9. El regalo del papa #2
Al contrario que Inglaterra, Francia no envió fuerza expedicionaria alguna para vengar la afrenta, pero el eminente historiador Emmanuel Le Roy Ladurie, que asumiera la dirección de la Biblioteca Nacional de Francia en 1987, dejó claro que ningún mexicano volvería a poner los pies en el recinto hasta que el códice no fuera devuelto.
Tres años más tarde, el asunto del Tonalamatl seguía sin resolverse y las relaciones culturales entre los dos países continuaban en el limbo.
Fue entonces cuando el Vaticano anunció que Juan Pablo II visitaría México de nuevo, invitado esta vez por el presidente Carlos Salinas de Gortari.
El mundo había cambiado mucho desde la última vez que estuvo.
Pasado el fervor de la teología de la liberación, la mayor amenaza ahora para la Iglesia Católica la constituían las iglesias evangélicas, que se reproducían como champiñones, por lo que la Santa Sede buscaba formas de impulsar la reconquista espiritual del continente.
El papa Juan Pablo II consideró que ampliar el santoral constituía la mejor forma de hacerlo, y se anunció que, durante su segunda visita, beatificaría a Juan Diego, el indígena al que se le apareció la Virgen de Guadalupe, y a los niños mártires de Tlaxcala, que pagaron con su vida el haberse convertido al cristianismo.
Pero no fueron nuevos santos lo único que Juan Pablo II trajo bajo su ca ppa magna .
En un guiño al robo del Tonalamatl de la Biblioteca Nacional de Francia ocho años antes, Wojtyła había decidido devolver al pueblo de México uno de los muchos manuscritos provenientes de ese país que, desde hacía siglos, se guardaban en la Biblioteca Vaticana.
Castañeda del Valle y los Señores del Día y de la Noche, que esa tarde gris de 1990 seguían el evento con él, quedaron estupefactos ante las imágenes que salían por la televisión y las informaciones que proporcionaban los comentaristas de Televisa.
—No puede ser, güey —dijo Nezahualcóyotl sin poder contener la emoción.
—Ya era hora de que nos devolvieran algo en lugar de venir a quitárnoslo —secundó Xiuhtecuhtli, haciendo sonar sus cascabeles de oro.
—¿Tanto relajo por un libro? Yo lo que de verdad echo de menos son las cuatro momias que se llevó Boban y mi calavera de cristal —apuntaló Mictecacíhuatl.
—¡Ya cállense! Déjenme escuchar —exclamó José Luis, intentando poner orden.
Al parecer, la idea había partido de la administración de Carlos Salinas de Gortari.
De complexión delgada y mediana estatura, con facciones afiladas, ojos pequeños y astutos y una calvicie prematura, titulado en economía por la UNAM y en Administración Pública por la Universidad de Harvard, Carlos Salinas de Gortari, hombre pragmático y calculador donde los haya, carecía del temperamento grandilocuente y la personalidad histriónica de López Portillo y de la pasión de este por la literatura y el pasado prehispánico de México.
Tampoco había tratado nunca con un papa.
Fue así que, cuando el Vaticano le preguntó al Gobierno mexicano qué es lo que le gustaría recibir cuando llegara el protocolario momento del intercambio de regalos, su primer impulso fue descolgar el teléfono y llamar a su predecesor.
—Un códice —respondió López Portillo—. Pídeles un códice, Carlos. Uno de los nuestros, de esos que tienen guardados en el Vaticano criando polvo.
—¿Un códice?
—Sí, y así, de paso, le metes el dedo en el ojo a los franceses, que siguen erre que erre con el asunto del Tonalamatl.
—¿Y no se molestará el papa?
—¿Molestarse? ¡Qué va, hombre! Le estás dando la ocasión de quedar como un santo devolviendo lo robado y, de paso, dejar en evidencia a un socialista como Mitterrand. Tú pídelo, y a ver qué pasa.
No era una mala idea. El dilema era cuál pedir: una posibilidad era el Códice Borgia , pero el Vaticano probablemente no habría considerado muy apropiado que el papa viajara en avión en compañía de un documento repleto de conejos, lagartijas, zopilotes, monos y deidades aztecas que habían sido idolátricamente extirpadas de sus templos por orden de sus predecesores.
Así que el presidente descolgó de nuevo el teléfono y pidió a su secretaria que le comunicara con Jesús Kumate, su Secretario de Salud, hombre al que tenía en particular estima y a quien consideraba pasablemente culto.
El doctor Jesús Kumate le recomendó que se dejara de códices poblados de númenes sanguinarios de los que era mejor no fiarse, y pidieran un librito llamado Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis . O dicho en román paladino: Opúsculo sobre las hierbas medicinales de los indios .
—Ciento ochenta y cinco ilustraciones botánicas a todo color. Una maravilla, señor presidente. Lo crearon en 1552, en el colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, dos hombres a los que habría que levantarles una estatua: Martín de la Cruz, médico indígena nahua, y Juan Badiano, que lo tradujo al latín.
—Ajá —dijo Salinas, mirando el reloj.
—Pero espere, espere, señor presidente, que la historia de cómo llegó a Roma no tiene desperdicio.
—Doctor, yo…
Y, durante los siguientes treinta minutos, como un torrente incapaz de detenerse, le fue contando cómo había sido encargado por Francisco de Mendoza quien se lo mandó a Carlos V, el cual no supo qué hacer con semejante libro y se lo pasó a su hijo Felipe II, que lo guardó en El Escorial por si algún día sacaba tiempo para leerlo.
O quizás se lo regaló a su hermana, la infanta doña Juana, para las Descalzas Reales, por si alguna monja necesitaba un emplasto.
Y que pasando los años, acabó en manos del boticario de Felipe IV, hombre culto, más taimado, que, en lugar de devolverlo a la biblioteca de donde lo había sacado, se lo vendió a un sobrino del papa Urbano VIII.
—Toda una vaina, señor presidente —terminó diciendo Kumate, sin saber si el presidente Carlos Salinas de Gortari estaba todavía escuchándole.
Unas semanas más tarde, el rostro de Leonard Boyle, Prefecto de la Biblioteca Vaticana, palideció de repente, como si la noticia de que tenía que deshacerse de uno de sus tesoros se la hubiera dado no su superior directo, sino uno de esos demonios estelares que descendían a la tierra durante los eclipses, y a los que los aztecas llamaban tzitzimitl .
Sacerdote dominico de origen irlandés, experto en paleografía y teología medieval, Leonard Boyle había sido nombrado Prefecto de la Biblioteca Vaticana por el mismísimo Juan Pablo II en 1984.
La colección que tenía a su cargo se remontaba al papa Nicolás V, que antes de sentarse en la silla de San Pedro había sido bibliotecario en Florencia y que, entre rezos y alguna que otra botella de Chianti, concibió la descabellada idea de reunir una biblioteca capaz de rivalizar con las de la Antigüedad.
Un siglo más tarde la colección tenía ya sede propia donde albergar tales tesoros, pero el miedo a perderlos, o a que contribuyeran a azuzar las herejías, hizo que la biblioteca acabara convertida en una fortaleza, vedada a todo el mundo.
—Más un cementerio de libros que una biblioteca —recalcó el abate español Juan Andrés cuando la visitó en 1785.
Sacar a la Biblioteca Vaticana de ese mundo de tinieblas y prepararla para el siglo XXI era lo que se propuso hacer el padre Boyle al ser designado como prefecto.
Ahora bien, una cosa era modernizar la biblioteca y otra muy diferente dejar que le arrebataran sus manuscritos, y, en esto, Leonard Boyle era a los fondos de la Biblioteca lo que los caballeros templarios al Santo Sepulcro.
—Que le den una reliquia —sugirió a su asistente—.
Un hueso, una falange, un trocito de lengua, o un eslabón de las cadenas de San Pedro.
Y si eso falla, que le prometan una silla en el colegio cardenalicio.
Quién sabe. Quizás el próximo papa sea mexicano.
¿Acaso no hay una fotografía de Juan Pablo II tocado con un sombrero de charro?
Que se lo vendan al tal Gortari como un augurio.
En la Secretaría de Estado —la oficina encargada de las relaciones internacionales del Vaticano—, la dilación del Prefecto en cumplir la orden del papa no sentó nada bien.
—Padre Boyle, deje usted de hacerse el cisterciense y entregue el manuscrito de una santísima vez —le dijeron sin ambages.
El padre Boyle, haciendo acopio de todo su valor, respondió con la misma fórmula que usaban los funcionarios españoles destacados en Indias cuando recibían una orden de su majestad que no les daba la gana acatar:
— O boedio sed non exequor (obedezco, pero no cumplo).
Obviamente, eso es más fácil decirlo cuando el rey de España está a miles de kilómetros que cuando uno tiene al representante de Cristo en la Tierra a escasos quinientos metros. Además, la insubordinación no era una cualidad que el papa Juan Pablo II apreciara demasiado.
—Primero lo del Banco Ambrosiano y ahora esto. Pero ¿dónde vamos a ir a parar? —se le oyó exclamar a Wojtyła, entre muchas otras cosas que dijo en polaco que hicieron sonrojar a las monjas que le cuidaban.
Qué pasó después nadie lo sabe con exactitud, pero algunas fuentes, no particularmente fiables, cuentan que, a altas horas de la noche, el padre Boyle se internó en la biblioteca y salió del Vaticano por una de sus muchas puertas secretas llevando consigo el Libellus .
Durante horas deambuló por las calles de Roma sin que nadie osara abrirle la puerta, hasta que finalmente encontró refugio en una casa de jesuitas argentinos que se apiadaron de él y le convencieron de no incurrir en la ira papal.
—No seas boludo, mirá que el papa se va a enojar con vos —le dijo el más viejo mientras le servía un mate.
Resignándose a lo inevitable, el padre Boyle regresó al Vaticano y, cabizbajo, cumplió con lo que su santidad había ordenado.
Poco después, el códice quedó listo para ser entregado como parte del intercambio de regalos entre el papa Juan Pablo II y Carlos Salinas de Gortari.
No estaba forrado con la piel del padre Boyle, pero casi.