7. Idas y avenidas #4
Los que argumentaban que la operación podía haber contado con el tácito apoyo de Los Pinos apuntaban además a la espectacular biblioteca que había mandado construir en su mansión de la avenida Paseo de los Laureles, en Cuajimalpa, una enorme sala espiral de varios niveles de la que Carlos Monsiváis señalaría que estaba «escenográficamente concebida para concitar el estupor», y en la que López Portillo planeaba refugiarse tras abandonar el poder para dedicarse en cuerpo y alma a sus libros, a la literatura y el pensamiento, como un moderno Nezahualcóyotl.
Ya llegaría el momento de hacerlo, pero, por ahora, el poder era aún lo suyo.
Y con él, la responsabilidad de decidir qué hacer con aquel libro que le había traído su canciller.
Dejó el periódico de lado y hojeó los documentos que el INAH le había preparado sobre el códice que había robado Castañeda del Valle.
En realidad, no necesitaba leerlos. Conocía perfectamente la historia de ese documento que estaba enfrente suyo, pues, además de haberse empapado de mitología y filosofía azteca para escribir sus novelas, las malas lenguas sostenían que sus padres habían consultado a un tonalpouhqui el día de su nacimiento, y este les había predicho que el chaval volaría alto. Y lo hizo: cual águila o zopilote.
Qué carajo, pensó. Si iba a salir de Los Pinos, lo mejor era despedirse sin agachar la cerviz ante Francia.
—No, Jorge, no vamos a devolver nada. Si acaso, vamos a exigir que nos devuelvan el resto. Que cancelen lo que quieran. Tanto me dan las pinches exposiciones.
—Cómo usted guste, presidente. Y con Del Valle, ¿qué hacemos? Su hijo no es el único que aplaudiría que lo recibiera aquí, en Los Pinos o, al menos, que se organizase un acto de reconocimiento en el INAH.
—No te pases, Jorge. Suficiente con que hayamos retirado los cargos. Por ahora, simplemente vigílenlo y que se quede tranquilito. No vaya a ser que le dé por irse a Roma a robar otro códice y nos meta en un problema con el Vaticano.
—Sí, sería una pena, con la buena onda que hubo con Wojtyła… —respondió el canciller.
López Portillo sintió que, desde las hojas abiertas del Tonalamatl, Mayáhuel le susurraba algo al oído.
—Eso me da una idea, Jorge —dijo—. ¿Sabes lo que podemos pedirle al papa que nos traiga de regalo la próxima vez que venga a visitarnos y que dejará en evidencia a los franceses?
El canciller lo miró expectante.
—Un códice.
—¿Un códice, señor presidente?
—Sí, un códice, Jorge, un códice. Ya verás.
El canciller arqueó ligeramente las cejas, pero intentó lo mejor que pudo disimular su escepticismo.
—Muy bien, ¿eso es todo?
—Sí, Jorge, y no me vuelvas a molestar con este tema. No quiero volver a oír hablar de Castañeda del Valle.
Y con la conciencia tranquila de quien ha cumplido con su deber, se recostó en su butaca de lectura preferida a leer Una familia lejana de Carlos Fuentes, la última novela que le había regalado su mujer y que, al parecer, había comprado en Barcelona el día de Sant Jordi.
Mientras tanto, en Cancún, José Luis intentaba superar por todos los medios el vacío que le había dejado la pérdida del Tonalamatl.
Lo echaba de menos físicamente. Había dormido a su lado, le había hablado en duermevela, lo había sentido enraizar en sus entrañas.
Y ahora el libro estaba en una vitrina climatizada, custodiado por guardias que desconocían su nombre, contemplado por turistas que pasaban de largo camino de la Piedra del Sol.
Lo había recuperado para México, sí, pero México se lo había arrebatado a él.
—Hay que joderse —musitó.
Quizás si hubiera vuelto a Cancún con Lucía las cosas habrían sido distintas.
Un clavo saca otro clavo, y nada mejor que el amor para olvidar un libro.
Pero no pudo ser. La única dispuesta a consolarlo era la vecina del sexto derecha, que estaba coladita por sus huesos, pero a él le recordaba demasiado a Coatlicue, la de la lengua de serpiente.
Así que, para olvidar a una e intentar no tropezarse con la otra, y quitarse de la cabeza el Tonalamatl, salía a correr de madrugada.
Volvía empapado en sudor, se duchaba y se tumbaba en la cama.
Pero tan pronto cerraba los ojos, el resto de sus sentidos se aguzaban, intentando distinguir, bajo el silbido del ventilador, el ronroneo infernal de los ronquidos de Tláloc o el roce con las lámparas de algún volátil al aletear por el salón.
Una vez más fue su hermano el que le dio una idea. Había leído en un libro de autoayuda que escribir sobre las propias experiencias y las de otros permitía combatir el estrés y el desánimo, y pensó que era justamente lo que José Luis necesitaba.
—¿Yo? ¿Escribir yo?
—Sí, güey, ¿acaso no eres periodista?
—Sí, pero…
—No hay peros que valgan.
—¿Y qué hago con ello?
—Pues si te sale del huevo se lo mandas por carta al presidente de México, que él también ha escrito de estas cosas, o al que le suceda, pues a Portillo ya no le queda mucho en Los Pinos.
—Estás pedo… ¿Al presidente de México?
—Claro, ¿y por qué no?
Y por qué no. La crónica literaria estaba muy de moda en México, especialmente desde que Monsiváis publicara A ustedes les consta .
Claro que él no podía compararse con Monsiváis, Leñero o Poniatowska, pero ¿acaso no tenía derecho a contar la historia de cómo el Tonalamatl salió y volvió a México?
¿Quién mejor que él para contarlo, aunque el resultado fuera una historia delirante?
—A mí lo que me parece inverosímil es que le hayan dado el Rómulo Gallegos a Del Paso por Palinuro de México —remachó su hermano—. Eso sí que es delirante.
—¿Pues qué quieres que te diga? Ya me gustaría a mí escribir: «Ella fue al baño y dio un portazo en ruso… Acabamos haciendo el amor en esperanto».
Rieron como cuando eran niños, los dos hermanos.
Con la conversación todavía fresca, al día siguiente se puso una guayabera, agarró un bus y se plantó en el pueblo de Mani, a unos cuatrocientos kilómetros de Cancún.
Quería ver con sus propios ojos el lugar donde Diego de Landa organizó su famoso auto de fe y había mandado quemar los códices en 1562.
Aparcó frente al convento de San Miguel Arcángel.
Tras mucho escarbar por un lado y por otro, creyó encontrar en el atrio de aquella iglesia las cenizas de aquel fuego, y empezó por ahí su historia.
—Quemar lo que se ama. ¡Qué bárbaro! —se dijo, imaginándose la hoguera.
Durante un viaje al D. F., recuperó todo cuanto pudo encontrar sobre la extraordinaria vida del caballero Lorenzo Boturini, Señor de la Torre y Hono.
En su honor, se compró él también una muela de gigante —o por tal se la vendieron— que colocó al lado de su destartalada Olivetti, como antaño los escritores barrocos colocaban en su escritorio una calavera.
—Hablando de calaveras, tenemos una de cristal, muy bonita. Se lo digo por si le interesa —le dijeron en la tienda.
Se la llevó de pisapapeles.
Fin de semana, sí, y fin de semana, no, los turistas le veían paseando entre las ruinas que Waldeck había retratado ciento cincuenta años antes, y que él nunca había visitado a pesar de llevar años viviendo en Quintana Roo.
Por mucho que se esforzó, sin embargo, no encontró elefantes ni exuberantes amazonas por ninguna parte.
—Quizás se le subiera la sífilis a la cabeza, al pobre —concluyó delante de una estela pensando en el pintor.
Y ya de vuelta en Cancún, leyó tumbado en una hamaca los tratados que Aubin había compilado durante décadas de trabajo solitario y obsesivo en París; y se compadeció de su suerte.
Puede que fuera un ladrón, pero también lo era él, y Aubin, al menos, era un ladrón sabio que ayudó a sus víctimas a entender lo que les había robado.
—Que digan lo que quieran, pero algo es algo.
Todo ello lo fue consignando en cartas. Una, y otra, y otra, y otra.
La mayor parte las dirigió al presidente De la Madrid, que había llegado al poder en diciembre de 1982 con la misión imposible de poner orden y concierto en el desastre que había dejado tras de sí el mandato de López Portillo; y, cuando terminó el sexenio de De la Madrid, se las mandó a Salinas de Gortari.
La terapia tuvo el resultado que anhelaba su hermano, pero no exactamente del modo que este había anticipado.
Poco a poco, a medida que escribía, los dioses y señores del Tonalamatl fueron retornando a su apartamento, llenando sus días y sus noches de una inenarrable felicidad.
Tlazolteotl, la devoradora de inmundicias, le susurraba cosas al oído mientras entrenaba a los chavales, que iban y venían detrás de los balones como pequeños jaguares.
Itzpapálotl, la Mariposa de Obsidiana, la de alas bordeadas de cuchillos, revoloteaba alrededor de la bombilla de su despacho, hablándole de otros códices, poblados de otras deidades, todavía más extrañas y temibles, que aguardaban su rescate.
Paynal, el mensajero veloz de Huitzilopochtli, le traía a la mente imágenes que él iba transcribiendo sin detenerse a preguntar cómo un dios podía saber cosas tan diversas; y mientras tanto, unas veces subiendo de su escritorio, y otras bajando, saltaban alrededor de la falsa muela de gigante, alegres, cientos de conejos.
La última carta que escribió llegó a Los Pinos a principios de 1990, unos meses antes de la segunda visita a México del papa Juan Pablo II. Tenía la caligrafía de un niño de cinco años y los márgenes llenos de floridas calaveras de cristal que él mismo había dibujado.