8. Calaveras de cristal #6
Fuera lo que fuese que estuvieran haciendo, en los meses siguientes la mansión de los Goupil se llenó de conejos —los mismos que el señor Peñafiel dijera haber visto en la del señor Aubin—, unos conejos que parecían salir de los cajones y de los armarios y que saltaban por todas partes comiéndose los tapices.
Dos meses los llevó deshacerse de la mayoría de ellos, aunque a algunos los guardaron, como curiosidad, en el gallinero, donde se dedicaron a matar del susto a las gallinas.
Delisle sacó de nuevo su reloj del bolsillo.
Llevaban ya treinta minutos de retraso. Llamó al ujier y le pidió que anunciara a los asistentes que todavía tardarían quince minutos más.
Había oído hablar de una famosa plaga de conejos que había asolado algunas localidades de los alrededores de París justo en el momento en el que la ciudad se preparaba para la exposición universal de 1889, y conjeturó que en la imaginación enferma de madame Goupil el evento había quedado registrado con esos tintes tan peculiares .
También sabía que, a pesar de sus problemas económicos, los Goupil habían accedido a que algunos de los manuscritos más valiosos de la colección, incluido el Tonalamatl, se exhibieran en uno de los pabellones, pero curiosamente no en el que la República de México había montado para la ocasión.
No le extrañó, por tanto, que madame Goupil lo sacara a colación en el transcurso de la conversación.
Augustine, que había acudido a ver expuestas las piezas que su marido había prestado, lo perdió de vista entre la multitud que visitaba la exposición universal.
Supuso que habría ido a ver el pabellón mexicano que, inspirado en la arquitectura de los templos mesoamericanos, había recibido muchos de los encomios que le eran negados a la Torre Eiffel.
En la entrada del edificio, rodeado de un grupo de dignatarios, y explicando sus detalles arquitectónicos a un periodista francés, Augustine reconoció al doctor Peñafiel.
Este, percatándose también de su presencia, se excusó educadamente con el periodista y se dirigió hacia ella.
—Señora Goupil —saludó, quitándose el sombrero.
—Doctor Peñafiel —respondió ella con una inclinación de cabeza.
—Es un placer verla aquí.
—El placer es mío. Su pabellón es extraordinario.
—Gracias —dijo él fríamente—. Me alegra que lo aprecie.
Hubo un silencio incómodo. Peñafiel miraba fijamente a Augustine, intentando evaluar cuánto sabía, hasta qué punto había participado en la decisión de su marido.
—Entiendo que su esposo también está exhibiendo en la exposición… —continuó Peñafiel al cabo de unos instantes— su colección de manuscritos.
—Así es.
—Los manuscritos de Aubin —el tono de Peñafiel, sin dejar de ser educado, se volvió más duro—. Fue… ¿Cómo decirlo? Muy afortunado en adquirirlos.
—Mi esposo hizo una oferta justa.
—Su esposo —Peñafiel eligió sus palabras cuidadosamente— evitó que un patrimonio de valor histórico incalculable retornara al país del que fue extraído con engaños y subterfugios.
Augustine sostuvo el embate sin vacilar.
—Mi esposo compró esos manuscritos para que la grandeza de México pudiera ser admirada y conocida en el mundo entero, doctor Peñafiel. Cosa que solo puede ocurrir si permanecen en París.
—¿París? —Peñafiel casi se atragantó con la palabra—. ¿Y por qué París en particular?
—Mire alrededor suyo, doctor. ¿Acaso no lo ve?
—dijo Augustine—. En París es donde confluyen los sabios de los cinco continentes.
Es aquí donde se preservan, se estudian, se comparten las creaciones de todos los pueblos de la Tierra.
Estará de acuerdo conmigo, querido señor, en que más han hecho los franceses por desentrañar los misterios de esas pinturas que todos los mexicanos y españoles que hayan existido hasta ahora.
—El conocimiento sobre México debería estar en México.
—El conocimiento no tiene nacionalidad, doctor.
Peñafiel la miró largamente, y en sus ojos Augustine vio el esfuerzo que hacía por contenerse.
—Qué conveniente que piense así, señora Goupil —dijo finalmente—. Le ruego que me disculpe. Tengo que atender a estos caballeros. —Señaló al grupo con el que había estado hasta hacía un momento—. Por favor, dé mis recuerdos a su distinguido marido.
No hizo falta que el ujier reapareciera por tercera o cuarta vez para que Delisle comprendiera que ya no era posible demorar más su presencia, y madame Goupil y él echaron a andar hacia el salón donde les aguardaban las autoridades, la mesa cubierta de terciopelo y el acta de donación.
Caminaban despacio, y ella aprovechó aquellos últimos pasos para arreglarse el vestido y llegar al final de su historia sin una sola vacilación, con la voz serena y el gesto compuesto de quien sabe que dentro de unos instantes va a ser el objeto de las miradas de todo el mundo.
Se sentaron a la mesa en el preciso instante en que terminaba de contarla.
Preocupada por el cariz que tomaba el mal de su marido, Augustine hizo llamar a su suegra, que hasta entonces solo venía a visitarles los fines de semana. Esta decidió mudarse de forma permanente con ellos y ponerse al frente de la recuperación de su vástago.
—No te preocupes, ma petite —le dijo a Augustine el día que llegó con tres baúles y una maceta con un cactus—. Yo me encargo de mi hijo.
—¿Y cómo piensa hacerlo, Maman Nita? —preguntó Augustine, mirando con recelo el cactus, que ya había pinchado a dos criados en el trayecto desde el coche.
—A mi manera, naturalmente —respondió su suegra.
Hizo venir de México a un curandero indígena especializado en la ticiotl , o arte de curar, que lo puso todo perdido de hierbas y brebajes, y que le recomendó a Eugène una serie de baños de vapor que, la verdad sea dicha, no provocaron un cambio observable en su estado de salud.
Pero tampoco los médicos franceses fueron más afortunados con sus prescripciones y tratamientos.
Al final, Eugène Goupil no resistió más y falleció el 24 de octubre de 1895.
A su madre le dio un disgusto cuando supo que sería enterrado en lugar de cremado, como era costumbre entre los nobles mexicas, pero se consoló preparando un ajuar con armas, joyas de oro y jade, textiles finos y otros bienes que consideraba que necesitaría en su viaje al Mictlán o inframundo.
El cortejo fúnebre salió de la mansión de Chaumontel, donde Augustine le estuvo velando toda la noche.
El alcalde, los trabajadores de la fábrica y otros vecinos y curiosos se unieron a la procesión que lo llevó al cementerio.
Su querido tocayo también quiso unirse, pero Augustine se lo prohibió terminantemente, pues en su fuero interno le consideraba responsable de haber alimentado la malsana obsesión de su marido por las antigüedades.
No fue difícil disuadirlo, ocupado como estaba intentando expandir su negocio de calaveras de cristal.
En secreto, sin embargo, el hábil anticuario maniobraba para comprar de la viuda la colección de manuscritos por una fracción de lo que había pagado su marido.
Nadie había vuelto a saber nada de madame Goupil hasta ese 24 de junio de 1898, cuando —de acuerdo con los deseos que su marido había expresado en su testamento— hizo entrega formal de los documentos y libros que habían pertenecido previamente a monsieur Aubin, incluyendo el Tonalamatl, a Léopold Delisle, director de la Biblioteca Nacional, quien, tras un edificante discurso, aceptó la donación en nombre del Estado francés.
Madame Goupil fue condecorada con las Palmas Académicas de oficial, distinción instituida por Napoleón en 1808 y reformada por su sobrino Napoleón III en 1866 con objeto de honrar a las personas que se hubieran caracterizado por sus excepcionales contribuciones a la cultura francesa.
Una vez concluida la ceremonia, la sala se disolvió en corrillos.
Un murmullo de felicitaciones y frases de compromiso llenó el salón, presidido por los retratos de los difuntos administradores de la Biblioteca.
Delisle dejó pasar un rato, cumplió con los saludos de rigor, y cuando pudo, se acercó a despedirse de madame Goupil.
Le sorprendió encontrarla más risueña de lo que esperaba, muy distinta de la viuda apesadumbrada que había entrado en su despacho unas horas antes.
—Madame Goupil —dijo, intentando ocultar lo mejor que podía su contrariedad—, tengo asuntos urgentes que atender y debo marcharme, pero no quisiera dejar de agradecerle una vez más su generosidad.
—Es usted muy amable, monsieur Delisle.
—En absoluto, su piedad conyugal y su patriotismo son un ejemplo para todos.
Augustine sonrió.
—Usted se equivoca, monsieur Delisle. No lo hice por eso, o, al menos, no solo por eso.
—¿Ah no? —respondió Delisle, confundido—. Pero si usted misma…
—No, mi querido Delisle, lo hice por despecho.
—¿Despecho?
—Hacia monsieur Boban, que, tras el fiasco de sus calaveras de cristal, ha intentado por todos los medios quedarse con los manuscritos de mi marido.
—Ya veo —respondió Delisle con tono serio—. ¿Y alguna otra razón?
Augustine pensó un momento, y como si estuviera dirigiéndose a uno de los criados de su padre de la Cité Riverin, respondió:
—Sí, por librarme de una vez por todas de ese maldito libro. —Extendió su brazo derecho, y con el índice tendido, señaló el Tonalamatl con toda la dignidad de una emperatriz encerrada en un cuadro.
El libro brillaba en la mesa como si también él estuviera hecho de cristal.
Al verlo, Delisle no pudo evitar un ligero estremecimiento seguido de la certeza de que habría sido mejor para todos, incluido él mismo, que ese y el resto de libros que otrora pertenecieran a Aubin nunca hubieran abandonado México.
—Ahora es todo suyo —le dijo al despedirse Augustine.