Cuatrocientos conejos 8. Calaveras de cristal #5
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8. Calaveras de cristal #5

Delisle vio entonces a madame Goupil vacilar, como si dudara si seguir adelante con la historia o no. Se sentaron en un banco, a unos pocos metros de la sala de actos. El público había entrado ya y la galería estaba desierta.

—Tome el tiempo que necesite, madame Goupil. En realidad, no hay prisa. Todo el mundo sabe que estas cosas siempre empiezan con retraso.

Pasaron unos breves minutos. Cuando finalmente se repuso, madame Goupil le explicó a Delisle que, unas semanas después de la adquisición de la colección Aubin, como si los dioses del Tonalamatl no hubiesen encontrado otra forma de expresar su desaprobación por el hecho de quedarse en Francia en lugar de regresar a México, un espantoso incendio devastó su querida fábrica de perlas de colores.

Los criados acababan de servir la cena cuando notaron el resplandor de las llamas en la ventana.

Al principio, Eugène pensó que se trataba de una tormenta, o quizás un relámpago inusualmente brillante, pero el fulgor no desaparecía, sino que, al contrario, crecía en intensidad, tiñendo el cielo de color naranja.

—¿Qué demonios…? —murmuró, acercándose.

Vio entonces un humo negro elevarse sobre los árboles y brillar, a lo lejos, el incendio.

—¡Augustine! —gritó, corriendo hacia las escaleras—. ¡Augustine, la fábrica!

El incendio había empezado en uno de los almacenes.

Cómo puede incendiarse una nave que solo contenía pequeñas bolitas hechas de metal es difícil de explicar, pero un borracho que dormía por allí contó al gendarme del lugar que vio a dos personas entrar en el almacén con una tea.

Los Goupil inmediatamente sospecharon de esas acciones violentas que los obreros de las fábricas llevaban contra sus patrones, que tan de moda habían estado últimamente en Francia tras la celebración de la Segunda Internacional.

Varios de sus trabajadores, infectados de la peste del socialismo y el anarquismo, habían amenazado en el pasado con prender fuego a su mansión de Chaumontel si no accedían a sus pretensiones.

Sin embargo, el borracho no reconoció a ninguno de ellos.

Dijo que los culpables eran dos ancianos, hombre y mujer, de apariencia indescriptible.

—Este hombre está delirando —dijo un gendarme que intentaba averiguar qué había ocurrido.

—¡No! —insistió el borracho—. Yo los vi. Los vi. El hombre tenía dos orejas enormes y unos surcos profundos en la cara. Y la mujer… Dios santo, la mujer. Tenía dientes gigantescos, como colmillos. Y algo en la cara que brillaba…

El gendarme escuchó su declaración con un gesto de fastidio.

—Siempre es lo mismo con estos malnacidos —suspiró, y para curarle la borrachera le dio un pescozón con la mano que, de haberlo hecho con la porra, lo habría desnucado.

Eugène, que había seguido a una distancia respetable toda la conversación, palideció de repente como si le hubieran mentado a un demonio del inframundo.

Augustine, que había venido con él, notó su turbación y le preguntó qué le ocurría:

—¿Reconoces a esos ancianos, verdad?

Eugène se apartó bruscamente.

—No, no… No digas tonterías.

—Eugène…

—Tengo que irme —dijo él, evitando su mirada.

Augustine lo miró con incredulidad.

—¿Ahora? ¡Eugène, tu fábrica está ardiendo!

Dispuesta a llegar al fondo de la cuestión, Augustine regresó a casa.

Revolvió las cajas que encontró en el sótano, buscó dentro de las vasijas de la cocina y finalmente se dirigió al salón, con una vela en la mano, pues los criados habían recogido ya los platos y esa parte de la casa estaba a oscuras.

Al principio no supo qué era lo que la hizo detenerse en el umbral.

Todo estaba en su sitio: los ídolos, las máscaras, el retrato de Moctezuma, pero algo había cambiado.

Alzó la vela y la acercó al cuadro para verlo mejor.

La sangre se le heló en las venas. La cabeza seguía erguida, la mirada altiva, pero el brazo derecho, que reposaba sobre el pecho, se extendía ahora fuera del marco, rígido, con el índice tendido hacia la mesa del estudio contiguo con toda la dignidad de un emperador encerrado en un cuadro.

Allí, al lado del Tonalamatl, Boban había dejado unas notas en las que describía a uno de los ancianos que había descrito el borracho, y concretamente a Xihtecuhtli, el Señor del Año, dios del fuego, el día y el calor, señor de los volcanes, esposo de Chalchiuhtlicue, la de la falda de jade, que un día se comió al sol y la luna, nada menos.

Delisle observó a madame Goupil con compasión.

Lo que acababa de escuchar era prueba irrefutable de que el sufrimiento y las desgracias habían trastornado a aquella pobre mujer que, a pesar de todo, conservaba todavía intacta esa belleza de antaño que tantas miradas atrajera en el taller de bisutería que su padre poseyera en la Cité Riverin. Y, en parte, no se equivocaba.

La pérdida de la fábrica fue un duro golpe para los Goupil, pero sobre todo para Eugène, cuya salud, ya de por sí delicada desde la guerra contra los prusianos, pareció resentirse todavía más.

Fue Augustine quien, con firmeza y determinación, se puso al frente del negocio familiar.

A ella no había anarquista ni espanto que la impresionara, y se habría encarado con el mismísimo Baal si se hubiese atrevido a poner su corona de cuernos dentro de su casa.

Hizo instalar alrededor de la fábrica toda una serie de cepos para cazar osos con la esperanza de pillar in flagranti delicto a los responsables del incendio, fueran quienes fueran: sindicalistas, anarquistas o los susodichos Xiuhtecuhtli y su mujer.

Luego, sin perder tiempo, se encargó personalmente de la reconstrucción de la fábrica, negoció con proveedores y discutió con el banco las condiciones de un préstamo que les permitiera volver a poner en marcha la producción.

Eugène no volvió nunca a los negocios, que juzgó a salvo en las manos de su mujer, sino que, tan pronto como recuperó algo de fuerzas, se dedicó a rastrear junto a su querido tocayo los manuscritos de la colección de monsieur Aubin que habían desaparecido en los años previos a la adquisición de la colección y que consideraban fundamentales para poder descifrar apropiadamente el Tonalamatl.

Algunos aparecieron en el sótano; otros, en el ático; varios estaban guardados en cajas; muchos, en baúles; e incluso uno lo encontraron en un saquito de arroz de la cocina.

—¿Quién guarda un manuscrito en arroz? —preguntó Eugène, sacudiendo los granos con una mezcla de asombro y resignación.

—Alguien que teme más a la humedad que al olvido —respondió Boban, sin levantar la vista.

También había documentos que estaban en posesión de amigos, a quienes Aubin había olvidado habérselos prestado; y de conocidos, que habían olvidado devolvérselos con la esperanza de que el olvido fuera definitivo.

Con todo, los más importantes estaban en posesión de Sidonie, su secretaria a la que Boban persiguió por doquier utilizando para ello todo tipo de ruegos, sobornos, conjuros, crucifijos, órdenes de búsqueda y captura, requisiciones judiciales, hampones, matones, presidiarios y una larga lista de indeseables que hicieron que aquella pobre mujer, que no había hecho más que servir a monsieur Aubin toda su vida, y que, si se había llevado alguno de los manuscritos, había sido como pago de sus desvelos y muchos sueldos atrasados al servicio de ese anciano, no tuviera más remedio que entregarlos.

Tanta pena le dio a Augustine la suerte de aquella desgraciada, abocada a la mendicidad en los bajos fondos de París, cuando no a algo peor, que la contrató como secretaria de la fábrica, donde floreció como una planta de cempasúchil en un cementerio.

Sidonie no solo hizo un trabajo excepcional poniendo en orden los archivos y las cuentas, ajustando los márgenes de los proveedores y manteniendo a raya a los acreedores, sino que se las ingenió para atrapar a los responsables del incendio una noche en la que se disponían a quemar lo que quedaba de la fábrica.

Augustine no sabía exactamente qué fue lo que les dijo, o con qué les amenazó.

Solo que, a partir de ese momento, los veía entrar en la nave cada mañana, sin rechistar, vestidos de operarios, para hacer perlas de colores junto al resto de los obreros.

—¿Y no se quejan? —preguntó Augustine.

—Ni una palabra —respondió Sidonie, mientras anotaba algo en su libreta—. Creo que les gusta el azul celeste.

Una vez recuperada casi al completo la colección, Eugène y Boban se dedicaron a catalogar y ordenar los documentos, pues Aubin se los había vendido tal y como los tenía en su estudio, es decir, en un estado semejante al del caos primordial del que habla Hesíodo.

A menudo, Maman Nita se sumaba a las largas horas que pasaban estudiando el Tonalamatl.

Esta, con su conocimiento enciclopédico de todo lo que tenía que ver con la historia de sus ancestros, les ayudó a aclarar el significado de más de una figura.

En ocasiones, se escuchaba a los tres reírse sin parar, como si lo que descifraban no fueran oscuras profecías y eventos de sangre, sino algunos de los juegos de palabras que circulaban por Tenochtitlan los días de mercado y que, dichos durante los sacrificios, hacían que hasta el Gran Sacerdote tuviera que reprimir una carcajada en el momento más inoportuno.

Sin embargo, durante la mayor parte del tiempo reinaba en la sala en la que trabajaban un silencio completo, tan solo roto por algunas palabras que parecían dichas por esos seres que, según cuentan, pululan en las mazmorras de algunos manicomios.

—¿Qué dice ese pasaje del libro, mamá? —escuchó Augustine decir a su marido.

—Nada bueno, hijo, nada bueno —llegó a entender que respondía Maman Nita.