Cúbreme (Serie Encore nº 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

OOdio este olor —mezcla de desinfectante, orina y desesperanza— que se posa sobre la piel y el alma como una película de culpa rancia.

Se me pega a la garganta, al pelo, incluso a las suelas de los zapatos.

Quiero salir de aquí. Salir de estos pasillos por los que gente de mirada vacía, con uniformes gastados y guantes de plástico, pasa a mi lado a toda prisa como si todos fuéramos inventario que hay que gestionar.

Con paso rápido, empujo la silla de ruedas —una que no tiene un maldito volante, sino unas asas demasiado pequeñas que se me clavan en las palmas encallecidas—.

Sentada en ella va la adolescente calva más hermosa que he visto nunca: Lila, mi hija…

mi último vínculo con el mundo y la única persona que me mantiene respirando.

Hoy lleva su turbante verde nuevo, el de la purpurina.

Lo eligió la semana pasada, cuando por un instante pensé que no saldría de la quimio.

Ahora la cosa le corona la cabeza calva.

Y, por encima, unos auriculares monstruosos, tan grandes que parece una alienígena con estilo.

Los bajos retumban en el armazón de aluminio de la silla y sus dedos tamborilean el ritmo en el reposabrazos.

Lila se lleva la mano al regazo y saca un espejito de bolsillo arañado con una mano y un pintalabios gastado con la otra.

Rojo. Demasiado rojo para una niña. Pero ya no es una niña. No después de esto.

—¡Papá! ¡Deja de dar esos bandazos! ¡Si no, acabaré pareciendo el Joker! —protesta Lila.

—Bienvenida a Gotham. Quizá me encuentre con Harley Quinn —intento bromear.

—¡Puaj! Al menos ella iría mejor vestida que tú. —Me observa por el espejo e hincha las mejillas con intención.

Ignoro el ardor de los hombros e intento empujar la silla con más suavidad por el linóleo gastado.

Pasamos ante puertas abiertas donde yacen cuerpos demacrados e inmóviles, como si hubieran tirado la toalla hace mucho.

Una enfermera me saluda de pasada, pero aparta enseguida la mirada.

La conozco. Ella me conoce. Todo el mundo conoce al hombre cuya mirada dice: «Ahórrate la compasión; no la soporto una vez más».

Llegamos al ascensor. Las puertas se abren con un resuello. Empujo a Lila dentro, me coloco a su lado y respiro superficialmente por la nariz. Aquí el olor es otro: metálico, como una visita al dentista de la que nadie sale con vida.

—No te vas a poner esa camisa de franela, ¿verdad? —pregunta Lila sin levantar la vista.

Me miro de arriba abajo. Franela, rojo oscuro, abierta sobre una camiseta descolorida de una banda telonera que representé cuando todavía era algo más que una sombra con arritmia cardíaca.

—Si voy a un concierto por ti en el que unas mujeres con atuendo de combate chillan al micrófono, al menos podré ponerme mi ropa de leñador.

—Aura no es una luchadora: es toda una declaración. Una diosa. Te va a encantar.

—La voy a odiar —digo, aunque sé que es su artista favorita.

—Te encantará de todas formas —la defiende Lila, gesticulando con aspavientos.

Gruño. Las puertas del ascensor se abren.

Vestíbulo del hospital. Luces de neón. Linóleo barato que probablemente ya parecía gastado el día que lo pusieron.

En recepción, alguien murmura al teléfono.

Lila saluda con la mano como una famosa y, maldita sea, lo parece.

Tiene la piel pálida y las pestañas casi invisibles, pero resplandece. No por mí. Por esta noche.

—Estoy lista, papá.

Me vuelvo hacia ella.

—¿Lista para qué?

—Para todo. Para la música. Para Aura. Y para que tú, por fin, te comportes como si también tuvieras corazón. —Lila me sonríe con cariño.

Me inclino hacia ella.

—Mientras no cante letras «woke» sobre la menstruación y el mansplaining, intentaré sonreír con educación.

Arruga la nariz.

—Tío. Eres un boomer.

Me río por lo bajo y la empujo por las puertas correderas hasta la calle.

En rigor, sigo siendo millennial, pero ¿qué sabrá una cría de trece años?

Chispea; las calles brillan como si la ciudad entera hubiera estado llorando.

Pulso el botón del mando de la camioneta.

Un pitido metálico. La vieja Dodge Ram está aparcada junto al bordillo: oxidada, abollada, pero fiable… igual que yo.

Ayudo a Lila a subir al asiento del copiloto, le abrocho el cinturón y guardo la silla de ruedas en el maletero. Antes de subir yo, miro el móvil. No hay mensajes nuevos, salvo el de esta mañana. De Dom Voss.

Cansado, subo y giro la llave en el contacto; el motor de la vieja Dodge Ram gruñe como un oso somnoliento que acaba de despertar de la hibernación.

Antes de arrancar, miro un instante a Lila.

Se ha quitado los auriculares y mira por la ventanilla, con la barbilla apoyada en el puño.

Su turbante verde de purpurina centellea bajo el resplandor de las farolas y su aliento dibuja pequeños círculos en el cristal.

Aún falta casi una hora para que empiece el concierto.

—¿Qué hacemos? —pregunto mientras salgo marcha atrás de la plaza y conduzco despacio hacia el centro. Ha dejado de llover.

—¿Quieres decir, aparte de intentar no parecer un asesino en serie estirado cuando lleguemos?

Se vuelve hacia mí y sonríe de medio lado.

—Helado. Quiero un helado.

—¿Helado? ¿Después de la quimio, la pizza y seis clases de ositos de gominola de anoche? —pregunto con escepticismo.

—Sí. Es mi celebración de la vida, ¿recuerdas? Y me apetecen un sorbete de limón y unos arrebatos emocionales.

Suspiro, giro la esquina y me alejo cada vez más del distrito hospitalario, hacia el corazón trémulo e inquieto de Filadelfia.

La ciudad late bajo el aire húmedo del atardecer.

Los semáforos proyectan velos rojos sobre las ventanas mojadas por la lluvia; la gente camina deprisa con la cabeza gacha, como si supiera desde hace tiempo que ya nada puede levantarle el ánimo.

Philly no es una ciudad para el romanticismo.

Es áspera, con aristas, deshonestamente honesta. Me gusta… a veces.

South Street bulle de actividad. Chavales que parecen recién salidos del Tumblr de Lila. Tatuajes y pelo de colores, mezclados con Doc Martens y cazadoras bomber.

Una cola de gente se extiende delante de un viejo cine con un letrero de neón parpadeante. Reconozco el logo de Hollow Lights en varias chaquetas y camisetas.

Lila mira por la ventanilla, con la frente apoyada en el cristal.

—Ahí están… —susurra, y en su voz hay algo que suena a esperanza envuelta en algodón.

Sigo conduciendo, giro por una bocacalle y aparco delante de una pequeña heladería que parece haberse quedado atrapada en los años ochenta. Luces de neón rosa, un cartel de «Abierto» medio descolgado de su soporte. Dentro hay sentados dos hombres de pelo gris y una chica con trenzas verdes.

Giro la llave y el motor se apaga. Luego me vuelvo hacia Lila.

—Tienes diez minutos.

—Solo necesitaré cinco. A ti también te pido algo. Que sea sorpresa. —Lila ya ha abierto la puerta del copiloto.

—Si intentas colarme algo con lavanda o agua de rosas, te llevo de vuelta al hospital ahora mismo.

—Trato hecho. —Sonríe, sale y cierra la puerta de un portazo decidido, todo lo decidido que le permiten sus brazos delgados. La observo mientras abre de un empujón la puerta de cristal, con la cabeza bien alta, orgullosa. A pesar de todo. Precisamente por eso.

Me echo hacia atrás en el asiento y contemplo a través del parabrisas las luces parpadeantes de la ciudad.

La gente persigue sueños, huye de los recuerdos y se miente sobre la esperanza mientras cae la noche.

¿Y yo? Soy un viejo que vive a la sombra de su propia leyenda, con una hija que me enseña cada día lo que significa de verdad sobrevivir.

Vuelve unos minutos después con dos vasos de papel en las manos y la sonrisa aún más ancha.

—Vas a odiarme.

—Ya te odio igualmente.

—Pues entonces, perfecto.

Cojo el vaso que me tiende. Es algo con lavanda, cómo no.

Aun así, me como el helado. Y ella se ríe.

Esa risa que suena a música, aunque no sea para mí, sino solo para la música que tanto le gusta.

Vale, quizá simplemente se ríe de mí porque me estoy comiendo este helado de lavanda que desde luego no quería.

Falta media hora para el concierto. Cinco minutos hasta la sala.

En teoría. En la práctica, tardo una eternidad porque las aceras se hunden cada vez más en un caos de medias de rejilla, cuero con purpurina, cadenas y tintes de colores.

Pantalones cortos ceñidos, tachuelas, espaldas medio desnudas tatuadas con letras de canciones en cursiva.

Podría jurar que uno llevaba un cinturón por camiseta. O una camiseta por cinturón. Ni idea.

¿Qué. Demonios. Es. Esto? Freno en el semáforo en rojo, pongo el intermitente derecho, niego con la cabeza y murmuro:

—Lo que uno hace por amor a sus hijos.

El móvil vibra por tercera vez. Lo saco del bolsillo, le paso a Lila mi helado de lavanda y leo el nombre de la pantalla. Dom. Otra vez. Rechazo la llamada.

—Lo siento, tío. Ahora mismo intento disfrutar de un rato de calidad en modo Superpapá.

—¡No me lo puedo creer, papá! —exclama Lila de repente, inclinada hacia delante, con los ojos brillantes como diamantes en unas cuencas demasiado grandes.

En una mano sostiene el sorbete de limón medio derretido como un trofeo de campeonato y con la otra se come a cucharadas mi helado de lavanda—.

Si giramos aquí… —agita la cuchara del helado en el aire como una loca, sin dejar de mirar el cartel que hay junto al semáforo—, acabaremos en el aparcamiento del equipo y los invitados especiales.

¿Cómo has conseguido meternos por el aparcamiento VIP y directos a la entrada trasera?

—Incrédula, mira alternativamente la palanca del intermitente, bajada, y el cartel.

Alzo una ceja.

—Amenacé al jefe de seguridad con decirle a su hijo que yo soy su verdadero padre.

Joder, su madre era una de nuestras groupies más buenas de entonces, y le importaba un bledo llevar anillo de casada. Dios santo, ni siquiera quiero saber cuántos críos llevan mi ADN por accidente. Pero ese, seguramente, no.

—¿Qué? —Se vuelve hacia mí, con la cuchara del helado en la boca y los ojos como platos. Al instante siguiente, la cuchara se le escapa de la boca y le cae en el regazo con un golpe seco, justo sobre los pantalones recíen lavados.

—¡Eh! Cuidado, no me manches los asientos —gruño casi por reflejo.

—¿Qué acabas de decir? —Me mira como si acabara de revelarle que en realidad nació en otro planeta.

—¿Qué? —Me hago el tonto, con la esperanza de que cargue ella con la confusión. Me paso la mano por la cara, nervioso. «Mierda, River. Piensa antes de hablar». Por fin el semáforo se pone en verde y puedo quitármelo de la cabeza: meto marcha, piso el acelerador y giro el volante.

Lila murmura algo para sí misma mientras intenta quitarse del pantalón la pasta gris rosácea con el dorso de la mano. En vano. Sus movimientos se vuelven cada vez más erráticos hasta que se detiene de golpe.

—Ay… oh, no.

Vuelvo la cabeza hacia ella de inmediato y veo que me tiende la mano. La sangre, fina y fresca, le baja por el dorso en un reguero ancho.

—Las enfermeras se olvidaron de quitarme la vía —dice con una sonrisa—. Así que me he ocupado yo misma.

—¡Joder! —Piso el freno, aparto el coche a toda prisa hacia el borde de la calzada y acabo medio subido al bordillo, entre la gente que espera. Los de fuera se quedan mirando, pero me da igual.

Me inclino sobre la consola central y rebusco entre el montón de servilletas arrugadas, envoltorios viejos de hamburguesa, multas de aparcamiento y recibos. Cómo no, no encuentro nada que sirva ni remotamente. Ni una gasa, ni un pañuelo. Ni siquiera una camiseta limpia.

—¡Maldita sea!

Tiro de mi camisa de franela, le subo la manga a Lila, le envuelvo la mano ensangrentada con el trozo de tela rasgado y le aprieto la otra mano encima.

—Aprieta aquí. ¡Fuerte!

—Solo es un arañazo, papá.

—Sí, y dentro de nada te habrás desangrado; entonces podré llevarte directa al hospital y explicar que te dejé morir desangrada por amor al feminismo.

Entre maldiciones, me arranco a tirones lo que queda de la camisa mientras el sudor me corre por la frente. Los hombros se me atascan y algo se rasga bajo la axila. Levanto el brazo y miro el enorme agujero de la camiseta.

—Lo sabía… —se ríe entre dientes—, sabía que de alguna manera conseguiría que por fin te quitaras esa camisa horrible.

La miro fijamente.

Ella sonríe.

Y, maldita sea, parece que he perdido. Pero solo por un instante.