9. El regalo del papa
—Vamos, vamos. Apúrense. Apúrense. Que ya viene —dijo Castañeda del Valle en voz alta, congregándoles a todos para ver juntos el espectáculo.
—Ya va, ya va —respondió una voz de ultratumba que José Luis prefirió no identificar.
—¡Qué prisas! ¡Ni que regresara el virrey Mendoza! —resopló otra.
En aquella ocasión, el avión había aterrizado en la Ciudad de México a la una de la tarde hora local.
En los alrededores del aeropuerto, miles de personas esperaban enfervorizadas la salida del santo padre.
Cuando finalmente lo hizo, rodeado de una nube de fotógrafos y periodistas, los ciento doce músicos del Mariachi Monumental Alma de México se lanzaron a tocar las notas de Zacatecas y Cielito Lindo, con un estruendo festivo.
A lo largo del trayecto que le condujo a la Catedral metropolitana, hombres y mujeres se acercaban a las vallas con sus hijos enfermos en los brazos o en sillas de ruedas para que fueran bendecidos por el soberano pontífice, postrándose de rodillas sobre aceras y bordillos.
Una vez en el templo, el papa pronunció aquello de Mexico semper fidelis (México siempre fiel) ante el delirio de los fieles que se congregaron en el Zócalo.
—¡Es un santo, un santo en vida! —repetía una anciana envuelta en un rebozo, llorando de emoción.
—Santo o no —masculló a su lado un hombre con una cicatriz en la cara que le corría del labio hasta la oreja—, lo que es seguro es que de esto saca tajada.
—Cállese, blasfemo, que le va a oír el señor.
—Que me oiga. A ver si así baja a arreglar el precio del frijol.
Al día siguiente, después de que un coro infantil se acercara a su residencia para despertarle cantándole Las mañanitas, Juan Pablo II se dirigió a la explanada de la Basílica de Guadalupe, llena a rebosar de chilangos, oaxaqueños, norteños, nayaritas, durangueses y morelenses, entre otros muchos mexicanos que se habían acercado hasta allí para contemplar de cerca y desear larga vida al Tata Juanatzin, que llegó montado no en un caballo blanco, como Santiago, sino en un improvisado papamóvil descapotable que, como asegurara el futuro cardenal Alfonso López Trujillo, a punto estuvo de causarle una insolación durante el viaje a Puebla.
—¡Qué tiempos aquellos! Lo que ha llovido desde entonces, ¿verdad, Tláloc? —recalcó Castañeda del Valle apoltronado en el sillón.
—Ni que lo jures, José Luis, ni que lo jures —respondió el dios de la lluvia, agarrando de una bandejita uno de los tamales que había traído Centéotl.
José Luis nunca había sido muy religioso, pero tener amigos, ya fueran del más allá o del más acá, no le venía mal a nadie, máxime si uno se dedica al periodismo y termina con sus huesos en una cárcel del Distrito Federal, como había sido su caso ocho años antes.
La irrupción de Florentino Ventura y sus hombres en su apartamento, justo en el momento en el que salía de la ducha, le dio un susto de muerte, aunque también supuso un alivio.
Llevaba meses con el manuscrito a cuestas sin saber exactamente qué hacer con él.
Venderlo era toda una tentación. Él no era un hombre rico, ni mucho menos, y no le habría venido mal el dinero, pero no tenía ni experiencia ni contactos en los bajos fondos del mundo del arte.
En Nueva York, donde había intentado tasar el manuscrito, le habían ofrecido una cifra irrisoria, que no sabía si creerse:
—Bonito. Muy bonito.
—¿Cuánto?
—Depende. ¿De dónde salió?
—Eso no es relevante para…
—Todo es relevante, amigo. —El tipo encendió un puro—. ¿Ve ese sello? Es el de la Bibliothèque nationale . Esto huele a franceses cabreados. Huele a Interpol tocándome los cojones un martes por la mañana… Mire: cinco mil dólares. Cash . Ahora mismo.
—Pero… Si se trata de un manuscrito auténtico. Único.
—Cinco mil o la puerta —dijo el marchante dejando escapar una bocanada de humo—. Y yo que usted no estaría paseando esto por Manhattan como si fuera The New York Post .
Al final eligió la puerta.
Ya de vuelta en México, tuvo la oportunidad de declarar que tenía en su posesión el manuscrito al pasar la aduana, pero no lo hizo.
—¿Por qué se calló, José Luis? ¿Por qué no dijo nada? —le preguntó una y otra vez la Apisonadora sin dejar de mordisquear el bolígrafo con el que tomaba notas durante las nueve horas de interrogatorio al que fue sometido tras ser detenido.
—No lo sé. No lo sé. Le juro que no lo sé —repetía desconsolado Castañeda del Valle.
Pero sí lo sabía, sí. Lo que no sabía era cómo explicarlo.
¿Cómo explicarle a un agente de aduanas de amplio mostacho y cara somnolienta que se había ido de turismo a Francia, había entrado en la BnF y se había llevado por las bravas un documento considerado poco menos que un tesoro nacional?
¿Y quién le garantizaba que el susodicho agente de aduanas no requisaría el documento sin más e intentaría venderlo él mismo?
No es que el cuerpo se caracterizara por su fama de incorruptible, precisamente.
Así pues, lo único que afirmó tener en su poder al entrar al país fueron unas babuchas usadas que había comprado en un bazar de El Cairo, y que fueron manipuladas con un asco infinito por el funcionario de turno.
—¿Y para qué trae usted unas babuchas usadas de Egipto?
José Luis lo pensó un momento.
—Son un regalo…
El funcionario lo miró, miró las babuchas, y volvió a mirarle a él.
—Pase. Pase. Y quíteme esta porquería de aquí.
Una vez en su apartamento, guardó el Tonalamatl en una caja de zapatos, sin saber cuál sería su siguiente paso.
Una opción habría sido ponerse en contacto con el INAH, pero eso era más fácil decirlo que hacerlo.
Él era abogado, periodista y maratonista aficionado, no un intelectual o un arqueólogo.
No conocía a nadie de quién pudiera fiarse, y nada le aseguraba que los funcionarios de ese instituto fueran más honestos que los agentes de aduana ni que, tras obtener el manuscrito, no le denunciaran a la policía por lo que era, un ladrón.
Pero los escrúpulos de carácter práctico no fueron lo único que le impidió deshacerse del Tonalamatl.
Desde el primer día en que lo vio, se sintió fascinado por él.
El rojo de las figuras, que se extraía de la grana de cochinilla, le hablaba de guerra, sangre y sacrificios; el amarillo, obtenido del polvo de xochipalli y otros pigmentos vegetales, del maíz, el sol y la riqueza del Anahuac; el azul, con sus toques de añil y arcilla, del cielo y la divinidad; y el negro, ese negro profundo como una tumba, de la noche y de la magia.
No era solo la fascinación por las antiguas deidades mexicas lo que le embargaba como a los niños de antaño los soldaditos de plomo; era la voluptuosidad que le provocaba el saber que ese texto único era suyo, solo suyo.
En vano buscó en la prensa indicaciones de que la Biblioteca Nacional de Francia hubiera denunciado el robo o de que alguien estuviera buscándolo.
Llegó a fantasear con la posibilidad de que todavía no se hubieran dado cuenta o de que el mundo se hubiera olvidado de él y del Tonalamatl.
Al fin y al cabo, el país se estaba hundiendo y parecía inverosímil que alguien fuera a preocuparse de algo tan insignificante como un manuscrito.
Todo se derrumbó el día en el que se encontró mojado y medio desnudo frente a frente con Florentino:
—Relájese, licenciado. No venimos a matarlo. Todavía. ¿Dónde está?
Carajo, había que verlo para creerlo. Eso era un macho.
No era de extrañar que Los Invasores de Nuevo León terminaran dedicándole un corrido.
El mismísimo Verdi, si hubiera conocido a Florentino, no habría dudado en darle un papel en Otello .
Era un hombre nacido para cantar aquello de Credo in un Dio crudel («Creo en un Dios cruel»).
«Creo en un Dios cruel que me creó a su semejanza y que nombro con ira», parecía decirle Florentino con la mirada.
«Creo que el justo es un farsante burlón, en su rostro y en su corazón, y que todo en él es mentira: lágrima, beso, mirada, sacrificio y honor», se figuró que le decía en la camioneta en la que le trasladaron al aeropuerto de camino al D. F.
«Creo que el hombre es un juguete del destino mentiroso, desde el germen de la cuna hasta el gusano del sepulcro», pensó muerto de miedo una vez en la cárcel, mientras intentaba en vano invocar a Tezcatlipoca, señor del destino, la guerra y el poder, para darse ánimos.
En el último segundo, cuando ya estaba a punto de derrumbarse, se le apareció Mayáhuel y le susurró al oído que la única forma de salir del embrollo en el que se había metido era defender que sus acciones habían respondido al muy noble y justo empeño de recuperar para México algo que le había sido sustraído injustamente más de un siglo atrás.
No estaba muy convencido de que nadie creyera semejante cuento, pero Xólotl, hermano gemelo de Quetzalcóatl y encargado de guiar las almas de los muertos, le dijo que esa era su única oportunidad.
Y José Castañeda del Valle la aceptó sin rechistar, pues uno no le discute a un ser que tiene la forma de un perro monstruoso con rasgos deformes.
La primera señal de que los Señores del Día y de la Noche estaban de su lado vino cuando se vio en la calle al cabo tan solo de setenta y dos horas.
Su puesta en libertad sin cargos, unida a la negativa del gobierno mexicano a devolver el Tonalamatl, desencadenó un conflicto diplomático.
Un portavoz de Francia ante la ONU llegó a comparar el robo del manuscrito en la Biblioteca Nacional con la invasión argentina de las Islas Malvinas.
—Nuestra reacción es la misma que la de la Gran Bretaña con las islas Falkland. Ha habido un robo y eso es algo que no podemos tolerar —declaró en inglés con inequívoco acento parisino.