Cuatrocientos conejos 9. El regalo del papa #3
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9. El regalo del papa #3

Tras una jornada entera frente al televisor, José Luis fue incapaz de conciliar el sueño y pasó toda la noche aguardando el momento en el que Televisa volviera a retomar la retransmisión de la visita papal.

La espera se le hizo eterna, aliviada tan solo por el tintinear de una botella de tequila al chocar con el vaso.

—José Luis, deja el trago e intenta dormir un poco, que se te van a secar las neuronas —le aconsejó Tezcatlipoca, dios de la noche, el destino y la guerra, el que da y quita las riquezas caprichosamente.

—Dime cómo. Con todos estos ronquidos es imposible dormir —le respondió.

Y efectivamente, aquello era un horripilante concierto de resuellos que habrían puesto los pelos de punta al mismísimo Edgar Allan Poe.

Roncaba Tláloc con un fragor de tormenta que hacía que vibraran los cristales.

Roncaba Mictecacíhuatl con un silbido de ultratumba, como el viento cuando pasa entre las lápidas.

Y roncaba, sobre todos, Ometochtli, que se había quedado dormido con el cántaro de pulque entre las patas y resoplaba pequeñas burbujas por la nariz.

—¿Lo ves? —dijo Castañeda, señalándolos con el vaso—. Y luego resulta que el de las neuronas secas soy yo.

Tezcatlipoca se encogió de hombros, y dejando sus flechas a un lado, le dio la espalda dispuesto a unirse al coro.

—Allá tú, José Luis. Pero luego no me vengas con que no te lo advertí.

A la mañana siguiente, las cámaras de Televisa captaron una caravana de tres coches blancos Century último modelo introduciéndose rauda y velozmente en la residencia presidencial de Los Pinos.

La multitud que la esperaba en los alrededores apenas se dio cuenta.

Los que estaban al borde de la carretera testificaron que todo lo que llegaron a ver fue una capa blanca ondeando al viento, como si hubiera pasado Supermán vestido con traje de novia.

Wojtyła se había levantado esa mañana a las siete y veinte, y había desayunado fruta, jugo, leche y huevos.

Antes de salir de la nunciatura, sita en la calle Felipe Villanueva 118, se había reunido con un grupo de escolares que, una vez más, le cantaron Las mañanitas y Cielito lindo .

Cuando ya se disponía a partir, una niña, incapaz de contener su emoción, le sujetó de la sotana, y le hizo tambalear.

Casi lo descalabra. Juan Pablo II se dio la vuelta inmediatamente, y con un rostro que quiso ser severo, como si echara de menos no haber tenido la férula papal cerca, pero que resultó dulce, como si de repente se hubiera acordado de aquello de «si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos», la reconvino y siguió su camino, dejando atrás las miradas reprobatorias de nuncio, cardenales y obispos, que cayeron sobre la niña y el aterrado director del coro como en otro tiempo cayera la leña sobre Giordano Bruno.

Una vez en Los Pinos, el papa fue recibido por el presidente Carlos Salinas de Gortari —traje negro, corbata roja, mostacho impecable— que le condujo al interior del edificio, algunos dicen que a la biblioteca, la misma en la que López Portillo confiriera con el canciller Castañeda qué hacer con el Tonalamatl y con Castañeda del Valle.

Allí se llevó a cabo el previsto intercambio de regalos.

Los fotógrafos y cámaras que se hacinaban en la sala captaron el momento en el que el papa le hizo entrega del Libellus .

Pegado al televisor, Castañeda del Valle no pudo evitar sentir algo de envidia.

A él también le habría gustado ser recibido en Los Pinos por el presidente de la República cuando volvió de Francia con el Tonalamatl.

Puede que las formas de conseguirlo no fueran las más elegantes, eso no tenía cómo negarlo, pero el códice que él había recuperado para la nación era, si cabe, todavía más valioso que el Libellus que traía el papa.

—Es más —le dijo a Tláloc, que, habiendo dado buena cuenta de la bandeja de tamales, estaba sentado al lado suyo intentando beber una lata de cerveza—, si no fuera por lo que yo hice, a nadie se le habría ocurrido pedirle a su santidad que nos trajera un códice.

Tláloc asintió, moviendo de arriba a abajo sus dos colmillos enormes.

—Tienes razón, José Luis. Fuiste tú quien les mostró el camino.

—Exacto. Yo fui el primero. Y mira ahora a estos huevones, tratando al papa como si fuera el gran héroe. ¿Y yo? Dos días en el bote y de vuelta a casa, como si nada.

—Así es el mundo, compadre. Si yo te contara…

Carlos Salinas de Gortari aceptó el regalo en nombre del pueblo mexicano y correspondió a la gentileza de Juan Pablo II entregándole otro libro titulado México, territorio de solidaridad , un manuscrito con textos de poetas aztecas y escritores contemporáneos como Octavio Paz.

La oficina de la presidencia dejó que los periodistas fotografiaran y grabaran el bibliográfico intercambio todo lo que quisieran.

Mientras esto ocurría en el interior de la residencia, un helicóptero Super Puma con capacidad para 18 pasajeros aterrizó en el jardín con la misión de trasladar al Vicario de Cristo a su siguiente cita en Chalco.

No habría pasado una hora cuando las cámaras enfocaron a Juan Pablo II y Carlos Salinas de Gortari.

José Luis y el resto de dioses y señores del Tonalamatl los vieron paseando por los caminos adoquinados que rodeaban la residencia, una sonrisa aquí, una confidencia allá, acercándose lentamente a la aeronave que, cual hipopótamo con aspas, rumiaba tranquilamente el césped y los miraba acercarse sin darles mayor importancia.

Ya estaba el papa a punto de subir al helicóptero cuando otra jovencita, que con audacia y sigilo había logrado introducirse en la residencia presidencial, y a la que los medios de comunicación identificarían con posterioridad como cantante de un grupo popular, se abalanzó hacia el papa, el cual, al verla venir, volvió a lamentar no tener su férula cerca para defenderse, o cuando menos el libro que el presidente le había regalado.

La muchacha se arrojó a sus pies, lo abrazó y le besó la mano, como si su santidad fuera el mismísimo John Lennon.

Uno de los guardias de seguridad intentó separarla.

—¡Suélteme, desgraciado! —gritó ella—. ¡Vengo en nombre de las juventudes del mundo!

—Señorita, por favor, conténgase. Tiene que…

—¡Solo quiero tocarlo! ¡Es el papa!

Juan Pablo II levantó la mano con gesto cansado.

—Está bien, está bien. Dejad que los jóvenes se acerquen a mí, urbi et orbi , y esas cosas.

La muchacha le besó el anillo, llorando.

—Santo padre, lo amo. Todos lo amamos.

—Sí, hija, sí. Dios te lo pague. Ahora, por favor…

Tras librarse de esta nueva loca, Juan Pablo II bendijo a los presentes desde la escalerilla, y dio gracias a Dios de que solo fuera una muchacha y no alguien con peores intenciones.

Subió a la nave, donde ya lo esperaba el cardenal Ernesto Corripio Ahumada, y el Super Puma se elevó a los cielos, y se marchó entre grandes ráfagas de viento, como otrora hiciera Quetzalcóatl.