, reina —dice, y sonríe como si aquello no fuera más que un juego.
Quiero devolverle la sonrisa, pero apenas consigo mover los labios.
En lugar de eso, vuelvo a erguirme, me aparto del espejo y entorno los ojos hacia las sombras.
Ahí está Zoe, apoyada en la pared, repintándose las uñas como si estuviera a punto de irse a una sesión de fotos.
A su lado hay un paquete de cigarrillos arrugado que lleva siempre encima como un talismán, aunque hace dos años que no fuma.
—Si te desplomas, canto yo tus partes —murmura—, pero no te mueras, ¿vale? Odio tener que ocuparme yo sola de las relaciones públicas.
Suelto un bufido, o al menos lo intento. Luego vuelvo a mirar al frente, hacia el estrecho pasillo por el que va a entrar la luz a raudales: caliente, cegadora, implacable. Cuatro minutos más. Cierro los ojos y espero el primer golpe de bajo que va a volarme la cabeza.
La introducción electrónica corta el aire: vibrante, afilada, cargada como una tormenta eléctrica. Un zumbido grave y denso que va creciendo poco a poco y retumba como un terremoto a punto de estallar.
Zoe es la primera en alzar los brazos y soltar un chillido animal, a medio camino entre un grito de guerra y un orgasmo.
Nova se golpea el pecho con las baquetas, fuerte, tres veces —pum, pum, pum—, mientras Rhea se abre paso de repente hasta colocarse a mi lado, aunque un instante antes ni siquiera había reparado en ella.
Todas se lanzan hacia delante. Mujeres guerreras. Sin vacilar, sin detenerse. Como auténticas amazonas, decididas a abrirse paso a machetazos por este mundo de hombres con nada más que sonido, sudor y una buena dosis de peinetas.
En algunos países nos detendrían por lo que hacemos. Por las letras que gritamos. Por lo que llevamos puesto en el escenario. Por lo que no llevamos puesto. Pero aquí estamos. Hacemos ruido. Somos muchas. Y no vamos a ceder ni un centímetro de espacio.
Nova aporrea la caja como si le estuviera partiendo la columna a alguien.
Trago con dificultad. Siento el dolor en la garganta, pero lo ignoro.
Me inclino hacia delante hasta que las puntas de los dedos me tocan la caña de las botas.
Estiro, hago crujir los hombros y dejo que las manos se me deslicen por detrás de la cabeza…
Un tirón breve y seco. Listo. Cara de póquer. Cerebro apagado. Escenario encendido.
Un paso: salgo a la luz. El sonido me golpea como un puñetazo. Calor, humo, voces desatadas. Y entonces llega mi entrada.
—¡Eh, chicas! —grito al público, y mi voz atraviesa la sala con nitidez—. Viendo a este público, creo que tenemos un problema…
Espero. La tensión crepita.
—…¡Porque todas juntas somos. Demasiado. Guapas. Para. Este. Puto. Mundo. De. Hombres!
El público enloquece. Voces que gritan. Algunas mujeres con los pechos al aire y las manos en alto; una camiseta ondea como una bandera.
No puedo evitar sonreír.
—¡Y ahora, dejad volar las tetas y el pelo de las axilas! —bramo mientras entra el primer golpe.
Justo cuando estoy a punto de concentrarme en las primeras notas, la mirada se me pasea por el público: un mar interminable y ondulante de brazos, luces parpadeantes, sudor reluciente y bocas abiertas.
Están listas para tragarse cada maldita palabra que les gritemos.
Pero entonces la mirada se me queda clavada de repente.
No en un cartel. No en una fan con cresta rosa. En él.
Está de pie unas cuantas filas detrás de la valla: alto, de hombros anchos y con un rostro impactante, de esos que no se olvidan fácilmente.
La barba oscura y tupida le enmarca la mandíbula angulosa como una sombra de acero; tiene los ojos profundos y vigilantes, como si esperara lo peor en cualquier momento.
Una niña de unos doce años va sentada a hombros de él: menuda, pero despierta como nadie.
Su turbante verde de purpurina reluce bajo las luces, como si fuera la única niña del universo que de verdad merece llevar purpurina.
Le golpea el pecho con los pies descalzos, entusiasmada, mientras se ríe y señala hacia delante, completamente ajena al éxtasis que la rodea.
Él, en cambio, parece recién catapultado al presente por una descarga eléctrica.
Con un brazo le aprieta las piernas de la niña contra el cuerpo; la otra mano sale disparada por puro reflejo a taparle los ojos a la pequeña, mientras él mantiene la mirada clavada al frente, presa del pánico.
Sigo su mirada hasta Nova, que se arranca la camiseta con una sonrisa desquiciada; los piercings de los pezones le centellean al aire, al descubierto, por encima del escenario.
El golpe metálico con que los estrella contra las cajas suena como un grito de guerra.
¿Y él? Ahí plantado como un árbol en plena tormenta, visiblemente abrumado: le brillan gotas de sudor en la frente, petrificado, casi… perdido. La expresión de su cara no tiene precio.
Con una sonrisa ancha y guarra, salgo disparada hacia el micro como electrizada.
—¡Relájate, papi! —bramo mientras estiro el brazo y lo señalo directamente con el índice.
Se queda helado, como si le acabara de leer en voz alta su historial de porno.
El público estalla. Risas atronadoras, gritos estridentes, mujeres que agitan sus camisetas como si esto fuera un puto aquelarre.
—¡Todos sabemos a qué has venido en realidad! —grito, y acto seguido me doy una palmada en la entrepierna con la mano abierta mientras saco la pelvis hacia delante de forma provocadora y dibujo círculos con las caderas, como si lo hubiera mamado desde la cuna.
Entonces revienta el primer golpe. Nova machaca la intro como si quisiera partir el mundo en dos solo con la batería. Las luces parpadean, Rhea ruge en el micro y Zoe alza el puño.
Me estiro una última vez, echo los hombros hacia atrás y respiro hondo. Y entonces me lanzo al caos. Fleshbound.
En. Directo. Sobre. El. Puto. Escenario.