Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

—Si me llamas «cariño» una vez más, te meteré ese pie de micro por donde no da el sol, ¿entendido?

—El roadie, alto, de hombros anchos y probablemente la mitad de listo que el estuche que va empujando ahora mismo, me mira como si le acabara de escupir en la cara.

Le dedico una sonrisa dulce. Algodón de azúcar sobre cuchillas de afeitar—.

Gracias, cielo —añado con un guiño exagerado.

Rhea resopla a mi lado mientras se cuelga el bajo al hombro.

—En serio, deberías dar un seminario: «Cómo destrozar a los hombres y estar estupenda mientras lo haces».

—O «Cómo ocultar un ataque de pánico diez minutos antes de un concierto» —susurro, pero tan bajo que nadie me oye.

Sigo avanzando por el backstage: por el pasillo estrecho de detrás del escenario, entre cables, estuches y miembros del equipo que corren frenéticos de un lado a otro, como si el concierto de esta noche fuera algo más que ruido y luces.

Nova está sentada en un flight case boca abajo y se machaca los muslos con las baquetas como si quisiera entrar en trance a base de golpes.

Zoe afina la guitarra por décima vez —como siempre, porque, según ella, diez veces son obligatorias— mientras marca un ritmo demencial con el chicle.

Huele a adrenalina, a polvo y a café rancio.

Bienvenidos a las puertas del infierno. O a un pabellón lleno hasta la bandera en Philly.

La misma energía. Me escurro por un pliegue del telón y me detengo.

A mi izquierda cuelga un espejo viejo y manchado.

No sé por qué lo miro. Quizá porque necesito recordarme que estoy aquí.

Que soy real. Me acerco. Tengo los ojos demasiado grandes, demasiado brillantes, en algún punto entre el azul acero y el gris de pesadilla.

Las mejillas, demasiado rojas. La respiración, demasiado superficial; el pecho me sube y baja frenéticamente.

Llevo el pelo negro azabache, rapado a los lados, más largo arriba, revuelto.

Hoy me he echado espray de purpurina en las puntas: una idea estúpida, teniendo en cuenta que ahora tengo las manos como si me hubiera acostado con Campanilla.

Voy con un top corto negro de mangas de rejilla, unos vaqueros rotos que enseñan más piel que tela y las botas pesadas que me hacen sentir más segura que cualquier sesión de terapia.

—Pareces una diosa con estrés postraumático —murmura Nova, que se ha acercado a mi lado sin hacer ruido.

—Perfecto.

Luego vuelvo a mirarme al espejo. Me recoloco la camiseta. Frunzo los labios. Saco la lengua. Quiero vomitar, llorar, salir corriendo. En lugar de eso, aprieto los labios, me doy la vuelta y grito hacia el escenario:

—¡Diez minutos para que salvemos el mundo, gente! Y recordad: ¡si un tío os pregunta por vuestras aficiones, decid

«castración»!

—Siempre con esa comunicación tan sutil —grita Zoe.

—¡Puedo ser aún más sutil! ¡Diez minutos para que salvemos el mundo, gente! Y si alguien vuelve a llamarme «groupie» hoy, ¡que se trence la polla para hacer cuerdas de guitarra!

Aplausos desde algún lugar detrás de la mesa de mezclas. Risas.

El corazón me late a mil. Me tiemblan las manos. Diez minutos para salir a escena. Y no sé si voy a explotar o a implosionar. Diez minutos.

Esto tiene que ser una broma. Dentro de diez minutos estaré ahí fuera, delante de miles de personas, gritándoles el alma, y nadie se dará cuenta de que está hecha pedazos. Todavía no.

Apoyo las palmas en la pared, junto al espejo, y clavo la vista en el suelo, cubierto de parches de cinta americana como un campo de batalla de conciertos pasados. Oigo a Nova mascullar, a Zoe maldecir, a Rhea afinar. Y dentro de mi cabeza todo ruge.

Hollow Lights. Así nos llamamos. Porque nadie tiene ni idea de cuánta oscuridad parpadea dentro de nosotras cuando se apagan las luces.

Tocamos post-hardcore. Con una mujer al frente, ruidoso, incómodo, sincero.

Gritamos porque hablar no sirve de nada.

Construimos breakdowns porque, en ese instante, parece que el mundo se detuviera.

Nuestras letras son cuchillos; nuestra música, la herida.

Y aun así, vienen todas. Cada vez más. Esas

chicas que parecen capaces de destruirlo todo, pero que, al intentarlo, solo se destruyen a sí mismas.

Llevamos cuatro años subiéndonos a los escenarios.

Empezamos en garajes, luego en clubes, después como teloneras y ahora como cabezas de cartel.

Pensé que, cuando llegara adonde estoy hoy, todo sería más fácil. No fue así.

—¿Aura? —La voz es suave, pero falsamente suave. Como la de alguien que sabe que está a punto de pisar un volcán humeante.

Me vuelvo despacio. Trish. Mi madre. Nuestra mánager. Labios rojos, portapapeles negro, ropa de ejecutiva con actitud punk. Parece a punto de tomarse una copa de prosecco con Cher y, después, hacerle un nudo en los cojones a un ejecutivo de la discográfica con su propia corbata.

—¿Qué? —pregunto, más cortante de lo que pretendía.

Arquea levemente las cejas.

—¿Todo bien? Parece que vayas a estrangular al público.

—Esta es mi cara de concentración y calma.

Fuerzo una sonrisa. Seguramente parece más bien que me duele una muela.

Me estudia de arriba abajo.

—Sabes lo que significa esta noche para ti, ¿no? Dom está aquí. Está sentado al fondo, a la izquierda, con alguien de la discográfica.

Me da un vuelco el estómago. Asiento. Claro que sé lo que significa.

—Muy bien. Pues destrózalos. Estás lista.

Me pone una mano en el hombro. Demasiado cálida. Demasiado firme. Demasiado.

No digo nada. Espero a que se vaya. Y entonces respiro.

Una vez, dos. Demasiado rápido. Demasiado superficial.

Se me cierra la garganta. El espejo se desdibuja.

El corazón me golpea como si quisiera salirse, el pecho se me cierra más y más y los pensamientos suben de volumen con cada latido.

No quiero estar aquí. Nunca quise ser una estrella del rock.

Yo quería hacer arte. Dibujar. Diseño gráfico o algo con colores que no gritaran.

Pero mi madre dijo que mi voz era demasiado fuerte para esconderla.

Que tenía algo que decirle al mundo. Que me necesitaban.

La creí. Y aquí estoy: un icono contra mi voluntad, con el puño cerrado y las tripas revueltas.

La mirada se me va otra vez a mi reflejo.

Miro una vez más el delineador brillante, el pelo revuelto y los labios que saben a guerra.

Parezco una diosa puesta de anfetas. Me brillan los ojos, pero no por la adrenalina.

Por el pánico. Me aprieto una mano contra el pecho.

Intento no temblar. Yo p... Yo. Puedo. ¡Hacerlo!

Lo he hecho cientos de veces. Solo que hoy todo parece distinto.

Desde atrás, Nova grita:

—¡Cinco minutos!

Cinco minutos más. Me vuelvo a medias hacia ella.

El número queda suspendido en el aire como la espada de Damocles; Nova lo ha soltado a gritos con una sonrisa en los labios que no acaba de cuadrar con la adrenalina que parece correrle por las venas.

Le veo palpitar la carótida; tiene los ojos muy abiertos y los músculos de la mandíbula tensos.

Cinco minutos: nada y todo al mismo tiempo.

Una respiración de más, un latido de menos para decidir si estoy a punto de morir o de explotar.

Estoy de pie en la penumbra, detrás de la cortina negra de muletón, que huele más a sudor y polvo que a glamour, y me miro las manos.

Me tiemblan. Solo un poco, pero lo noto: cómo aferran el cable del micrófono, como si se me fuera a escurrir entre los dedos en cuanto lo suelte. No sé si voy a cantar o a vomitar.

La zona de bastidores es diminuta, sofocante y cargada.

Huele a una mezcla de bebida energética derramada, perfume barato y ese olor metálico y punzante de las cuerdas de guitarra y el humo escénico.

Las paredes están cubiertas de viejas listas de temas y garabatos.

Alguien ha escrito «que le den al patriarcado» en una caja de luz; otra persona ha dibujado un corazón debajo. Me concentro en no desmayarme.

Mi reflejo en la mampara de plexiglás rayada que tengo enfrente parece una mala copia de mí misma. Las mejillas no me relucen por el iluminador, sino por el sudor frío. Podría llorar. Podría gritar. En lugar de eso, aprieto los labios y me paso la lengua por el paladar: seco. Demasiado seco.

Y entonces aparece. El picor. Al principio apenas un susurro, una sombra, casi imperceptible: un roce diminuto en la garganta que se extiende como un alud en cuanto inspiro. Se me corta la respiración. Mierda. Ahora no. Hoy no. No en este escenario.

Intento tragar, pero tengo un nudo enorme en la garganta.

Juraría que lo oigo crujir. El pánico trepa en silencio, de puntillas, y luego toma carrerilla y se me lanza directo al estómago.

No puedo irme del escenario. No seré capaz de emitir un sonido.

Voy a hacer el ridículo. Delante de ellas.

¿Delante de Dom? Ese pensamiento me golpea con más fuerza que cualquier otra cosa.

Fuera, el público se vuelve loco. El sonido llega amortiguado, atronador, como el rugido de una tormenta al otro lado de un cristal, y aun así siento cada grito en el pecho.

Están ruidosos, impacientes, eufóricos, hambrientos de música, de nosotras.

Y todo eso a pesar de que el grupo telonero ha cancelado.

Zoe dijo que fue porque anoche le hizo una peineta al cantante del grupo después de que él le enseñara su micropene sin que nadie se lo pidiera.

—No vale ni para la prueba de sonido —nos dijo cuando volvió a nuestro piso y se quitó las botas.

Quién sabe. En cualquier caso, ahora estamos solas. Sin calentamiento. Sin piedad.

Nova se acerca. Huelo la laca y el esmalte de uñas. Me pone una mano en el hombro —firme, cálida, sencilla— y me da dos golpecitos en la espalda con las baquetas —un ritual, nuestro ritual—; la vibración me llega hasta el mismísimo centro.