Cuatrocientos conejos 8. Calaveras de cristal #4
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8. Calaveras de cristal #4

Desde el interior del patio, se escuchó al concierge dando grandes voces, quejándose de algo que no llegaron a entender. Unos instantes más tarde, el mamotreto de madera se abrió con estrépito y los cuatro hombres pasaron al interior.

El famoso americanista les recibió en bata y sin afeitar, les invitó a pasar al estudio en el que guardaba sus principales documentos y les ofreció un té con galletas que tenía un sabor espantoso.

—¿Es té de alguna planta… mexicana? —preguntó Peñafiel educadamente, intentando encontrar una explicación al mejunje que acababa de probar.

—Es té de la despensa —respondió Aubin—. Para serle honesto, no sé ni de dónde viene ni cuánto tiempo lleva ahí.

El estudio y los manuscritos se encontraban en un estado de confusión indescriptible. Les confesó que varios de ellos habían sido sustraídos por su secretaria, a la que recientemente había despedido tras una serie de desencuentros, cuyos detalles prefirió no compartir.

—En fin. Vean lo que queda. Todavía es considerable —dijo, reclinándose en un sillón.

En total, estarían dos o tres horas comentando los textos.

Aubin pasaba de uno a otro, explicando procedencias, señalando detalles, clarificando términos.

Pero al llegar a cierta tira de piel plegada como un biombo, se detuvo.

La desplegó con un cuidado que no había tenido con los demás documentos, y durante un momento pareció olvidarse de sus visitantes.

—Este… Este, señores, es el Tonalamatl —dijo.

Quatrefages esperó una de aquellas doctas explicaciones con las que Aubin los había abrumado toda la tarde, pero esta no llegó.

Aubin contemplaba el libro con una expresión difícil de descifrar, en la que Eugène acertó a vislumbrar la avidez del erudito y el fanatismo del misionero.

Acarició el borde de las hojas, y algo se le ensombreció en el rostro.

Al cabo lo plegó y lo apartó de sí, con más brusquedad de la que el gesto requería.

—Si algún día quemara todo esto —dijo entonces el anciano investigador con el rostro completamente transfigurado—, este sería el primero que mandaría a la hoguera, aunque también por el que más lloraría.

Nadie supo qué responder a aquello, y Aubin, como si él mismo se sorprendiera de lo que acababa de decir, cambió de tema y siguió con el resto de los papeles. Al final, visiblemente cansado, señaló que deseaba retirarse, lo que puso fin a la reunión.

Una vez en el exterior del edificio, y para asombro de todos, el doctor Peñafiel hizo patente su profunda decepción:

—Caballeros, debo serles franco. Esta colección no tiene prácticamente valor alguno. Ni siquiera ese ridículo… ¿Cómo lo ha llamado? ¿Tonalamatl?

Boban lo miró con suspicacia.

—¿Disculpe usted?

—El Museo de México cuenta con un sinfín de documentos similares, y mucho mejor conservados.

Además, es obvio que monsieur Aubin tiene una infestación de ratas.

Me pareció ver una del tamaño de un conejo detrás de las cortinas.

Si me lo permiten, creo que atiende a sus manuscritos con la misma dejadez que a su persona.

Tras pronunciar tan rotundo dictamen, el buen doctor se despidió y puso rumbo a su hotel. Boban encendió una pipa, observando la figura de Peñafiel perdiéndose entre la niebla que envolvía las calles de París a esa hora.

—Tomen nota de lo que les digo: ese malnacido va a volver mañana.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Quatrefages.

—Porque conozco a los de su calaña… Y porque sé muy bien lo que hay en el Museo de México y no hay nada parecido al Tonalamatl.

Efectivamente, al día siguiente, el doctor Peñafiel regresó, esta vez solo, a la casa de la Rue Malebranche. Se presentó ante Aubin con una oferta que juzgó irrechazable para aquel anciano solitario y en bancarrota que estaba al borde del desahucio.

—¿Doctor Peñafiel? Pase. Pase. No esperaba volver a verlo tan pronto.

—Monsieur Aubin —saludó el mexicano, quitándose el sombrero—. Disculpe la intrusión, pero hay un asunto que no puede esperar.

Aubin lo condujo al mismo salón desordenado del día anterior, disculpándose por no poder ofrecerle más te, pues se le había acabado el día anterior.

—Monsieur Aubin —comenzó Peñafiel, tomando asiento—, seré franco con usted. He venido a hacerle una oferta.

—¿Una oferta?

—Sí, una oferta que creo que es… irrechazable.

Aubin enarcó una ceja, pero no dijo nada. Simplemente esperó a que aquel distinguido caballero expusiera lo que tenía que decir.

—Sé que su situación es delicada. Un hombre de su edad, solo, sin familia que lo asista. Estos edificios antiguos son caros de mantener. Y, claro, el desastre de Panamá…

—Vaya al grano, doctor.

—Muy bien. —Peñafiel se enderezó—. Le propongo lo siguiente: a cambio de que me venda sus manuscritos en este mismo momento, incluido el Tonalamatl, le garantizo una renta vitalicia a cargo del Gobierno mexicano.

Una suma mensual que le permitirá vivir sin estrecheces lo que le quede de vida.

Sin preocupaciones, sin deudas, sin amenazas de desahucio.

Aubin se rascó la cabeza y se mesó las barbas, como si no terminara de creerse lo que había oído.

—¿Cuánto? —dijo, mirando a Peñafiel fijamente a los ojos.

Peñafiel nombró una cifra. Aubin guardó silencio, y a punto estuvo de decir que sí.

Peñafiel se permitió una imperceptible sonrisa de victoria. Ya se veía como el tribuno que llevaría de vuelta a México la colección del célebre italiano Boturini, o lo que quedaba de ella, y quiso asegurarse de que el triunfo no se le escapaba.

—Por supuesto, esto debe quedar entre nosotros por el momento. Absoluto silencio. Le ruego que no diga nada a nadie, ¿comprende? En especial…

Miró a un lado y a otro, como temiendo ser escuchado, y luego, bajando la voz y adoptando un tono confidencial, añadió:

—En especial a monsieur Boban.

Toda la desconfianza que Aubin había ido amasando hacia el género humano a fuerza de desengaños se despertó en ese instante.

—Es por su propio bien —se apresuró a explicar Peñafiel—. Ya sabe cómo son estos comerciantes de antigüedades. Tienen sus propios intereses, sus propias redes. Podrían complicar la transacción, crear problemas innecesarios…

—Entiendo —replicó Aubin, sin dejarle entrever en lo más mínimo sus pensamientos—. Deme unos días para meditarlo.

Aubin despidió al doctor Peñafiel con un apretón de manos.

Apenas estuvo seguro de que la figura de Peñafiel se había perdido en dirección al parque de Luxemburgo, Aubin se quitó la bata, se puso el primer abrigo que encontró y, calándose el sombrero, se marchó a ver a Boban, al que reveló la oferta que acababa de hacerle el caballero mexicano.

Boban pidió a Aubin que le diera cuarenta y ocho horas, ni una más, y se dirigió a la fábrica de perlas de colores que los Goupil tenían en Chaumontel.

—¡A Chaumontel! —le gritó al cochero—. ¡Y rápido!

Llegó a la fábrica de perlas de colores de Chaumontel con el aliento entrecortado, como si hubiera sido él el que tiraba del carromato y no los caballos.

—¿Monsieur Goupil? —preguntó al primer trabajador que vio.

—En su oficina, pero está en una reunión…

Boban no se detuvo. Entró en la oficina sin siquiera llamar a la puerta. Eugène estaba en su escritorio, revisando unos libros de contabilidad con uno de sus empleados.

Ambos levantaron la vista, sorprendidos por la interrupción.

—¿Boban? ¿Qué demonios…?

—Voy sin duda a sorprenderle, señor Goupil —dijo, apoyándose en el escritorio—. El Tonalamatl y el resto de la colección Aubin está en venta y, si usted no lo evita, saldrán de Francia para siempre.

Eugène hizo un gesto al contador, indicándole que abandonara la sala.

—¿Y cuánto pide? —le preguntó, una vez que estuvieron solos.

Boban le dijo la cifra. Eugène palideció, pero no vaciló.

—Prepare los papeles. Hablaré con mi mujer.

El ujier asomó nuevamente la cabeza: todo estaba dispuesto.

Era la hora de proceder al salón de actos.

Delisle se puso en pie, se alisó la levita y ofreció su brazo con una cortesía algo anticuada, pero no por ello menos galante.

Ella se apoyó en él y echaron a andar despacio, sin mediar palabra.

A pesar de su turbación, Delisle rogó a Augustine que continuara contándole lo que pasó después mientras caminaban hacia allí.

—¿De verdad quiere saberlo, señor director?

—Solo si a usted no le importuna.

Una lágrima recorrió el rostro de la viuda. Ella lo recordaba como si fuera ayer.

Llovía a mares cuando Eugène irrumpió con el sombrero todavía puesto en el salón con un catálogo bajo el brazo.

Sin quitarse siquiera el abrigo mojado, empezó a hablarle de Aubin, de sus manuscritos, de que Boban decía que era la oportunidad de una vida.

Al escuchar el nombre del anticuario ella sintió una repulsa instintiva e intentó negarse.

Suficiente tenía con el cuadro de Moctezuma colgado en el salón.

Eugène, que estaba sinceramente enamorado de su esposa, tomó sus manos entre las suyas y las besó.

—Por favor, querida… Es una colección única, irrepetible, fascinante.

Augustine apartó la mirada para no caer en las redes de aquel tierno gesto y se negó de nuevo.

—¿Y si te dijera que entre esos papeles hay un libro, un libro especial, un libro como no hay otro en el mundo? Los aztecas lo llamaban Tonalamatl o libro de los días. Boban dice que quien lo posee puede ver lo que ha de venir. ¿No te gustaría saber lo que nos aguarda?

Augustine sintió un escalofrío. Todo eso le recordaba las historias que había leído en sus novelas de juventud y habría querido decirle a su marido que hay cosas que es mejor no saber, que un libro capaz de mostrar el porvenir es un libro capaz de arruinarlo, pero al final los besos, caricias y súplicas de Eugène vencieron su resistencia.

Aceptó, con el vago presentimiento de que aquella decisión les costaría más de lo que imaginaban.