Cuatrocientos conejos 8. Calaveras de cristal #3
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8. Calaveras de cristal #3

Llegada a este punto, y convencida de estar abusando del tiempo y la paciencia de aquel alto funcionario del Estado, madame Goupil juzgó prudente poner fin a la conversación con Delisle, pero el director de la Biblioteca Nacional no quiso ni oír hablar de ello.

Le aseguro que de ninguna forma era una molestia, que, por favor, continuara.

En realidad, le fascinaba conocer los detalles escabrosos de los libros que pasarían a integrar las colecciones de la Biblioteca Nacional, detalles que —sin revelar nada que pudiera considerarse indecente— a veces compartía con sus amistades más íntimas; y por nada del mundo habría dejado de enterarse de las circunstancias que llevaban a madame Goupil a deshacerse del Tonalamatl y del excepcional conjunto de manuscritos mexicanos que poseía.

El caso es que ni ella ni su marido volvieron a saber nada de aquel misterioso personaje hasta años más tarde, cuando, ya dueños de una fabulosa fortuna gracias a su negocio de perlas de colores, se enteraron de que había regresado a París.

Feliz de encontrarse —aparentemente por casualidad— con su querido tocayo, Eugène no tardó un instante en invitarlo a cenar a la mansión que habían construido en Chaumontel, cerca de la fábrica.

—Adivina quién viene a cenar mañana, querida —le dijo a Augustine.

—¿Tu hermano Ciriaco?

—No, tonta —exclamó cariñosamente—. ¡Monsieur Boban, el anticuario!

La cena fue exquisita y regada con un burdeos que Eugène guardaba para las grandes ocasiones.

Entre plato y plato, Boban fue devanando lo que había sido de él en aquellos años.

Al parecer, había abandonado París precipitadamente, no como resultado del avance del ejército alemán y de la instauración de la Comuna, sino al recibir noticias del fallecimiento de su primera mujer.

—No es que mantuviéramos una relación muy estrecha —dijo, sirviéndose más vino y sin mostrar la más mínima pesadumbre—, pero le había dejado a su cargo algunos objetos de importancia y, no estando ella ya presente, no podía permitirme el lujo de que corrieran el riesgo de perderse…

Una vez en México, y con los francos que obtuviera de la venta de su colección en París, abrió un local al que bautizó como el Museo Científico. «Un templo a la Razón», lo llamó; en realidad, un guiño nada sutil al general Porfirio Díaz y sus políticas modernizadoras.

El lugar, más que un museo, era un gabinete de curiosidades que albergaba una biblioteca y tres salas: una dedicada a etnografía, otra a colecciones arqueológicas y la última a la craneometría.

—Pero la sala que más impresionaba a los visitantes —les confió Boban, como un niño travieso— era la última.

Y no era para menos. Allí, para mayor impacto teatral, hizo instalar un catafalco churrigueresco —«barroco mexicano auténtico, queridos amigos»— en el que se exhibían cuatro momias que había conseguido sacar del monasterio de Santo Domingo.

De ellas decía, con tono solemne y voz baja, que habían sido enterradas tras sufrir horribles torturas a manos de la Inquisición.

—Al parecer estos mártires de la fe se levantaban por las noches y deambulaban por los pasillos del museo, arrastrando sus vendajes; o al menos eso me contaba el vigilante.

La sala de las momias —añadió Boban con dramatismo— albergaba además todo tipo de cráneos: naturales y artificiales, deformados y prístinos, antiguos y recientes.

Entre ellos destacaba otra de sus famosas calaveras de cristal, esta vez a escala real, que brillaba al acercarle un candil con un resplandor casi sobrenatural.

Boban aseguraba que los antiguos mexicas la habían tallado sin más herramienta que la arena y la paciencia de siglos.

—Magnífica, era magnífica —suspiró Boban—. Una pieza única.

Sin embargo, la fortuna no sonrió al anticuario en esta ocasión. Cuando intentó vender la pieza al Museo Nacional de México, convencido de que pagarían una fortuna por semejante tesoro, surgieron las primeras dudas.

—Me acusaron de fraude, los muy… —confesó, apretando los dientes—. ¡A mí! ¡Con toda mi experiencia y conocimiento!

El escándalo le obligó a abandonar México precipitadamente, aunque no sin antes llevarse la sustancial colección de piezas arqueológicas y antigüedades que había amasado en parte —y aquí bajó la voz, mirando alrededor como si alguien pudiera escucharlos— con el consentimiento y la complicidad de Leopoldo Batres, el inspector general de monumentos arqueológicos.

—Un hombre… «práctico». Ya me entienden —dijo con una mirada cómplice.

Antes de regresar a Europa, el anticuario decidió detenerse en Nueva York.

Los americanos se mostraron mucho más receptivos que los mexicanos y, sobre todo, mucho más generosos .

La famosa calavera de cristal que rechazara el Museo Nacional fue adquirida por la joyería Tiffany’s —«¡Imagínense, Tiffany’s!

», exclamó— y posteriormente vendida por esta al British Museum por una suma considerable.

—Así que la calavera terminó en Londres —comentó Augustine dando a sus palabras un toque de ironía.

—Sí, lamentablemente así es —respondió Boban—. Al lado de tantas otras cosas que los británicos han ido saqueando por el mundo.

La conversación se extendió hasta altas horas de la noche.

Augustine notó con preocupación que su marido seguía con inusitada atención cada detalle que Boban daba sobre las piezas que había traído consigo como muestra, preguntando por procedencias, precios, contactos, como si estuviera calculando, sopesando posibilidades.

Unos días más tarde Eugène realizó una visita de negocios al nuevo establecimiento que su querido tocayo había inaugurado en París cerca del Hôtel Drouot.

Augustine supo a qué iba incluso antes de que él se lo dijera: había salido de casa con la determinación característica de quien ha tomado una decisión.

Una vez allí, no se anduvo con rodeos: ofreció comprarle toda su colección y lo contrató in situ para que adquiriera más piezas y las catalogara para él.

Cuando regresó a casa y le contó a su esposa lo que había hecho, esta hizo lo que pudo para ocultar su disgusto:

—¿Se puede saber cuánto has pagado por ella?

—Eso no importa —dijo él, quitándose el abrigo.

Y era verdad. El dinero no importaba. Las chimeneas de la fábrica de perlas de colores funcionaban a pleno rendimiento.

Desde que fueran interrumpidos por el ujier, Delisle solo había abandonado su sillón para servirse un cognac y traer un vaso de agua a madame Goupil.

El nombre Boban no le sonaba de nada, pero recordó que algo había escuchado sobre las famosas calaveras de cristal aztecas en los círculos que él frecuentaba.

Habiéndose él mismo dedicado a rastrear falsificaciones y robos, prefirió no decir nada hasta ver dónde acababa todo aquello, y solo hacerlo si afectaba directamente a la donación que estaba a punto de recibir de esa mujer en tanto que director de la Biblioteca Nacional.

Dado que sus propios expertos habían certificado el valor de la colección que pasaría a integrar sus anaqueles, se tranquilizó pensando que no había nada que temer y la dejó continuar.

Tras la firma del contrato entre Boban y su marido, la mansión de Chaumontel —que hasta entonces había sido principalmente una residencia familiar— se convirtió en una réplica a pequeña escala del Xanadú de Charles Foster Kane, aunque, a diferencia de aquel, las obras de arte, estatuas y objetos que llenaban las salas y pasillos provenían exclusivamente de México.

Augustine asistió con resignación al espectáculo de ver a su marido y su suegra abrir caja tras caja, desenvolviendo ídolos, máscaras y vasijas, pero a punto estuvo de desmayarse al ver llegar las que transportaban a las cuatro momias y su catafalco.

Habrían depositado las piezas en el salón, no muy lejos del retrato de Moctezuma, que observaba lo que ocurría no menos alarmado que ella, si no fuera porque se mantuvo firme.

—No, a mí no me ponéis esto dentro de casa.

—Pero Augustine… Son piezas únicas, mujer. Testimonio vivo…

—Muerto, querrás decir. Testimonio muerto. Son cadáveres, Eugène.

—Reliquias históricas.

—Cadáveres, Eugène —replicó, mirando a su marido y a su suegra—. Ya podéis sacar ahora mismo este catafalco de aquí y montarlo en el cobertizo del jardín.

Por primera vez desde que entrara en el despacho del director de la Biblioteca, madame Goupil se rio, evocando lo absurdo de la situación.

—Si ahí hubiera acabado todo, señor Delisle, probablemente no estaríamos hoy sentados aquí y yo no estaría contándole mis secretos —le había dicho.

Pero no. Se ve que estaba escrito en alguna parte del Tonalamatl, el manuscrito del que iba a hacerle entrega y del que hasta entonces ella nunca había oído hablar, que aquello era solo el principio de lo que estaba por llegar.

Una mañana, mientras se arreglaba ante el tocador, oyó los pasos de su marido en el vestíbulo y le escuchó subir apresuradamente la escalera. Algo lo traía fuera de sí, y ella tuvo un vago presentimiento de lo que se trataba. No tardó en enterarse.

Al parecer, monsieur Aubin había accedido a abandonar su famosa reclusión y mostrar su colección de manuscritos a un pequeño grupo de personas, entre las que se contaban su marido, Boban, un profesor del Museo de París llamado monsieur de Quatrefages y el doctor Antonio Peñafiel, un mexicano que había sido nombrado responsable por su gobierno de preparar el pabellón que representaría a su nación en la Exposición Universal de 1889.

Unos días más tarde, estos cuatro caballeros se encontraron ante la gran puerta de madera que daba acceso al edificio de la Rue Malebranche, en el que todavía por aquel entonces residía Aubin.

—¿Está seguro de que nos espera? —preguntó Quatrefages.

—Me envió una nota apenas legible, pero sí. En eso quedamos —respondió Boban tirando del llamador del portón.