Cuatrocientos conejos 8. Calaveras de cristal
80%

8. Calaveras de cristal

AUGUSTINE LOUISE MATH ILDE ÉLIE , mejor conocida como madame Goupil, última propietaria del Tonalamatl, tenía el sueño profundo y el carácter firme, cualidades imprescindibles en una casa como la suya.

Su suegra, María Ana Benita Meléndez, a la que todos llamaban cariñosamente Maman Nita, aseguraba descender por línea directa de una princesa azteca, de aquellas que se casaron a la fuerza con los conquistadores y, cuando podían, les echaban veneno en el chile.

Entre ella y su hijo, Charles Eugène Espidon Goupil, se dedicaron durante años a llenarle la casa de ídolos, urnas funerarias, amuletos, piedras diversas, cerámicas pintadas, máscaras y un retrato de cuerpo entero del emperador Moctezuma que colgaron en el salón, y en el que se le veía tan al natural que parecía que el mismísimo Leonardo hubiera pintado su diadema de plumas y que Miguel Ángel hubiera esculpido sus labios delgados y su cara tatuada, si no fuera porque ese David mexica, esa Gioconda azteca, no estaba inmóvil, sino que había quien juraba que sus manos salían del marco del cuadro para retorcer el cuello de quien tuviera el atrevimiento de mirarle a los ojos.

Como le contara muchos años después a Léopold Delisle, director de la Biblioteca Nacional de Francia, durante el acto de donación del manuscrito, nada en su más tierna infancia presagiaba un destino tan singular ni podía ella imaginarse siendo una niña que un día se vería convertida en dueña y señora de un libro de los días azteca y de lo que restaba de la colección de códices que otrora atesorara el señor Lorenzo Boturini, caballero del Sacro Imperio Romano, Señor de la Torre y Hono, pariente lejano del conde Wigfredo de Borge, de los de Poitou y de los de Aubernia, y del duque de Aquitania.

Aficionada a la lectura desde niña, Augustine sentía predilección por la clase de historias que escandalizaban a su confesor.

Podía pasar horas enteras absorta en la lectura de las obras de Gautier, especialmente La Cafetière , donde un joven llamado Théodore participa en un baile de fantasmas, y Onuphrius , en la que el protagonista se ve atrapado en una inquietante confusión entre la realidad y sus propias fantasías.

También le fascinaba Smarra , de Charles Nodier, con su sucesión de visiones infernales marcadas por la pasión, la culpa y la muerte, así como los poemas en prosa de Gaspard de la Nuit , de Aloysius Bertrand —en particular aquel en que una docena de brujos comían sopa de cerveza, y cada uno de ellos manejaba el hueso de un muerto a modo de cuchara—.

Pero su favorito, sin duda, era La Vénus d’Ille, donde Prosper Mérimée narra la misteriosa muerte de un joven esposo a manos de una antigua estatua romana durante su noche de bodas.

Le gustaban tanto esos libros que su madre llegó a escondérselos, temiendo por su salud.

No podía sospechar la buena señora que no había volumen en aquellos estantes, por siniestro que fuera, capaz de competir con el que la Providencia, u otra instancia mucho menos piadosa, tenía ya reservado para su hija.

En los raros momentos en los que no estaba ocupada con un libro, Augustine disfrutaba sacando de su cajón la estupenda colección de joyas falsas de su madre.

Admiraba la perfección de los engastes, especialmente el s ertissage en serti clos (engaste cerrado) o el delicado serti griffes (engaste de garras), la soldadura de los chatons (las cajas que sostienen las piedras) y el martelé con el que su padre había creado sus texturas.

Los sábados por la mañana solía acompañarle a su taller de la Cité Riverin para observar de primera mano cómo se hacían todos aquellos objetos, costumbre a la que su progenitor accedía de mala gana, pues la llegada de la hija del dueño, con su cara llena de pecas y sus rizos apenas retenidos por una coleta, generaba un cierto revuelo entre los operarios que más de una vez rompieron un broche por mirarle los tobillos.

—No puedes venir vestida así —le susurraba su padre, sin mirarla—. Aquí se trabaja con fuego, y estos caballeros ya tienen suficiente lumbre con sus fantasías.

Fue durante una de esas visitas al taller donde conoció a Eugène Goupil, su futuro marido.

Era dueño de un pequeño local de exportación de telas y vestidos al otro lado de la calle y se había ganado la confianza del padre de Augustine, con quien no tardaría en asociarse, gracias a los orígenes normandos de su familia y un notable olfato para los negocios.

La primera vez que se cruzaron, él estaba examinando unas hebillas recién terminadas, mientras ella se inclinaba sobre una bandeja de broches de cristal.

Al notar su presencia, Eugène carraspeó y se acercó, buscando algo que decir.

—¿Le interesan las piedras? —preguntó, señalando el broche que Augustine sostenía entre los dedos.

—Solo los secretos que esconden —respondió ella, sin apartar la vista del objeto—. Aunque sean mentira.

Delisle, que escuchaba a madame Goupil desde el otro lado de su enorme escritorio de caoba, se sorprendió a sí mismo inclinado hacia delante, pendiente del relato de aquella viuda a la que, una hora antes, había recibido por puro compromiso.

Consultó su reloj de bolsillo: aún faltaba más de una hora para que el acto de donación comenzara formalmente, así que invitó a madame Goupil a pasar a un salón aledaño a su despacho, movido no solo por la cortesía que solía mostrar con los benefactores de la Biblioteca, sino también por la curiosidad de saber cómo había conocido a su marido, cuya colección había heredado, pues llevaba tres años bajo tierra.

Como era habitual en la época, aquel encuentro fortuito en el taller de la Cité Riverin dio lugar a otros más formales en la casa que los padres de Augustine tenían en el centro de París.

Eugène era unos diez años mayor que Augustine, no muy alto, con una frente larga y estrecha en la que se asomaban ya dos pronunciadas entradas, los ojos muy juntos, de un color claro, las cejas pobladas, aunque no excesivamente grandes, y una barba muy cuidada que se extendía por el cuello y la mandíbula hasta la parte inferior de la oreja.

Su piel, de un ligerísimo tono cobrizo, refulgía al atardecer o en presencia de su madre.

Era francés, pero no había nacido en Francia, sino en México, y hablaba con un ligero acento de mexicano normando o normando mexicano que llamaba poderosamente la atención.

Una vez formalizado el noviazgo, comenzaron a dar largos paseos, siempre vigilados a cierta distancia por la madre de Augustine, durante los cuales —entre risas y alguna que otra caricia furtiva— Eugène fue desgranando la historia de su familia.

Su abuelo, Pierre Nicolas Goupil, se había embarcado en 1820 rumbo a Veracruz, llevándose consigo a su hijo, Joseph Víctor Goupil, futuro padre de Eugène, que por aquel entonces tenía apenas catorce años.

Los vástagos de los lugareños martirizaron al joven poniéndole todo tipo de motes que hacían burla de su frente despejada y su deficiente uso del español.

Quizás por llevarles la contraria y demostrarles que, a pesar de ser francés, era más mexicano que cualquiera de ellos, terminó casándose unos años más tarde con una mestiza de tez morena, pelo lacio y oscuro, nariz ancha y labios carnosos, llamada María Ana Benita Meléndez.

—¿Una mestiza? Pero Víctor, ¿lo has pensado bien? —había objetado el abuelo Nicolás cuando su hijo le presentó a la que sería su mujer.

El abuelo no se opuso al matrimonio con la indienne , como la llamaba, mientras el enlace no perjudicara a los negocios, y estos, con Víctor al frente, marcharon viento en popa.

La pareja no tardó en tener hijos. Además de a Eugène, el primogénito y favorito del abuelo, tuvieron al menos otro vástago: Louis Ciriaco, un hombre extraordinariamente guapo y fornido que se convirtió en toda una leyenda en la familia.

—No sé si presentártelo —le dijo Eugène a Augustine, fingiendo celos—. Allá en México no hay mujer que no esté enamorada de él.

Delisle notó que el rostro de aquella mujer vestida completamente de luto se iluminaba al recordar el día de la boda, que tuvo lugar el 14 de mayo de 1864 en el Pabellón de Sully.

Era este un edificio de enormes ventanales que formaba parte del Château-Neuf que Enrique IV hizo construir en Saint-Germain-en-Laye, no muy lejos de la capital, y que Papa Nito, que es como Augustine llamaba a su suegro Víctor, había comprado cuando regresó a París.

Reconstruirlo fue una excentricidad típica de indiano, en la que su suegro no reparó en gastos, y a la que no tardó en sumar otra.

Papa Nito hizo traer de los alrededores de Tacuba —la antigua Tlacopán, que en tiempos prehispánicos formara parte de la Triple Alianza junto con Tenochtitlan y Texcoco— unas cuantas docenas de agaves con el propósito de plantarlos en los extensos jardines que rodeaban al pabellón.

La mayoría murieron durante la travesía, y los que sobrevivieron tardaron en agarrar, pero, cuando lo hicieron, se convirtieron en todo un espectáculo.

La gente venía de diez leguas a la redonda solo para verlos.

—Los vecinos dicen que son plantas del diablo —le dijo Augustine a Maman Nita una mañana en la que sorprendió a su suegra arrancando hojas secas de uno de los agaves.

—Quizás no vayan del todo desencaminados —respondió su suegra, sin ni siquiera levantar la vista.