Cuatrocientos conejos 9. El regalo del papa #4
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9. El regalo del papa #4

El gesto de Juan Pablo II al devolver el Libellus a México abrió el camino para que, unos meses más tarde, Francia y el Gobierno mexicano aparcaran sus diferencias y llegaran a un acuerdo sobre el destino del Tonalamatl: México se comprometía a regañadientes y sin aspavientos a reconocer que el códice pertenecía a Francia; a cambio, esta se lo prestaba por un periodo de tres años, renovable por los siglos de los siglos, amén.

Un arrangement administratif que permitía a ambos gobiernos salvar las apariencias y retomar sus relaciones culturales y diplomáticas en el punto en el que estaban el día anterior a que José Castañeda del Valle robara el manuscrito en París.

Ni uno ni otro gobierno hizo mención del periodista y abogado, que apagó el televisor y se quedó completamente solo en el salón.

Lejos de rendirse, José Luis se sentó una vez más ante su vieja Olivetti y, con su falsa muela de gigante por toda compañía, se puso a escribir una carta más al entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, en la que dejaba constancia de lo que había hecho y cómo sus acciones habían conducido a recuperar a la postre no uno, sino dos manuscritos para México.

Y ya estaba José Luis contándole al presidente cómo se le ocurrió la idea de robar el Tonalamatl, y el susto que le pegó Florentino «el Tigre» Ventura al irrumpir en su apartamento en Cancún, cuando Xochipilli, príncipe de las flores, hizo que se durmiera; o quizás no fuera Xochipilli, sino el cigarrillo de marihuana que se había liado antes de empezar a escribir.

Fuera sueño o trance, sintió que su cuerpo caía y pasaba por Itzcuintlan, el primer nivel del inframundo, donde perros sin pelo ayudan a las almas a cruzar el río Apanoayan; por Iztepetl, donde los muertos quedan desgarrados al trepar un cerro cubierto de pedernales de obsidiana cortantes como navajas; por Paniecatacoyan, donde la gente vuela y se voltea como banderas, quedando a merced de los vientos; por Teocoyohuehualoyan, donde sus corazones son devorados por jaguares; y justo antes de llegar a Chicunamictlán, donde las almas encuentran finalmente el descanso eterno, vio a Nezahualcóyotl, rey de Texcoco, internarse en el amoxcalli , o casa de los libros, que había hecho construir en su palacio, y donde se guardaba la historia de los doce reyes que mató por su mano, y de los cuarenta y cuatro reinos que había conquistado.

Escuchó al propio Nezahualcóyotl decir aquello de que como una pintura nos iremos borrando, como una flor nos iremos secando.

Vio a Alonso Hernández de Portocarrero y Francisco Montejo haciendo el inventario del tesoro que Hernán Cortés envió a Carlos V, y en el que además de diversas figuras hechas de oro y plata, piedras preciosas, collares, brazaletes, cetros, cueros, mantas y vestidos, incluyeron dos libros, de esos que acá tienen los indios; vio a un pintor alemán llamado Alberto Durero contemplando todos esos objetos en Bruselas y escribiendo en su diario que en todos los días de su vida nada había alegrado tanto su corazón como observar aquellas cosas extraordinarias, obra del sutil ingenio de hombres de tierras lejanas; vio a Diego de Landa, de quien se dice que había estudiado historia, filosofía, teología y derecho canónico en Toledo antes de llegar a Yucatán, dedicarse con ahínco a entender la lengua maya y descifrar sus textos, y el 12 de julio de 1562 prender fuego en la localidad de Maní a un gran número de libros de estas su letras, porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena; vio a los hijos de los antiguos tlacuilos destruir las creaciones de sus antepasados por miedo a seguir el destino de don Carlos Ometochtzin, a quien Juan de Zumárraga, primer obispo de México, introductor de la imprenta en el Nuevo Mundo, mandó prender y enviar a la hoguera por tener en su poder pinturas y cuentas de las fiestas con las que los de su estirpe habían adorado a los dioses y predicho el futuro; vio algunos de estos textos ser escondidos en lo alto de los cerros, y en lo profundo de las selvas, en lugares recónditos donde no pudieran ser encontrados ni por los sacerdotes ni por ellos mismos; vio a Boturini buscarlos, a Aubin y Waldeck llevándoselos en secreto, a papas, reyes, emperadores, comerciantes, industriales, marchantes, maleantes, criminales y falsificadores intercambiándoselos, troceándolos, olvidándolos, recuperándolos, vendiéndolos, copiándolos e, incluso, arrojándolos a chimeneas, de tal forma que los dioses al abrasarse dieran a los hombres el calor que necesitan para vivir; se vio a sí mismo dentro de un taxi; se vio ya muerto y olvidado en su pequeño apartamento de Cancún.

Y, antes de que la diosa Mayáhuel se lo llevara agarrado de la mano como a un hijo, vio irrumpir en la Biblioteca Nacional de Francia a cuatrocientos conejos, cuatrocientas liebres que, abalanzándose por los pasillos, invadieron la gran sala de lectura destrozándolo todo, royendo las estanterías para afilarse los dientes, saltando y gritando, gritando como hasta entonces nunca nadie había oído gritar a los conejos.