8. Calaveras de cristal #2
Por las tardes, cuando salía a pasear por los jardines, Maman Nita contemplaba las hileras de maguey que se levantaban ante ella, sin decir nada, pero con un gesto de profunda satisfacción, como si todas esas plantas que había traído su marido fueran soldados de un ejército del que ella se consideraba generala y estuvieran esperando sus órdenes para lanzarse a la invasión.
Como Napoleón a sus húsares, conocía a cada una de ellas por su nombre y sonreía al ver cómo las bayonetas de sus hojas, alargadas, verdes y puntiagudas, adquirían una tonalidad todavía más verde y puntiaguda cuando ella las tocaba.
La felicidad conyugal de la joven pareja no tardó en verse interrumpida por el súbito fallecimiento del padre de Augustine.
Su muerte hizo que Eugène asumiera las riendas del negocio familiar.
Haciendo gala de una determinación rayana en la obcecación, apostó todo lo que tenía al que había sido hasta entonces el más humilde de los objetos que los padres de Augustine producían en su taller: unas pequeñas pero brillantes perlas de colores hechas de metal.
Una noche, después de cenar, Eugène dejó caer sobre la mesa un buen puñado de ellas. Brillaban como si se hubieran tragado un arcoíris, cada una reflejando a su manera la luz de las velas en un caleidoscopio de verdes, azules y rojos.
—Tu padre se reía de mí cuando le hablaba de estas bagatelas. Decía que eran cosa de niñas, que no había futuro en ellas.
Augustine cogió una entre los dedos y la observó con atención.
—Son bonitas, pero… ¿de verdad crees que la gente las comprará?
—No solo las comprará. Nos harán ricos, Augustine. Más ricos de lo que tu padre jamás soñó con sus esmeraldas falsas y sus rubíes de cristal.
La presencia de un ujier en la puerta del salón obligó a Delisle a levantarse.
Intercambió algunas palabras con él, firmó unos documentos y volvió a sentarse al lado de madame Goupil.
Reparó entonces en el pequeño broche que la viuda llevaba prendido en el cuello del vestido: una liebre de plata, tan diminuta y discreta que era fácil no verla, sentada sobre las patas traseras, con dos minúsculas esquirlas de azabache por ojos, una de las muchas prendas de las que habían salido a docenas de los talleres de la Cité Riverin antes de que se dedicaran casi en exclusiva a las perlas metálicas de colores.
La demanda de las mencionadas perlas creció de forma tan abrumadora que su marido no tardó en verse obligado a ampliar el negocio y abrir una fábrica en Chaumontel, una localidad a las afueras de París, conocida hasta entonces únicamente por un pequeño castillo que el príncipe de Condé, Henri Jules de Borbón, había hecho reformar a principios del siglo XVIII.
Gracias a ella, y a las novedosas técnicas de galvanoplastia desarrolladas por Eugène, las perlas metálicas Goupil pronto se hicieron conocidas en toda Europa, poniendo los cimientos de la considerable fortuna de la que llegaría a disfrutar el matrimonio y permitiendo a su esposo entregarse a su verdadera pasión: las antigüedades.
Augustine todavía recordaba con exactitud su primera visita a una tienda de anticuario: un pequeño local situado enfrente del Museo de Cluny, no muy lejos de la Sorbona, en el que sobresalía un cartel que anunciaba «Antigüedades Mexicanas».
Tenía unos grandes ventanales a través de los que se divisaban varios estantes.
En la vitrina izquierda, detrás de un letrero que decía «Se habla español», se exponía un hueso enorme que parecía el fémur de un gigante o de algún animal de tamaño colosal.
En el lado opuesto, sostenidos por cuatro estantes, había una infinidad de otros objetos que parecían mirar con cierto aburrimiento los árboles ya sin hojas de las frías calles de París: figuritas sonrientes de Veracruz —de las llamadas «remojadas»—, venaditos con ruedas, silbatos, ocarinas, e incluso la talla de un hombre envuelto en una serpiente emplumada representando a Quetzalcóatl.
En muchas de ellas, todavía podía observarse, medio borrado, el sello del Museo Nacional.
Tras saludarles educadamente, el dueño les dejó curiosear, fingiendo no prestarles atención, pero en realidad sin quitarles la vista de encima.
Se llamaba Eugène Boban, y era un hombre alto, con un cuidado mostacho y de pelo moreno, que peinaba con una raya en medio.
Vestía de forma algo estrafalaria y tenía un rostro cuadrado y un aire de confianza infinita en sí mismo y en lo que decía, mucho de lo cual era cierto, aunque no del todo.
—¿De dónde proviene esto? —preguntó Eugène, tomando una figurita y girándola con los dedos para observarla mejor desde diferentes ángulos.
Boban se le acercó desde detrás del mostrador.
—De Cuernavaca. Del antiguo convento de Nuestra Señora de la Asunción.
—¿Y cuánto vale?
—Me temo que no está en venta.
Sorprendido, Eugène lo miró preguntándose si aquel hombre singular hablaba en serio.
—Todo está en venta, monsieur.
—No para cualquiera. —Boban se acercó—. Pero usted no es cualquiera, ¿verdad? Habla español como mexicano, pero viste como parisino. ¿Qué es usted?
—Las dos cosas. O ninguna. Depende del día.
Boban soltó una carcajada.
—Entonces ya somos dos. Yo tampoco sé qué demonios soy.
Augustine hizo una pausa y, antes de continuar, se aseguró con una mirada furtiva de que el director de la Biblioteca —que tenía previstas para esa jornada otras cuatro donaciones, un recuento de obras orientales y una charla con el primo del ministro— le estuviera prestando atención.
Era obvio que consideraba a ese oscuro anticuario el principal responsable de su desgracia, y no quería que ese detalle le pasara desapercibido.
Como muchos otros jóvenes de su generación, Boban había abandonado Francia en 1857, decidido a escapar del reclutamiento obligatorio impuesto por Napoleón III para sostener sus ambiciosos proyectos militares.
—No tenía los medios para hacer que alguien fuera en mi lugar y no me veía muriendo por gloria ajena —le confesó a Eugène una tarde, mientras servía café en su gabinete—. No nací para soldado.
Su primer destino, sin embargo, no fue México, sino California.
Allí se había dedicado a la minería en plena fiebre del oro, esperando, como tantos otros, convertirse en millonario de la noche a la mañana, mas sin lograrlo.
Boban, que en California había aprendido español, no tardó en darse cuenta de que México ofrecía mejores perspectivas, y se instaló en la capital, abriendo una tienda de antigüedades a escasas dos cuadras del convento de San Francisco.
Fue una decisión providencial, pues, en su afán por socavar el poder de la Iglesia y recaudar fondos con los que implementar su programa de gobierno, el gobierno de Benito Juárez no solo había expropiado muchos de los bienes de aquella, sino que los vendía a precios de saldo.
Boban no dejó pasar la oportunidad de hacerse con libros, imágenes, cuadros, crucifijos, cálices y reliquias.
—Imagínese, monsieur Goupil —le contaría en otra ocasión Boban, señalando una vitrina repleta de cálices y relicarios—, todo esto, por menos de lo que cuesta un traje en la Rue de la Paix.
La invasión francesa y la llegada al poder de Maximiliano de Habsburgo le ofreció la oportunidad de ampliar el negocio.
De la noche a la mañana se autoproclamó Anticuario del emperador, y añadió a su ya de por sí sustancial colección de antigüedades coloniales, muchos otros objetos curiosos: urnas, cerámicas, figuras, máscaras, metates, collares, cráneos y pinturas.
Llegó a tener en su poder la calavera del famoso forajido mexicano Antonio Rojas, jefe de la banda de los Galeanos que aterrorizó el estado de Jalisco y héroe de la guerra contra los franceses, al que dispararon por la espalda en 1864.
—¿La calavera de Rojas? —dijo Eugène, sorprendido.
—Como lo escucha. Con su nombre grabado en la frente y una leyenda en francés que decía «abatido por un soldado de la compañía del capitán Berthelin del 81.o regimiento». Me la ofreció un coronel que necesitaba dinero para volver a Europa. No pregunté demasiado.
En los meses siguientes, los Goupil volvieron una y otra vez a la tienda de Boban, al que el marido de Augustine llamaba ya, con afecto, «mi querido tocayo».
Los dos podían pasarse horas charlando sobre tal o cual calle de la ciudad de México, de la comida, de los conocidos que ambos tenían.
A Augustine, sin embargo, aquel hombre de modales refinados y conocimiento enciclopédico —que había dejado en México a su mujer, con la que, según decía con una media sonrisa, estaba «medio casado», y de la que solo reveló que procedía de Chiapas— le intrigaba y repelía al mismo tiempo.
Era como si algo en él no terminara de encajar.
Poco tiempo después estalló la guerra contra los prusianos y los Goupil decidieron prudentemente abandonar la ciudad.
Cuando, al finalizar el conflicto, quisieron volver a visitar la tienda de Boban, la encontraron cerrada.
El panadero de la esquina les contó que el anticuario había vendido todo apresuradamente y regresado a México.
La mayor parte de los objetos de la colección acabaron en el recién inaugurado Museo de Etnografía del Trocadero.
Entre ellos destacaban dos pequeñas calaveras de cristal, una del tamaño de una uva y la otra tan grande como una toronja.
Viéndolas expuestas en una sala del museo, Maman Nita, que de calaveras y sacrificios sabía más que el sumo sacerdote de Teotihuacán, dijo que eran más falsas que la donación de Constantino:
—Estas calaveras nunca han visto un templo azteca. Las ha hecho algún pendejo europeo con demasiado tiempo libre.
Todo el mundo le rio la ocurrencia, pero nadie le hizo caso.